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Poesía "Las Nubes" de Froylán Turcios

Por: Froylán Turcios

Las nubes con sus formas caprichosas
revolando impelidas por el viento,
me hicieron pensar por un momento
en la efímera vida de las cosas

Al cambiar sus figuras vaporosas,
al empuje del raudo movimiento,
las creyó el visionario pensamiento
alas de gigantescas mariposas.

Ora fingen tropel de extraños seres,
siluetas de fantásticas mujeres,
o visiones de un mágico espejismo;
pórticos de palacios imperiales
errando en la locura del abismo.

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Froylán Turcios

Froylán Turcios nació el 7 de julio de 1875 en la ciudad de Juticalpa, Olancho. Fue escritor, poeta, periodista y político. Es considerado uno de los intelectuales más importantes de principios del siglo veinte. Ejerció el puesto de Ministro de Gobernación, fue diputado del Congreso Nacional y delegado de Honduras ante la Sociedad de Naciones en Ginebra, Suiza. Fue un patriota que se opuso firmemente al intervencionismo norteamericano en Honduras.

En su función de periodista dirigió diario El Tiempo y fundó varias revistas. Es autor de la Oración del Hondureño. Escribió varios libros de novelas, cuentos y poesía. Escribió la letra del Himno al Árbol y el Himno a Morazán. Muere en San José de Costa Rica, el 20 de noviembre de 1943, de un paro cardíaco. Sus restos mortales fueron sepultados en Tegucigalpa.

Lluvia Matinal

Por: Froylán Turcios

Está lloviendo. La bruma
cubre la calle desierta,
y yo sufro el melancólico
dolor de las cosas viejas.

Imágenes del pasado,
rosas de la primavera,
van resurgiendo en mi espíritu
y aumentando mi tristeza.

Sigue cayendo la lluvia
con su pertinaz cadencia,
fría, monótona y triste,
lluvia de llanto y pena…

Duelo de las cosas idas,
luz de las noches serenas,
divinas horas lejanas
tan profundamente muertas…

Abro un álbum de memorias,
libro de las cosas viejas,
y me llega al corazón
un vago olor de hojas secas.

La leyenda de El Boquerón

El Boquerón

Por: Winston Irías Cálix

A 16 kms. de Catacamas surge primera «capital» de Olancho.

Tomando en cuenta las magníficas condiciones geográficas de Catacamas, una de las ciudades mejor ubicadas de Honduras, sobre una vasta planicie protegida por montañas al norte y oeste y situdada a orillas de su otrora caudaloso río, que desembocaba en el Guayape, surge la pregunta de por qué los españoles no fundaron aquí «la capital» del departamento de Olancho.

La respuesta al parecer está en la fachada de la Iglesia San Francisco de Asís, de Catacamas.- En el centro, a menos de dos pies bajo el nicho con la escultura del santo patrón, destacan en alto relieve las figuras de dos leones -que simbolizan el Imperio Hispano-, de unos tres pies de largo, separados por una cruz de brazos iguales, bordeada por un círculo de unos 30 Cms de diámetro; lo curioso es que cada figura sostiene un gran puro en la boca, lo cual significa, según la tradición, un pacto de no agresión y de paz entre los españoles, representados en los leones, y los indígenas de Catacamas, ya que el tabaco era propio del hombre americano.

En Honduras, sólo el edificio de la Audiencia de Los Confines de la ciudad de Gracias, Lempira, construido en 1544, tiene en alto relieve las figuras de dos leones, arriba de la puerta principal, pero sin puros en la boca.

Considerando que los colonizadores respetaron los derechos de los indígenas, escogieron para establecer su ciudad una preciosa planicie, «amurallada» por la naturaleza, situada a sólo 16 kms. al oeste de Catacamas.- En 1540 fundaron allí la Villa de San Jorge de Olancho, ubicada según la tradición justo al pie de la Montaña El Boquerón, que entonces se erguía majestuosa al norte y se extiende desde ese punto al Este y el Oeste.

En una relación de las ciudades de Honduras durante la colonia, realizada en la década de 1570, se describe así este lugar: «La Villa de San Jorge de Olancho, 40 leguas de Comayagua, al oriente, de cuarenta vecinos y en su comarca como diez mil indios tributarios y mucho oro, principalmente en el Río Guayape, doce leguas de esta villa…»

San Jorge de Olancho, cabecera de Olancho, El Viejo, era inmensamente rico: Se dice que los objetos usados por sus habitantes eran en su mayor parte de oro, incluso los frenos y espuelas utilizados para cabalgar.

