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La Legendaria Ciudad Blanca

Por Winston Irías Cálix

Rodeada de la bella y espesa selva tropical de diversas especies de árboles —algunos de ellos pinos solitarios y dispersos sobre la serranía—, entre las cristalinas y juguetonas aguas de caudalosos ríos y el aleteo de aves de singular plumaje, se hallan los restos de una desconocida y antigua civilización que otrora ocupara el norte de Olancho y el sur de Colón, desde los ríos Plátano y Sico hasta el Patuca, abarcando parte de los municipios de Catacamas y de Dulce Nombre de Culmí.

Casas derrumbadas con paredes de piedra y techos de madera, montículos que otrora fueran viviendas, una fábrica de piedras de moler, un alto y grueso muro y un camino de piedras, miles de pequeñas figuras indígenas, una mesa de juego que presenciaban los reyes y tumbas de caciques y de personajes importantes que eran enterrados con collares de jade y otros objetos, son algunos de los vestigios de esta cultura indígena.

Para los “chanes” o guías estos son algunos de los restos de la Legendaria Ciudad Blanca.

Entre mito, leyenda y fantasía, este lugar ya aparecía en el Mapa de Honduras elaborado en 1935 por el Dr. Jesús Aguilar Paz, quien la marcó con un signo de interrogación al que muchos exploradores han tratado de darle respuesta.

A pesar de que se afirma que ha sido vista desde el aire, volando en avión o en helicóptero, según diversas versiones no confirmadas, jamás ha podido ser detectada por expedicionarios que han descendido a sitios precisos, seguros de su ubicación.

Cuando activábamos en el Club de Exploradores Los Nómadas, el jefe Mejía nos explicaba que el descubridor de Ciudad Blanca descendió por azar una corta escalinata y al observar magníficos monumentos de brillante piedra, enloqueció y sólo se limitó a informar, de manera confusa, que existía una maravillosa ciudad perdida en la espesura de la selva.

En aquel tiempo, o sea en 1961, sabíamos que un rico ganadero catacamense, dedicado por amor a la exploración de las culturas ancestrales, conocía Ciudad Blanca, pero nunca logramos el testimonio de sus aventuras.

Ahora, para enriquecer el contenido de este libro, presentamos la descripción de la supuesta Ciudad Blanca que ha accedido a relatarnos este notable hombre de Catacamas, don Abelardo Lobo, hijo del progresista ciudadano don Alfonso Lobo.

Don Abelardo conoce desde hace varios años este maravilloso lugar, incluso en el pasado preparó allá algunas hectáreas aptas para la crianza de ganado, las cuales estaban cubiertas de maleza y no era necesario deforestar para cultivar zacate.

Visitó en varias ocasiones la zona, la más reciente en 1992, atraído por su belleza y riqueza cultural.

Por el año 1950 don Abelardo laboró para la Sección de Veterinaria de la Tela Railroad Company, cuando esta empresa introdujo los primeros sementales de la raza Brahman a Honduras. “Entonces yo me sentía satisfecho de formar parte del grupo que recibió estos animales, pero ahora mi sentimiento es diferente: Antes teníamos vacas que proporcionaban un balde de leche al día, y ahora solo dan un vaso, por el cruce con esta raza. Para producir leche hay que tener una Holstein, de muy difícil adaptación, Pardo Suizo o una Jersey”, comparó.

Ubicación dominante

Este es el relato de don Abelardo, ofrecido en el año 2000 en su casa de habitación, en el Barrio La Cruz, junto a su esposa, la distinguida dama Norma Moya de Lobo:

“Habíamos partido de Catacamas y nos encontrábamos entre el límite de los departamentos de Olancho y de Colón, en el sector de los ríos Sico y Plátano.

—”¡Allá es Ciudad Blanca!”, expresó el “chane”. Los expedicionarios, un grupo de amigos, entre ellos mi primo Roberto Palacios y el señor Carlos Bueso y sus tres hermanos, nos sorprendimos. El guía señaló un punto alto en la selva, a kilómetro y medio de distancia de donde estábamos.

Me imaginé que en realidad encontraríamos una ciudad, con sus monumentos y casas en pie, pero no había nada de esto; sin embargo, en la superficie había restos de una gran civilización y quizá excavando podrían encontrarse maravillosas ruinas.

El sitio preciso está ubicado en el punto más alto de la montaña y desde allí se domina todo el panorama, a lo largo del Río Plátano: es un lugar apropiado para vigilar los alrededores, considerando que los indígenas eran hostigados por otras tribus en la época precolombina, por los invasores españoles y los ingleses apoyados por los misquitos, años más tarde.

En la cima había una área despejada de media manzana de extensión y el suelo consistía en piedra en formación, blanquecina y suave.

Muy cerca había troncos quemados de pino, con brea, como si hubieran sido incendiados hace 500 o más años,.

Frente a esta área existen numerosos montículos de derruidas viviendas, dispersos, en una extensión similar a la mitad de Catacamas; en el año 2000 esta ciudad se extiende desde el Cerro La Cruz y las primeras laderas de las montañas Piedra Blanca y El Bálsamo, hacia el Cerro El Cura, unos 2 kms al Sur, ampliándose en forma de abanico hasta 5 Kms al Sur-Oriente y al Sur-Occidente.

¿Cuántos habitantes habría en esta supuesta Ciudad Blanca? Es difícil estimar, pero tomando en cuenta la existencia de numerosos montículos, es fácil creer lo que afirman los historiadores, de que en la época precolombina Honduras estaba más poblada que en la actualidad.

Este lugar era el centro de varias aldeas y caseríos que se extendían en una amplia zona, desde el Norte de Olancho al sur de Colón, entre los ríos Sico y Plátano, al Occidente, y el Río Patuca, al Oriente. La población debió ser muy numerosa.

Hay muestras de que en la zona las serranías eran cubiertas por pinares y que estaba despejada de maleza, porque no es posible que establecieran viviendas entre el tupido bosque que ahora cubre el área y que alberga serpientes venenosas y otros animales peligrosos.

