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El Padre Manuel de Jesús Subirana, Misionero Español en Honduras

Por Luis Mariñas Otero

Toda la extensa zona donde ejerció su actividad Subirana, unos 50.000 Kms. cuadrados, lleva su huella. Organizó a los indios de la región, dispersos en las selvas, en pueblos para los que consiguió del General Medina tierras de buena calidad.

La actividad primordial de Subirana, durante los ocho años que residió en Honduras fue la Misionera, en la que encontró un terreno casi virgen. En Luquigüe, departamento de Yoro, había existido durante un siglo un importante centro misional de los franciscanos para la evangelización de los jicaques, pero a partir de 1826 se suspendió el envío del modesto subsidio de 664 pesos que se remitía de Comayagua para sus sostenimiento y en la época de Subirana la Misión había desaparecido. Ejemplos similares se multiplicaban en el resto del país.

Así en el Archivo Parroquial de Comayagua se conserva una autorización, de fecha 17 de diciembre de 1858, para que construya y bendiga Ermitas y cementerios de nueve pueblos “para que los 4.345 indios toacas, payas y hicaques que el señor Misionero Presbítero Don Manuel Subirana ha instruído y bautizado en los Departamentos de Olancho y Yoro puedan ir acostumbrándose a los actos religiosos”.

Considerado por todos como “benemérito de la instrucción Pública” años despues, un Presidente, nada sospechoso de clericalismo, Paz Barahona, ordenó colocar el retrato de Subirana en el Salón de Honor de la Escuela Normal de Tegucigalpa, en atención a los servicios que prestó a la educación de Honduras.

Pero no solamente ha pasado a la posteridad el recuerdo de Subirana como catequizador nuestro. Su labor entre los indios de Yoro, Olancho y la Mosquitia no se limitó a lo espiritual sino que, en una época en que el Gobierno estaba lejano y sus representantes en las zonas atrasadas del país tenían poderes casi omnímodos, la actuación del Padre Subirana rebasa las fronteras de lo religioso y educativo para ocuparse del bienestar material y del progreso de las comunidades indígenas donde misionó.

Consiguió del Gobierno del Presidente Medina tierras para sus feligreses, realizando así una obra eficaz en bien de los mismos, que nos resume el Dr. Vallejo de esta forma:

“A pesar de que ha transcurrido tiempo considerable desde la muerte del padre Misionero, no ha habido ningún sacerdote de esta Diócesis que haya sentido la tentación de seguir tan noble ejemplo, no obstante de que hay algunos con pretensiones de inteligentes y virtuosos, razón por la cual las conquistas hechas por el padre Subirana, no solamente no han progresado, ni conservándose siquiera, sino que casi están perdidas.

“El padre Subirana con el principal objeto de despertar en los indios selváticos el amor a los trabajos agrícolas y crearles de esta manera intereses permanentes, y emanciparles de la ignorancia por medio de la instrucción, pidió al gobierno varias concesiones de terrenos que se otorgaron en legal forma, y que se encuentran en el Archivo Nacional, con los nombres de Anisillo, Agua Caliente, Camalote, Candelaria, Guajiniquil, Jimía, Ojo de Agua, El Pate, Palmar, Pintada, Santa Marta, San Francisco, Las Vegas y Tela.

“Muerto Subirana, que fue una desgracia y materia de dolor para los indios, olvidándose de ellos los directores de las cosas espirituales, el Gobierno del General Medina dispuso que los Gobernadores Políticos del Departamento fueran curadores de los indios y administraran el producto de sus trabajos.

“Este nuevo cargo conferido a los Gobernadores de la sección de que me ocupo, fue por algún tiempo manzana de discordia entre los pro-hombres de la ciudad de Yoro y del Departamento, por las especulaciones, a que se aseguraba se prestaban las guardas o curadurías. Afortunadamente todo esto ha desaparecido y los aborígenes han mejorado un tanto su lamentable situación”.

El 27 de Noviembre de 1864 a los ocho años de su incansable actividad en Honduras murió el Misionero, tan pobremente como había vivido, en un caserío cercano a Santa Cruz de Yojoa, el Potrero del Olivar, que el pueblo bautizó con el sublime nombre de Subirana del Olivar que el uso ha consagrado…

Fuente: El Misionero Español: Manuel Subirana, por Ernesto Alvarado García. 1964.

José Santos Guardiola

José Santos Guardiola El 1 de noviembre de 1816, en una casita humilde situada en las proximidades de la antigua Dirección General de Policía de Tegucigalpa, vino al mundo José Santos Guardiola, elemento destinado a ser una de las más grandes y distinguidas figuras de la política hondureña.

José Santos Guardiola fue hijo ilegítimo de don Esteban Guardiola, nacido en Villa Seca, provincia de Tarragona, Cataluña, y de doña Bibiana Bustillo, nativa de Tegucigalpa.

A los seis años de edad Guardiola recibió las primeras letras en una escuela privada y más tarde asistió a la única escuela municipal de varones existente en esa ciudad. Su padre lo llevó más tarde al mineral de San Antonio de Oriente y allá le impartió variados conocimientos hasta darle la preparación corriente que en su tiempo recibían los jóvenes de familia importante.

Cuando el General Francisco Morazán estableció en Tegucigalpa la imprenta del Estado, Guardiola aprendió tipografía y cuando el Coronel José Antonio Márquez abrió una escuela militar bajo la dirección del coronel colombiano Narciso Benítez, el inquieto joven fue uno de los primeros cadetes.

Guardiola nació para la carrera de las armas. Sus primeras acciones bélicas las libró al lado de las fuerzas morazánicas, pero más tarde, siguiendo al General Francisco Ferrera, tomó parte en las campañas estimuladas por éste en contra de Morazán y sus ideas. Se convirtió en un militar de prestigio, de probado valor y de grandes habilidades en el arte bélico, cualidades que le franquearon el camino hacia todos los ascensos hasta llegar al de Capitán General.

Fue Ministro de Relaciones Exteriores y General en Jefe de lucidos ejércitos, con los cuales impuso su nombre en toda el área centroamericana infligiendo severas derrotas a los jefes rivales, tales como los Generales José Trinidad Cabañas, José Antonio Carballo y Nicolás Angulo. Fue desafortunado al medirse con el General nicaragüense José Trinidad Muñoz, pero en el combate de El Sauce este jefe perdió la vida en plena acción contra Guardiola.

Guardiola fue presidente de Honduras desde el 17 de febrero de 1856 hasta el 11 de enero de 1862 y se significó como un gobernante progresista, defensor de la autonomía nacional, defensor de las libertades públicas y dispuesto a formar clima a las realizaciones liberales por la vía de la evolución antes que por la de la revolución.

Logró la reincorporación de las Islas de la Bahía y la Mosquitia al territorio de Honduras y acuñó un apogtema que cumplió estrictamente durante su gestión de gobernante: “La palabra debe curarse con la palabra”.

Murió a manos de un grupo de fríos asesinos el 11 de enero de 1862 en la ciudad de Comayagua.

Tomado del libro Efemérides Nacionales, Tomo II. De Víctor Cáceres Lara. Publicaciones del Banco Central de Honduras. 1980.

