Ahora es que he crecido, Madre

Por Clementina Suárez

Como cuando se llora porque se tiene que llorar
porque se tiene los ojos henchidos de lágrimas,
como cuando se grita porque se tiene que gritar
porque se tiene el pecho rebalsando de pena.
Como cuando se calla y el silencio es un río de angustias
donde la desesperanza es eterna.

¡Así madre! la pena en mi regazo
¡Así madre! el grito en mi boca
¡Así madre! la angustia estrujándome por dentro
¡Así madre! el dolor quemándome las manos
¡Así madre! mi protesta, mi ira, mi desolación.

Demás está que diga que yo haré el mismo viaje,
que nada se pierde en la nada,
que tú eres eminentemente cierta,
que estás a flor de piel en las cosas
con tus días y tus noches inolvidables.

Que yo puedo crecer a la altura de tu árbol,
ganar tu luz y tu bondad inmaculada.
Mi corazón queda intacto en el llanto
el pecho vacío no se consuela.

Y es que cómo puedo olvidar,
que tú eres la única capaz de quererme,
y además de guardarme y de resguardarme,
de toda intemperie
dentro de tu propio corazón.

Abro los ojos y te miro. ¡Qué ojos los tuyos Madre!
En tu empinada voz, en tu alta voz,
te escucho. Y comprendo
qué caminos de amor te hicieron perfecta, eterna,
por eso floreciste como la rosa
que manos amorosas le apartaron las espinas.

Pero en la vida mía, la de tu hija,
el cielo no se alcanza tan fácil.
La verdad del mundo le fue taladrando el pecho
en un dolor universal.