La selva ha avanzado sobre la serranía, como lo prueban aun algunos pinos dispersos que sobreviven entre las otras especies, lo cual se explica en que los árboles fueron cortados para utilizar el área despejada.

Fábrica de piedras de moler

En la amplia zona, antes de ascender a la cima, lo primero que encontramos fue aproximadamente unas 40 piedras de moler, colocadas en varias hileras, unas sobre otras. Parecía una fábrica y a la vez un centro de distribución.

Había algunas piedras quebradas; esto quizá por acción de los conquistadores españoles, pues hemos conocido por tradición que les destruían este utensilio vital para que los indígenas sufrieran hambre, pues al no tener con qué moler el maíz entonces no habría tortillas.

En el lugar había piedras afiladas que podrían haber sido la herramienta con que los indígenas tallaban las de moler, pues su consistencia denota que son de una sola pieza, no de piedra molida.

Las piedras de moler se sostienen sobre tres patas y miden un pie de ancho por dos de largo; casi todas tienen al frente una figura de animal, tigre, lagarto o serpiente, pero ninguna de ave.

Figuras humanas

Esparcidas por toda la zona hay miles de pequeñas figuras humanas, de 5 cms. de alto y un cm. de espesor

Los rostros presentan rasgos indígenas y sus figuritas tienen un agujero en el cuello, para usarlas como colgantes.

Además, hay pequeñas hachas confeccionadas de “jadeíta” que en su extremo presentan un rostro humano; miden un Cm. de ancho y sólo unas pulgadas de largo.

Restos de Viviendas

En diversos puntos de esta región hay montículos en forma rectangular, restos de viviendas con paredes de tierra y cimientos de piedra.

Su ubicación es por lo general desordenada, como están dispersas las casas en las aldeas de Talgua y Jamasquire, a unos 6 Kms. al Este de Catacamas.

En todos estos restos de viviendas hay “una mancha de pita”, una planta similar al mezcal, que era sembrada en todos los hogares indígenas de la región.

Se encuentran muchos más montículos frente a la cima denominada “Ciudad Blanca”, en grupos de 30, 50 o hasta más de un centenar, pero hay otros dispersos en toda la región.

Las personas que logren excavar estos sitios seguramente encontrarán numerosos objetos, principalmente los utensilios que utilizaban las familias indígenas en su vida diaria.

El Muro

En la parte baja de la cima hay un muro de piedra de un metro de ancho, tres de alto y unos 40 metros de largo.

El muro es lineal y no es de piedra cortada; al parecer, no fue construido como una muralla del poblado sino para evitar inundaciones, pues el terreno es bajo y junto a él pasa uno de los afluentes del Río Plátano.

Camino perdurable

En otro punto existe un camino de piedra, de unos tres metros de ancho por unos 50 metros de largo.

Fue construido con piedras de río para facilitar el tránsito de personas, porque se encuentra en una área pantanosa.

Casas de piedra

Hay numerosos vestigios de casas construidas casi en su totalidad de piedras.

Además de los cimientos, las paredes eran construidas de un sólo bloque de piedra, de 18 pulgadas de ancho y un poco menos de tres varas de alto.

Excepto los techos, construidos de madera, el resto de las casas era totalmente de piedra y podrían haber servido de residencia del cacique y de los personajes más importantes de la tribu.

Juego de piedra

Existe una gran piedra rectangular, de 10 Cms. de espesor, unos dos pies de ancho por cinco de largo, que está montada sobre otras piedras no talladas, extraídas del río.

La piedra tiene en el centro y en las cuatros esquinas agujeros con diámetros de dos cms. y una profundidad de dos y medio cms.

Una ranura une por el borde los cuatro agujeros de las esquinas y cada uno de estos está conectados de igual manera con el del centro.

Esta piedra podría ser utilizada para la práctica de un juego que no ha podido ser identificado.

A cada lado a lo largo de la piedra hay dos gigantescas sillas, con un asiento de medio metro cuadrado y el respaldar de un metro de altura; ninguna de sus partes es tallada y están montadas sobre otras piedras, pero todas ellas fueron muy bien seleccionadas pues tienen la forma adecuada para darle mejor presentación.

Cómo sólo existían dos sillas, es posible que éstas habrían sido ocupadas por el cacique y su esposa o por otro personaje más importante, para observar el juego, mientras los súbditos permanecían de pie.

La olla de piedra más grande del mundo

Cerca de la desembocadura de uno de los afluentes del Río Plátano hay una inmensa olla, sostenida en el tronco de un árbol, que ha sido aferrada por sus gruesas ramas.

Esta olla mide un metro de diámetro por un poco más de profundidad.

Hace unos 12 años llegaron en helicóptero a ese lugar algunas personas y al preguntarles el motivo de su visita respondieron que era para extraer savia del árbol de liquidámbar.

Sin embargo, los vecinos aseguran que lo que buscaban eran “antiguales”, como se les llama comúnmente a los sitios donde existen vestigios de antiguas civilizaciones.

Aunque esa piedra pesa varios quintales, espero que no la hayan traído, porque esos viajeros supieron de su existencia.

Profanación de tumbas reales

A unos cuatro kms. del río hay varias tumbas de caciques, de jefes, consejeros, sacerdotes y curanderos.

Una piedra alargada, que mide más de un metro, identifica estos sitios; eran acarreadas desde el río, con mucho esfuerzo. Las enterraban hasta la mitad y sobresalían a veces hasta dos pies sobre la superficie, en la cabecera de la tumba.

Pero estos depósitos han sido profanados en las últimas décadas y para excavarlos han debido derribar la piedra, porque varias de ellas estaban ya horizontales en el suelo.

Tan sólo observé una piedra en posición vertical y se apreciaba que la tumba estaba intacta.

Un muchacho de la comunidad, llamado F.B., a quien yo conocía, me dijo que “ahora ando desenterrando caciques”.

Me explicó que excavaba la tumba con pico y pala, pero que él ya sabía cuándo se acercaba al cadáver porque la tierra es diferente; en este caso, cuando una persona era sepultada, la primera tierra que cubría el ataúd es la de la superficie del suelo, que por lo común es fértil, suave y más suelta, como es la de esa zona del Río Plátano.