Biografia del Padre Manuel de Jesús Subirana

Padre Manuel de Jesús Subirana

Nació este abnegado sacerdote en la ciudad de Manresa, de la Provincia de Barcelona, España.

A la edad en que sus facultades vigorosas se abrían a todas las fuentes del saber, hizo su ingreso en el Seminario de la ciudad de Vich, habiéndose ordenado en dicho centro religioso el año de 1834.

Ejerció hasta 1845 los servicios cristianos en su ciudad natal, y fue durante ese tiempo cuando sintió una fuerza suprema que, orientándolo hacia la vida apostólica, vióse en el deber de presentarse a su Ordinario, solicitándole facultades para recorrer la Diócesis de la ciudad que lo vió nacer y, con el carácter ya de Misionero, visitó también la de Barcelona, observando una conducta evangélica y edificante que inspiraba toda fe.

Mas, el destino le había señalado América como el campo ávido donde debía ofrendar las bondades de su vida ejemplar. Y en 1850 embarcóse hacia estas tierras y vino al Arzobispado de Cuba, donde emprendió su papel de Misionero, bajo la protección del Arzopispo don Antonio María Claret y Clara y su Secretario el Presbítero Felipe Rovira. Permaneció en Cuba hasta el año de 1856, llevando con fervor a todos los rumbos de la isla la religión cristiana y sufriendo, por la inclemencia del clima, terribles enfermedades que pusieron en peligro su vida preclara.

Del 8 de julio de 1856 al 17 de enero de 1857 ejerció su apostolado en la Diócesis de San Salvador, bajo la dirección benéfica del Reverendísimo doctor Tomás Saldaña y Olivares.

En el mismo año de 1857 vino a la Diócesis de Comayagua, ocupando en aquella época la Sede Episcopal del ilustrísimo Hipólito Casiano Flores, quien lo autorizó para que, al desempeñar su ministerio, usara de grandes privilegios, a fin de llevar a cabo su misión humanitaria.

En el año de 1859 pasó nuevamente a la Diócesis de San Salvador y en 1860 a la de Nicaragua, siendo el Obispo de esta Diócesis el doctor Bernardo Piñol y Aycinena.

En el mismo año de 1860 regresó a Honduras, escogiendo como centro de sus actividades evangélicas la ciudad de Yoro, cabecera del departamento del mismo nombre. Cruzó toda esta región, haciendo las jornadas, casi en su mayor parte a pie, por lo accidentado de los caminos. Aunque infundió la caridad cristiana en otros lugares, tuvo especial predilección por las numerosas tribus selváticas (los jicaques) de esta zona, que se hallaban en un lamentable estado de salvajismo. Conocedor no sólo de su lengua (la de Cervantes), como la de la Iglesia, la francesa y quizá otras más, habló con perfección los dialectos de los jicaques, de tal manera que con ellos se entendía a maravilla. En su informe de 27 de junio de 1864, rendido al Obispo, doctor Juan de Jesús Zepeda, y que escribió en lenguaje sencillo y místico, se destaca el hecho de haber catequizado a los indios de Machigua (cerca de la ciudad de Yoro), El Siriano, Luquigue, Santa Marta, Jimía, Sompopero, Pueblo Quemado (hoy Subirana, reducción a la que él mismo dio su nombre), Tablón, Mataderos, Lagunitas, Cuchillas, Tigre, San Francisco, La Bolsita, Caridad, Ocote Paulino, Alvarenga y muchos caseríos y villorrios más, levantando en muchos de estos lugares ermitas a donde concurrían los indios a oír sus prédicas cristianas y abriendo al mismo tiempo escuelas, pues decía él en el informe aludido “les he puesto rezadores y maestros de escuela”. Cristianizó a 2.000 Mosquitos, 150 Tuacas, 700 Payas, 5.500 Jicaques y a 2.000 caribes de la Mosquitia. Atendió a los redimidos indígenas no sólo en el orden religioso, sino que, preocupándose por el porvenir de ellos, logró del Gobierno civil algunos terrenos fertilísimos que él midió con toda exactitud.

A los treinta años de haber emprendido una labor evangelizadora, bajó a la tumba aquel virtuoso Misionero, el 27 de noviembre de 1864, en el lugar llamado “Potrero de los Olivos”, situado al Norte y en la jurisdicción de Santa Cruz de Yojoa, del actual departamento de Cortés, y cumpliendo un deseo suyo, fue conducido desde aquel lugar hasta la ciudad de Yoro, en cuya iglesia fueron inhumados sus restos.

Sesenta y tres años pesan ya sobre aquella fecha fúnebre en que la vida luminosa de aquel hombre místico apagóse para siempre; sus anécdotas le recuerdan con religiosidad vehemente, y hoy día, en la procelosidad de nuestra vida social y política, su figura se destaca con iluminaciones de APÓSTOL, SANTO y PROFETA.

APÓSTOL, porque convertido en un Cristo, no sólo para las tribus selváticas del litoral nórdico del país, catequizó y redimió de la obscuridad y olvido a aquellas gentes en cuyas almas aún no había penetrado el rayo luminoso de la cristiandad, el pan consolador de la fe; porque, cual un maestro de la verdad, llevó al lado de la CRUZ el ALFABETO que civiliza; porque vertió el encanto de su virtud en los corazones cosechando mansedumbre y paz, luz en los cerebros, incrementando la instrucción y el progreso entre aquellos hijos de la selva que él, con la suave palabra de la dulzura y la mirada penetrante de la convicción, conquistó para incorporarlos a la Humanidad civilizada.

SANTO, porque fué un modelo de castidad y virtud, a cuyo ejemplo no pudo resistir el vicio de la vida secular y abandonada de nuestros pueblos, avivando en ellos, con la fuerza de su prestigio y los actos de su vida, el santo temor a Dios; porque dotado de un don especial y raro en estos tiempos, patentizó ante los pueblos la Divina Providencia, encauzándolos en la verdadera Moral y castigando a los incrédulos y perversos. (Su infinidad de anécdotas, recordadas por la tradición como verdaderos milagros, han llegado hasta Roma y se espera que algún día la Iglesia canonizará a este diáfano varón y llegue a figurar en el sagrado calendario de los santos de la tierra).

PROFETA, porque dueño de una visión clara del mundo y de las cosas, anunció la escasez de los granos, el verano perpetuo y la sequedad de los ríos y multitud de cosas más que cuentan los ancianos y que se están mirando en estos tiempos, tal como lo predijo la MISIÓN —como también llamaban a aquel virtuoso sacerdote.

Hoy, con el tiempo, brota de nuestros corazones la hermosa flor de la gratitud y se recuerda a aquel cruzado de la fe como un Apóstol, un Santo y un Profeta.

Tegucigalpa, 17 de septiembre de 1927.

Fuente: Revista Tegucigalpa, Serie 10, Número 40, del 2 de octubre de 1927). Citado en el libro El Misionero Español: Manuel Subirana, de Ernesto Alvarado García. 1964.

Francisco Morazán, prócer de Centro América

Francisco Morazán Morazán nació en la ciudad de Tegucigalpa, el 3 de octubre de 1792. Fueron sus padres don Eusebio Morazán y doña Guadalupe Quezada de Morazán.

