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¡Ya vienen los Indios!

SAN MIGUEL ARCÁNGEL, PATRONO DE TEGUCIGALPA

Escribe: M. Antonio Rosa

El siglo diez y nueve —siglo del romance— viejo y achacoso, caminaba encorvado por una senda obscura apenas alumbrada por la luz parpadeante de unos cuantos luceros madrugadores que anunciaban el despertar del siglo XX.

La Tegucigalpa arcaica dormía plácidamente en el sube y baja de sus calles laberintosas, anidada caprichosamente en las faldas de El Picacho que sirve de valladar en tiempos huracanados, y de eficiente ventilador en los meses caniculares.

Serían como las tres de la madrugada, cuando regresaba de una fiesta a su hogar el general Florencio Xatruch, militar cuyo nombre ha recogido la historia centroamericana, como el del jefe más bravo que a la cabeza de una columna de hondureños, luchó con denuedo en Nicaragua, contra el ejército invasor del filibustero William Walker.

Al entrar Xatruch a su casa, se sorprendió al ver a su esposa sentada en la sala y bastante inquieta.

—¡Pero, mujer! ¡Qué demonios estás haciendo levantada a estas horas?

—Esperándote, Florencio, esperándote para decirte que te escondas, porque no tardan en entrar los INDIOS…

¡Ah! —expresó el general midiendo a trancos la sala y mesándose las barbas. ¿Xatruch va a esconderse de los indios? ¿Has olvidado acaso que estás casada con uno de los militares más fogueados de Honduras? Recuerda, mujer que soy de los pocos a quienes cada ascenso le cuesta una herida, y una herida recibida de frente. Bueno es que tomes nota también que en mi diccionario no figura la palabra… ¡miedo!

—Por Dios, Florencio: ¡No seas porfiado! ¡Escóndete!

—¡Deja de tonterías, mujer! Anda pronto y prepárame una taza de café bien cargado, capaz de chamuscarme la lengua; pero antes dime: ¿quién te dio esa información?

—Paula, hombre, Paula la cocinera. Anoche cuando ya habías salido, un muchacho le trajo un papelito de un tío suyo, en el cual le informaba que hoy en la madrugada entrarían los indios y que no sólo saquearían Comayagüela, sino también Tegucigalpa.

Xatruch no esperó una palabra más; urgido como estaba por averiguar por sí mismo la verdad, no perdió tiempo para cambiarse de ropa; únicamente echóse sobre los hombros su capa española de grueso paño negro, cogió su larga espada y montó rápidamente en la bestia que él mismo ensilló, dirigiéndose hacia la parte sud-oeste de la ciudad, zona por donde generalmente invadían los indios curarenes.

Su briosa yegua blanca, tan blanca como el armiño en época invernal, manoteaba en medio del chisporrotear de sus herraduras al herir el fino empedrado, con esa elegancia característica de las bestias de pura sangre…

Cabalgador y cabalgadura formaban una sola estampa fantástica, que desadormeciendo la quietud de la noche, atravesaba como un meteoro las tortuosas y mal alumbradas calles de Tegucigalpa.

Cuando al paso veloz de su yegua, Xatruch dejaba las últimas casas de Comayagüela, vio venir en la penumbra, cerca de la carretera, sobre las faldas y crestas de unas colinas cercanas, a centenares de hombres desnudos de la cintura para arriba, armados de machetes.

La luna que había permanecido oculta tras densas nubes plúmbeas, queriendo atisbar la escena, asomó un minuto nomás su cara bonachona, tiempo preciso para que los INDIOS CURARÉNES viesen en aquel jinete fantasma, la inconfundible figura de SAN MIGUEL ARCÁNGEL, quien ellos sabían que en otra ocasión había salido con igual indumentaria, a combatir victoriosamente numerosas tropas que pretendían tomar por asalto la plaza de Tegucigalpa.

El pánico cundió entre la indiada agresora, y como si se tratase de un movimiento ensayado, tiraron los machetes, se arrodillaron y bajaron la cabeza persignándose, en señal de sumisión.

La despejada inteligencia de Xatruch le permitió interpretar al instante la escena y supo aprovecharla.

Blandiendo su larga espada que los plateados rayos de la luna se encargaron de agigantar, gritóles con voz atronadora:

“INDIOS CURARÉNES! ¡Volved ahora mismo a vuestro pueblo!… ¡No tratéis de provocar nuevamente mi cólera, porque entonces sí os cortaré la cabeza!… Id, id con Dios, hijos míos, que esta vez quedáis perdonados!”

Y cuando las nubes plúmbeas volvieron a cubrir la faz del nacarado satélite, la neblina madrugadora se tragó la figura de “Xatruch, el SANTO”…

Tomado de “La Tribuna”. Tegucigalpa, 4 de marzo, 1977.

Sonata de Año Nuevo

Por: Juan Ramón Molina

A Otilia
Tal vez hoy, en tu valle eglógico -valle de amar y de soñar, donde el crepúsculo feliz languidece como una rosa que se va marchitando en su búcaro de montes azules— tornes los ojos, donde se cristalizan secretas lágrimas, hacia el rumbo donde el ausente apacienta sus nostalgias y sus sueños— rumbo que imperativamente le señaló el hado, cuando empezaba a gozar del perfume de tu cabellera y de la miel de tu boca. ¿Acaso él mismo le tornará a tu presencia, envuelto en una nube de polvo, castigando los ijares de su corcel, mientras le aguardas, temblorosa de alegría, en el huerto de los naranjos y de los rosales, capitoso y ardiente como la heredad del Cantar de los cantares? Ve qué te dicen las claras corrientes que te adulan en tu baño matutino, pregunta al zorzal que solloza en la cima del árbol a cuya sombra meditas; otea los umbrosos senderos que recorres con tus compañeras, imaginándote que, de pronto, va a aparecer ante tus ojos atónitos, donde él encendió la luz de la pasión primera, que sólo apagará el soplo de la muerte. Hoy, al iniciarse el nuevo año, una melodía insólita ha sonado en mi corazón, donde el sufrimiento ha grabado tu imagen con la paciencia de un artífice doloroso. Unos músicos ambulantes pasaban por la calle, en el alba turbia, tocando una romanza antigua, como en el poema de Musset, y asomándome al balcón envuelto en la claridad indecisa del amanecer, les seguí con los ojos melancólicos, envidiando sus almas bohemias y su música banal. Hubiera querido que un genio —tal como sucede en los cuentos árabes— me llevase junto con ellos al pie de tu ventana, que debe tener un marco de enredaderas, y allí tocarte una sonata cualquiera, un motivo sentimental, que te añorase las dulces noches en que, en la calle desierta, bajo los claros diamantes celestes, te llevé una serenata de amor, en tanto que la luna, con su faz maliciosa, me espiaba desde la cumbre de las serranías, negras e imponentes a la distancia, bajo la noche rameada de constelaciones. Tú, despertando en tu nido, sacudiendo la profusa cabellera castaña en desorden, exclamarías de súbito:

—Es él.