Cuando este hombre profanaba las tumbas, decía que al encontrar esa tierra suelta, de color negro, él la extraía con las manos y ya suponía dónde se encontraría la cabeza, el cuello o el pecho del difunto.

De esas partes sustraía collares de jade y valiosos objetos de otros materiales.

Observé muy bien una de las tumbas saqueadas y la profundidad no difiere de la que se acostumbra en Catacamas: Siete cuartas bajo la superficie de la tierra.

Es posible que aun existan tumbas no profanadas, que faciliten un trabajo científico: Conservar la osamenta, determinar su antigüedad y analizar todos los objetos con los cuales fue enterrada esa persona, datos que nos permitirían conocer detalles de esa cultura indígena”.

Hasta aquí el interesante relato de don Abelardo Lobo. Transcurrieron varios días de entrevistas, pero su referencia es muy valiosa para conocer la cultura de nuestros ancestros y, quizá, rescatar alguna vez la que podría ser la legendaria Ciudad Blanca.

“Yo no creo que haya una Ciudad Blanca, porque no me consta, pero en el lugar que los chanes o guías llaman con ese nombre sí hay antigüedades y misterios que nos pueden llevar a descubrirla, si en realidad existió”, concluyó don Abelardo Lobo.

Tomado del libro “Catacamas: Del ayer al año 2000” de Winston Irías Cálix.

Lluvia de Peces en Honduras: un fénomeno a investigar

A continuación presento un artículo tomado de la revista “Cultura”, del año de 1980, sobre el fenómeno de la lluvia de peces en Yoro.

Reportaje ACAN-EFE

Por: Armando Cerrato

El departamento de Yoro, al norte de Honduras, ha sido testigo nuevamente este año [1980] de uno de los fenómenos naturales más raros —quizá único en el mundo—: la lluvia de peces, que por muchos años se creyó producto de la imaginación de los nativos.

El fenómeno se presenta casi anualmente en la zona conocida como “El Pantano”, a kilómetro y medio hacia el suroeste de la pintoresca ciudad de Yoro, acurrucada entre montañas y rodeada de vegetación selvática cruzada por riachuelos que dan vida al caudaloso río “Aguán”.

Todo se presentó durante el chubasco más fuerte de la temporada de invierno: una enorme nube de color oscuro y violáceo se desplazó a gran velocidad desde el Atlántico y con rumbo al Golfo de Honduras, en el mismo litoral, pero cruzando tierra firme.

La actividad eléctrica fue múltiple y como hace cientos de años obligó a los nativos encerrarse en sus hogares, esperando la prodigiosa lluvia de peces en medio de un extraño y lúgubre silbido al viento.

Al finalizar la actividad natural, los nativos salieron de sus viviendas con canastos (cestos tejidos de mimbre y otros materiales propios de la zona como el yute), para recoger cientos de peces que estaban saltando en su último estertor.

Investigaciones

Diversas han sido las teorías que han tratado de explicar al extraño fenómeno, sin que hasta el momento alguna de ellas haya podido convencer a los nativos de que en su tierra, Yoro, no llueven peces.

La única investigación seria la promovió el servicio meteorológico nacional de Honduras al enviar a los técnicos Edgardo Zúniga Andrade (hondureño), y Martin Rossemblat (norteamericano), a la zona del fenómeno hace algunos años.

Ambos meteorólogos sabían que alguna gente creía que los peces eran recogidos al Atlántico por una tromba marina, que otros decían que saltaban desde el fondo de la tierra, desde un río subterráneo, y otros más simples, que un milagro del cielo.

En sus observaciones, Andrade y Rossemblat, pudieron comprobar que todos los peces son del mismo tipo y tamaño (peces lancha, una variedad de sardina), que no son ciegos y que no mostraban golpe alguno tras su aparición.

Con eso se probaba que no eran traídos por una tromba marina, porque de ser así, habría peces de todos los tamaños y variedades, además de que ningún fenómeno meteorológico sigue el mismo curso ni se repite con la frecuencia de aparición de los peces.

También al no ser ciegos, estos peces no podrían provenir nunca de aguas subterráneas. Al no presentar golpes, tampoco pudieron haber caído del cielo, ya que no los había en los tejados de las casas aldeanas.

Conclusiones

Los dos investigadores concluyeron que seguramente el pez lancha pertenece a una familia que conserva la costumbre de ir a morir al sitio de nacimiento.

Pero la tradición es que algunas variedades ictiológicas estudiadas, si bien mueren en el sitio donde nacen, lo hacen dentro del agua, en lagunas o riachuelos y nunca en tierra firme como en Honduras.

Además, donde fueron encontrados saltando agonizantes los peces lancha, no había charcos ni riachuelos.

Por otra parte, la nube que siempre se repite en el valle de Yoro es del tipo cumulonimbus mamatus, muy común en todas las regiones del mundo y que toma el nombre de su forma “mama”, produciendo el silbido gutural del viento cuando el aire desciende por su parte más estrecha.

Se cree que los peces suben, nadando contra la corriente del Río “Aguán” para morir donde originalmente nacieron, ignorándose si en la zona donde saltan antes de servir de alimento a los habitantes de Yoro, hubo en otros tiempos un lago o laguna.

Aún así, turísticamente, el fenómeno tiene un gran valor, ya que no se conoce de ningún otro parecido en el mundo y mucho menos de un convencimiento tan grande de los nativos de que “somos un pueblo privilegiado porque Dios nos manda todos los años una lluvia de peces”.

Sin embargo, esotéricamente se sabe que esta lluvia de peces en Honduras proviene de otro mundo paralelo al nuestro y que corresponde a la cuarta dimensión. De esto pues el porqué vienen de los aires. Pero como lo dice el título de este artículo: “Un fenómeno para investigar”, todo esoterista puede investigarlo para su comprobación, mientras los científicos oficiales nunca lo sabrán debido a sus medios tan limitados de investigación.

Tomado de la revista Cultura, No. 51 del año 1980.