San Jorge de Olancho estaba protegida por el norte, el este y el oeste; solo tenía libre el límite sur, hacia donde se extiende una inmensa planicie.- Por la ciudad corría el entonces caudaloso Río de Olancho, aunque en el rótulo que identifica al puente se le denomina Boquerón.

Este es el único elemento de la geografía departamental que lleva el nombre de Olancho.

Aproximadamente 10 kms. al sur está la rica Aldea de Punuare, perteneciente a Juticalpa, distante 24 kms. al oeste de El Boquerón, también parte de ese municipio.

Pero en tan solo 71 años después, en 1611, la ciudad fue destruida por «la erupción» del llamado Volcán El Boquerón, según la leyenda.

Geólogos que han realizado investigaciones en El Boquerón, entre ellos mi hermano Napoleón Ramos, afirmaron que en el sitio no existen restos de lava, por lo que se esclarece que no hubo tal erupción y se descarta, absolutamente, la existencia de un volcán.

Sin embargo, la alta montaña que según la tradición se erguía al norte de la ciudad, o sea el vértice de las ramificaciones Este y Oeste, desapareció.- Exactamente en el que sería el punto de unión entre ambas estribaciones, que en un principio formarían un solo conjunto, se aprecia un enorme boquete, en forma de «V» irregular, al cual se le debe el nombre de «El Boquerón».

Al observar El Boquerón da la impresión de que la montaña se abrió, por presión quizá de algún estanque formado a causa de un copioso invierno y que, en consecuencia, un alud de lodo, piedras y agua habría arrasado con la Villa de San Jorge de Olancho, como ocurrió con la ciudad de Choloma, Cortés, cuando azotó el Huracán Fifí.

Sin embargo, no existe duda sobre la existencia de San Jorge de Olancho.- El norteamericano William V. Wells escribió en su libro «Viajes y Exploraciones en Honduras», publicado en 1857, que la ciudad de Juticalpa «no es tan antigua como la vieja capital de esta rica región centroamericana de la cual solo sus ruinas existen para denotar su anterior importancia. Estas ruinas están situadas al pie del Monte Boquerón, en el Río de Olancho, hacia Catacamas…», describió.

Hasta ahora no se han realizado trabajos para descubrir las posibles ruinas de esta rica poblacion; en Honduras también fue destruida la ciudad de Tencoa, primera fundación de Santa Bárbara, a causa de una creciente del caudaloso Río Ulúa.

Sobre la destrucción de San Jorge de Olancho, el padre Juan Francisco Márquez señala que se produjo por falta de fe cristiana de sus habitantes, quienes a pesar de su riqueza adornaban sus imágenes religiosas con coronas de cuero.

Pero existe un dato curioso y es que la ciudad fue abandonada más de una década antes de su destrucción, por lo cual el fenómeno no provocaría víctimas humanas.- En una carta fechada el 12 de octubre de 1598, el Padre Gaspar de Andrade y Quintanilla afirmó: «Los vecinos de la Villa de Olancho, sin orden y licencia, desampararon algunos años el pueblo donde vivían y poblaron en un sitio muchas leguas distantes de él».

Como hubiese ocurrido, muy pocos habitantes se trasladaron al poblado de Catacamas, otros más a Juticalpa, que a partir de ese entonces se transformó de una aldea indígena en importante ciudad, y en su mayoría se desplazaron hacia el norte y fundaron la Ciudad de Olanchito, en el vecino departamento de Yoro.

Tomado del libro «Catacamas – del ayer al año 2000», de Winston Irías Cálix.

Alfonso Guillén Zelaya, "Se parecía con Ernesto Renán"

Alfonso Guillén Zelaya
Alfonso Guillén Zelaya

Por: Raúl Gilberto Tróchez

Medardo Mejía, humanista coterráneo de Alfonso Guillén Zelaya, admirador incansable de la obra del poeta que fundara la escuela postmodernista en Honduras, sociólogo y periodista de altura, lo retrató así:

«Era de regular estatura, más alto que bajo. De raza blanca, como descendiente de los viejos criollos de Olancho, ennoblecidos con las mercedes del Rey de España. Cabeza grande y bien formada de pensador; pelo abundante, negro y sedoso; frente espaciosa y límpida; ojos entre oscuros y claros, de mirar penetrante; nariz aguileña, exactamente acomodada al conjunto facial; boca ancha, labios delgados, que conocían la sonrisa y nunca la carcajada. El rostro de Guillén Zelaya sugería al pensador francés. Se parecía con Ernesto Renán».