Lentamente sollozando la música te diría: —”Es el amado que llega por fin, peregrinando por climas y montañas, en busca de tu fresca gracia, de aquella gracia que rindió su viril juventud, en días dichosos, cuando el dolor esquivaba su firme paso y la mirada triste y altiva de sus ojos. Despierta, niña, y sal al balcón, que el gallo negro cantó a lo lejos, el rojo en la próxima alquería y el blanco en el huerto de tu hogar. Sal pronto, oh niña, porque con la luz del sol se disipan los conjuros mágicos, y mañana al asomarte en busca de él sólo encontrarás rostros indiferentes, la perenne perspectiva de los montes natales y la ausencia y la distancia de los días monótonos”.

Tal soñaba, pálido y ojeroso, en este triste amanecer, viendo alejarse a la murga callejera. Mas la melodía de los bohemios llenaba mi ser, y siguió cantando muy quedo en mi corazón, haciéndome rememorar nuestras horas felices, cuando, cogidos de la mano, íbamos a empezar el camino de la vida. Sobre nuestras cabezas el cielo era de paz y de azul; cantaban en los árboles cercanos maravillosos pájaros de iris; a la vera los rosales estallaban de flores y los limoneros nevaban sus azahares; y a lo lejos entre los sotos, un manantial como una disolución de ópalos proclamaba gárrulamente el triunfo de nuestros corazones.

Tal íbamos por el camino de la vida cogidos de las manos, meciéndonos dulcemente, sin hablar, pendientes de las almas de las húmedas pupilas. Un lindo pájaro nos trinó su pensar: —Aprovechaos de la juventud. Dos palomas monteses se perseguían saltando ante nuestros ojos. Una liebre nos vio asustada, huyendo entre las matas; y una vieja, que tenía un siglo, andrajosa y encorvada, nos dijo, después que le dimos una limosna, agitando su rústico bordón: —Hijos míos, vais a ser muy felices. Más adelante encontramos un hada, seguida de un enano etíope, que te regaló un anillo de oro macizo, símbolo de la fidelidad, y que me dio un puñal mágico, para que lo llevara al cinto y te defendiera.

Tal íbamos por el camino de la vida, en aquella dulce primavera sentimental. Y tú parecías fresca y pomposa, como un rosal de tu valle umbrío, y yo, erguido y fuerte, como un pino de tus montes. Pájaros melodiosos cantaban sobre nuestras cabezas en la cima de los árboles donde enredaba la tarde su cabellera de oro; el cielo era de un azul profundo, de una profunda paz: recortábanse en la lejanía los montes, semejando grandes turquesas o esmeraldas; los próximos manantiales dialogaban entre las yerbas, disputándose el tesoro de tu cuerpo virginal. Tal íbamos por el camino de la vida, sin ver hacia atrás, con el corazón en los labios y el alma en los ojos, sin pensar en que el dolor, como una arquero aleve, nos acechaba en aquel paisaje de idilio.

Fue un sueño… cuando despertamos, llorabas en silencio, en un rincón de tu hogar, de rodillas ante una madona, y yo, fugitivo y taciturno, había comenzado otra peregrinación, más triste y dolorosa que aquella que me llevó a través de los océanos, nostálgico del aroma de tu cabellera, de la miel de la flor de tu boca. Porque entonces tornaría en breve, mientras que hoy son hostiles a mi paso todos los senderos que conducen a tu valle natal, a tu rincón de égloga, donde el dragón del odio me devoraría sin piedad. Pero mañana me has de ver llegar, victorioso y fuerte, con la espada de Sigfrido en la diestra. Y me premiarás con la rosa que llevas en tus cabellos, con la mirada más dulce de tus ojos y la delicia suprema de tus labios.

La Nochebuena

Por: Carlos Alberto Uclés

!Ay! Jamás lo olvidaré. Era una noche azul. La campana de la torre dio la oración. Yo estaba inquieto. Los pitos de agua y tamboriles anunciaban una gran fiesta. Toda la gente estaba en las calles, llenas de alegría y de música; y me parecían muy felices los muchachos que pasaban cantando:

“Esta noche es noche buena,
Y no es noche de dormir…”

Un pájaro me aleteaba también en el corazón.

Cosa de hadas se me fingió tu nacimiento. El Niño sonreía en su cuna, velado por la Virgen. Casitas suizas, soldados de plomo, inditos de Guatemala; era un mundo en miniatura. Los tres reyes magos venían por Buenavista, trayendo de Oriente diamantes y perlas.

En la primavera, tú cogías mariposas, que me prendías con alfileres, y yo cortaba rosas, con que te hacía ramilletes. Después, éstas se marchitaron y aquéllas se murieron. Sólo quedaba el Colegio triste, allá muy lejos. Enfermé de nostalgia, y me volví a mi playa, cual una golondrina a su nido.

Cuando entré a tu salita, todo era luz y armonía. El frío invernal era en ella tibio ambiente, y la conversación se animaba con el vino. Los jóvenes perfumados cortejaban a las niñas brillantes. Toda la familia estaba en el hogar: la mamá y la abuelita, el perro Mustafá y la gata Mistrís. Y no faltaban el lorito de Puerto Rico y el primo de marras.

¿Te acuerdas? Tú cantaste en el piano una romanza:

“Sentada al pie de un sauce.”

Como una flor de lis, parecías de rocío y aurora. Tus compañeras jugaban juegos de prendas, todavía. En un rincón, un viejo criado divertía a los pequeñuelos con cuentos de Navidad o de “Las Mil y una Noches.”

A las doce, la alegría estalló: era la hora de los buñuelos. Tú estabas pensativa, y yo pensaba en ti. Un momento quedamos a solas, tomé tu mano entre las mías, y mirándome en tus ojos, te dije: Yo te amo. Cuando tú me contestaste: ¿Por qué me lo preguntas? —palpitó una estrella, y se estremecieron las violetas.

¿Quién me diera tornar a tus plantas?

La misa del gallo, la dijo el buen cura en la Parroquia. Y luego me dormí, entre sueños de oro. Por ti me olvidé de la Huerta del Bosque y la lechería del Molino, de aquellos pastorcitos de yeso, que se estaban quietos, y de aquellas muñecas de biscuit, que bailaban. Y, con cosas ideales, me formé un lindo alcázar de amor.

Entonces Christmas me dio sus dulces, y Noel su monedita reluciente. Después, una tarde en el mar, el viento se llevó tus ilusiones, como hojas secas.

¿Te acuerdas? Cuando volví de aquel país, —”¿Conoces el país donde florece el naranjo?”— era también la Nochebuena. Pero un ave negra batía sus alas en el cielo.

Y ¡qué pálida estabas! ¡Habían pasado tantos años!…

Mustafá y Mistrís, mis pobres amigos, ya no existían. Quedaba solamente el primo de marras.

¡Ay, Dios mío! Cuando las rosas se mueren en el alma, ¿por qué no nacen en el cuerpo las margaritas?

Fábulas

La Fábula

La Fábula, también llamada apólogo, es la breve narración de una acción alegórica encaminada a ejemplarizar agradablemente su fin de enseñanza moral.