Indígenas Pech que creen en extraterrestres

Por: Winston Irías Cálix

Pech creen que sus antepasados se comunicaban con extraterrestres

Esta raza, que otrora ocupara parte del municipio de Catacamas, conserva su propio lenguaje y elementos culturales; su estatura promedio es de 1.65 m, complexión fuerte, piel cobriza clara, rostro ligeramente ovalado, cabello liso, muy fino y escasos bigote y barba.

Mantienen la autoridad ancestral de un cacique, aunque en los últimos años lo han relegado más bien al nivel de un orientador, por su fuerza moral, porque las comunidades son administradas por un consejo de tribus.

Aun cuando el cacique ejercía absoluto poder, tuve oportunidad de observar en una comunidad pech la forma concertada en que esa máxima autoridad tribal tomaba desiciones. Ocurrió en La Danta, Culmí, en 1971, cuando le consulté sobre la conveniencia o no de un proyecto de desarrollo, el jefe observó uno a uno el rostro de una docena de personas que le seguían en el mando. Sus colaboradores no hablaron, pero él interpretó sus semblantes y dio respuesta conforme al criterio de la mayoría.

Hasta ese año mantenían una arraigada vida comunitaria: Poseían bosques, cultivos, granjas apícolas, avícolas y porcinas en común, práctica ancestral que se ha ido debilitando; para entonces, cuando una pareja se casaba o formaba su hogar por unión libre toda la comunidad le construía su casa.

Los Pech son una de las excepcionales culturas autóctonas del mundo que creían en la existencia de vida extraterrestre, según lo han revelado en los últimos años, pero con muchísima reserva, ancianos de las tribus a sus jóvenes dirigentes.

En cada tribu había un personaje especial, llamado “Watá”; era depositario de la sabiduría ancestral y seleccionaba a su sucesor, quien debía mantener en secreto todos sus conocimientos.

Si bien la tribu tenía su cacique, como lo conservan con todas sus funciones en Nueva Subirana, aun este jefe consultaba muchos asuntos con el sabio. Prácticamente existía una autoridad para dirigir las actividades terrenales y una autoridad espiritual: El “Watá”.

Este personaje tenía poderes sobrenaturales y poseía tanta sabiduría que predecía los acontecimientos y curaba las enfermedades con ritos, plantas y sustancias animales, según la tradición.

Aunque parezca inverosímil, la creencia de los pech es que el “Watá” se comunicaba con espíritus de otros planetas, tal lo que han revelado hace pocos años ancianos de Santa María del Carbón, de acuerdo al testimonio del dirigente de la Federación de Tribus Pech de Honduras (FETRIPH), Carlos Alberto López Catalán.

Incluso en la tradición pech hay un cuento muy particular que se refiere a una odisea espacial del “Watá”.

“Antes de esta Era, un extraterrestre visitó una de las comunidades pech y le reveló que en el ‘Séptimo Planeta’ habitaba otro “Watá”. El pueblo se reunió y le pidió a su jefe espiritual que visitara ese hermoso lugar para convencerse de la existencia de su “tucayo”. Después de una peligrosa odisea, el líder indígena conoció a su rival, se enfrentó a él, fue derrotado, pero con ayuda de una diosa pudo regresar vivo a la Tierra”, según la Mitología Indígena.

El “Watá” dominaba la naturaleza pero dejó de existir a partir de la conquista española, que intentó destruir la cultura y abolió la religión pech para convertirlos a otra fe, refirió López Catalán.

Fieles a su tradición, el dirigente aseguró que los pech siempre creen que “existen humanos en otros planetas”, pero “los gobiernos poderosos no quieren que se sepa para no intranquilizar a la humanidad, porque no se descartaría una posible conquista de La Tierra”, de acuerdo a su pensamiento.

Tomado del libro “Catacamas- del ayer al año 2000” de Winston Irías Cálix.

Leyenda del Lago de Yojoa

Lago de Yojoa

Por Jesús Aguilar Paz

De la dilatada llanura del tiempo, de donde las rosas negras de lo ignorado hoy, cubren los reinos muertos de lo que fue, viene esta raíz de oro que se llama Tradición del Lago de Yojoa: aroma de sepultada civilización, vislumbre de mortecina luminaria, que añora en nuestra alma otros avatares, guardados entre perfumes y mirras del embalsamado espiritual de los siglos.

Luz auténtica de la que alumbró las fogatas de Copán grandioso, de los que encendió el alma acrisolada de los Mayas, es esta leyenda que una vez oímos de boca de los contadores de cuentos en los caminos reales, de esos buenos hombres trabajadores, que cual archivos vivientes ponen bajo su cabeza, para dormirse, la suave seda de los pasajes encantadores, de los que es este mundo y ha sucedido, de los mozos que trabajando materialmente durante el día, no se olvidan del menester espiritual, por la noche.

Pues es tiempo de saber ya, que en el espacio que ocupa actualmente el Lago de Yojoa, se extendía una bellísima población, asiento de un poderoso Cacique, padre de tres hijos: un varón y dos mujeres, codicia éstas de mancebos apostados y bizarros, cuya fama de bellas y adorables, traspasó los umbrales del reino de Copán. Los Príncipes de aquel rico como poderoso reino, percatados de que estas niñas estaban en flor y que la primavera del amor reventaba por sus encantos corporales, dispusieron de las malas artes de una vieja bruja a falta de las buenas y nobles del verdadero amor, para poder robárselas, como medio fácil para ser dueños de las flores que embalsamaban el pensil que media entre los picos de Meámbar y el majestuoso Maroncho o Sta. Bárbara.

Consumado el rapto, al influjo de los poderes mágicos, el noble padre, desesperado por el robo de sus Princesas, dispuso inconsolable mandar a su hijo en busca de sus dos pobres niñas secuestradas en la ciudad real de Copán.

Aunque la empresa era peligrosa para el héroe que la desempeñara, este hermano de las raptadas no se arredró y al efecto, con el mayor sigilo, realizó su éxodo, hacia donde el sol se pone, cruzando ríos caudalosos, montañas inextricables y tierras de enemigos, todo lo cual logró efectuar sin que le pasase nada, hasta que al término de aquella luna, salvó las guardias que velaban por la floreciente ciudad maya Copán.

