Archivo de la categoría: cultura hondureña

Bajo el Almendro, Junto al Volcán (resumen del libro)

En este libro sobre la guerra de 1969 entre Honduras y El Salvador, Julio Escoto nos presenta su perspectiva del conflicto a través de la historia sobre el Capitán Centella, quien es el protagonista del relato.

“Capitán Centella” es el nombre de guerra que adoptó Nicanor Mejía, el alcalde de un municipio no identificado del departamento de Santa Bárbara. Mejía también es un agricultor dedicado al cultivo de naranjas.

Ante la amenaza salvadoreña, el Capitán Centella, con más entusiasmo que acierto, decide entrenar por su propia cuenta a un grupo de humildes campesinos para defender sus dominios, obteniendo cómicos resultados.

Para remediar su ignorancia sobre los asuntos militares, el Capitán se desvela por las noches leyendo literatura militar, sin comprender mucho los textos, los cuales están llenos de palabras complicadas y tecnicismos. Pero él se motiva por la profunda admiración que siente por el quehacer militar.

El campesino Guillermo, quien no vuelve a aparecer en la historia, resulta ser el medio que utiliza Julio Escoto para expresar su opinión sobre la guerra. En su discurso Guillermo interpreta que la guerra entre El Salvador y Honduras se debe a la expulsión de miles de campesinos salvadoreños del territorio hondureño. La guerra fue el medio que la oligarquía salvadoreña utilizaba para para evitar que estallara un conflicto interno.

Pero, más que en denunciar a la oligarquía salvadoreña, Julio Escoto está interesado aquí en desprestigiar a la profesión militar. Por boca de Guillermo afirma que “los ejércitos han sido creados para defender a los poderosos y a los terratenientes y no al pueblo”. En referencia al ejército de Honduras dice: “siempre fracasaban en las guerras contra otros ejércitos, pero triunfaban cuando se trataba de apalear estudiantes y amarrar campesinos”.

Con toda su admiración por los militares, el Capitán Centella se desilusionó de ellos cuando un grupo de soldados hondureños acampó en la plaza central, la que había sido “su orgullo de alcalde”, ya que las obras que realizó en ella le dieron un prestigio que permitió su reelección.

Cuando miró los destrozos que los soldados le hicieron a su amado parque el Capitán Centella montó en cólera y confrontó al Mayor Gavilán, quien hablando a nombre de las Fuerzas Armadas de Honduras expresó un discurso lleno de cinismo contra la democracia. El Mayor Gavilán culminó su exposición con esta frase memorable: “En este país, alcalde, se puede vivir con medio cerebro”. A lo que el Capitán Centella respondió: “es cierto, pero nunca lo va a poder gobernar mientras otros lo tengamos completo”.

De particular interés es el episodio del encuentro de los seguidores del Capitán Centella con un grupo de cirqueros, por lo extraño e inesperado del evento. Este evento no resulta ser más que una forma pintoresca de ilustrar el concepto limitado de una democracia puramente electorera, del show mediático que montan siempre los políticos hondureños, según se desprende del último discurso del Capitán Centella.

Bajo el Almendro, Junto al Volcán fue la inspiración para una obra teatral del mismo nombre.

Este libro está disponible para comprar en Amazon, pero las existencias son limitadas (menos de cinco ejemplares).

Ética para jóvenes de Longino Becerra (Resumen)

El libro “Ética para Jóvenes” de Longino Becerra pretende ser un manual práctico de orientación ética; no es un libro académico sobre diferentes teorías filosóficas sobre la ética, tampoco es un libro religioso.

Y esto último puede sorprender a más de alguno, ya que en nuestra sociedad es muy común identificar los valores éticos con los valores religiosos, de tal manera que muchos piensan que el que no tiene religión no tiene ética.

Pero Longino Becerra no necesita echar mano de la religión para hablar de ética, de hecho, él expresa en este libro su creencia de que no hay vida después de la muerte, y que con más razón la vida humana es un valor supremo.

Tampoco se dedica Longino Becerra en este libro a atacar la religión –como lo hacen muchos ateos fanáticos– aunque él defiende su ética secular como superior a la ética cristiana, ya que en su opinión, esta última se basa en el temor y obediencia ciega a una autoridad exterior: Dios, y no a la interiorización de una recta conciencia ética, en la que la autoridad moral está dentro de sí y no fuera de sí.