«Voz profunda y lenta. Movimientos pausados. Con el secreto de imponer su personalidad a primera vista. Trato suave y estimado de poeta. Cuidadoso de su persona. En su ropero existía la riqueza de trajes de un gentleman. En su mesa siempre había uno o dos cubiertos más para las personas que llegaran a la hora de las comidas. Fumaba puros finos. A las tres de la tarde solía tomar una taza de café, acompañado de sus amigos, en un salón elegante de México, por ejemplo Samborn’s. Guillén Zelaya sabía aconsejarse de la naturaleza. Tenía la sencillez de un campesino honrado que armonizaba con su grandeza intelectual. Era la antítesis del artificio, la pose, el engreimiento y la vulgaridad».

De su poesía, apenas se han rescatado sesenta poemas en Honduras, su vasta producción poética está perdida en los laberintos de revistas y periódicos de Estados Unidos y Centroamérica. Uno de sus cuadernos de versos que su viuda, doña Isabel, puso en manos de un Ministro de Educación, se perdió. Sin descansar un solo instante, aquella señora se dirigió al escritor Medardo Mejía, director de la Revista «Ariel», (nueva etapa), y en sus páginas se dieron a conocer sus versos en junio de 1972, con el título de «EL QUINTO SILENCIO», título de un bello poema que contiene aquella antología.

Medardo Mejía, haciendo honor a su distinguido paisano, había publicado en su Revista, en noviembre de 1965, un ensayo filosófico, titulado: «ALFONSO GUILLÉN ZELAYA EN LAS RUTAS DE LA DIALÉCTICA». Es un trabajo profundo, juicioso, en el que da a conocer a fondo al erudito escritor, al poeta liberado, a un Guillén Zelaya de cuerpo entero, militante decidido y sincero de las fuerzas renovadoras de escritores y poetas de este siglo.

A pesar de lo que se ha especulado, no concebimos a un Guillén Zelaya extremista, como lo configuran algunos fanáticos ignorantes. Entendemos que, sin estar comprometido en hacer literatura «hipotecada», fue vanguardista y, luego regresaba a su postmodernismo filosófico, a los González Martínez, creía en Dios y por eso siempre estuvo al lado de las causas justas, siempre poniendo en práctica su eterna filosofía para el logro de la «Unidad de la familia hondureña y el olvido del pasado». Desnudó su alma y demostró que tenía un corazón abierto para las nobles causas, generoso, como la feliz naturaleza que tiene todo para brindarse a todos.

Como periodista, -dice Rafael Heliodoro Valle- «Fue uno de los mejores estructurados para construir la obra que en diario «El Cronista» emprendió Paulino Valladares. Tenía su ventana espiritual abierta a las nuevas corrientes del pensamiento político y gracias a ello pudo ser buena receptora de numerosas emociones e ideas. De su capacidad para orientar a la opinión pública dejó muestras desde que editorializaba en aquel periódico y en «El Pueblo» de Tegucigalpa, periódico que fundó en 1931.

Supo mantener un diálogo constante con su pueblo desde un plano de serenidad, y con franqueza hizo la crítica más constructiva de los errores de la admnistración pública, defendiendo siempre su credo pacifista y la conveniencia de dar una organización previsora a la vida económica del país».

«Los gobernantes -decía Guillén Zelaya- se levantan y se hacen acreedores al respeto y a la estimación pública mediante su propia obra, no con disertaciones inconducentes sobre hechos y obligaciones. Los hombres de Estado no levantan la dignidad de las naciones ni empujan su progreso con manifestaciones. Lo imponen con la acción inteligente, legítima y justa».

Si levantamos el telón del escenario poético de Guillén Zelaya, nos encontramos frente a un mundo lírico maravilloso, con creaciones de alta calidad artística, tanto en los temas como en la trayectoria firme y segura de su nuevo verso, original, trascendente, siempre con sabor a los codiciados panales olanchanos, con olor a beso de sol primaveral sobre la húmeda sabana, con altura de montaña y policromía tropical como la que ostentan orgullosas las flores de la campiña nacional.