EL CIERVO, EL MANANTIAL Y EL LEÓN

El Ciervo y el León

Agobiado por la sed, llegó un ciervo a un manantial. Después de beber vio su sombra en el agua. Al contemplar su hermosa y variada cornamenta sintióse orgulloso, pero quedó desconcertado de sus piernas débiles y finas. Sumido aún en estos pensamientos apareció un león, que empezó a perseguirlo. Echó a correr y le ganó una gran distancia, pues la fuerza de los ciervos está en sus piernas y la del León, en su corazón.

Mientras el campo fue liso, el ciervo guardó la ventaja que le salvaba; pero al entrar al bosque, sus cuernos se engancharon a las ramas, y no pudiendo escapar fue atrapado por el león. A punto de morir exclamó para sí mismo:

“Desdichado. Mis pies, que pensaba me traicionaban, eran los que me salvaban, y mis cuernos, en los que ponía toda mi confianza son los que me pierden.

Moraleja: Frecuentemente, viéndonos en peligro, los amigos de quienes desconfiamos nos salvan, y aquellos con quienes contamos firmemente son los que nos traicionan.

LA CIGARRA Y LA LECHUZA

Cigarra tocando guitarra

Importunaba una cigarra con su ruido insoportable a la lechuza, acostumbraba a buscar su alimento en las tinieblas y a dormir de día en el hueco de una rama. Rogóle la lechuza que se callara, y aquélla se puso a cantar con más fuerza; volvió a suplicar de nuevo, y la cigarra se excitó más todavía.

Viendo la lechuza que ya no le quedaba ningún recurso y que sus ruegos eran despreciados, atacó a la habladora con este engaño:

—Ya que no me dejan dormir tus cantos, que parecen sonidos de la cítara de Apolo, tengo el deseo de beber el néctar que Palas me ha regalado ha poco; si no te molesta, ven, lo beberemos juntos.

La cigarra, abrasada por la sed, en cuanto oyó alabar su voz voló ávida a la cita. Salió la lechuza de su nido, persiguió a la incauta y le dio muerte.

Moraleja: Quien no sabe ser complaciente encuentra casi siempre el castigo de su soberbia.

EL CUERVO Y LA ZORRA

El Cuervo y la Zorra

Sobre un árbol, un Cuervo presumido tenía con el pico un queso asido. La zorra, que lo olía y codiciaba astuta, de esta suerte le apremiaba:

—Adiós, señor don Cuervo, muy buen día. Qué hermoso y qué galán. Usted sería el Fénix de estos bosques, si supiese que a su pluma su voz correspondiese. Con esto el Cuervo se envanece tanto, que emprende hacer alarde de su canto. Abre el pico anchuroso, el queso suelta; atrapolo la zorra y, desenvuelta, le dice: —Sepa usted, buen caballero, que todo lisonjero vive a expensas de aquel que oído le presta. Bien vale un queso una lección como ésta. Avergonzado el Cuervo y confundido, juró, aunque tarde, ser más precavido.

EL GUSANO DE SEDA Y LA ARAÑA

Trabajando un gusano su capullo, la araña, que tejía a toda prisa, de esta suerte le habló con falsa risa, muy propia de su orgullo:

“¿Qué dice de tal tela el señor gusano? Esta mañana la empecé temprano, y ya estará acabada a mediodía: ¡Mire qué sutil es, mire qué bella…!

El gusano con sorna respondía: “Usted tiene razón; así sale ella”.

Moraleja: Se ha de considerar la calidad de la obra y no el tiempo que se ha tardado en hacerla.

LA BASURA

Ave reprende a basura voladora

—Ved, cómo me remonto a gran altura—
Decía con orgullo una basura
Mirando a la ciudad muy bajo de ella;
Y como el viento que la alzó seguía,
Más henchida de orgullo repetía:
—¡De abajo me verán como una estrella!

Un ave que cruzaba el firmamento,
La oyó y le dijo con burlón acento:
—Tus ímpetus modera y ten cordura,
Que el viento que te alzó muy poco dura,
Y cuando cese de soplar el viento
Volverás a la tierra a ser basura.

~Máximo Soto Hall

EL ÁGUILA Y LA HORMIGA

El Aǵuila y la Hormiga

En el hueco de uno de esos peñones andinos, altísimos y helados, tenía su nido un águila. Reposaba indolentemente después de una accidentada y fructuosa cacería, cuando, de pronto, una hormiga que había descendido por el peñón hasta la altura del nido, le dijo con respetuosa voz:

—Señora águila, ¡buenos días!

El águila volvió la cabeza, le dirigió una mirada fulminadora, y no le contestó.

La hormiga creyó que no había sido oída, y repitió con voz más fuerte:

—¡Buenos días!

—Es increíble que en un cuerpo tan pequeño quepa tanta audacia —dijo el águila—: tu mejor homenaje debería ser el silencio.

—Señora, mi pequeñez… —dijo la hormiga.

Pero no continuó, pues el águila, levantando el cuello, lanzó un picotazo en dirección de la hormiga para aplastarla. El choque con la roca fue muy fuerte; pero no lastimó a la hormiga, sino que ésta salió proyectada y en vez de rodar en el abismo, por una curiosa casualidad, cayó sobre la cabeza del águila.

La hormiga se golpeó, naturalmente, en la caída; pero luego logró descender hasta la piel, y se agarró fuertemente al pie de una pequeña pluma. Repuesta ya del susto y sintiéndose bien afianzada, comprendió que en aquel instante su situación era muy ventajosa. Esta reflexión le dio ánimo para decir al águila:

—¡Señora águila! ¡Ahora quien manda soy yo!

El águila sacudió su cabeza como un Júpiter indignado. La hormiga le aplicó un mordisco. Entonces sacó una pata del nido e inclinó la cabeza para rascarse, y destruir con garra aquel huésped importuno. La hormiga la mordió otra vez y se preparó para la lucha; lucha espantosa y larga entre su agilidad inteligente y la fuerza ciega de la garra. A cada zarpazo mal acertado, la hormiga contestaba con un fuerte mordisco. Como la cabeza estaba ya sangrando, el águila comprendió que ella misma con su garra se estaba destrozando, y que en tales condiciones la lucha era muy desigual. Entonces se quedó quieta y dijo a la hormiga:

—Dí, ¿qué quieres?

—Que vueles —contestó la hormiga.

El águila agitó sus alas, y con un ruido semejante al crepitar de un viejo velero, se lanzó al espacio, y pasó por sobre llanuras, bosques y montañas, en raudo vuelo.

La hormiga estaba maravillada ante el divino espectáculo de aquella sucesión de horizontes y pensó «¡Qué vasto es el mundo! Yo no habría podido recorrer esa extensión ni en cinco mil años!» Y ebria de azul y de infinito, gritó al águila:

—¡Más arriba!