Según Becerra, un cristiano diría: “no actúo de esta manera porque me castiga Dios”, cuando lo correcto es decir: “no hago esto o aquello porque mi conciencia me dice que no lo haga”.

A pesar de su secularismo, Becerra rechaza el relativismo ético, y sostiene la tesis de una ética objetiva para todos los tiempos, ya que en su opinión, los valores éticos fundamentales no cambian, lo único que cambia es su aplicación.

Citando extensamente al sociólogo Alvin Toefler con el fin de analizar la crisis de valores actual, Becerra divide la historia de la humanidad en cuatro períodos básicos: 1) Período de la caza y recolección, 2) Período de la Revolución Agrícola, 3) Período de la Revolución Industrial, y 4) Período de la Revolución Informática.

La primera crisis de valores que analiza Becerra es el paso del período agrícola al período industrial, en el que se pasa de la familia extendida a la familia nuclear; y la segunda crisis de valores cuando pasamos de la Revolución Industrial a la Revolución Informática, en la cual nos encontramos ahora. En este lapso de tiempo la vida se ha ido acelerando, al par que los valores tradicionales se han ido erosionando.

A pesar de estos cambios, Becerra considera que la familia es un valor fundamental que nunca cambia, porque está anclado en la misma naturaleza humana.

Becerra rechaza la visión católica del sexo como algo pecaminoso promulgada por San Agustín, pero también rechaza considerar el sexo como la satisfacción de una necesidad puramente biológica. “No hay que satanizar al sexo, pero tampoco hay que animalizarlo”, nos dice. Hay que rechazar la promiscuidad y optar por hacer del sexo una expresión del amor.

Longino Becerra cree que el amor de pareja es un valor fundamental. El amor tiene un fundamento firme en las afinidades que existan en los miembros de la pareja. La meta de todo joven sano debería ser casarse y tener hijos, aunque no sin antes tener los recursos necesarios para sostener una familia, aunque no sea con holgura de medios.

Rechazando ciertas tendencias modernas, Becerra rechaza la homosexualidad, la pederastia, el sadomasoquismo, el travestismo, etc., como desviaciones sexuales, y nos advierte: “El que padece desviaciones sexuales, cualesquiera que éstas sean, es, a no dudarlo, un candidato no solo para la infelicidad, sino también para la tragedia. Recuerda esto siempre”. También rechaza las relaciones sexuales con prostitutas como algo opuesto a la ética.

Para Becerra, la manera más efectiva de formar una sólida conciencia ética es primero formar una conciencia social, es decir, interiorizar los valores de la sociedad en que vivimos, haciendo nuestro todo aquello que es bueno para el grupo social al que pertenecemos.

Cada joven debe tener un proyecto de vida, y buscar un equilibrio entre el ser y el tener. Debe buscar preparse, buscar una fuente de ingresos con la que ayudar a sus padres y formar su propia familia.

Hay que rechazar la holgazanería y aprovechar bien el tiempo preparándose aacadémicamente, trabajando en algo útil o formándose éticamente. En el ámbito del trabajo hay que mantener la disciplina laboral y buscar la excelencia en todo lo que hacemos, cumpliendo sin reservas las obligaciones que nos impone el trabajo.

Debemos escoger a nuestras amistades, que sean personas con valores, y evitar a aquellas que dan un mal ejemplo. Debemos escoger a nuestra pareja, una persona con la que tengamos afinidades y a la que amemos. Cultivar una buena reputación, un buen nombre. Honrar a los padres, honrar a la patria, proteger nuestro entorno, formar una conciencia ecológica, luchar por el bien común.

Becerra rechaza la idea de que el patriotismo es un valor obsoleto. Siguiendo a Heinz Dieterich, Becerra cree que existe un “protogobierno formado por el G-8 que busca una globalización manipulada con el fin de potenciar los monopolios globales que se han constituido en dichas naciones”.

En contraste con la globalización que promueve el protogobierno, la planetización es un fenómeno natural inevitable, pero aun en este último caso, las diferencias regionales constituyen las unidades de construcción básicas que hacen posible la estabilidad de una sociedad planetizada, por lo que el patriotismo jamás será un valor obsoleto.

