Hay muchos analistas respetables que apoyan la gestión de mediación del presidente Oscar Arias en la crisis política de Honduras. Ellos serán muy brillantes, pero siempre me pareció claro que esta mediación estaba destinada al fracaso.
Simplemente, por muy talentoso que sea el mediador, no puede haber algún acuerdo cuando las partes se ubican en posiciones extremas, cuando la ganancia de uno implica la pérdida del otro, como es el caso que nos ocupa.
La parte de Manuel Zelaya pretende que éste sea restituido a la presidencia, y no acepta nada menos que esto. La parte de Roberto Micheletti considera que el retorno de Zelaya al poder es inaceptable. No existe un término medio.
Óscar Arias insiste en que la restauración del orden constitucional de Honduras pasa por la restitución de Zelaya al poder. Al decir esto está tomando partido, por lo que se ha desnaturalizado la mediación. Un mediador debe de ser imparcial, debe de hacer un esfuerzo por acercar las posiciones de las partes, y no tratar imponer su propio criterio.
Dado que Arias ha desnaturalizado el proceso de mediación, no queda más que abandonarlo.
Sin embargo, vemos que también la parte de Micheletti se ha distorsionado el objetivo de la mediación, tratando de usar ésta para reinvidicarse y hacer conocer su posición. Arturo Corrales, miembro de la comisión negociadora de Micheletti, ha dicho que “el diálogo ha triunfado”, por que a su parecer, el último documento presentado por Arias reconoce implícitamente la legitimidad del Congreso Nacional, Corte Suprema de Justicia y Tribunal Supremo Electoral. Cuando estas instituciones se pronuncien sobre el documento de San José, su opinión no podrá ser ignorada por el mediador ni por la comunidad internacional. Y como lo más probable es que se pronuncien en contra de tal documento, la posición de Micheletti será reinvidicada.
Tal estrategia está destinada a fracasar, por que trata la gestión de Oscar Arias como si fuera un arbitraje y no una mediación. No pueden tratarse las peticiones de Árias a las instancias hondureñas como si estas vindicaran al “gobierno de facto”. Lo que Arias ha dicho claramente es que el gobierno de Micheletti es el resultado de un golpe de Estado, y por lo tanto ilegítimo.
La buena voluntad del gobierno de Micheletti para dialogar no conmoverá a los dirigentes del mundo. Ellos están preocupados que la acción de Honduras siente un mal precedente, no por verificar quien tiene mejores modales o mejores argumentos legales.
Por otra parte, la comisión de Manuel Zelaya ha demostrado mala fe, al apresurarse a aceptar el primer documento de Arias, para luego decir que lo que ellos piden es una restitución incondicional de Zelaya al poder. Esto es contradictorio por que el documento que Arias presentó le pone condiciones a Zelaya. Zelaya mismo dijo que él está determinado a impulsar una Asamblea Nacional Constituyente, lo que está en contra del acuerdo propuesto por Arias.
A estas alturas debe ser claro que Zelaya no tiene interés en ser condicionado y atado en un hipotético regreso al poder. El sugerir que la OEA supervise el cumplimiento del acuerdo es simplemente risible para quien conoce realmente la situación. La OEA ha demostrado estar claramente parcializada a favor de Zelaya.
No me cabe duda que si Zelaya regresara al poder, no habría nadie que pudiera controlarlo. Continuaría con su proyecto de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, y continuaría polarizando a la sociedad hondureña. El retorno de Zelaya sería darle un espaldarazo a la corrupción y a la impunidad, y desmoralizaría gravemente a la mayoría de la sociedad hondureña.
La destitución de Zelaya es un hecho consumado, no hay presión internacional que pueda hacer cambiarnos de opinión. El pueblo hondureño ama su libertad, y está dispuesto a hacer sacrificios para mantenerla.
La negociación es inmoral
Ya sea que se acepte la versión de Zelaya de los hechos, o la versión de Micheletti, todo compromiso en una negociación implicaría sacrificar los principios de justicia y legalidad. Si Zelaya tiene razón al decir que recibió un golpe de Estado, resulta grotesco insistir en que negocie con los golpistas: Es como pedirle a una víctima de robo que negocie con el ladrón. De igual manera, si la parte de Micheletti tiene razón, y Zelaya está legalmente destituido, insistir en que negocie con Zelaya es pedirle que negocie con alguien que le ha fallado a su país y ha violado la ley. Restituir a Zelaya en estas condiciones sería violentar el orden constituional, ése cuya restauración dice buscar Arias y la comunidad internacional.
El dudoso prestigio de Oscar Arias
Oscar Arias tiene la distinción de haber recibido el premio Nobel por la Paz, por su gestión en los conflictos de Centro América de los años ochenta. Según Jeanette Zacapa Arias logro el Nobel “en un momento histórico fácil, cuando el terreno estaba sembrado”. Lo que lo animaba era el afán de notoriedad, el mismo afán que ahora lo anima; pero en esta ocasión “la mesa no está servida”.
Arias mismo logró cambiar en forma fraudulenta la Constitución de Costa Rica para en para que se le permitiera la reelección presidencial, es decir, que Arias habría realizado un GOLPE DE ESTADO TÉCNICO.
Esto es similar a lo que pretendía hacer Zelaya, solo que más refinado. Es de entender entonces la solidaridad con Zelaya, pero también pesa su intento de quedar como un héroe ante la comunidad internacional.
Lo que resta hacer ahora es dar una declaración formal del Estado de Honduras sobre el documento de San José, que seguramente será desfavorable para Zelaya, y abandonar esta mediación sin futuro. La mediación de Arias puede perjudicarnos en vez de favorecernos, si este en su afán de tener éxito en sus gestiones decide cabildear con la comunidad internacional para que se aplique más presión al gobierno de Micheletti y al pueblo de Honduras para que regrese al poder el criminal Zelaya.