Adelantamos una muestra de la delicada poesía de don Alfonso, quien sembró la simiente de la vida con su mano cariñosa de soñador; él se dio por entero a su patria, a su tierra y a su pueblo en tranquilos versos de redención humana:

TIERRA Y SOÑADOR

Me tienes aquí, ¡Oh, tierra! Diligente
abro en tu seno el surco; conmovida
deposita mi mano la simiente;
mano de soñador que siembra la vida.
Yo sé que nada soy en el presente,
mas la siembra conmigo confundida
prolongarase indefinidamente
en la voz de la selva estremecida.
La cosecha de rosas y pomas
dará más tarde lo que el bosque diera
en color, sustento y en aromas.
Y tierra y soñador, ritmo diverso,
cantaremos en toda primavera
la eterna comunión del universo.

Como un convencido creyente, el poeta pide a Dios un camino para peregrinar. Solo espera su voz para echarse a la marcha. Se ofrecerá como báculo si encuentra algún caído. De padre, si hay un huérfano. De esperanza si hay olvido. ¡Pero échame a la senda que yo quiero rodar! Así, rodando por diversos caminos de ilusión y de esperanza, triunfante y sereno, conformó su destino, grandioso y ejemplar:

ÉCHAME A LA SENDA

Señor, dame un camino y empújame a la mar;
mándame a todo rumbo por bosques y desiertos,
por llanos y guijarros y por floridos huertos,
que me siento cansado de tanto descansar.
Dame cualquier camino para peregrinar,
hoy tengo los impulsos de la marcha despiertos;
échame a todos los mares, guíame a todos los puertos,
que amo la incertidumbre y no puedo esperar.
Sólo tu voz espero para hacerme a la marcha;
no temeré la espina ni me helará la escarcha,
y gustaré el sustento que me quieras brindar.
Me ofreceré de báculo si encuentro algún caído;
de padre si hay un huérfano; de esperanza, si olvido;
pero échame a la senda que yo quiero rodar.

El poeta Guillén Zelaya decía en su ensayo, «LA INCONFORMIDAD DEL HOMBRE»: Bendigamos la inconformidad que no admite la inercia ni la capitulación. Ella es acicate del destino. Por ella canta la alondra y tendrá que ser voz de libertad el iris silencioso del quetzal. Por ella, después de esta catástrofe, (la segunda guerra mundial), existe un reclamo de justicia en cada escombro y arde una estrella de redención en cada horizonte».

Sobre la democracia decía: «La democracia es la pugna libre de las aspiraciones distintas en el seno de las naciones o de los partidos, dispuestos a unificarse mediante la justa, legítima expresión de la mayoría. Quiere decir que la unidad y la armonía no se consiguen imponiendo la voluntad de un hombre ni de un círculo sobre la voluntad de los demás, sino mediante el ejercicio del derecho de cada uno, sin otro límite que el establecido por las leyes».

En México y en los Estados Unidos se encuentra lo mejor de su obra literaria. Vivió pleno de cosechas y cargado de frutos; gozó de plenas satisfacciones al cumplir con su misión de hombre y artista. Nacido en la ciudad de Juticalpa, Olancho el 27 de junio de 1887, (y no en 1888 como indican algunos textos). Falleció en la ciudad de México, DF el 5 de septiembre de 1947, a los sesenta años de edad. El poema que al final regalamos a nuestros lectores, es como un himno para todos los hondureños que lo declaman cada vez que recuerdan al insigne poeta hondureño, Alfonso Guillén Zelaya.

LA CASITA DE PABLO

La casita de Pablo, era verde y tendida
como un ala en el mar;
y en las grandes mareas semejaba una vida
que por miedo al naufragio se pusiera a rezar.
La casita de Pablo, siempre estuvo vestida
de bejucos del monte y en flor: era el altar
donde el sol y los pájaros en cada amanecida,
celebraban la misa primera del lugar.
La casita de Pablo, después quedó desierta,
sin misas y sin flores ¡Como una rosa muerta!
De Pablo ahora dicen que yerra sin parar.
Y del espacio humilde donde hicera su nido,
que perduran apenas, impidiendo el olvido,
cuatro postes rebeldes a los golpes del mar.

Tomado de «La Tribuna», del sábado 19 de marzo de 1994.

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El Padre Manuel de Jesús Subirana en Catacamas

Por: Winston Irías Cálix

Un mensajero de Dios en Catacamas

Difundió y practicó el mensaje de amor, fe y esperanza, que son la esencia de la doctrina de Cristo.- Defendió como pocos los derechos de los indígenas hasta lograr la titulación de sus tierras.- Castigó y convirtió a hechiceros y estudiantes de la Escuela de Brujería que funcionaba en Catacamas, la cual cerró, advirtiéndoles que estaban fuera de la gracia de Dios, tal como lo expresa La Biblia en Gálatas 5.- Hizo milagros que amparan su futuro reconocimiento como un santo de la Iglesia Católica.