Y el águila subió y subió hasta llegar a las nubes; pero luego se le vio descender a todo vuelo, jadeante de cansancio, y fue a posarse sobre una elevada cresta cubierta de árboles seculares. Entonces la hormiga soltó la pluma, rodó sobre el plumaje del águila y cayó desvanecida entre las hierbas.

Moraleja: La moraleja es viejísima, como el mundo, y es ésta: No debemos desdeñar a los pequeños, y mucho menos ofenderles; porque el Destino se complace a veces en ponerlos sobre nuestra cabeza para hacer más humano nuestro corazón y para castigar nuestra soberbia.

~Adaptado de Luis Andrés Zúñiga.

Bibliografía: Efemérides, Pensamientos y Símbolos Visibles de la Patria. Mario Bardales Meza. Comayagua, 1983. Libro de Lectura de Cuarto Grado. M. Navarro. Tegucigalpa, 1965. Libro de Lectura de Quinto Grado. M. Navarro. Tegucigalpa, 1945.

Cuatro Palabras Audaces ponen fin a una Fiesta Palaciega


Gral. Terencio Sierra

Por: Froylán Turcios

Aquel día hallábase el presidente Sierra en una de las raras fechas felices de su calendario. Por humanidad, y entre manifestaciones estruendosas, pasó en el Congreso no recuerdo qué iniciativa suya que juzgaba de gran trascendencia en el futuro del país. Para celebrar el acontecimiento invitó a los diputados y algunos de sus amigos a tomar con él y a sus ministros una copa de champaña.

En el pasillo que servía de comedor a la familia presidencial reinaba el más desbordante entusiasmo. La servidumbre iba de un lado para otro con bandejas de aceitunas, frutas frescas, galletas, sandwichs, copas de coñac cinco estrellas, y toda clase de exquisitos vinos: porto, vermouth, jerez, moscatel. Las risas y las conversaciones formaban un solo rumor de colmena.

De pronto callaron todos, pues comenzaba a circular el champaña.

De pie, de frac y con una copa en la mano, Sierra pronunció un corto brindis patriótico, que al punto fue contestado por varios palaciegos con frases de la más espesa adulación. Íbase ya por la tercera ronda, y nadie pensaba en discursos, cuando alguien golpeó la mesa, reclamando silencio…

Era el talentoso licenciado Manuel Membreño, quien con impasible dureza de expresión en el semblante, y con voz aguda y un tanto agresiva, dijo más o menos lo siguiente:

—General Sierra: —Estamos festejando aquí una de las innumerables farsas con que el poder público procura engañar al pueblo. Somos todos actores en un sainete ridículo que alguna vez debiera avergonzarnos. Ni usted, ni los diputados que servilmente curvan de miedo en su presencia el espinazo, ni ningún hondureño creen que se realizará lo que decretó el Congreso por orden suya. Juro que no lo creen, como yo no lo creo; y, sin embargo todos nos prestamos a tomar un papel en esta comedia grotesca. Usted está acostumbrado a la frase melosa de los turiferarios, y, por lo mismo mis francas palabras deben estar resonando en sus oídos como la expresión de la más audaz intemperancia o como las desacordes vociferaciones de un demente. Pero es preciso que las oiga entre la consternación de los pusilánimes y el secreto aplauso de los hombres íntegros, para que usted no se imagine que todo el pueblo hondureño es una manada de asnos rebuznando al compás de los embustes oficiales.

Un rayo cayendo sobre la regocijada concurrencia no habría producido la sorpresa y el espanto que causaron aquellas exageradas expresiones. Todos miráronse con las caras alargadas. Concentrando después su atención en el gobernante. Éste hallábase como el que ha recibido un balazo y no sabe en qué sitio. Sus amarillentos ojos movíanse rápidamente como los del tigre próximo a saltar. Así pasó medio minuto en el que no se oyó el vuelo de una mosca. Ni por un millón de dólares habría ninguno querido estar en la piel del licenciado Membreño.

—Vea, pariente, —exclamó al fin el temible jefe con voz resonante, rompiendo el dramático silencio —usted mismo lo ha dicho: es irresponsable de las grandes ofensas que gratuitamente ha proferido contra mí. Por su boca habló algún malévolo espíritu que el demonio del alcohol puso en su lengua. Rotundamente se equivoca al juzgar farsantes a los ciudadanos que con la mayor energía trabajamos por el progreso y la gloria de Honduras. Usted no es más que un…

En ese instante se sintió cariñosamente cogido por un brazo. Su hija Brígida, enterada por algún amigo de lo que pasaba, le habló en voz baja… Tras de una corta vacilación, dejando la copa intacta sobre la mesa, hizo un saludo y desapareció por la puerta que se abría a sus espaldas.

Cada cual buscó su sombrero, y entre el ruido de los que se marchaban, oyóse un grito del presidente:

—¡Detengan en la guardia al señor Membreño!

A éste se le habían evaporado los traidores tragos y pálido y nervioso explicaba su actitud a los que partían. Al oir aquella orden acercóse a mí —y aunque no nos hablábamos hacía muchos años, por motivos que no es del caso explicar—, me pidió que interviniera en su favor. Así lo hice en el acto con doña Carmen, quien me facultó para que dijera al jefe de la guardia que le dejara salir. Entre tanto Sierra, aunque calmado con amenas pláticas de sus más íntimos cortesanos, y con fricciones de agua de Colonia en la cabeza, paséabase en camisa con el puro en la boca, bufando a lo largo de la estancia.

Marzo de 1938.

Tomado del libro “Anecdotario Hondureño”, por Froylán Turcios.

¿Quién se robó la Turca?

El caso trágico de la bella Norma Zablah.

Recuerdos tristes de la Tegucigalpa de ayer.

Por: J. Augusto Irías Cálix

Transcurrían los plácidos años de las postrimerías del gobierno del Dr. y Gral. don Tiburcio Carías Andino en la ciudad de Tegucigalpa; cuando un acontecimiento vino a estremecer el ambiente social de aquellos días; y fue el desaparecimiento de una joven encantadora, de sonrisa angelical y alegre; que hacía sus estudios secundarios en el Instituto María Auxiliadora.

El impacto social y político fue por lo menos de 500 kilotones de T.N.T., y en los círculos sociales y políticos más destacados la pregunta era: ¿Quién se robó la Turca?

En cierta oportunidad nos encontrábamos reunidos en un salón del “Hotel Las Américas”, con los licenciados: Eliseo Pérez Cadalso, Hostilio Lobo Cálix, Esteban Mendoza y este servidor, cuando a alguien se le ocurrió decir:

“¿Por qué no consultamos con un fakir de la India que se encuentra hospedado en este hotel?”. Todos se rieron de la ocurrencia, y algunos dijeron: ¿por qué no?.

Así pasaron los días y el caso parecía no tener solución. Se decía que un alto personaje del gobierno la había raptado y secuestrado, y después, para hacer desaparecer las evidencias, su cadáver fue lanzado al mar desde un avión.

Antes de estos acontecimientos tuvimos la oportunidad de platicar con la deslumbrante y simpática Normita Zablah, a quién —junto a otros compañeros de estudios— la abordábamos cuando con un grupo de alumnas se dirigía a su centro de estudios, el Instituto María Auxiliadora.