Pesquisando con el mayor tino, al fin averiguó a punto fijo, el lugar donde guardaban los Príncipes a sus hermanas, habiéndose disfrazado para frecuentar los lugares públicos, de indio vasallo de los copánides. Mas, viendo que le era imposible libertar a sus hermanas, por medio de la fuerza, aplicó sin saberlo, el dicho nuestro, de fuego contra fuego, es decir empleando las mismas armas que indecentemente usaron los magnates de Copán.

Una vieja bruja, enemiga de la que había prestado ayuda a los Príncipes, para consumar sus planes, supo por arte secreto, la misión del hijo del Cacique de Yojoa y buscándole, le encontró, ofreciéndole acto continuo ayudarle en su laudable cometido. Hizo la bruja ciertas cábulas, que dieron por consecuencia una maravilla: el encerrar a las dos Princesas raptadas en un huevo, para mayor comodidad en llevarlas a su país natal, huevo que fue entregado al joven príncipe de Yojoa, con la recomendación de conducirlo muy cuidadosamente, hasta llegar al palacio de su padre; que ya puesto allá lo quebrara en la cabeza encanecida del ofendido Cacique, que en hacerlo, saltarían las dos Princesas buenas y salvas a su lado.

Lleno de júbilo el joven emprendió su viaje de regreso, salvando todos los inconvenientes de la ida. Después de mucho andar, como dicen los cuentos, logró divisar su ciudad querida, rebosante de alegría. Pero desgraciadamente aconteció que al tiempo de ascender las gradas del palacio de su padre, del contento indescriptible, tropezó cayéndose y quebrando el valioso huevo, que en una mano conducía, con el mayor cuidado.

Entonces fue grande la pena de su corazón y el llanto desesperado de todo el mundo; mas, pasó con el contenido del encantado huevo no secaba y mas bien iba en aumento la humedad, hasta tener el aspecto de un charco de agua clara, visto lo cual por todos fue objeto de veneración, admiración y escrupuloso cuidado.

Día a día amanecía el pozo más grande y luego tuvo el aspecto de un precioso estanque. Y así, sucesivamente, fue en aumento, hasta que inundando la ciudad, la cubrió por completo, motivo por el cual, las ruinas de la población, existen en la actualidad en el fondo del lago. De esa suerte quedó formado el lago en la extensión que se le conoce.

El Príncipe heraldo participó del encanto, pues se afirma que encerrado por las aguas del lago, se convirtió en hermoso lagarto de oro, que se encarga de cuidar de las princesas, convertidas también en dos bellas sirenas, que hacen el prestigio del precioso Lago de Yojoa. Toda esta desgracia sucedió por haberse verificado el rapto de las dos hermanas, codiciadas por su extraordinaria belleza y quizá por la venganza de la vieja bruja burlada; la leyenda nada dice al respecto y yo tampoco.

De las ruinas de la ciudad, sólo quedaron libres de las aguas, las que el viajero puede contemplar hacia el lado de Los Naranjos, al norte del gran depósito de agua.

Y terminando este cuento, me meto por el hoyito de un fusil, para que tú, lector, me cuentes mil…

Fuente: Tradiciones y Leyendas de Honduras, por Jesús Aguilar Paz. Visto en Canasta Folklórica Hondureña, de Eduardo Sandoval.

El Sisimite

Por: Javier Durón Padilla

Según se cuenta, el sisimite es un animal parecido a un mono, su cara es como la de una persona, vive en las montañas y es muy enamorado, dicen que si encuentra a una muchacha que le guste, se la lleva y se pierde para no volver jamás. En todos los relatos que se cuentan se dice que procrea un hijo, que es el que más tarde le da muerte.

Su mayor peculiaridad es que sus pies son al revés, o sea que los dedos los tiene atrás y el talón adelante.

Al sisimite se le ha visto después de una quema, ya que al parecer le agrada comer ceniza caliente y oler los troncos de los árboles recién quemados, aunque es vegetariano. Al igual que el SIPE, el cual es de menor estatura, vive en las espesuras de la Montaña de la Flor. Si camina para adelante deja las huellas como si fuera caminando para atrás, y si camina para atrás, deja su rastro como si fuera para adelante.

Dicen que en cierta ocasión vivían dos hermanas con la abuela que las cuidaba. Un día la abuela fue a hacer un mandado, diciéndoles a las muchachas que no salieran, pero una de ellas desobedecía, saliendo a buscar unos mangos, mientras que la otra se quedó haciendo el oficio.

Se llegó la noche y la muchacha no regresaba, por lo que la abuela alarmada, reunió a la gente de la aldea para que le ayudaran a buscar a su nieta.

Cuentan que nunca la encontraron, pero hallaron por todo el monte pares de huellas al revés que llegaban juntas a la cima de un cerro. Por eso dijeron que había sido el sisimite come ceniza que se había llevado a la muchacha para siempre.

Tomado del Libro Leyendas, Azoros y Relatos de mi Pueblo de Javier Durón Padilla. Editorial Hibueras. 2005.

Procesión de los Angelones en el Día de Difuntos

En otros tiempos, en los que en la ciudad de Comayagua se celebraban las festividades religiosas con más esplendor y solemnidad que ahora, para el día de Finados, dos de noviembre de cada año, las iglesias enlutaban sus naves con largos cortinajes y practicaban solemnes ritualidades litúrgicas.

Desde las cuatro de la tarde comenzaban en todos los templos, las esquilas de difuntos, las que venían repitiéndose de hora en hora, hasta otro día, al amanecer, en que los Sacerdotes celebraban las tres Misas de difuntos, en un solo acto.

A las siete de la noche salía de la Santa Iglesia Catedral, una lúgubre procesión, por todas las calles de la ciudad, con la Cruz alta y los ciriales, encontrándose en aquellos momentos, la ciudad, triste, fría y azotada por los fuertes aquilones de noviembre.

Un sacristán piadoso, portando una palangana de plata y una sonora campanilla, iba enseñando devotamente, el Santo Rosario, y al mismo tiempo pedía a los fieles de la ciudad, una limosna para las Ánimas benditas del Purgatorio.