Francisco Morazán no fue alumno de academia militar alguna, ni estuvo en servicio activo en ningún cuartel para prepararse en el arte de la guerra. Su admirable estrategia militar fue innata, cultivada en el momento trágico, exigido en defensa de la Libertad y de la Justicia de los pueblos centroamericanos.

Morazán comenzó a figurar en la vida pública centroamericana el 28 de septiembre de 1821, que llegaron a Tegucigalpa los Pliegos de la Independencia, y se dio a conocer a los habitantes de la Villa, el contenido de los oficios que se denominaron: “Los Pliegos”, que no eran más que el acta de separación que el Reino de Guatemala hizo de la Madre España, el 15 de ese mismo mes y, el manifiesto que, sobre el particular emitió el capitán general del reino don Gabino Gaínza.

Durante la jefatura del Estado ejercida por el licenciado don Dionisio de Herrera, el general Francisco Morazán fue nombrado secretario; en dicho opuesto, dio a conocer su talento y valor militar en la defensa del sitio de Comayagua del 7 de abril al 9 de mayo de 1827, y se definió como estratega, librando la batalla de La Trinidad, el 11 de noviembre del mismo año, en la que obtuvo triunfo contra las autoridades centroamericanas arbitrarias, representadas en Honduras por el coronel Justo Milla.

Morazán, en su calidad de Jefe de Estado de Honduras, regresó a pacificar el país. Logrado su objetivo pacifista, Morazán se dedicó a organizar su Ejército Aliado Protector de la Ley.

Convocado el pueblo a elecciones para elegir presidente Federal, entraron en contienda eleccionaria don José Cecilio del Valle y el general Francisco Morazán. El Congreso Centroamericano hizo el escrutinio de votos y, no teniendo ninguno de los contendientes mayoría, declaró electo al general Francisco Morazán para el período 1830-1834. Morazán tomó posesión de su elevado cargo el 16 de septiembre del año de su elección.

En el primer período de gobierno centroamericano de Francisco Morazán, dedicó sus energías y entusiasmos a hacer efectivos en Centro América, los principios democráticos; se reglamentó la instrucción pública, se estableció la Academia de Estudio, se organizó el ejército, se estimuló la función de la Universidad de San Carlos, del Colegio de Abogados y del Protomedicato, se protegió a las industrias y se organizó el organizó el servicio diplomático. Durante este primer período de gobierno federal tuvo que librar en territorio salvadoreño y contra sus respectivos jefes de Estado (José María Cornejo y Joaquín San Martín).

Próximo el período para elegir nuevo presidente Federal, entraron en contienda eleccionaria don José Cecilio del Valle y el general Morazán. Por elección popular resultó favorecido Valle, más no ocupó tan delicado cargo porque falleció el 2 de marzo de 1834. El Congreso Federal, con motivo de la muerte de Valle, convocó al pueblo centroamericano a elecciones, resultando electo, por segunda vez, para el cargo de Presidente Federal, el general don Francisco Morazán, quien tomó posesión el 14 de febrero de 1835.

Se presentó ante Morazán don José de Aycinena, del Partido Conservador, para excitarle a que asumiera la DICTADURA, dada la gravedad de los actos cometidos por Rafael Carrera. El general Morazán contestó con indignación al proponente que: “no podía dar aquel paso por estar en pugna con los principios democráticos que él profesaba”. Fracasado Aycinena en su oferta al general Morazán, tocó el turno a don Manuel Francisco Pavón, quien recibió por respuesta: “que se sometía a la suerte que combatiendo por todas partes tal vez sucumbiría; pero sucumbiría con honor”. Por tercera vez don Mariano Rivera Paz, en su función de presidente del Estado y Juan José Aycinena, conferenciaron con el general Morazán, tratando de convencerle de la conveniencia de hacerle dictador. Sus gestiones no tuvieron resultado favorable. Agotadas las gestiones hechas por los políticos, los jefes de gobierno y jefes de la nobleza, ante el general Morazán, por que se decidiere por la dictadura; las damas de la aristocracia intervinieron halagando la vanidad del presidente Federal.

No logrando la nobleza y el clero de Guatemala quebrantar la moral del general Morazán por medio de la ambición de mando para que violara los principios democráticos, dispusieron prestar  su mayor apoyo a Rafael Carrera; para estimular al máximo su ambición de gloria y, por lo tanto, su esfuerzo de suprimir del escenario centroamericano al general Morazán. Mas, como el medio en todo efectivo para lograr dicha supresión era el de la emboscada, para el asesinato, pusieron en ejecución sus proyectos en el lugar denominado “El Guapinol”, siendo la víctima del disparo, el licenciado Juan E. Milla, joven hondureño, recién nombrado secretario privado de Morazán, quien marchaba al lado de su jefe.

Un segundo atentado ocurrió en la hacienda de Arrazola. Se le preparó debidamente una habitación de la casa, comunicada con otro cuarto en donde se encontraban varios individuos armados, con órdenes severas de suprimir de la vida al valioso centroamericano. A la hora de cometer su crimen, los asesinos se acobardaron y con la mayor prudencia huyeron para no ser descubiertos.

Morazán tomó posesión por segunda vez del cargo de presidente Federal el 14 de febrero de 1835. Su función, como tal, terminó al ser emitido el decreto del 30 de mayo de 1838 por el Congreso Federal, reunido en San Salvador.

En la madrugada del 16 de septiembre de 1839, un grupo de facciosos enviaron de inmediato una comisión a solicitar del jefe de Estado el depósito del gobierno en don Antonio J. Cañas, conminándole a que, si no accedía, su familia sería pasada a cuchillo. Morazán, una vez que reflexionó, dijo a los comisionados: “Los seres que mis enemigos tienen en su poder, son para mí sagrados y hablan vehementemente a mi corazón, pero soy el jefe de Estado y, mi deber es atacar; pasaré sobre los cadáveres de mis hijos, haré escarmentar a mis enemigos, y no sobreviviré un solo instante más a tan escandaloso atentado.”

Morazán marchó tras los comisionados hacia la capital. Reforzó su tropa con los ciudadanos fieles a su gobierno; tomó la plaza y rescató a su familia sin haber recibido ésta el menor daño.

Al amanecer del 25 de septiembre, Morazán, a la cabeza de 500 salvadoreños, atacó a las fuerzas aliadas, derrotándolas en dura lucha. El jefe invasor huyó herido, dejando abandonado todo lo que le acompañaba.

El 8 de abril de 1840, en el puerto de la Libertad, Morazán se embarcó en la goleta «Izalco». Desembarcó en playas panameñas. Se dirigió a la ciudad de David donde escribió su célebre MANIFIESTO AL PUEBLO CENTROAMERICANO.

Después de permanecer seis meses en David, marchó al Perú, llamado por el mariscal Gamarra, presidente de aquel país. A su ingreso le hizo varias ofertas, Morazán declinó todas ellas. Después de tres meses en la ciudad de Lima, Morazán recibió firmada el 22 de agosto, una proclama del Supremo Director del Estado de Nicaragua; en ella llamaba con urgencia a los centroamericanos a defender la soberanía de la nación, violada por los ingleses, ocupando el puerto de San Juan del Norte e imponiendo el reconocimiento del rey mosco, creado en territorio centroamericano por Inglaterra.