Normita Zablah vivía en un establecimiento de sus padres, que estaba situado en la calle del comercio frente al Parque “La Merced”, y se llamaba Bazar Jerusalén, exactamente donde hoy se encuentra el edificio Midence-Soto.

Nadie puede conocer los sentimientos y pensamientos del ser humano, especialmente cuando se trata de una aberración por controlar y disfrutar del cariño y el amor de una bella mujer, la cual no puede ser conquistada por los medios tradicionales de atraer el cariño y el afecto cuando es correspondido por el mutuo consentimiento.

Los acontecimientos continuaron su curso, las suposiciones de los diferentes estratos sociales señalaban a un alto personaje de la administración pública, un destacado abogado, escritor y poeta. Por los medios radiales y de prensa se informó que este personaje había sido nombrado en el cargo de Cónsul General de Honduras en la Ciudad de Nueva York.

Este nombramiento suscitó muchos comentarios y suposiciones dentro de los diferentes círculos sociales y políticos de la Capital; y —cosa inesperada— de improviso la tragedia cobró otra víctima —que en este caso fue el antes mencionado abogado, escritor y poeta— quien no soportó la presión psicológica sobre su persona.

Ese trágico día, iba yo por la esquina de la Frutería “El Rábano”, cerca de la Farmacia Arles, como a las 10 de la mañana, acompañado del señor William Shoemaker —quién se desempeñaba como agente de Scotland Yard de Londres en Tegucigalpa— cuando escuchamos la fuerte detonación de un disparo de pistola automática. Cundió la alarma entre los vecinos del sector y la casa que estaba situada frente al Teatro Pálace. Todos nos dirigimos a investigar lo sucedido en la casa antes mencionada. Desgraciadamente, el hecho quedó comprobado. El señor antes mencionado, que era funcionario del gobierno, ¡se había suicidado!

Y como colofón decimos: Que el cuerpo de la turquita nunca apareció, y tampoco se pudo comprobar que en el crimen haya tenido participación directa el funcionario gubernamental que se suicidó, ya que muchas personas son supersensibles y pueden sufrir una profunda alteración psicológica.

Y los padres de la turquita se trasladaron a vivir a México, y hasta allá van nuestras sinceras condolencias, a través del tiempo y el espacio.

Y entonces, decimos nosotros: ¿Quién se robó la Turca?

Bajo el Almendro, Junto al Volcán (resumen del libro)

En este libro sobre la guerra de 1969 entre Honduras y El Salvador, Julio Escoto nos presenta su perspectiva del conflicto a través de la historia sobre el Capitán Centella, quien es el protagonista del relato.

“Capitán Centella” es el nombre de guerra que adoptó Nicanor Mejía, el alcalde de un municipio no identificado del departamento de Santa Bárbara. Mejía también es un agricultor dedicado al cultivo de naranjas.

Ante la amenaza salvadoreña, el Capitán Centella, con más entusiasmo que acierto, decide entrenar por su propia cuenta a un grupo de humildes campesinos para defender sus dominios, obteniendo cómicos resultados.

Para remediar su ignorancia sobre los asuntos militares, el Capitán se desvela por las noches leyendo literatura militar, sin comprender mucho los textos, los cuales están llenos de palabras complicadas y tecnicismos. Pero él se motiva por la profunda admiración que siente por el quehacer militar.

El campesino Guillermo, quien no vuelve a aparecer en la historia, resulta ser el medio que utiliza Julio Escoto para expresar su opinión sobre la guerra. En su discurso Guillermo interpreta que la guerra entre El Salvador y Honduras se debe a la expulsión de miles de campesinos salvadoreños del territorio hondureño. La guerra fue el medio que la oligarquía salvadoreña utilizaba para para evitar que estallara un conflicto interno.

Pero, más que en denunciar a la oligarquía salvadoreña, Julio Escoto está interesado aquí en desprestigiar a la profesión militar. Por boca de Guillermo afirma que “los ejércitos han sido creados para defender a los poderosos y a los terratenientes y no al pueblo”. En referencia al ejército de Honduras dice: “siempre fracasaban en las guerras contra otros ejércitos, pero triunfaban cuando se trataba de apalear estudiantes y amarrar campesinos”.

Con toda su admiración por los militares, el Capitán Centella se desilusionó de ellos cuando un grupo de soldados hondureños acampó en la plaza central, la que había sido “su orgullo de alcalde”, ya que las obras que realizó en ella le dieron un prestigio que permitió su reelección.

Cuando miró los destrozos que los soldados le hicieron a su amado parque el Capitán Centella montó en cólera y confrontó al Mayor Gavilán, quien hablando a nombre de las Fuerzas Armadas de Honduras expresó un discurso lleno de cinismo contra la democracia. El Mayor Gavilán culminó su exposición con esta frase memorable: “En este país, alcalde, se puede vivir con medio cerebro”. A lo que el Capitán Centella respondió: “es cierto, pero nunca lo va a poder gobernar mientras otros lo tengamos completo”.

De particular interés es el episodio del encuentro de los seguidores del Capitán Centella con un grupo de cirqueros, por lo extraño e inesperado del evento. Este evento no resulta ser más que una forma pintoresca de ilustrar el concepto limitado de una democracia puramente electorera, del show mediático que montan siempre los políticos hondureños, según se desprende del último discurso del Capitán Centella.

Bajo el Almendro, Junto al Volcán fue la inspiración para una obra teatral del mismo nombre.

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Las narraciones del Ing. Pompilio Ortega acerca del Padre Subirana

Principia el Ing. Ortega con “El Misionero”, en el que afirma: “Tenía que suceder”, dicen las viejecitas. “Así lo anunció El Misionero”, sin admirarse de lo que ven, pues aseguran que todo lo que sucede fue profetizado por él, y que todo cuanto dijo era la purísima verdad…. Este hombre tenía un poder de atracción extraordinario y por muchos motivos puede colocársele entre los humanos de espíritu vidente, que tienen el don de profetizar y adivinar lo que ha sucedido…”

Entre las historias cuentan las siguientes:

“El Misionero y Ña Leona.”

Esta señora había seducido a un hombre casado, con quien vivía maritalmente en Opoteca, Depto. de Comayagua. Al llegar el Misionero, ella se alejó del lugar… Cuando iban para otro lugar el Misionero dijo a los acompañantes: “tened cuidado, que pronto nos encontraremos con una pantera: es una leona”. Por la vuelta del camino vieron asomar a Ña Leona, que venía de huir. Allí viene, dijo el Misionero, y se quedó en silencio hasta que ella estuvo cerca. “Mujer, le dijo: no mal te pusieron Leona”. La señora le pidió perdón. “Anda, le dijo, devuelve su marido a aquella mujer y su padre a aquellos hijos”.

“El Misionero y el hechicero”.