Al llegar la enlutada procesión, a cada casa, entonaba a grandes voces el canto monótono y quejumbroso que decían: Ángeles somos que del Cielo venimos a pedir pan para el Sacristán… y entonces, el dueño de la casa, lleno de miedo y tembloroso alargaba su mano, por el postigo de la puerta o de la ventana y daba su limosna.

Entonces los Angelones, agradecidos por la piadosa dádiva para el alivio de las benditas Ánimas, entonaban, con las mismas voces estentóreas, este otro canto: Estas puertas son de cedro y las almas en el cielo…

La procesión de Angelones seguía caminando por las calles, rezando el Santo Rosario y cantando el Miserere, hasta llegar a la puerta de la otra casa, en donde repetían su pedimento de limosna para las ánimas, siempre entonando sus monótonos y quejumbrosos cantos.

Pero si desgraciadamente en aquella casa no respondían o no salían a la puerta o postigo, para dar el pan para el Sacristán, entonces los angelones, airados y con voces estentóreas, entonaban este canto: Estas puertas son de hierro y las almas en el Infierno…

Y mientras la funeraria procesión recorría los tristes y silenciosos barrios de la ciudad, las campanas de los templos, plañideras y dolientes, llenaban los espacios con sus esquilas de difuntos; y el viento de noviembre, tétrico y funerario, gemía sobre los húmedos tejados de esta legendaria y conventual Valladolid.

A las diez de la noche, la procesión de los Angelones hacía su regreso hacia la Catedral, en donde se decían las últimas preces, para el alivio y descanso de las Benditas Ánimas del Purgatorio; y después de lo cual, todos los Angelones se dispersaban, entonando el Ave María, para ahuyentar el Demonio que también deambulaba por calles y plazas, en aquella noche de difuntos.

Después de la procesión de Angelones, y como a eso de las doce de la noche, aseguraban nuestros abuelos, que salía de la derruida y antigua iglesia de San Blas, distante como un kilómetro de la ciudad, la macabra procesión de Ánimas, formada de muertecitos que semejaban muchachitas como de doce años, todas ellas vestidas de largos y blancos camisones, con las cabezas peloncitas y los pies desnudos y amarillentos, los que no tocaban el suelo; pues se les veía caminar como a un pie de la superficie, llevando todas, en las manos, candelas encendidas que despedían luces amarillentas, parecidas a fuegos fatuos.

La primera visita que hacían era al Cementerio, en donde todas las tumbas se abrían, saliendo los esqueletos de los difuntos, quienes se postraban sobre las lozas de sus nichos, con los brazos extendidos en forma de cruz, y entonaban, con voces roncas y destempladas, el Miserere.

Después de estos cantos, salían en macabro consorcio, en procesión por las calles de la ciudad, hasta llegar a los cementerios de los viejos conventos de San Francisco y La Merced, en donde repetían sus salmodias y cantos funerarios, entre esquilas y dobles de campanas de los templos que no cesaban durante toda la noche…

Pero si algún curioso se atrevía a salir o a asomarse a la puerta o postigo de la ventana, en el acto volaba una Ánima Pelona y se le plantaba al frente, dándole una candela que despedía  mortecina luz fosforescente, la que, al tomar en la mano el atrevido curioso, se le convertía en hueso de muerto, por lo que el aterrorizado curioso huía lleno de espanto, al interior de su casa, medio loco y con fuerte frío de calentura.

La procesión de Ánimas continuaba deambulando, entre cánticos de tumbas, dobles y esquila de funerarias campanas y bajo la helada y pertinaz lluvia, hasta el amanecer que cantaba el primer gallo, con lo que, como por encanto, se esfumaba y desaparecía aquella macabra procesión.

Momentos después, las campanas de los templos llamaban a los fieles a oír las tres Misas que los Sacerdotes oficiaban, para alivio y descanso de las benditas Ánimas del Purgatorio.

Fuente: Leyendas y Mitos de las Hibueras. Autor: Ramiro Colindres Ortega. Graficentro Editores. 2000

Roatán, Morat y Barbareta

Por: Jesús Aguilar Paz

Los nombres de estas tres islas, que corresponden al archipiélago hondureño, que constituye el departamento de Islas de la Bahía, antigua Guanajos; según la leyenda, no son de origen indígena, que el primero si lo es, Roatán, ni español, sino que viene del inglés, lo que se explicaría por la usurpación hecha, por Inglaterra en los tiempos de las guerras de España. Bien sabemos que la grandeza de algunas naciones se la deben a esta América, que por medio de España, les remitía su oro constante y sonante, en la compra de efectos comerciales, que la madre patria no fabricaba, por la imprevisión de sus gobernantes, o bien por la piratería detestable.

Pero tratamos de saber el origen de los nombres citados y a ello vamos.

Los primeros piratas que ocuparon la principal de las islas, después de desalojar las guardias coloniales, precisamente se encargaron de recibir a los personajes usurpadores, unos animalitos dignos de ellos, por los roedores: las ratas. Impresionados los piratas por tal acontecimiento, exclamaron: ¡Rat-land!, o sea tierra de ratas, de donde salió el nombre de Roatán.

Desde luego, pronto no cupieron en esta isla y según la pirática costumbre de esa nación, de ocupar toda la tierra, muy luego fueron a dar que hacer a la siguiente islita, hacia el norte. Allí aparecieron a hacerles igual recibimiento, varias bandadas de ratas, por lo que los empedernidos aventureros, asustados, exclamaron nuevamente: ¡More-rats! Es decir, más ratas, por lo que la isla se bautizó con este nombre, o sea, Morat.

No satisfechos, como ya lo hemos hecho constar, dichos aventureros quisieron ocupar más tierras, y los piratas ingleses se fueron a ocupar la isla siguiente, que es la de Barbareta.