Las narraciones del Ing. Pompilio Ortega acerca del Padre Subirana

Principia el Ing. Ortega con “El Misionero”, en el que afirma: “Tenía que suceder”, dicen las viejecitas. “Así lo anunció El Misionero”, sin admirarse de lo que ven, pues aseguran que todo lo que sucede fue profetizado por él, y que todo cuanto dijo era la purísima verdad…. Este hombre tenía un poder de atracción extraordinario y por muchos motivos puede colocársele entre los humanos de espíritu vidente, que tienen el don de profetizar y adivinar lo que ha sucedido…”

Entre las historias cuentan las siguientes:

“El Misionero y Ña Leona.”

Esta señora había seducido a un hombre casado, con quien vivía maritalmente en Opoteca, Depto. de Comayagua. Al llegar el Misionero, ella se alejó del lugar… Cuando iban para otro lugar el Misionero dijo a los acompañantes: “tened cuidado, que pronto nos encontraremos con una pantera: es una leona”. Por la vuelta del camino vieron asomar a Ña Leona, que venía de huir. Allí viene, dijo el Misionero, y se quedó en silencio hasta que ella estuvo cerca. “Mujer, le dijo: no mal te pusieron Leona”. La señora le pidió perdón. “Anda, le dijo, devuelve su marido a aquella mujer y su padre a aquellos hijos”.

“El Misionero y el hechicero”.

En el pueblo de Ojos de Agua, Depto. de Comayagua, había un hombre a quien todos temían porque practicaba la Magia Negra y era hechicero en toda forma. Dicen que iba a la iglesia a solas para cortar pedacitos a la piedra de Ara; que se hacía lechuza, coyote y hasta hormiga; era, en una palabra, el terror de aquellas sencillas gentes… Gracias a la intervención del Misionero, el viejo dejó las hechicerías.

“Profetizó la venida de extranjeros”.

“No pasarán cincuenta años”, les decía, “sin que este bello país de ustedes sea invadido por extranjeros de todas las naciones de la tierra: los sajones, los chinos y los judíos serán los primeros. Aseguren sus propiedades ejidales para que siempre tengan donde trabajar en común; porque los dueños de los terrenos los venderán a los extranjeros a cambio de oro. Uds. se descuidan, por la facilidad con que viven, pero día vendrá en que todo será distinto; necesitarán mucho dinero para sostener la vida, y eso lo obtendrán a cambio de sus fértiles tierras, que pasarán a poder del extranjero. Trabajen y dejen los vicios para que no vallan a perder su bella tierra”.

“El Misionero y los Indios”.

Donde fue verdaderamente admirable el Misionero, fue en la región de Yoro y Olancho, con los indios xicaques y payas. Por miles bajaban hombres, mujeres y niños a donde él estaba, para ser bautizados. Unos decían que venían a donde él porque habían soñado, otros porque lo habían adivinado, otros porque veían a sus amigos venir hacia él, y así por el estilo.

El misionero les enseñó a vestirse, a leer y a creer en Dios. Cuentan que cuando quiso bautizar al cacique Cohayatlbol, éste y el sacerdote tuvieron una larga discusión. El cacique le decía que a él le convenía creer en Malotá (Dios del Mal) mas que en el Dios de los cristianos, porque el primero nada le prohibía, mientras que el segundo le restringía sus derechos. El Misionero hizo que le diera un fuerte dolor de cabeza y después le preguntó: ¿Te ha dolido la cabeza alguna vez? —En estos momentos me duele más que nunca, dijo el cacique—. Si te dejas bautizar, agregó el Misionero, ese dolor se te quitará inmediatamente. Cohayatlbol se admiró tanto de aquel milagro, que le dio permiso para bautizar a toda su gente. Esto sucedía en las proximidades del nacimiento del río Cuyamapa. En un bello paraje al pie de las montañas de Pijol: extensas sabanas verdes, pinares espesos combinados con los bosques de liquidámbar; todo fragante, fresco y vivificante. En este lugar se encuentra la aldea de Subirana, para cuyos habitantes el recuerdo de aquel hombre constituye la mejor página de su historia.

EL MISIONERO CASTIGA A UNA MUJER DESNATURALIZADA

Terminada la misa, pues no hubo sermón, llamó a una señorita de aquel pueblo por su nombre. “Fulana de tal pase a las gradas del altar”, dijo el Misionero, sin bajarse del púlpito. Esta obedeció. El Misionero dijo a los fieles que lo siguieran y toda la procesión se dirigió a unos cerros vecinos; llegando por fin a un sitio pedregoso… El Misionero, dirigiéndose a la desfallecida mujer, le dijo: “Levanta esa piedra”. La mujer no podía levantarla… El Sacerdote le dijo: “Ayer tuviste fuerza para colocar esa piedra donde está y hoy no la puedes levantar, haz un nuevo impulso, pues Dios quiere libertar tu conciencia y salvar a este pueblo de un gran peligro”.