En el pueblo de Ojos de Agua, Depto. de Comayagua, había un hombre a quien todos temían porque practicaba la Magia Negra y era hechicero en toda forma. Dicen que iba a la iglesia a solas para cortar pedacitos a la piedra de Ara; que se hacía lechuza, coyote y hasta hormiga; era, en una palabra, el terror de aquellas sencillas gentes… Gracias a la intervención del Misionero, el viejo dejó las hechicerías.

“Profetizó la venida de extranjeros”.

“No pasarán cincuenta años”, les decía, “sin que este bello país de ustedes sea invadido por extranjeros de todas las naciones de la tierra: los sajones, los chinos y los judíos serán los primeros. Aseguren sus propiedades ejidales para que siempre tengan donde trabajar en común; porque los dueños de los terrenos los venderán a los extranjeros a cambio de oro. Uds. se descuidan, por la facilidad con que viven, pero día vendrá en que todo será distinto; necesitarán mucho dinero para sostener la vida, y eso lo obtendrán a cambio de sus fértiles tierras, que pasarán a poder del extranjero. Trabajen y dejen los vicios para que no vallan a perder su bella tierra”.

“El Misionero y los Indios”.

Donde fue verdaderamente admirable el Misionero, fue en la región de Yoro y Olancho, con los indios xicaques y payas. Por miles bajaban hombres, mujeres y niños a donde él estaba, para ser bautizados. Unos decían que venían a donde él porque habían soñado, otros porque lo habían adivinado, otros porque veían a sus amigos venir hacia él, y así por el estilo.

El misionero les enseñó a vestirse, a leer y a creer en Dios. Cuentan que cuando quiso bautizar al cacique Cohayatlbol, éste y el sacerdote tuvieron una larga discusión. El cacique le decía que a él le convenía creer en Malotá (Dios del Mal) mas que en el Dios de los cristianos, porque el primero nada le prohibía, mientras que el segundo le restringía sus derechos. El Misionero hizo que le diera un fuerte dolor de cabeza y después le preguntó: ¿Te ha dolido la cabeza alguna vez? —En estos momentos me duele más que nunca, dijo el cacique—. Si te dejas bautizar, agregó el Misionero, ese dolor se te quitará inmediatamente. Cohayatlbol se admiró tanto de aquel milagro, que le dio permiso para bautizar a toda su gente. Esto sucedía en las proximidades del nacimiento del río Cuyamapa. En un bello paraje al pie de las montañas de Pijol: extensas sabanas verdes, pinares espesos combinados con los bosques de liquidámbar; todo fragante, fresco y vivificante. En este lugar se encuentra la aldea de Subirana, para cuyos habitantes el recuerdo de aquel hombre constituye la mejor página de su historia.

EL MISIONERO CASTIGA A UNA MUJER DESNATURALIZADA

Terminada la misa, pues no hubo sermón, llamó a una señorita de aquel pueblo por su nombre. “Fulana de tal pase a las gradas del altar”, dijo el Misionero, sin bajarse del púlpito. Esta obedeció. El Misionero dijo a los fieles que lo siguieran y toda la procesión se dirigió a unos cerros vecinos; llegando por fin a un sitio pedregoso… El Misionero, dirigiéndose a la desfallecida mujer, le dijo: “Levanta esa piedra”. La mujer no podía levantarla… El Sacerdote le dijo: “Ayer tuviste fuerza para colocar esa piedra donde está y hoy no la puedes levantar, haz un nuevo impulso, pues Dios quiere libertar tu conciencia y salvar a este pueblo de un gran peligro”.

La mujer levantó la piedra, bajo la cual estaba enrollada una enorme culebra. Tómala en tus brazos, dijo el terrible juez… Tan pronto como el diabólico animal estuvo en sus brazos, levantó la cabeza que se prendió en uno de los pechos de la señora.

“Todos a la iglesia”, dijo el Misionero y entonces la procesión fue encabezada por la señora que amamantaba la serpiente. Cuando estuvieron de regreso, el padre ordenó a la señora que colocara la culebra en una esquina del templo, y principió un sermón en el que condenaba la conducta de ciertas mujeres que por salvar efímeras apariencias sociales, asesinan a los hijos… Al terminar, se dirigió a la señora en estos términos: “Toma tu hijo. Vete a darle sepultura en el lugar donde se entierra a los cristianos y da gracias a Dios, que por mi medio te has librado de la vida de amargura que te preparaba tu conciencia”. La estupefacción fue general cuando al dirigir las miradas hacia el lugar donde habían colocado la culebra, vieron a un niño con moretes en la garganta, estaba muerto, manos infames lo habían estrangulado…

“El Misionero en Esquías”.

Llegó a hospedarse en casa de Escolástica Flores. A poco de haber llegado, llamó a la señora y le dijo: “Tu hija Clara ha sido invitada para un baile esta noche, ¿verdad?”. Sí, señor, contestóle Escolástica. “Pues no la dejes ir”, terminó el Misionero. La muchacha fue al baile, sin que lo notaran. El Misionero le dijo a la señora Flores: “Prepárate para entre nueve meses”, y así fue.

El Misionero y la Legión.

En una ocasión dijo a los habitantes de Esquías, que en aquel lugar había una legión de espíritus malos; que era necesario hacer una plegaria general para conjurarla, que todos los vecinos fueran a la iglesia al siguiente día. En el momento en que el Misionero hacía la imprecación, oyeron un ruido semejante al retumbo de un volcán que hace erupción y se sintió un fuerte temblor de tierra…; pero a una palabra del Misionero todo quedó en calma…

“Apersoga una mujer en la plaza”.

Existía en aquel pueblo una señora casada que había abandonado a su marido para irse a vivir en concubinato con su padrastro. El Misionero la mandó a llamar, y como ella negara lo que hacía, dando muestras de disgusto y falta de respeto, el Misionero la mandó apersogar en el centro de la plaza, diciéndole: “Bestia humana, así permanecerás esta noche, y ya verás lo que está reservado para todas las de tu clase”. A eso de la media noche se desató un huracán horroroso… Al día siguiente vieron a la mujer, ya sin el lazo, dirigirse a casa de su marido, sin explicar a nadie lo que había visto en aquella horrible noche.

“Como aquél que multiplicó los panes”….

En la aldea de Rancho Grande, entre Esquías y El Espino, existía el rancho público más grande de la vía. Al llegar a este lugar el Misionero, quien por mucho tiempo fue asistido por el señor José de la Cruz Hernández, vecino de El Espino (San Jerónimo, Depto. de Comayagua), oyó que éste le decía: ¿Qué haremos con toda esta gente en este lugar donde no hay dónde comprar comida? —“¿Qué tienes en la cocina nuestra?”, le preguntó el Padre. “Nada más que un poco de arroz”, replicó el cocinero. “Pues ponlo a cocer y les das”, y continuó aquél, al parecer ignorante que el arroz no era más que unas cuantas puñadas. El cocinero lo puso a cocer, y todos comieron, sin que faltara para nadie.

“El novio que intentó engañar al Misionero”.

