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ago 06

Fábulas

La Fábula

La Fábula, también llamada apólogo, es la breve narración de una acción alegórica encaminada a ejemplarizar agradablemente su fin de enseñanza moral.

EL CIERVO, EL MANANTIAL Y EL LEÓN

El Ciervo y el León

Agobiado por la sed, llegó un ciervo a un manantial. Después de beber vio su sombra en el agua. Al contemplar su hermosa y variada cornamenta sintióse orgulloso, pero quedó desconcertado de sus piernas débiles y finas. Sumido aún en estos pensamientos apareció un león, que empezó a perseguirlo. Echó a correr y le ganó una gran distancia, pues la fuerza de los ciervos está en sus piernas y la del León, en su corazón.

Mientras el campo fue liso, el ciervo guardó la ventaja que le salvaba; pero al entrar al bosque, sus cuernos se engancharon a las ramas, y no pudiendo escapar fue atrapado por el león. A punto de morir exclamó para sí mismo:

“Desdichado. Mis pies, que pensaba me traicionaban, eran los que me salvaban, y mis cuernos, en los que ponía toda mi confianza son los que me pierden.

Moraleja: Frecuentemente, viéndonos en peligro, los amigos de quienes desconfiamos nos salvan, y aquellos con quienes contamos firmemente son los que nos traicionan.

LA CIGARRA Y LA LECHUZA

Cigarra tocando guitarra

Importunaba una cigarra con su ruido insoportable a la lechuza, acostumbraba a buscar su alimento en las tinieblas y a dormir de día en el hueco de una rama. Rogóle la lechuza que se callara, y aquélla se puso a cantar con más fuerza; volvió a suplicar de nuevo, y la cigarra se excitó más todavía.

Viendo la lechuza que ya no le quedaba ningún recurso y que sus ruegos eran despreciados, atacó a la habladora con este engaño:

—Ya que no me dejan dormir tus cantos, que parecen sonidos de la cítara de Apolo, tengo el deseo de beber el néctar que Palas me ha regalado ha poco; si no te molesta, ven, lo beberemos juntos.

La cigarra, abrasada por la sed, en cuanto oyó alabar su voz voló ávida a la cita. Salió la lechuza de su nido, persiguió a la incauta y le dio muerte.

Moraleja: Quien no sabe ser complaciente encuentra casi siempre el castigo de su soberbia.

EL CUERVO Y LA ZORRA

El Cuervo y la Zorra

Sobre un árbol, un Cuervo presumido tenía con el pico un queso asido. La zorra, que lo olía y codiciaba astuta, de esta suerte le apremiaba:

—Adiós, señor don Cuervo, muy buen día. Qué hermoso y qué galán. Usted sería el Fénix de estos bosques, si supiese que a su pluma su voz correspondiese. Con esto el Cuervo se envanece tanto, que emprende hacer alarde de su canto. Abre el pico anchuroso, el queso suelta; atrapolo la zorra y, desenvuelta, le dice: —Sepa usted, buen caballero, que todo lisonjero vive a expensas de aquel que oído le presta. Bien vale un queso una lección como ésta. Avergonzado el Cuervo y confundido, juró, aunque tarde, ser más precavido.

EL GUSANO DE SEDA Y LA ARAÑA

Trabajando un gusano su capullo, la araña, que tejía a toda prisa, de esta suerte le habló con falsa risa, muy propia de su orgullo:

“¿Qué dice de tal tela el señor gusano? Esta mañana la empecé temprano, y ya estará acabada a mediodía: ¡Mire qué sutil es, mire qué bella…!

El gusano con sorna respondía: “Usted tiene razón; así sale ella”.

Moraleja: Se ha de considerar la calidad de la obra y no el tiempo que se ha tardado en hacerla.

LA BASURA

Ave reprende a basura voladora

—Ved, cómo me remonto a gran altura—
Decía con orgullo una basura
Mirando a la ciudad muy bajo de ella;
Y como el viento que la alzó seguía,
Más henchida de orgullo repetía:
—¡De abajo me verán como una estrella!

Un ave que cruzaba el firmamento,
La oyó y le dijo con burlón acento:
—Tus ímpetus modera y ten cordura,
Que el viento que te alzó muy poco dura,
Y cuando cese de soplar el viento
Volverás a la tierra a ser basura.