De acuerdo con el punto 2º del convenio de El Jocote, se convocó a una Asamblea Constituyente, la que el 10 de julio de 1842, eligió al general Morazán, Jefe Constitucional del Estado.

El 11 de septiembre de 1842, Florentino Alfaro se insurreccionó en Alajuela y marchó a San José a la cabeza de 350 hombres que estaban listos para enfrentarse al problema bélico que surgiera con Nicaragua. La familia de Morazán fue apresad en la calle, y conducida a la habitación de don José Antonio Pinto.

Morazán se dirigió a Cartago, en esta ciudad residía su amigo Pedro de Mayorga, en cuya casa se hospedó. La esposa de Mayorga informó a sus huéspedes de la acción repugnante de su esposo de haber ido a dar cuenta de la presencia de ellos en su casa, después de haberle recibido con las mayores atenciones. Minutos después Morazán, J. Miguel Saravia y Vicente Villaseñor eran reducidos a la prisión. A la sala de los prisioneros se presentó el oficial Daniel Orozco a manifestar que el ejército vencedor pedía se engrillara a los presos. Tal petición deprimió a J. Miguel Saravia que apeló a sus pistolas para suicidarse. Morazán se las quitó. Vicente Villaseñor se apuñaló en el costado izquierdo. Saravia tomó un veneno que conservaba en un anillo. Morazán se mantuvo sereno en la ruda prueba a la que le sometían sus enemigos. Solicitó no retiraran del lugar el cadáver de Saravia y se dedicó a atender a Villaseñor.

Por orden de J. Antonio Pinto, los prisioneros fueron trasladados a San José, al general Villaseñor se le condujo en hamaca. A Morazán se le permitió ir montado. Mas, al llegar al sitio de las Moras, el capitán Benavides ordenó se desmontara.

A la vista de tanta gente en actitud de recogimiento, Morazán dijo al señor Vijil: “Con qué solemnidad celebramos nuestra independencia”. Los prisioneros fueron alojados en el edificio de la Corte. En la capital josefina les condenaron sus enemigos a la pena capital.

Ningún tribunal se reunió para oir y juzgar a conciencia a los prisioneros. J. Antonio Pinto dispuso su ejecución. Tal disposición se les comunicó dos horas antes de cumplirse la orden. Morazán dictó a su hijo Francisco su testamento. Lo hizo con calma y lucidez de su inteligencia, actitudes propias de un hombre superior.

Morazán, antes de ir al patíbulo pidió se le permitiera dirigir una circular a los demás gobiernos centroamericanos, lo que no se le concedió.

Caminó con paso firme de la prisión al lugar en donde fue ejecutado. A Villaseñor le condujeron en una silla. Morazán le sentó en el banquito y le arregló el cabello diciéndole, al propio tiempo: “Querido amigo: la posteridad nos hará justicia”. Al despedirse de sus amigos legó sus restos a El Salvador y, les rogó los trasladasen a aquella tierra.

Morazán rogó al jefe de la columna que cumpliría la sentencia, le permitiera el mando del fuego. Concedida esta gracia, dijo a los tiradores: “Apuntad bien, hijos”. Luego, entreabriéndose la camisa, se quitó un relicario que entregó a don Mariano Montealegre, rogándole depositarlo en manos de su señora Josefa. Corrigió una puntería que observó mala y dijo: “Ahora bien… ¡Fuego!”. La descarga fue estrepitosa, confusa, por el humo de la pólvora se le vio levantada su cabeza y se le escuchó decir: “¡Estoy vivo!”… Una nueva descarga de fusilería cegó su vida.

La ejecución de Francisco Morazán y Vicente Villaseñor tuvo lugar a las 6 de la tarde del día 15 de septiembre de 1842, en el propio día del veintiún aniversario de la separación del Reino de Guatemala, colonia de España.

Tomado del suplemento de El Heraldo: “Evolución histórica de la independencia de Honduras”, del martes 7 de septiembre del 2010.

La historia del cacique Lempira

El cacique Lempira

Lempira fue un importante líder de la resistencia indígena contra la dominación española. Su zona de operaciones fue un extenso y áspero territorio en la mitad sur de lo que ahora es el departamento de Lempira en Honduras.

El cronista Antonio de Herrera describe a Lempira —cuyo nombre significa ‘Señor de la Sierra’— como “de mediana estatura, espaldudo y de gruesos miembros, bravo y valiente y de buena razón, nunca tuvo más de dos mujeres y murió de 38 a 40 años”.

En el año de 1537, después de la muerte del cacique Entepica, de quien fue lugarteniente, Lempira logró convocar a 200 pueblos para que pelearan unidos contra los españoles, incluyendo a la tribu de los Cares, tradicionales enemigos de la tribu de los Cerquines a la que pertenecía Lempira.

Lempira logró persuadir a 30,000 hombres para luchar por su libertad, y ofreció ser su capitán para conducirlos a la victoria, prometiendo afrontar los mayores peligros, porque consideraba inaceptable que tantos hombres valientes fueran sometidos por unos pocos extranjeros.

Los guerreros se posicionaron en sitios altos y fortificados, llamados “peñoles” por los españoles, a los que conducían a toda la comunidad con abundantes provisiones.

Los principales peñoles de la alianza indígena fueron el cerro Gualapa, el pico de Congolón, el cerro de Coyocutena, el Peñón de Cerquín, el cerro de El Broquel y las lomas de Gualasapa.

Pero el atrincheramiento más importante fue sin duda el Peñón de Cerquín, dirigido por el propio Lempira. El gobernador español de la provincia, Francisco Montejo, entendió que si se quería avanzar en el proceso de la conquista había que apoderarse de esta fortaleza, para lo cual designó al capitán Alonso Cáceres, quien con sus hombres sitió al peñol durante seis meses; pero los indios —que estaban con sus mujeres e hijos bien aprovisionados de víveres— resistieron valientemente el sitio, causando numerosas bajas españolas con sus fechas provistas de agudas piedras de pedernal.

Viendo la valiente resistencia indígena el capitán Alonso Cáceres decidió tomarse la fortaleza por medio de la traición. Para ello dispuso que un soldado se aproximase con su caballo a una roca donde Lempira estaba de pie, y que, mientras le hacía proposiciones de paz, otro soldado cabalgando a la grupa, le disparara con su arcabuz. La estratagema se cumplió al pie de la letra, y al morir el capitán indígena, la numerosa tropa que lo acompañaba se dispersó por los montes, y poco después se rindió a los españoles.

El cronista Herrera narra así el episodio de la traición: “el capitán Cáceres ordenó que un soldado se pusiese a caballo, tan cerca que un arcabuz le pudiese alcanzar de puntería, y que este le hablase, amonestándole, que admitiese la amistad que se le ofrecía; y que otro soldado estando a las ancas, con el arcabuz le tirase; y ordenado de esta manera, el soldado trabó su plática y dijo sus consejos y persuasiones, y el cacique le respondía que ‘la guerra no había de cansar a los soldados ni espantarlos, y que el que más pudiese vencería’; y diciendo otras palabras arrogantes, más que de indio, el soldado de las ancas le apuntó cuando vio la ocasión, y le dio en la frente, sin que le valiese un morrión, que a su usanza tenía, muy galano y empenachado”.

