Es fácil visualizar las consecuencias de un salario mínimo desproporcionado. Hay actividades que eran rentables y que ahora dejan de serlo. Los empresarios, por muy buenas intenciones que tengan, no están para hacer filantropía, necesitan recuperar su inversión, y si no pueden hacerlo, cierran.
Es algo sencillo de entender, pero hay muchos cegados por causa de la retórica populista.
¡Un mejor nivel de vida para los trabajadores! ¿Quién podría estar en contra de eso? Es algo justo y necesario, sí, pero la dura realidad del capitalismo se impone sobre nuestros conceptos de justicia y equidad.
Y de nada servirá acusar a los empresarios de tener poca conciencia social, pobre sensibilidad humana, duro el codo y encogido el corazón. Nadie invierte en un negocio para perder.
Pero escuchamos a los populistas decir que las advertencias de los empresarios sobre los inminentes despidos no son más que una forma de chantaje e intimidación terrorista. Se quiere satanizar a los empresarios, pero sin los empresarios no hay empleos.
A menos que… los trabajadores se unan en cooperativas y así cumplan su papel de empresarios. Esta sería una manera de eludir el impacto del salario mínimo, ya que los trabajadores se pondrían de acuerdo entre sí para repartir las ganancias. En una cooperativa todos tienen voz y voto.
Esta es una opción que tienen las pequeñas y medianas empresas para no desaparecer, pero no todos están dispuestos a compartir su negocio con el prójimo en igualdad de condiciones, por lo que los despidos y la menor inversión son inevitables.