La mujer levantó la piedra, bajo la cual estaba enrollada una enorme culebra. Tómala en tus brazos, dijo el terrible juez… Tan pronto como el diabólico animal estuvo en sus brazos, levantó la cabeza que se prendió en uno de los pechos de la señora.

“Todos a la iglesia”, dijo el Misionero y entonces la procesión fue encabezada por la señora que amamantaba la serpiente. Cuando estuvieron de regreso, el padre ordenó a la señora que colocara la culebra en una esquina del templo, y principió un sermón en el que condenaba la conducta de ciertas mujeres que por salvar efímeras apariencias sociales, asesinan a los hijos… Al terminar, se dirigió a la señora en estos términos: “Toma tu hijo. Vete a darle sepultura en el lugar donde se entierra a los cristianos y da gracias a Dios, que por mi medio te has librado de la vida de amargura que te preparaba tu conciencia”. La estupefacción fue general cuando al dirigir las miradas hacia el lugar donde habían colocado la culebra, vieron a un niño con moretes en la garganta, estaba muerto, manos infames lo habían estrangulado…

“El Misionero en Esquías”.

Llegó a hospedarse en casa de Escolástica Flores. A poco de haber llegado, llamó a la señora y le dijo: “Tu hija Clara ha sido invitada para un baile esta noche, ¿verdad?”. Sí, señor, contestóle Escolástica. “Pues no la dejes ir”, terminó el Misionero. La muchacha fue al baile, sin que lo notaran. El Misionero le dijo a la señora Flores: “Prepárate para entre nueve meses”, y así fue.

El Misionero y la Legión.

En una ocasión dijo a los habitantes de Esquías, que en aquel lugar había una legión de espíritus malos; que era necesario hacer una plegaria general para conjurarla, que todos los vecinos fueran a la iglesia al siguiente día. En el momento en que el Misionero hacía la imprecación, oyeron un ruido semejante al retumbo de un volcán que hace erupción y se sintió un fuerte temblor de tierra…; pero a una palabra del Misionero todo quedó en calma…

“Apersoga una mujer en la plaza”.

Existía en aquel pueblo una señora casada que había abandonado a su marido para irse a vivir en concubinato con su padrastro. El Misionero la mandó a llamar, y como ella negara lo que hacía, dando muestras de disgusto y falta de respeto, el Misionero la mandó apersogar en el centro de la plaza, diciéndole: “Bestia humana, así permanecerás esta noche, y ya verás lo que está reservado para todas las de tu clase”. A eso de la media noche se desató un huracán horroroso… Al día siguiente vieron a la mujer, ya sin el lazo, dirigirse a casa de su marido, sin explicar a nadie lo que había visto en aquella horrible noche.

“Como aquél que multiplicó los panes”….

En la aldea de Rancho Grande, entre Esquías y El Espino, existía el rancho público más grande de la vía. Al llegar a este lugar el Misionero, quien por mucho tiempo fue asistido por el señor José de la Cruz Hernández, vecino de El Espino (San Jerónimo, Depto. de Comayagua), oyó que éste le decía: ¿Qué haremos con toda esta gente en este lugar donde no hay dónde comprar comida? —“¿Qué tienes en la cocina nuestra?”, le preguntó el Padre. “Nada más que un poco de arroz”, replicó el cocinero. “Pues ponlo a cocer y les das”, y continuó aquél, al parecer ignorante que el arroz no era más que unas cuantas puñadas. El cocinero lo puso a cocer, y todos comieron, sin que faltara para nadie.

“El novio que intentó engañar al Misionero”.

Lo que era de cajón en cada lugar donde el  Padre Subirana llegaba, eran los casamientos. Ruedas interminables de contribuyentes, viejos y jóvenes… El ciudadano Domingo Cruz, abuelo materno del profesor Augusto Urbina, formaba parte de una interminable rueda de aspirantes a matrimonio, en Sulaco. Contaba el señor Cruz que al llegar con la vista hasta donde cierto sujeto, le dijo: “Esa no es la que será tu esposa, anda y entrega esa niña a sus padres y vuelve mañana con fulana de tal, a quien debes tomar por esposa. ¿Qué creías que iba a hacer ella para criar esos cuatro hijos que con ella tienes? El mencionado sujeto obedeció.