Por tradición se sostiene que Lempira cayó en el sitio de Piedra Parada, cerca de el Pico Congolón, aunque también hay otro sitio conocido como Piedra Parada cerca de Erandique; pero las investigaciones en el terreno conducen a pensar que el héroe indígena pereció en el propio Peñón de Cerquín.

El historiador hondureño Mario Felipe Martínez ha puesto en duda la versión de la muerte de Lempira de Antonio de Herrera, después de descubrir en el Archivo de Indias una probanza que presentó en 1558 ante las autoridades españolas de México el soldado Rodrigo Ruiz.

El documento es de suma importancia, porque confirma la existencia real de Lempira —al que algunos hondureños de escasa fibra patriótica consideran una leyenda— el nombre del cacique (al que se refiere como El Empira), la descripción de la guerra y el escenario de la misma.

El propósito del soldado Rodrigo Ruiz al escribir esta probanza era impresionar a las autoridades españolas con el fin de obtener una pensión para los últimos años de su vida. Allí Rodrigo cuenta la hazaña de haberse enfrentado solo ante Lempira, provisto de su espada y rodela, llevando su cabeza como trofeo y recibiendo en el camino muchas heridas de parte de los indios, heridas que casi le provocan la muerte.

Aunque Rodrigo apoya su dicho con el informe de varios testigos —algunos supuestamente presenciales— no se puede confiar totalmente en el testimonio de unos compañeros de guerra dispuestos a ayudar a su amigo en un hecho de unos veinte años atrás.

Por su parte el obispo Cristóbal de Pedraza —quien se destacara por su defensa de los indígenas— en una fecha tan fresca como lo es el 18 de mayo de 1539 informa desde Gracias a los Reyes de España que a Lempira fue necesario vencerlo con ‘cierta industria’, es decir, no en combate frontal, como dice Ruiz.

Fuente: Evolución Histórica de Honduras.
Longino Becerra. (2009)

José Trinidad Cabañas

José Trinidad CabañasNació en Tegucigalpa en 1805 y falleció en Comayagua en 1871. Presidente constitucional de la República del 1 de marzo de 1852 al 18 de octubre de 1855. Sus padres fueron José María Cabañas y Juana Fiallos de Cabañas.

Estudió en el Colegio Tridentino de Comayagua y se inició en la carrera de armas en 1827, defendiendo al Jefe de Estado Dionisio de Herrera cuando el país fue invadido por tropas federales, bajo el mando de José Milla, enviadas por el presidente federal Manuel José Arce.

Participó con el General Francisco Morazán en casi todas sus campañas, y obtuvo todos los grados militares en los campos de batalla de los cinco países centroamericanos, siempre como soldado de la Federación, en la que creyó ciegamente. Fue ministro y presidente del Congreso en El Salvador; ostentó diversos cargos militares y ejerció la presidencia hondureña entre 1852 y 1855. Durante su gestión presidencial se intentó por primera vez en la historia centroamericana construir un ferrocarril interocéanico; para ello realizó gestiones con el diplomático Ephraim G. Squier, si bien no lograron concretarse ante la imposibilidad de obtener apoyo financiero de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Cuando Cabañas fue derrotado por aliados de Carrera emigró a Nicaragua, donde se entrevistó con el filibustero William Walker. Éste le ofreció armas y soldados para recuperar el poder, poniendo como condición asumir la dirección personal de las operaciones militares; sin embargo esta condición no fue aceptada por Cabañas. En 1864 los gobiernos de Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua exigieron al de Costa Rica que le negara asilo tanto a él como a otros morazanistas, pero la petición no fue oída por las autoridades costarricenses.

Gracias a esta valiente actitud, Cabañas pudo permanecer en Costa Rica hasta 1867, cuando regresó a su patria natal.

El presidente José María Medina lo nombró intendente de la aduana de Trujillo, pero Cabañas renunció a los tres meses y no quiso cobrar sueldo alguno. Se retiró a Comayagua donde compró una pequeña propiedad a orillas del Selguapa y se dedicó al oficio de lañador, en tanto que la patria entera le prodigaba sus respetos.

Sus restos fueron sepultados en la iglesia de San Sebastián con los honores propios de su condición de general de división y ex presidente de la República. Figura en la lista de hondureños más prominentes y su valentía legendaria ha sido motivo de inspiración para muchos, entre ellos José Trinidad Reyes, quien le cantó en elegantes octavas reales.

Tomado del libro “Historia de Honduras: Nivel Superior” de Guillermo Varela Osorio, que a su vez lo tomó de la “Enciclopedia de Honduras”. Editorial Océano, España 2001.

El Gobierno de Tiburcio Carías Andino, un Guerrillero y Sobrio Patriarca

John D. Erwin.

El Embajador John D. Erwin estuvo al frente de la representación diplomática de los Estados Unidos de América en Tegucigalpa de 1937 a 1947 en la época de Tiburcio Carías Andino. Erwin nació en Meador, Kentucky, asistiendo al Colegio McCallie y a la Academia Militar de Baylor en Chatanooga, Tenessee. Trabajó como reportero para el periódico “Chatanooga News” y fue corresponsal de “New York Evening World”, “Nashville Tennessee” y “Memphis Commercial Appeal” en Washington. Fué Secretario de dos senadores norteamericanos antes de ingresar al servicio diplomático de su país.

Por William Krehm,

ex-corresponsal de la revista “Time”.

En la escala del peso físico, Tiburcio Carías Andino es, con ventaja, el Presidente más grande de América. En su presencia uno se da inmediatamente cuenta del triunfo de la materia sobre el espíritu: la pesada bola de su cuerpo remata en una cabeza terca y obtusa. Dícese que en su juventud era capaz de romper un rifle sobre la rodilla: ahora cuando da la mano, deja los huesos machacados.

Nació hace unos sesenta y ocho años como miembro de una familia numerosa, con abundante sangre india y negra, y feroces ambiciones de clan. A los diez y seis años sirvió como ayudante de cocina en una banda de las guerrillas liberales, capitaneadas por sus hermanos. En la guerra de 1907, en la que el dictador nicaragüense Zelaya ayudó para que los liberales llegaran al poder, Carías mandó un destacamento liberal. Sus estudios fueron interrumpidos para ir a la guerra, y en cuanto los liberales llegaron al poder lo recompensaron con el grado de Leyes. En América Central los abogados llevan el título de Doctor y, en virtud de su grado espurio, Carías lleva el doble prefijo de “Doctor y General”. Sin embargo, su carrera como jurista fue corta: tuvo un asunto y lo perdió.

Dos décadas de actividad revolucionaria, como liberal, no lo llevaron a ninguna parte. Sin resultados efectivos, decidió entonces cambiar de caballo. En 1923 fue candidato nacionalista (conservador) a la presidencia; y aunque no tuvo mayoría,logró la votación más amplia de los tres candidatos. En la guerra civil subsiguiente, Tegucigalpa fue bombardeada por sus aeroplanos, y de allí salió como el auténtico hombre fuerte respaldado por la United Fruit Co. Pero en 1924 y luego en 1928 conoció el amargo gusto de la derrota electoral. El país no se daba prisa alguna en reconocer a su salvador.

