Por: Jorge Federico Travieso
Pesa a veces la vida y el hombre desespera.
Pesa el pesar y pesa la dicha que no fue;
la esperanza musita: espera, espera, espera,
y el corazón cansado responde: ¿para qué?
¡Cuando yo sea grande! oh, frase verde y fresca
que florece en los labios cuando principia abril,
¡cuando yo sea grande! espera, espera, espera,
y la niñez se prende perdida al porvenir.
¡Cuando tenga dinero! ¡Cuando ella me sonría!
¡Cuando lleguen las glorias por caminos de ayer!
¡Cuando tenga el secreto de la muerte y la vida!
¡Cuando Dios me visite tras un atardecer!
Y las cosas que llegan ya no tienen aroma,
el corazón cansado pregunta: ¿para qué?
Espera, espera, espera, la esperanza pregona
y otra vez nos ponemos a esperar y a creer.
Pero un día se hiela la canción en la boca,
la esperanza no tiene ni aguijón ni poder,
el amor está lejos, como estrella en derrota,
y Dios está lejano como sol por nacer.
Erguido ante el poniente el corazón enreda
su pregunta de siempre, ¿para qué?, ¿para qué?
Y musita la muerte: espera, espera, espera,
¡y otra vez nos ponemos a esperar y a creer!