“La ciudad subterránea”.

A muy avanzada edad murió hace pocos años don Francisco Durón, hijo de don Lucas, el mismo de los Guacos. Contaba don Chico que su padre había ido con la comitiva de cueveños, hoy trinitecos, a dar un paseo por una ciudad subterránea cuya entrada se abría al lado norte del cerro Casque, invitado por el Misionero Subirana. (En el Depto. de Comayagua).

“Admirables consejos”.

Lo primero que el Misionero Subirana hacía al llegar a un pueblo, era aconsejar a sus habitantes que permanecieran en él, si le parecía situado en un buen lugar, o que le abandonaran si adivinaba un futuro peligroso. Muchos pueblos se cambiaron de localidad y otras tantas aldeas se fundaron por su iniciativa.

La muerte del misionero

Para morir, el Misionero Subirana escogió la casa de un enemigo suyo. Cuentan que en las proximidades de Santa Cruz de Yojoa, vivía un hombre para quien el nombre del Misionero era una continua pesadilla. Siempre hablaba mal de él y terminaba diciendo: “Le odio, le odio; si le viera de cerca acabaría con él”.

El Misionero dijo a sus indios que les dejaría porque ya se acercaba el fin de su vida y le faltaba que hacer una conquista. Ellos lloraron su ausencia por largo tiempo.

Llegó a la casa de su gratuito enemigo, y en cuanto lo vió, lo llamó por su nombre, diciéndole: — “He escogido tu casa para pasar los últimos momentos de mi vida sobre la tierra, que por cierto ya están muy cerca”. El hombre olvidó completamente su odio y prodigó al Misionero toda clase de atenciones.

“La Fuente de Subirana”.

El último milagro que hizo estando en esta vida aquel hombre extraordinario, fue cerca del lugar donde murió en El Potrero de Oliva. Cuentan que el antiguo enemigo en cuya casa se hospedaba, se disgustó por la aglomeración de gente en su casa, especialmente porque el agua les quedaba lejos. Al notar eso, el Misionero le dijo: “No te apures por eso, que de dejaré una fuente aquí cerca de tu casa”, y saliendo al campo, escarbó el suelo con el dedo y de allí brotó una fuente de agua… Es la Fuente de Subirana….

“Palabras y Sonrisas, una semana después de muerto”.

Cuando su última hora fue llegada, dijo al nuevo amigo que su deseo era que su cuerpo fuese enterrado en la iglesia de la ciudad de Yoro. Una inmensa procesión de indios vino de todas aquellas montañas a cargar los queridos restos. Cinco días duró el viaje y era sorprendente la liviandad del ataúd. A pesar de que esto sucedió en la época de lluvias ni una gota de agua cayó donde ellos iban; los aguaceros caían a su alrededor, pero nunca sobre los que lo llevaban, y el cuerpo del Misionero, en vez de descomponerse como los otros humanos, despedía un perfume de rosas. Entre llantos y frase cariñosas, entró aquella procesión fúnebre en la iglesia de Santiago de Yoro. El cura de la parroquia hizo abrir el ataúd para ver por última vez el rostro de aquel hombre maravilloso, dando en sus labios inertes un suave beso de despedida. El Padre Subirana abrió los ojos y con una sonrisa en sus labios yertos, le dijo: “Siete años después de haber depositado mi féretro en esa fosa abrirás mi sepulcro y encontrarás un tesoro”. Y cerró sus ojos azules, esta vez para siempre.

“Guacos en una procesión funeraria”.

La parte cómica en las tradiciones que con tanta veneración recuerda nuestro pueblo acerca del Misionero Subirana, la forman las inevitables orejeadas que daba a los amigos de la Magia Negra. “Mi tata quien sabe que tenía, no ve que él fue uno de los que orejeó el Misionero, por brujo, y eso de los guacos en su entierro, nada que me ha gustado”. Este era el epílogo de un cuento que una buena señora contaba a mi madre, cuando yo todavía era un muchacho.