Durante estas décadas de intentos fracasados Carías era un hombre pobre. Estaba sostenido por su mujer;que poseía una pequeña fonda o merendero en Zambrano, en la carretera septentrional. Sus días transcurrían tendido en una hamaca, o bien dedicado a cuidar un pequeño huerto de verduras, a la manera de Cincinato de vuelta de la guerra.

Pero a fin de cuentas la fortuna le sonrió. Cuando fue exaltado al poder por el Trust bananero, diversos factores concurrieron para asegurarle un prolongado dominio. La expansión del totalitarismo le ofreció un modelo y un apoyo propicio; el Buen Vecino le procuró armas y apoyó su régimen, moral y financieramente. Las dictaduras perennes que se asentaron sobre el Istmo, durante la cuarta década (los “treintas”) de este siglo, coordinaron su represión y mutuamente se cubrieron los flancos.

Además había la fuerza aérea. En noviembre de 1932, después del triunfo “electoral” de Carías, un sector de la oposición liberal se alzó en armas y marchó sobre la capital, desde San Lorenzo. Un arriesgado piloto de Nueva Zelandia, Lowell Yerex, que había fundado una pequeña compañía de aviación, los Transportes Aéreos de Centro América (TACA), se alió al Gobierno en la hora de peligro. Los dos aeroplanos de Yerex se armaron en El Salvador, hicieron reconocimientos en las líneas enemigas y ametrallaron a los rebeldes en El Sauce. En la lucha Yerex perdió un ojo, pero sus aeroplanos lograron dispersar a los rebeldes, cuando ya estaban a las puertas de la victoria.

A cambio de su ojo Yerex recibió una jugosa concesión que dio origen a la fenomenal carrera de la TACA. Transportando por el aire armas, licores, mercaderías y la pesada maquinaria de las minas de oro, remediando la falta de caminos mediante los aviones que surcaban el cielo hondureño, la TACA se convirtió en una institución única, primero en Honduras y después en toda Centro América. Pero los hondureños nunca han olvidado la forma como empezó sus actividades esta empresa. Sólo cuando la Transcontinental and Western Airways de los Estados Unidos adquirió intereses para controlar la explotación y eliminó a Yerex de la Gerencia, pudo la TACA hacer las paces con el pueblo hondureño.

Tiburcio Carías Andino fue elegido en 1932 para un mandato de cuatro años, bajo unas normas constitucionales que prohibían la reelección. Mediante una serie de enmiendas a la Carta Magna del país, su Congreso le permitió continuar ocupando el Palacio presidencial hasta 1949. Nunca hasta entonces en la historia de Honduras un Presidente se había aferrado a un segundo período y sobrevivido el fin de él.

Desde 1932 no ha habido elecciones al Congreso. La autonomía de las ciudades más populosas quedó suprimida. En 1933 se puso en vigor el uso de pasaportes internos. Con breves intervalos la ley marcial fue mantenida desde el momento en que Carías subió al poder hasta la primavera de 1946, en que Spruille Braden, Secretario adjunto de Estado en Norteamérica, hizo presión para que se liberalizara el régimen. El turista que visita la Jefatura de Policía de la capital con objeto de recoger uno de los tres sellos indispensables para su pasaporte advierte un cuadro animado aunque caótico del sistema penal hondureño. El aire está lleno con el tableteo de las marimbas, el rasgueo de las guitarras y la flatulencia de las trompetas: los prisioneros, en sus celdas del piso bajo, practican sus lecciones de música, y hacen saber al visitante que el progresivo régimen del doctor y general Carías se asegura la colaboración de las musas para redimir a sus ciudadanos descarriados. Pero hay otras prisiones que no se enseñan a los turistas. En la Penitenciaría de la capital cientos de prisioneros políticos se pudren en húmedos calabozos. Algunos arrastran cadenas a las cuales van sujetas bolas de hierro de sesenta libras; otros se ven obligados a permanecer con el rostro hundido en la tierra humedecida del pavimento, con un peso en la espalda, durante interminables semanas. Hay una silla eléctrica cuyo voltaje es insuficiente para matar, pero lo bastante fuerte para despertar la lengua, y celdas donde no se puede estar ni de pie ni echado. Muchos de los reclusos han perdido la razón, y otros han muerto. Los azotes se administran con un látigo denominado “verga de toro”, hecho con el órgano genital de una res, distendido y seco, con un alambre atravesando su canal.

En 1934, cuando el gobierno empezó a preparar unas elecciones que nunca llegaron a celebrarse, el periódico oficial “La Epoca” avanzó la teoría de que el “crimen útil” es necesario para la salud del Estado. No era ésta, precisamente, una declaración hueca: Carías eliminaría a sus adversarios inexorablemente, dentro y fuera del país. En 1938 los generales liberales Justo Umaña y M. A. Zapata fueron asesinados en Guatemala por los pistoleros de Jorge Ubico, en inteligencia con su camarada de Tegucigalpa.

Tiburcio Carías, Juan Manuel Gálvez, Ángel G. Hernández, Carlos Izaguirre, Fernando Zepeda Durón

En la gráfica aparecen de izquierda a derecha, entre otras personas, el profesor Angel G. Hernández, el doctor Juan Manuel Gálvez, el presidente Tiburcio Carías Andino, el profesor Carlos Izaguirre y el periodista Fernando Zepeda Durón.

Visto desde la capital Carías presenta el aspecto de un patriarca de mano firme, más bien que el de un dictador sadista. Sus adversarios políticos no pueden viajar en automóvil; algunos de ellos tienen sus carros “prisioneros” en la Penitenciaría. Los abogados enemigos de Carías ven crecer la hierba delante de sus puertas, porque cualquier cliente que se arriesgue tiene la seguridad de perder el pleito. Carías impide a los propietarios alquilar sus casas a los miembros de la oposición, y a los jóvenes que cortejen a sus hijas.

Pero en los Departamentos la situación es aún más tenebrosa. El nombre de Carlos Sanabria, Gobernador de Colón, se ha convertido en el equivalente hondureño de Atila. En efecto, Sanabria desempeña voluptuosamente todas las funciones rutinarias de un sápatra del dictador: es propietario de casas de juego y otros centros de vicio; detenta y explota el monopolio local de licores; levanta contribuciones a los empresarios; encarcela y asesina a los contados miembros de la oposición. Rodeado de sus sicarios, Sanabria ha destruido pueblos enteros, sospechosos de veleidades democráticas, y ha llevado su venganza a las familias liberales hasta la segunda y tercera generaciones. Muchas de las familias principales de Trujillo han huido del país. Cuando una delegación de mujeres fue a la capital y pidió a Carías que eliminara a Sanabria, el dictador tuvo esta rápida respuesta: “Ojalá tuviera diez y siete Sanabrias: uno para cada departamento de Honduras”.

Incluso los clubs de beisbol fueron suprimidos por Carías como posibles focos de conspiración. Sin embargo, en 1943 un sobrino lejano del dictador, el general Calixto Carías, director de una inexistente Escuela de Artillería, volvió de una visita a Cuba con entusiasmo febril por ese deporte, y convenció a su tío de que permitiera el beisbol, porque era muy útil para que los soldados aprendieran el lanzamiento de granadas. Se importó un profesional, y el juego recuperó su antigua popularidad.