Estas son algunas de las múltiples actividades realizadas en Catacamas, en 1860, como parte de una intensiva campaña de evangelización, por el misionero español Manuel de Jesús Subirana, de acuerdo al relato de mi tía abuela y segunda madre, la señorita Francisca Irías Cálix, a quien mi hermana mayor, Dilcia, por mala pronunciación de su nombre le decía «Mi Chacha».

Según le contaba su padre, mi bisabuelo don Antonio Irías, quien conoció al Padre Subirana, cuando aquel santo varón se encaminaba hacia nuestra ciudad, proveniente de Santa María de El Real, afirmó a la muchedumbre que fue a su encuentro: «Nos dirigimos a La Laguna de Catacamas».- Al aclararle que el poblado está ubicado sobre tierra firme, él insistió en el nombre que había mencionado.

Refiriéndose a ese nombre de «Laguna de Catacamas», varias personas afirman que existe abundante agua a poca profundidad en el Valle de Catacamas; hace décadas había en la ciudad «ojos de agua» o fuentes superficiales, como el que existió en el sector de Ojo de Agua, hasta hace 40 años aldea del municipio, al igual que El Hatillo.- Ambas son ahora barrios de Catacamas.- En ese tiempo una quebrada corría por la segunda avenida de la ciudad, donde estaba la escuela Rosmunda Herrera, actualmente Biblioteca Municipal, y, aun más, el caudal del Río Catacamas, que anteriormente desembocaba en el Guayape, quedó reducido por el derrumbe de un cerro en su nacimiento, allá por 1940.

Durante la tragedia provocada por el Huracán Mitch, voluminosos chorros de agua surgieron a la superficie en cerros y laderas de Catacamas.

Es popularmente conocido en Catacamas que el misionero Subirana predijo que la ciudad sería destruida por la Montaña Piedra Blanca y que mientras esa desgracia no ocurriera el Pueblo de Santa María de El Real no prosperaría.

Al respecto, mi tía abuela me tranquilizaba diciéndome que el Padre Subirana hizo tan fatal vaticinio para que los habitantes de Catacamas se arrepintieran de sus pecados y que oraran todos los días a Nuestro Señor, pidiéndole que conserve a salvo a la ciudad.

El Padre Subirana se alojaba en el sitio que ocupó la Escuela Rosmunda Herrera, local que he considerado el más idóneo para el funcionamiento del Museo de Catacamas, junto a la Biblioteca Municipal.

Reaparece la escuela de brujería

Me relataba mi tía-abuela que algunos brujos desobedecieron la orden del Padre Subirana y continuaron sus prácticas anticristianas.

Al principio del siglo XX resurgió en Catacamas la «escuela de brujería», ubicada en el lugar donde actualmente funciona la Escuela «Juan Pablo II», en el Barrio La Cruz.- Por la noche sus «alumnos» se convertían en monos y caminaban tomados de la mano por el centro de las calles, hasta la plaza donde está el Parque Central.- Allí jugaban en las ramas del frondoso árbol de ceiba y después regresaban a su local, de donde salían furtivamente, ya en su forma humana según el relato.

El indígena Rojas me aseguró que los «alumnos» de esa escuela se convertían en monos en un sitio ubicado unos 300 metros al oeste de su centro de brujería, que en efecto funcionó donde está ubicada la escuela «Juan Pablo II».- De acuerdo a la tradición, para convertirse en animales los hechiceros dejaban el «alma» en un guacal, que escondían con suma precaución, y al retornar «la bebían», recuperando así su forma humana.- Si alguien les derramaba el «alma» se quedaban de por vida como animales, según la creencia popular.

Pero el misionero español hizo después de muerto un nuevo milagro, me aseguraba mi tía-abuela.- El edificio de la escuela comenzó a derrumbarse y los brujos de alguna manera fueron identificados por sus parientes, amigos y curiosos.- El pueblo les recordó como sus antepasados habían sido castigados y convertidos por el Padre Subirana y muchos de ellos convulsionaron al solo escuchar su nombre.- Arrepentidos, no volvieron a ejercer sus prácticas de brujería.

Tomado del libro «Catacamas- del ayer al año 2000», de Winston Irías Cálix.

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