“A principios de este siglo [XX] murió en el caserío de la Meseta (La Trinidad, Depto. de Comayagua) un anciano a quien yo conocí… Desde que don Lucas entró en el período de agonía, principió a reunirse gran número de guacos en la arboleda vecina, poniendo una nota casi tenebrosa con su agorero canto: “ya ca-bó…… Ya ya ya cabó”. Aquellas aves no se retiraron hasta que salieron con el difunto para enterrarlo en el cementerio de pueblo, y los guacos volando de rama en rama acompañaron la procesión fúnebre, o mejor dicho formaron otra que en vez de caminar por el suelo, volaba por el aire, y los macabros graznidos no cesaron hasta que el difunto fue cubierto de tierra… El guaco nuestro es el mismo Yacabó del Orinoco, especie de gavilán….

Fuente: Patrios Lares, por Pompilio Ortega. Visto en El Misionero Español: Manuel Subirana, de Ernesto Alvarado García. 1964.

Pompilio Ortega

Nació en La Libertad, Comayagua (1890), falleció (1959). Autor de: Nociones de agricultura. Tegucigalpa, 1921, El cultivo del café en Honduras. Tegucigalpa, 1946, Patrios lares. Tegucigalpa, 1946, y numerosas cartillas relativas al cultivo del cafeto. De acuerdo a José Reina Valenzuela, «dedicó sus estudios no solo al agro hondureño sino a recopilar sus tradiciones y leyendas, recogiendo pacientemente la música nacional en pueblos y aldeas para formar el alma musical de nuestro folklore».

Tomado de «Diccionario de Escritores Hondureños». Mario R. Argueta. Editorial Universitaria. U.N.A.H.

Leyenda del Lago de Yojoa

Lago de Yojoa

Tradición del lago de Yojoa

Por Jesús Aguilar Paz

De la dilatada llanura del tiempo, de donde las rosas negras de lo ignorado hoy, cubren los reinos muertos de lo que fue, viene esta raíz de oro que se llama Tradición del Lago de Yojoa: aroma de sepultada civilización, vislumbre de mortecina luminaria, que añora en nuestra alma otros avatares, guardados entre perfumes y mirras del embalsamado espiritual de los siglos.

Luz auténtica de la que alumbró las fogatas de Copán grandioso, de los que encendió el alma acrisolada de los Mayas, es esta leyenda que una vez oímos de boca de los contadores de cuentos en los caminos reales, de esos buenos hombres trabajadores, que cual archivos vivientes ponen bajo su cabeza, para dormirse, la suave seda de los pasajes encantadores, de los que es este mundo y ha sucedido, de los mozos que trabajando materialmente durante el día, no se olvidan del menester espiritual, por la noche.

Pues es tiempo de saber ya, que en el espacio que ocupa actualmente el Lago de Yojoa, se extendía una bellísima población, asiento de un poderoso Cacique, padre de tres hijos: un varón y dos mujeres, codicia éstas de mancebos apostados y bizarros, cuya fama de bellas y adorables, traspasó los umbrales del reino de Copán. Los Príncipes de aquel rico como poderoso reino, percatados de que estas niñas estaban en flor y que la primavera del amor reventaba por sus encantos corporales, dispusieron de las malas artes de una vieja bruja a falta de las buenas y nobles del verdadero amor, para poder robárselas, como medio fácil para ser dueños de las flores que embalsamaban el pensil que media entre los picos de Meámbar y el majestuoso Maroncho o Sta. Bárbara.

Consumado el rapto, al influjo de los poderes mágicos, el noble padre, desesperado por el robo de sus Princesas, dispuso inconsolable mandar a su hijo en busca de sus dos pobres niñas secuestradas en la ciudad real de Copán.

Aunque la empresa era peligrosa para el héroe que la desempeñara, este hermano de las raptadas no se arredró y al efecto, con el mayor sigilo, realizó su éxodo, hacia donde el sol se pone, cruzando ríos caudalosos, montañas inextricables y tierras de enemigos, todo lo cual logró efectuar sin que le pasase nada, hasta que al término de aquella luna, salvó las guardias que velaban por la floreciente ciudad maya Copán.

Pesquisando con el mayor tino, al fin averiguó a punto fijo, el lugar donde guardaban los Príncipes a sus hermanas, habiéndose disfrazado para frecuentar los lugares públicos, de indio vasallo de los copánides. Mas, viendo que le era imposible libertar a sus hermanas, por medio de la fuerza, aplicó sin saberlo, el dicho nuestro, de fuego contra fuego, es decir empleando las mismas armas que indecentemente usaron los magnates de Copán.