Lo que era de cajón en cada lugar donde el  Padre Subirana llegaba, eran los casamientos. Ruedas interminables de contribuyentes, viejos y jóvenes… El ciudadano Domingo Cruz, abuelo materno del profesor Augusto Urbina, formaba parte de una interminable rueda de aspirantes a matrimonio, en Sulaco. Contaba el señor Cruz que al llegar con la vista hasta donde cierto sujeto, le dijo: “Esa no es la que será tu esposa, anda y entrega esa niña a sus padres y vuelve mañana con fulana de tal, a quien debes tomar por esposa. ¿Qué creías que iba a hacer ella para criar esos cuatro hijos que con ella tienes? El mencionado sujeto obedeció.

“La ciudad subterránea”.

A muy avanzada edad murió hace pocos años don Francisco Durón, hijo de don Lucas, el mismo de los Guacos. Contaba don Chico que su padre había ido con la comitiva de cueveños, hoy trinitecos, a dar un paseo por una ciudad subterránea cuya entrada se abría al lado norte del cerro Casque, invitado por el Misionero Subirana. (En el Depto. de Comayagua).

“Admirables consejos”.

Lo primero que el Misionero Subirana hacía al llegar a un pueblo, era aconsejar a sus habitantes que permanecieran en él, si le parecía situado en un buen lugar, o que le abandonaran si adivinaba un futuro peligroso. Muchos pueblos se cambiaron de localidad y otras tantas aldeas se fundaron por su iniciativa.

La muerte del misionero

Para morir, el Misionero Subirana escogió la casa de un enemigo suyo. Cuentan que en las proximidades de Santa Cruz de Yojoa, vivía un hombre para quien el nombre del Misionero era una continua pesadilla. Siempre hablaba mal de él y terminaba diciendo: “Le odio, le odio; si le viera de cerca acabaría con él”.

El Misionero dijo a sus indios que les dejaría porque ya se acercaba el fin de su vida y le faltaba que hacer una conquista. Ellos lloraron su ausencia por largo tiempo.

Llegó a la casa de su gratuito enemigo, y en cuanto lo vió, lo llamó por su nombre, diciéndole: — “He escogido tu casa para pasar los últimos momentos de mi vida sobre la tierra, que por cierto ya están muy cerca”. El hombre olvidó completamente su odio y prodigó al Misionero toda clase de atenciones.

“La Fuente de Subirana”.

El último milagro que hizo estando en esta vida aquel hombre extraordinario, fue cerca del lugar donde murió en El Potrero de Oliva. Cuentan que el antiguo enemigo en cuya casa se hospedaba, se disgustó por la aglomeración de gente en su casa, especialmente porque el agua les quedaba lejos. Al notar eso, el Misionero le dijo: “No te apures por eso, que de dejaré una fuente aquí cerca de tu casa”, y saliendo al campo, escarbó el suelo con el dedo y de allí brotó una fuente de agua… Es la Fuente de Subirana….

“Palabras y Sonrisas, una semana después de muerto”.

Cuando su última hora fue llegada, dijo al nuevo amigo que su deseo era que su cuerpo fuese enterrado en la iglesia de la ciudad de Yoro. Una inmensa procesión de indios vino de todas aquellas montañas a cargar los queridos restos. Cinco días duró el viaje y era sorprendente la liviandad del ataúd. A pesar de que esto sucedió en la época de lluvias ni una gota de agua cayó donde ellos iban; los aguaceros caían a su alrededor, pero nunca sobre los que lo llevaban, y el cuerpo del Misionero, en vez de descomponerse como los otros humanos, despedía un perfume de rosas. Entre llantos y frase cariñosas, entró aquella procesión fúnebre en la iglesia de Santiago de Yoro. El cura de la parroquia hizo abrir el ataúd para ver por última vez el rostro de aquel hombre maravilloso, dando en sus labios inertes un suave beso de despedida. El Padre Subirana abrió los ojos y con una sonrisa en sus labios yertos, le dijo: “Siete años después de haber depositado mi féretro en esa fosa abrirás mi sepulcro y encontrarás un tesoro”. Y cerró sus ojos azules, esta vez para siempre.

“Guacos en una procesión funeraria”.

La parte cómica en las tradiciones que con tanta veneración recuerda nuestro pueblo acerca del Misionero Subirana, la forman las inevitables orejeadas que daba a los amigos de la Magia Negra. “Mi tata quien sabe que tenía, no ve que él fue uno de los que orejeó el Misionero, por brujo, y eso de los guacos en su entierro, nada que me ha gustado”. Este era el epílogo de un cuento que una buena señora contaba a mi madre, cuando yo todavía era un muchacho.

“A principios de este siglo [XX] murió en el caserío de la Meseta (La Trinidad, Depto. de Comayagua) un anciano a quien yo conocí… Desde que don Lucas entró en el período de agonía, principió a reunirse gran número de guacos en la arboleda vecina, poniendo una nota casi tenebrosa con su agorero canto: “ya ca-bó…… Ya ya ya cabó”. Aquellas aves no se retiraron hasta que salieron con el difunto para enterrarlo en el cementerio de pueblo, y los guacos volando de rama en rama acompañaron la procesión fúnebre, o mejor dicho formaron otra que en vez de caminar por el suelo, volaba por el aire, y los macabros graznidos no cesaron hasta que el difunto fue cubierto de tierra… El guaco nuestro es el mismo Yacabó del Orinoco, especie de gavilán….

Fuente: Patrios Lares, por Pompilio Ortega. Visto en El Misionero Español: Manuel Subirana, de Ernesto Alvarado García. 1964.

Leyenda del Lago de Yojoa

Lago de Yojoa

Por Jesús Aguilar Paz

De la dilatada llanura del tiempo, de donde las rosas negras de lo ignorado hoy, cubren los reinos muertos de lo que fue, viene esta raíz de oro que se llama Tradición del Lago de Yojoa: aroma de sepultada civilización, vislumbre de mortecina luminaria, que añora en nuestra alma otros avatares, guardados entre perfumes y mirras del embalsamado espiritual de los siglos.

Luz auténtica de la que alumbró las fogatas de Copán grandioso, de los que encendió el alma acrisolada de los Mayas, es esta leyenda que una vez oímos de boca de los contadores de cuentos en los caminos reales, de esos buenos hombres trabajadores, que cual archivos vivientes ponen bajo su cabeza, para dormirse, la suave seda de los pasajes encantadores, de los que es este mundo y ha sucedido, de los mozos que trabajando materialmente durante el día, no se olvidan del menester espiritual, por la noche.

Pues es tiempo de saber ya, que en el espacio que ocupa actualmente el Lago de Yojoa, se extendía una bellísima población, asiento de un poderoso Cacique, padre de tres hijos: un varón y dos mujeres, codicia éstas de mancebos apostados y bizarros, cuya fama de bellas y adorables, traspasó los umbrales del reino de Copán. Los Príncipes de aquel rico como poderoso reino, percatados de que estas niñas estaban en flor y que la primavera del amor reventaba por sus encantos corporales, dispusieron de las malas artes de una vieja bruja a falta de las buenas y nobles del verdadero amor, para poder robárselas, como medio fácil para ser dueños de las flores que embalsamaban el pensil que media entre los picos de Meámbar y el majestuoso Maroncho o Sta. Bárbara.