La fórmula aplicada por los dictadores centroamericanos para justificar su aferramiento a la presidencia es muy sencilla, y varía muy poco de una república a otra. En primer lugar han asegurado el orden en el país, lo cual significa que las cárceles están llenas y los espías son omnipresentes. Además han emprendido importantes obras públicas. Basta referirse a una carretera pagada por los contribuyentes norteamericanos, y a un aeropuerto construido por la Panamerican Airways, para probar cómo es indispensable mantener el Presidente en su cargo durante quince años, y prorrogarle su permanencia por Otros veinte más, de modo que pueda “cumplir su misión”. Placas de bronce señalan cada alcantarilla, cada garita de guardia construida bajo el dictador. Sumadas unas a otras, estas “obras públicas” logran convertir al régimen en una “época” y en una “edad”. Una barraca o un puente se ofrecen en compensación de cientos de vidas tronchadas, de una generación de espinazos rotos y almas violadas. Es un sistema de contabilidad común a estas regiones, y no faltan diplomáticos y periodistas extranjeros dispuestos a certificar que los balances cuadran perfectamente.

Carías también juega este juego, pero sus fichas son ridículamente escasas. Con un aire de la mayor gravedad afirma que la obra más importante de su gobierno ha consistido en el embellecimiento de la capital. Tegucigalpa se aglomera en torno al palacio presidencial, como un mísero poblado alrededor del castillo de un barón de polendas. Su lánguido encanto deriva del hecho de que ha cambiado muy poco desde los tiempos coloniales. Las calles, empinadas y tortuosas, están construidas para los asnos: no para los automóviles ni las personas. No hay una sola pavimentada a la moderna; durante la estación lluviosa corren por ellas torrentes de lodo y agua. Durante trece años Carías sólo ha empedrado unas pocas. También ha acondicionado una estrecha plaza con grotescas imitaciones, en concreto, de ruinas “en estilo maya”. Terminó además un puente comenzado antes, para enlazar la capital con la polvorienta Comayagüela, al otro lado del río, y se hizo erigir un busto en la plaza central de dicha población.

La despedazada carretera de Tegucigalpa al Golfo de Fonseca se encuentra en peor estado que hace una década. En los últimos trece años las únicas obras viales dignas de mención se reducen a la Carretera Interamericana que rodea el Golfo de Fonseca (y fue pagada casi en su totalidad por los Estados Unidos), y otra a lo largo del lago Yojoa, a su vez financiada del principio al fin por Washington. Además, el único Instituto educativo que se ofrece a la publicidad es la espléndida Escuela de Agricultura, establecida en Zamorano por la United Fruit Cómpany. En esta obra los políticos hondureños no han tenido otra participación que la de vanagloriarse de ella. En medio de tal desolación, las pretensiones de Carías como un “hombre providencial” resultan ser un tanto desmesuradas.

El doctor y general Carías es un hombre de gustos simples, cuyos años de poder no han logrado despojarlo de su condición de rústico guerrillero. Hace un decenio un secretario nicaragüense le enseñó a llevar bastón y leontina, e incluso le convenció para que redujera sus fieros mostachos y proporciones adecuadas. El mismo secretario aconsejó también a la señora de Carías respecto a modas y peinados. Pero esta era una capa de barniz delgada y frágil, que pronto se quebraba. Es proverbial en don Tiburcio recibir a los diplomáticos con una barba de dos días. Su vida semeja la de un patriaca sobrio: nunca fuma ni bebe, e impone este mismo código puritano a las gentes que lo rodean. Cuando puede, despacha los asuntos de Estado mucho antes del mediodía, y pasa el resto de la jornada en su granja Villa Elena, que lleva el hombre de su esposa. Con razón está orgulloso de esa finca, lo mismo que de su rancho La Moderna en Guasculile, y de otras propiedades extendidas a lo largo de la carretera septentrional. A esas fincas ha llevado ganado de importación, de pura raza, e introducido modernos métodos de cría. Esta es, en efecto, su única contribución al fomento económico de Honduras.

En los días en que administraba el merendero de Zambrano, su mujer gozaba de muy alta reputación como persona de buenos sentimientos y como excelente cocinera. Una vez por semana, en los primeros años del gobierno de su marido, solía enviar una nota a las gentes conocidas, informándoles que se venderían tamales en el palacio presidencial en una fecha determinada. Como los tamales de doña Elena son justamente famosos, podía hacerse con ellos un pingüe negocio. Pero la avaricia pronto borró los buenos sentimientos de su corazón. Doña Elena obtuvo el monopolio del suministro de tortillas para el ejército. Comenzó a adquirir granjas, y los camiones del ejército crujían bajo el peso de las verduras, la leche y la leña, que eran transportadas para su venta en la capital. Su verdadera pasión, sin embargo, fue la adquisición de cuadras enteras de edificios en Comayaguela, el suburbio ya mencionado de Tegucigalpa al otro lado del río. La gente empezó a hablar duramente de ella, y le puso de apodo Doña Barrios. Ya no sacaba la cabeza, como en los primeros años, por un balcón del segundo piso del palacio presidencial parar charlar con las amigas que por ahí pasaban, sino que se mantuvo junto a sus sacos de monedas y empezó a temer al pueblo.

El hijo primogénito de Carías, Gonzalo, dentista de profesión, es el Cónsul general en Nueva York. En memoria de los viejos tiempos, cuando los dictadores solían acariciar sueños dinásticos, Gonzalo se iba formando como posible heredero. Dedicóse a recorrer el país regalando radios a las municipalidades e interesándose por conocer a su pueblo. Pero esto pertenece a un pasado distante y dulzón. Ahora es un hombre ineficaz, cerca de los cuarenta, que soñó vagamente con hacer cosas grandes. En septiembre de 1939 obtuvo una vasta concesión del Gobierno para establecer empacadoras de pescado, carne, frutas, etc.; fábricas para la producción de jabón, manteca y todo género de sustancias oleaginosas; construcción de almacenes, carreteras y ferrocarriles; instalación de granjas ganaderas y productoras de granos. La coñcesión le permitió importar todos los materiales necesarios para realizar esos planes, sin pagar otros derechos arancelarios que un octavo de 1% -la octava parte de un centavo- por kilogramo.

Un nuevo meteoro parecía cruzar por el horizonte económico de Honduras. Pero Gonzalo tenía un apetito tan agudo, que sólo deseaba negociar o traspasar su concesión a intereses extranjeros; en realidad no hizo nada hasta que se asoció con Henry Klapisch, un americano de gran prestigio en el comercio internacional del arenque. Comenzaron a comprar, en condiciones monopolísticas, la pesca levantada por los pescadores del Golfo de Fonseca, y a llevarla en aviones del ejército hasta la capital. Ambos socios explotaron también un amplio negocio de exportación de huevos, aves de corral y carnes a Panamá, contribuyendo notablemente al alto costo de la vida en Honduras.