Una vieja bruja, enemiga de la que había prestado ayuda a los Príncipes, para consumar sus planes, supo por arte secreto, la misión del hijo del Cacique de Yojoa y buscándole, le encontró, ofreciéndole acto continuo ayudarle en su laudable cometido. Hizo la bruja ciertas cábulas, que dieron por consecuencia una maravilla: el encerrar a las dos Princesas raptadas en un huevo, para mayor comodidad en llevarlas a su país natal, huevo que fue entregado al joven príncipe de Yojoa, con la recomendación de conducirlo muy cuidadosamente, hasta llegar al palacio de su padre; que ya puesto allá lo quebrara en la cabeza encanecida del ofendido Cacique, que en hacerlo, saltarían las dos Princesas buenas y salvas a su lado.

Lleno de júbilo el joven emprendió su viaje de regreso, salvando todos los inconvenientes de la ida. Después de mucho andar, como dicen los cuentos, logró divisar su ciudad querida, rebosante de alegría. Pero desgraciadamente aconteció que al tiempo de ascender las gradas del palacio de su padre, del contento indescriptible, tropezó cayéndose y quebrando el valioso huevo, que en una mano conducía, con el mayor cuidado.

Entonces fue grande la pena de su corazón y el llanto desesperado de todo el mundo; mas, pasó con el contenido del encantado huevo no secaba y mas bien iba en aumento la humedad, hasta tener el aspecto de un charco de agua clara, visto lo cual por todos fue objeto de veneración, admiración y escrupuloso cuidado.

Día a día amanecía el pozo más grande y luego tuvo el aspecto de un precioso estanque. Y así, sucesivamente, fue en aumento, hasta que inundando la ciudad, la cubrió por completo, motivo por el cual, las ruinas de la población, existen en la actualidad en el fondo del lago. De esa suerte quedó formado el lago en la extensión que se le conoce.

El Príncipe heraldo participó del encanto, pues se afirma que encerrado por las aguas del lago, se convirtió en hermoso lagarto de oro, que se encarga de cuidar de las princesas, convertidas también en dos bellas sirenas, que hacen el prestigio del precioso Lago de Yojoa. Toda esta desgracia sucedió por haberse verificado el rapto de las dos hermanas, codiciadas por su extraordinaria belleza y quizá por la venganza de la vieja bruja burlada; la leyenda nada dice al respecto y yo tampoco.

De las ruinas de la ciudad, sólo quedaron libres de las aguas, las que el viajero puede contemplar hacia el lado de Los Naranjos, al norte del gran depósito de agua.

Y terminando este cuento, me meto por el hoyito de un fusil, para que tú, lector, me cuentes mil…1

Nikté-ha (La flor del agua)

Fue así como en el alba del Mundo Maya nació la vaporosa NIKTÉ-HA, entre un colchón de nenúfares que alfombra una región del azul lago de Yojoa. Brotó como Venus del fondo de las aguas, vestida de espumas y salpicada de gotas transparentes y marchó sobre movible espejo del lago chapoteado con los pies descalzos. Era en el tórrido abril, cuando la tierra recalentada por el ardiente sol del verano parecía exhalar vapores sofocantes. Los pájaros elevaban al cielo los picos entreabiertos pidiendo agua con chillidos estridentes. Las fieras rugían en la espesura del bosque con el tono incisivo que pregona urgencias de la especie y en el pesado ambiente flotaba el hálito misterioso precursor de una transformación. Lejos graznó el pato silvestre entre las cañas y las algas y los piches de picos sonrosados pasaron en bandadas buscando la humedad de los chagüites entre los densos camalotales.

El sol, pasado el Cénit, iniciaba el descenso hacia el fondo del ocaso cuando de súbito hirió la quietud de la tarde el eco de un grito triunfal exhalado por la garganta de una maravillosa figura femenina que desde los pétalos entreabiertos de un nenúfar figura se elevaba airosa en todo el esplendor de su hechizante belleza. Se había producido el milagro que presagiaba la atmósfera caldeada y NIKTÉ-HA ungida con aroma de nenúfares suave y delicada, vaporosa y primaveral nacía del agua como una flor.