Aquí la regla anterior no falló y los congéneres de los piratas, los roedores, salieron prestos a recibirlos, pero en cantidad enorme. Los piratas, que una vez pintó tan justamente su propio paisano, el dean Swift de Jonatán, en sus viajes de Gulliver, asombrados de semejante peste, exclamaron: ¡Barbar-rats!, es decir, barbaridad de ratas, de donde resultó el nombre de la citada isla: Barbareta.

Cansados de ver ratones los piratas, no siguieron por entonces su incursión usurpadora, pero no porque se curaran de su megalomanía dominante, como lo atestigua la historia, pues de las islas hubo que sacarlos a cañonazos limpios, según el Mariscal Matías de Gálvez.

Como se sabe, después volvieron a cometer la necesidad de ocupar nuevamente estas Islas de la Bahía, indisputablemente de Honduras, pero esta última vez fue el General Guardiola, quien los sacó… ¡a sombrerazos!

Tomado del libro “Canasta Folklórica Hondureña” de Eduardo Sandoval. JES Ediciones.

Imaginerías populares de Danlí

El cadejo
Imagen: Lanza del Destino

Por: Darío González

En todas las regiones de nuestro país, existen creencias populares. Danlí no podría ser la excepción; a través de generaciones se ha arraigado en la conciencia del pueblo la existencia de estos personajes que es raro que alguien no sienta temor por la sucia, la chula o los molestos duendecillos.

La sucia

Aparece en noches de luna atrayendo a los hombres lujuriosos a lugares despoblados, donde ser ríe de ellos y les muestra sus senos voluminosos, diciendo tomá tu teta.

La chula

Es un ser misterioso que provoca en los niños un miedo terrible, la chula está en todos lados y siempre está dispuesta a concurrir al primer llamado que se le haga.

El cadejo

Es un cuadrúpedo fantástico de ojos chispeantes, tiene la apariencia de un perro y topetea a los transeúntes que andan a las doce de la noche en cosas no muy santas.

La carreta sin bueyes

En noche sin luna y cuando Danlí carecía de luz eléctrica recorría la ciudad una carreta sin bueyes, el rechinar de sus ejes se oía a lo lejos, lo mismo que el quejido lastimero de almas en pena.

La mano pachona

Aparecía en la Escuela “Pedro Nufio” a los alumnos desaplicados y malcriados; se representa como una mano peluda y aparecía según narraban los escolares cuando menos se esperaba, dándole su merecido al alumno desaplicado.

El duende rojo

Es un hombrecillo de escasa estatura que gusta vestir de rojo, se enamora de las muchachas hermosas que seduce con canciones y promesas; se cuentan en nuestra ciudad varios pasajes de este misterioso hombrecillo que al ser rechazado en sus pretensiones causa un sinnumero de represalias.

Tomado del libro “Danlí en el Recuerdo”, de Darío González.

El muerto que invitaba a beber

La historia que usted leerá es verdadera, sucedió hace algunos años aquí en Danlí. Refiere nuestro informante que por ese tiempo él gustaba de echarse sus tragos, en otras palabras nos dijo: era un enfermo alcohólico.

Una noche buscando como quitarme la goma se me ocurrió que en los burdeles que entonces estaban ubicados en El Carmelo, podría encontrar alguno de mis aleros para que me diera un trago.

Sucedió que al llegar no encontré a ningún conocido, por lo que decidí sentarme en una de las mesas a ver bailar, de repente se me acercó un señor para mí desconocido que me preguntó:

-¿Qué le pasa amigo, que lo veo tan triste?
-Es que estoy de goma -le contesté-
-Ese no es problema, pida lo que quiera, yo pago.

Incrédulo, más por necesidad acepté, y dije a una de aquellas mujeres que vendían su cuerpo en aquel antro, que decía aquel señor que me sirviera un octavo.

La mujer, como me conocía, pensó que eran cosas mías, y le preguntó al señor:

-Es cierto lo que dice éste, que le sirva un octavo y que usted me lo va a pagar?
-Sí, es cierto, y si quiere ir al cuarto con usted también se lo pago.

Convencida la mujer, me trajo el trago. Como el señor vió que me lo empiné de un solo, me dijo:

-¿Quiere otro?
-Si usted me lo brinda…
-Ese y los que quiera. Eso sí, puedo estar con usted hasta las doce de la noche.
-¿Y dónde vive usted? -le pregunté-

-Yo duermo en el cementerio, es más seguro -me respondió-
-Pues somos compañeros de hotel -le dije, pues yo en mis borracheras dormía en uno de los nichos vacíos que habían en el cementerio.

Ya cerca de las doce de la noche, me dijo:

-Ya es hora de que me vaya, si usted se quiere quedar…
-No -le dije- Yo también me voy, de todas maneras vamos para el mismo lugar.

Y nos fuimos, escalamos el pequeño muro y de un salto quedamos dentro del camposanto. Al llegar al nicho donde me quedaba le dije:

-Aquí me quedo, en ese nicho me meto, para cubrirme del frío.
-Pues yo duermo en ese lado -me dijo, señalando hacia la izquierda.
-Espere -le dije- voy a orinar bajo aquel mango.
-Lo espero -me dijo-

Fui, oriné y regresé, pero entonces no lo encontré.

Al principio creí que también él iría a sacarle agua a la vejiga, pero después de algún rato extrañado por su tardanza comencé a llamarlo en voz alta.

-¡Hey! ¿Usted qué se ha hecho? Yo ya me voy a meter en el nicho- Aquello lo repetí unas tres veces, a la cuarta me contestó:

-Métase amigo, yo ya estoy en el mío, mire la lápida, ¡allí sabrá quien soy!

Miré la lápida, y con gran espanto leí:

“Brígido Salvatierra, nació el 14 de mayo de 1774, murió en 1834, en paz descanse”.

Los tragos se me bajaron, las piernas me temblaban, la lengua se me puso pesada y el pelo se me erizó.

Como pude salí del cementerio, me cuentan que al llegar al lugar donde vendían tajaditas de plátano me desmayé, me llevaron al hospital.

¡Allí amanecí con un gran calenturón y con la mente perturbada!

Desde ese día no bebo, pero cuando recuerdo aquel pasaje de mi vida se me pone la piel como de gallina… Y cuando voy a acompañar un difunto no dentro al cementerio por temor a que me hable aquel muerto con el que compartí en aquel maloliente burdel.