~Máximo Soto Hall

EL ÁGUILA Y LA HORMIGA

El Aǵuila y la Hormiga

En el hueco de uno de esos peñones andinos, altísimos y helados, tenía su nido un águila. Reposaba indolentemente después de una accidentada y fructuosa cacería, cuando, de pronto, una hormiga que había descendido por el peñón hasta la altura del nido, le dijo con respetuosa voz:

—Señora águila, ¡buenos días!

El águila volvió la cabeza, le dirigió una mirada fulminadora, y no le contestó.

La hormiga creyó que no había sido oída, y repitió con voz más fuerte:

—¡Buenos días!

—Es increíble que en un cuerpo tan pequeño quepa tanta audacia —dijo el águila—: tu mejor homenaje debería ser el silencio.

—Señora, mi pequeñez… —dijo la hormiga.

Pero no continuó, pues el águila, levantando el cuello, lanzó un picotazo en dirección de la hormiga para aplastarla. El choque con la roca fue muy fuerte; pero no lastimó a la hormiga, sino que ésta salió proyectada y en vez de rodar en el abismo, por una curiosa casualidad, cayó sobre la cabeza del águila.

La hormiga se golpeó, naturalmente, en la caída; pero luego logró descender hasta la piel, y se agarró fuertemente al pie de una pequeña pluma. Repuesta ya del susto y sintiéndose bien afianzada, comprendió que en aquel instante su situación era muy ventajosa. Esta reflexión le dio ánimo para decir al águila:

—¡Señora águila! ¡Ahora quien manda soy yo!

El águila sacudió su cabeza como un Júpiter indignado. La hormiga le aplicó un mordisco. Entonces sacó una pata del nido e inclinó la cabeza para rascarse, y destruir con garra aquel huésped importuno. La hormiga la mordió otra vez y se preparó para la lucha; lucha espantosa y larga entre su agilidad inteligente y la fuerza ciega de la garra. A cada zarpazo mal acertado, la hormiga contestaba con un fuerte mordisco. Como la cabeza estaba ya sangrando, el águila comprendió que ella misma con su garra se estaba destrozando, y que en tales condiciones la lucha era muy desigual. Entonces se quedó quieta y dijo a la hormiga:

—Dí, ¿qué quieres?

—Que vueles —contestó la hormiga.

El águila agitó sus alas, y con un ruido semejante al crepitar de un viejo velero, se lanzó al espacio, y pasó por sobre llanuras, bosques y montañas, en raudo vuelo.

La hormiga estaba maravillada ante el divino espectáculo de aquella sucesión de horizontes y pensó «¡Qué vasto es el mundo! Yo no habría podido recorrer esa extensión ni en cinco mil años!» Y ebria de azul y de infinito, gritó al águila:

—¡Más arriba!

Y el águila subió y subió hasta llegar a las nubes; pero luego se le vio descender a todo vuelo, jadeante de cansancio, y fue a posarse sobre una elevada cresta cubierta de árboles seculares. Entonces la hormiga soltó la pluma, rodó sobre el plumaje del águila y cayó desvanecida entre las hierbas.

Moraleja: La moraleja es viejísima, como el mundo, y es ésta: No debemos desdeñar a los pequeños, y mucho menos ofenderles; porque el Destino se complace a veces en ponerlos sobre nuestra cabeza para hacer más humano nuestro corazón y para castigar nuestra soberbia.

~Adaptado de Luis Andrés Zúñiga.

Bibliografía: Efemérides, Pensamientos y Símbolos Visibles de la Patria. Mario Bardales Meza. Comayagua, 1983. Libro de Lectura de Cuarto Grado. M. Navarro. Tegucigalpa, 1965. Libro de Lectura de Quinto Grado. M. Navarro. Tegucigalpa, 1945.

2 comentarios

  1. erica

    Dios les bendiga y siga usabdo como este gran canal de información sobre mi patria.

  2. ORBELICIA

    BUEN DIA, LE FELICITO POR DAR A CONOCER NUESTRA IDENTIDAD COMO HONDUREÑOS, CADA DIA SE ESMERA POR TENERNOS INFORMADOS.

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