Otro hijo menor, Tiburcio, vive permanentemente en el extranjero, como Cónsul en Liverpool. Carías tiene especial predilección por su hija Marta, que ha heredado la firmeza del viejo, mucho más que sus hermanos. Es la mujer divorciada de un elegante guatemalteco, a quien se le dio como justa dote el puesto de Ministro hondureño en Francia. Marta tiene un hijo de seis años que es la niña bonita de los ojos del dictador; sus risas son el único rayo de sol que penetra en las tinieblas del palacio.

Del libro “Democracia y Tiranías en el Caribe”, Unión Democrática Centroamericana, México, D.F., 1949. Visto en El Heraldo, del 30 de Mayo de 1997.

Longino Becerra

Longino BecerraNació en El Rosario, Copán (1932). Investigador de temas históricos, económicos y políticos relacionados con Honduras. Autor de Violencia y Revolución (19..), El problema agrario en Honduras. La Habana, 1964. América Latina. Tegucigalpa, s.f, Los militares patriotas y la revolución hondureña. Tegucigalpa, 1972. (Utilizando el seudónimo de Asdrúbal Ramírez), El Partido Comunista de Honduras y el Maoísmo ante el proceso reformista burgués. Tegucigalpa, s.f., Cuba, veinte años de victoria. Tegucigalpa, 1978, La comunidad primitiva en Honduras. Tegucigalpa, 1981. Evolución Histórica de Honduras. Tegucigalpa, 1983. El Cabuyador: Cuentos de Honduras para niños hondureños (1986), Copán para niños (1987); Cuando las tarántulas atacan (1987); Moral para niños (1988); La guerra de las oropéndolas (1989); Honduras: 40 pintores (1989) (en colaboración con Evaristo López). Pablo Zelaya Sierra: Vida y trayectoria artística (1991). Gregorio Sabillón: Vida y obra (1991), Marxismo y realidad nacional hoy (1991). Ideas pedagógicas de Francisco Morazán: Vigencia de la educación popular (1993). Morazán Revolucionario (1992). El Poder Político (1994); Ética del Maestro (1996); Moisés Becerra: un pintor comprometido con su pueblo (1998); Ética para jóvenes (2,002).

Tomado del “Diccionario de Escritores Hondureños” de Mario Argueta. Octubre 2004.

Ramón Rosa

Ramón Rosa
Ramón Rosa.

Nació en Tegucigalpa en 1848 y falleció en la misma ciudad en 1893. Destacado periodista y ministro de la segunda mitad del siglo XIX. Aprendió sus primeras letras con una famosa profesora, que más tarde personificó en su obra La Maestra Escolástica. Se graduó de bachiller en filosofía en la Universidad Nacional de Tegucigalpa. Realizó estudios universitarios en Guatemala y, al triunfar la reforma liberal en ese país, en 1871, ocupó el puesto de subdirector de Hacienda y luego la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Fue cofundador del periódico El Centroamericano. Cuando el mandatario guatemalteco Justo Rufino Barrios decidió instalar a Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa al mando de los destinos de Honduras, ambos desembarcaron en Amapala, en 1876, inaugurando el gobierno provisional en el que Rosa ejerció de Secretario General.

Fue el principal ideólogo del régimen y dio a la legislación y al sistema educativo la impronta de la filosofía positivista, lo cual se reflejó en el Código de Instrucción Pública (1882). Intentó atraer la inversión extranjera en la minería y la agricultura, después de que el proyecto de desarrollar una economía cafetalera a gran escala no fructificara.

Cuando Soto se vio obligado a presentar su renuncia como presidente de la República en 1883, Rosa se dirigió a Costa Rica y Guatemala, y no volvió al país hasta 1889, continuando su labor periodística con la fundación de la revista Guacerique. En opinión de Rafael Heliodoro Valle, tanto Rosa como Soto fueron los estadistas que dirigieron la la transformación material e intelectual de Honduras de 1876 a 1883. Rosa creía en la libertad en función del progreso.

Tomado del libro “Historia de Honduras: Nivel Superior” de Guillermo Varela Osorio, que a su vez lo tomó de la “Enciclopedia de Honduras”. Editorial Océano, España 2001.

La inolvidable frase de Rodrigo Castillo Aguilar

Rodrigo Castillo Aguilar

Rodrigo Castillo Aguilar.
Foto de La Tribuna.

Don Rodrigo Castillo pasará a la posteridad como el hombre que dijo la frase “Hay que violar la Constitución cuantas veces sea necesario”.

Esta frase se ha sacado de contexto. Las declaraciones de Rodrigo Castillo con respecto a la necesaria violación de la Constitución se dieron en respuesta a un escrito publicado por un grupo de diputados que condenaban la manera en que se sacó al conocido narcotraficante Juan Ramón Matta Ballesteros del país.

Este escrito fue leído en el Congreso el 7 de abril de 1988 por el entonces diputado Manuel Zelaya Rosales, y en una de sus partes decía: “Exigimos que la Corte Suprema de Justicia, sin vacilaciones, ejecute los actos legales pertinentes en contra de las autoridades que han perpetrado este atentado a nuestra Constitución.”

Los parlamentarios que refrendaban con su firma estas palabras fueron los siguientes: del Partido Liberal, Manuel Zelaya Rosales, Ramón de Jesús Sabillón y Walter Galindo; del Partido Demócrata Cristiano, Efraín Díaz Arrivillaga.

A estos diputados les respondió el mismo 7 de abril de 1988 el también parlamentario y entonces Ministro de Recursos Naturales, Rodrigo Castillo Aguilar, con la declaración de donde se sacó la célebre frase: “Yo entiendo que con la entrega de Matta a Estados Unidos se violó la Constitución, pero si es para beneficio de Honduras, que se viole las veces que sean necesarias.” (El énfasis es nuestro)

Esta frase se ha querido relacionar con la dicha por el diputado nacionalista Plutarco Martínez en 1936, cuando defendía el continuismo en la presidencia del general Tiburcio Carías Andino con la frase “La Constitución es pura babosada.”

Sin embargo, la diferencia es clara. No hay cinismo en la declaración de Rodrigo Castillo, por que defiende ante todo el bienestar del país. En un claro orden de prioridades primero está Honduras, y la Constitución se hizo para servir al país, y no el país para servir a la Constitución. La parte de “violarla cuantas veces sea necesario” se puede entender como un recurso retórico para darle fuerza a esa idea, y no como un llamado a violar reiteradamente la Constitución.

Ironías de la vida: Manuel Zelaya Rosales, que en ese tiempo defendía la Constitución, después siendo ya presidente intentó violarla sin ningún escrúpulo; y posteriormente, después que le dieron el “golpe”, estuvo de acuerdo con la declaración de Oscar Árias de que “la Constitución de Honduras es un adefesio”.

Por otra lado, al haberse expulsado a Zelaya del país, el asesor legal de las Fuerzas Armadas, Herberth Bayardo Inestroza, admitió que se cometió una ilegalidad al expulsar a Zelaya, pero que se hizo para evitar la muerte de muchos hondureños; y que están dispuestos a someterse al proceso legal correspondiente.

Fuente: Libro “Evolucion Histórica de Honduras” (2009) de Longino Becerra.

Ver la nota de La Tribuna: Fallece reconocido dirigente político Rodrigo Castillo.