Tomado de la revista “Danlí- Leyenda y Misterio”.

La leyenda de El Boquerón

El Boquerón

Por: Winston Irías Cálix

A 16 kms. de Catacamas surge primera “capital” de Olancho.

Tomando en cuenta las magníficas condiciones geográficas de Catacamas, una de las ciudades mejor ubicadas de Honduras, sobre una vasta planicie protegida por montañas al norte y oeste y situdada a orillas de su otrora caudaloso río, que desembocaba en el Guayape, surge la pregunta de por qué los españoles no fundaron aquí “la capital” del departamento de Olancho.

La respuesta al parecer está en la fachada de la Iglesia San Francisco de Asís, de Catacamas.- En el centro, a menos de dos pies bajo el nicho con la escultura del santo patrón, destacan en alto relieve las figuras de dos leones -que simbolizan el Imperio Hispano-, de unos tres pies de largo, separados por una cruz de brazos iguales, bordeada por un círculo de unos 30 Cms de diámetro; lo curioso es que cada figura sostiene un gran puro en la boca, lo cual significa, según la tradición, un pacto de no agresión y de paz entre los españoles, representados en los leones, y los indígenas de Catacamas, ya que el tabaco era propio del hombre americano.

En Honduras, sólo el edificio de la Audiencia de Los Confines de la ciudad de Gracias, Lempira, construido en 1544, tiene en alto relieve las figuras de dos leones, arriba de la puerta principal, pero sin puros en la boca.

Considerando que los colonizadores respetaron los derechos de los indígenas, escogieron para establecer su ciudad una preciosa planicie, “amurallada” por la naturaleza, situada a sólo 16 kms. al oeste de Catacamas.- En 1540 fundaron allí la Villa de San Jorge de Olancho, ubicada según la tradición justo al pie de la Montaña El Boquerón, que entonces se erguía majestuosa al norte y se extiende desde ese punto al Este y el Oeste.

En una relación de las ciudades de Honduras durante la colonia, realizada en la década de 1570, se describe así este lugar: “La Villa de San Jorge de Olancho, 40 leguas de Comayagua, al oriente, de cuarenta vecinos y en su comarca como diez mil indios tributarios y mucho oro, principalmente en el Río Guayape, doce leguas de esta villa…”

San Jorge de Olancho, cabecera de Olancho, El Viejo, era inmensamente rico: Se dice que los objetos usados por sus habitantes eran en su mayor parte de oro, incluso los frenos y espuelas utilizados para cabalgar.

San Jorge de Olancho estaba protegida por el norte, el este y el oeste; solo tenía libre el límite sur, hacia donde se extiende una inmensa planicie.- Por la ciudad corría el entonces caudaloso Río de Olancho, aunque en el rótulo que identifica al puente se le denomina Boquerón.

Este es el único elemento de la geografía departamental que lleva el nombre de Olancho.

Aproximadamente 10 kms. al sur está la rica Aldea de Punuare, perteneciente a Juticalpa, distante 24 kms. al oeste de El Boquerón, también parte de ese municipio.

Pero en tan solo 71 años después, en 1611, la ciudad fue destruida por “la erupción” del llamado Volcán El Boquerón, según la leyenda.

Geólogos que han realizado investigaciones en El Boquerón, entre ellos mi hermano Napoleón Ramos, afirmaron que en el sitio no existen restos de lava, por lo que se esclarece que no hubo tal erupción y se descarta, absolutamente, la existencia de un volcán.

Sin embargo, la alta montaña que según la tradición se erguía al norte de la ciudad, o sea el vértice de las ramificaciones Este y Oeste, desapareció.- Exactamente en el que sería el punto de unión entre ambas estribaciones, que en un principio formarían un solo conjunto, se aprecia un enorme boquete, en forma de “V” irregular, al cual se le debe el nombre de “El Boquerón”.

Al observar El Boquerón da la impresión de que la montaña se abrió, por presión quizá de algún estanque formado a causa de un copioso invierno y que, en consecuencia, un alud de lodo, piedras y agua habría arrasado con la Villa de San Jorge de Olancho, como ocurrió con la ciudad de Choloma, Cortés, cuando azotó el Huracán Fifí.

Sin embargo, no existe duda sobre la existencia de San Jorge de Olancho.- El norteamericano William V. Wells escribió en su libro “Viajes y Exploraciones en Honduras”, publicado en 1857, que la ciudad de Juticalpa “no es tan antigua como la vieja capital de esta rica región centroamericana de la cual solo sus ruinas existen para denotar su anterior importancia. Estas ruinas están situadas al pie del Monte Boquerón, en el Río de Olancho, hacia Catacamas…”, describió.

Hasta ahora no se han realizado trabajos para descubrir las posibles ruinas de esta rica poblacion; en Honduras también fue destruida la ciudad de Tencoa, primera fundación de Santa Bárbara, a causa de una creciente del caudaloso Río Ulúa.

Sobre la destrucción de San Jorge de Olancho, el padre Juan Francisco Márquez señala que se produjo por falta de fe cristiana de sus habitantes, quienes a pesar de su riqueza adornaban sus imágenes religiosas con coronas de cuero.

Pero existe un dato curioso y es que la ciudad fue abandonada más de una década antes de su destrucción, por lo cual el fenómeno no provocaría víctimas humanas.- En una carta fechada el 12 de octubre de 1598, el Padre Gaspar de Andrade y Quintanilla afirmó: “Los vecinos de la Villa de Olancho, sin orden y licencia, desampararon algunos años el pueblo donde vivían y poblaron en un sitio muchas leguas distantes de él”.

Como hubiese ocurrido, muy pocos habitantes se trasladaron al poblado de Catacamas, otros más a Juticalpa, que a partir de ese entonces se transformó de una aldea indígena en importante ciudad, y en su mayoría se desplazaron hacia el norte y fundaron la Ciudad de Olanchito, en el vecino departamento de Yoro.

Tomado del libro “Catacamas – del ayer al año 2000”, de Winston Irías Cálix.