Canek, el príncipe de Yojoa, pescaba aquel día sentado en su bote, cuando vio materializarse aquella aparición deslumbradora. Preso de temor remó hacia aquella tierra y corrió al pueblo a contar la extraña visión que había tenido.

Los ancianos escucharon el relato y dijeron:

— Es la Flor del Agua, NIKTÉ-HA, la hija del dios del lago. Apártate de su camino. Jamás intentes acercarte a ella porque provocará la ira de su padre. Ella no hace daño. Su aparición presagia buen invierno. Gusta de vagar sola enmedio de las algas espantando las aves bullarangueras.

Canek iba al lago todos los días, subía a su bote y se dirigía al sitio en que Nikte-Ha brotaba del agua. Y cuanto más la veía, más sentía que en su pecho se iba encendiendo una pasión devoradora que lo empujaba a la criatura del lago. Ella aparecía todos los días frente a él, le clavaba los ojos un instante y se esfumaba entre el colchón de nenúfares jugando con las mariposas.

Un día Canek no resistió más, y cuando ella emergió del agua, aproximó su bote y le dijo con vehemencia: Nikté-Ha, te amo. Escúchame. No huyas.

Ella se detuvo un instante y con una voz que tenía el tono cantarino del agua en las cascadas de Río Lindo le respondió:

— Yo no puedo amarte así. Puedes verme de lejos, pero no trates de acercarte, no te atrevas a tocarme ni intentes el sacrilegio de aprisionarme entre tus brazos porque mi amor es intangible como el rubor del alba o el fluido del perfume. Aléjate de mí porque morirás, yo me disolveré en un suspiro y tu pueblo perecerá ahogado por una inundación.

Pero el amor de Canek crecía en intensidad y un día olvidando los prudentes consejos de los ancianos y las advertencias de Nikté-Ha se dirigió al lago con la determinación de raptarla. Cuando ella apareció de su bote, le gritó:

— Nikté-Ha he venido a llevarte. Espérame que mi amor no espera.

Y se lanzó al agua detrás de la gentil figura que se desvanecía entre la neblina. Cayó cerca de un añoso tronco cubierto de musgos que flotaba a su lado y como no sabía nadar asió el tronco con ambas manos y se montó a horcajadas sobre él. Pero aquel que parecía inerte tronco cobró vida súbitamente, se agitó con gran violencia sacudiendo las aguas, y partió a gran velocidad hacia el centro del lago en donde se hundió con su carga.

Había otros hombres en el pueblo de Yojoa pescando cerca del lugar en que ocurrió la tragedia quienes presos de espantosa angustia presenciaron la forma en que pereció el príncipe. Corrieron al pueblo a contar la desgracia y algunos comentaron:

— Es posible que lo que el príncipe creyó un tronco haya sido un lagarto gigantesco cubierto de algas, como aparecen algunos de tarde en tarde.

— No, sentenciaron los ancianos. Fue el terrible castigo que inflige el dios del agua a aquellos que se atreven a tocar a Nikté-Ha. Iremos al lago a hacer ofrendas y rogativas para aplacar su ira y evitar que nuestro pueblo sea destruido por una inundación.

El pueblo de Yojoa llegó a tener mucha importancia durante la colonia, pero la antigua leyenda con la amenaza de una inundación del lago perduraba todavía en 1856, año en que llegó a Yojoa el Misionero de Jesús Subirana, quien fue enterado de lo que la tradición venía transmitiendo desde tiempo inmemorial. El misionero recomendó a los moradores abandonar el pueblo y trasladarse a otro lugar que llamó San Francisco de Yojoa, explicando:

— No sé si la leyenda tiene su origen en algún acontecimiento místico, pero lo que sí veo es que el peligro de una inundación es real y que es mejor prevenir que lamentar.

Es es la historia del abandono del antiguo pueblo de Yojoa por culpa del príncipe aquel que quiso mancillar la diáfana albura de Nikté-Ha, en cuyo antiguo lugar ha quedado solitaria su hermosa iglesia; y es la historia también de la creación del pueblo de San Francisco Yojoa.2


  1. Fuente: Tradiciones y Leyendas de Honduras, por Jesús Aguilar Paz. Visto en Canasta Folklórica Hondureña, de Julio Eduardo Sandoval. 
  2. Leyendas Mayas, por Pedro Aplícano. Visto en el libro Canasta Folklórica por Julio Eduardo Sandoval.