Consumado el rapto, al influjo de los poderes mágicos, el noble padre, desesperado por el robo de sus Princesas, dispuso inconsolable mandar a su hijo en busca de sus dos pobres niñas secuestradas en la ciudad real de Copán.

Aunque la empresa era peligrosa para el héroe que la desempeñara, este hermano de las raptadas no se arredró y al efecto, con el mayor sigilo, realizó su éxodo, hacia donde el sol se pone, cruzando ríos caudalosos, montañas inextricables y tierras de enemigos, todo lo cual logró efectuar sin que le pasase nada, hasta que al término de aquella luna, salvó las guardias que velaban por la floreciente ciudad maya Copán.

Pesquisando con el mayor tino, al fin averiguó a punto fijo, el lugar donde guardaban los Príncipes a sus hermanas, habiéndose disfrazado para frecuentar los lugares públicos, de indio vasallo de los copánides. Mas, viendo que le era imposible libertar a sus hermanas, por medio de la fuerza, aplicó sin saberlo, el dicho nuestro, de fuego contra fuego, es decir empleando las mismas armas que indecentemente usaron los magnates de Copán.

Una vieja bruja, enemiga de la que había prestado ayuda a los Príncipes, para consumar sus planes, supo por arte secreto, la misión del hijo del Cacique de Yojoa y buscándole, le encontró, ofreciéndole acto continuo ayudarle en su laudable cometido. Hizo la bruja ciertas cábulas, que dieron por consecuencia una maravilla: el encerrar a las dos Princesas raptadas en un huevo, para mayor comodidad en llevarlas a su país natal, huevo que fue entregado al joven príncipe de Yojoa, con la recomendación de conducirlo muy cuidadosamente, hasta llegar al palacio de su padre; que ya puesto allá lo quebrara en la cabeza encanecida del ofendido Cacique, que en hacerlo, saltarían las dos Princesas buenas y salvas a su lado.

Lleno de júbilo el joven emprendió su viaje de regreso, salvando todos los inconvenientes de la ida. Después de mucho andar, como dicen los cuentos, logró divisar su ciudad querida, rebosante de alegría. Pero desgraciadamente aconteció que al tiempo de ascender las gradas del palacio de su padre, del contento indescriptible, tropezó cayéndose y quebrando el valioso huevo, que en una mano conducía, con el mayor cuidado.

Entonces fue grande la pena de su corazón y el llanto desesperado de todo el mundo; mas, pasó con el contenido del encantado huevo no secaba y mas bien iba en aumento la humedad, hasta tener el aspecto de un charco de agua clara, visto lo cual por todos fue objeto de veneración, admiración y escrupuloso cuidado.

Día a día amanecía el pozo más grande y luego tuvo el aspecto de un precioso estanque. Y así, sucesivamente, fue en aumento, hasta que inundando la ciudad, la cubrió por completo, motivo por el cual, las ruinas de la población, existen en la actualidad en el fondo del lago. De esa suerte quedó formado el lago en la extensión que se le conoce.

El Príncipe heraldo participó del encanto, pues se afirma que encerrado por las aguas del lago, se convirtió en hermoso lagarto de oro, que se encarga de cuidar de las princesas, convertidas también en dos bellas sirenas, que hacen el prestigio del precioso Lago de Yojoa. Toda esta desgracia sucedió por haberse verificado el rapto de las dos hermanas, codiciadas por su extraordinaria belleza y quizá por la venganza de la vieja bruja burlada; la leyenda nada dice al respecto y yo tampoco.

De las ruinas de la ciudad, sólo quedaron libres de las aguas, las que el viajero puede contemplar hacia el lado de Los Naranjos, al norte del gran depósito de agua.

Y terminando este cuento, me meto por el hoyito de un fusil, para que tú, lector, me cuentes mil…

Fuente: Tradiciones y Leyendas de Honduras, por Jesús Aguilar Paz. Visto en Canasta Folklórica Hondureña, de Eduardo Sandoval.

El Ángel de la Balanza (cuento de Navidad)

Por Alejandro Castro, hijo

Es fácil leer en los ojos de los niños las fantasías que hacen ronda en sus cabecitas, cuando se asoman a las vitrinas iluminadas,  donde la Navidad desparrama su pequeño y florido mundo. ¡Quién no los ha visto transportados a ese universo mágico que se mueve según sus propias leyes y tiene conceptos propios de la dimensión y del color! La vitrina es una ciudad de juguete por cuyos misteriosos vericuetos deambula la personalidad íntima del niño, absorbiendo intensamente todo lo que hay allí de maravilloso o increíble, disfrutando con todas sus fuerzas emotivas de una realidad que solo él comprende y que es tan válida como la otra —la que se extiende fuera de ese recinto embrujado de paredes de vidrio— pero más deseable porque no conoce el desencanto.

Si el niño tiene esperanzas fundadas de posesionarse de las prendas que relucen en ese bazar de ensueño, su mirada brilla con el gozo anticipado de la conquista. Si es de la grey cuitada de los que nacieron con el sino de ver convertidos en imposibles sus menores deseos, entonces despedirán sus ojos un rayo apasionado y ardiente que es como luz sideral que envía una lejana nebulosa en la cual empieza a formarse el vórtice del resentimiento. El héroe de nuestra pequeña historia era de estos últimos.

Pongamos que tuviera diez años, edad en que la vida se sirve revelarnos ya que el mundo está integrado con fuertes dosis de amargura. Digamos que era lustrabotas, o que se ganaba el sustento “haciendo mandados” o “metiendo leña”, porque es imprescindible para los efectos de su pequeña aventura que el muchacho disponga de un pequeño capital. Lo concreto es que a esa temprana edad ya podía pagarse su vestido y su alimentación, como sucede con tantos niños de este país que tienen por madrastra a la miseria. Este jovencito, todo un hombre de pueblo, no disponía de más socorro que el muy liviano que podía prestarle su madre, humilde señora a quien se le iba la existencia entre los ajetreos del “planchar ajeno” o “el servir” en las casas acomodadas, o el lavar en el río. Él y su madre eran dos pobres náufragos agarrados a la tabla de salvación de trabajos infames y mal remunerados.

Nuestro héroe —a quién estamos tentados de llamar Ángel, por lo que en esta historia llevó a cabo— andaba alborotado con la llegada de la Pascua. Las tiendas habían abierto sus escaparates como si fueran puertas de entrada a un mundo extraterreno donde aviones de alas purpurinas planeaban con sus cuatro motores sobre trenes argentados; ejércitos de indios pieles rojas esperaban en sus cajas el grito de batalla; arcos y flechas se ofrecían al osado cazador y revólveres con mango de concha nácar dormitaban en sus fundas, invitando a la lucha de vaqueros y bandidos. Ángel —pues ya hemos aceptado este apelativo para protagonista— pasaba y repasaba frente a los mostradores, preguntándose cuánto costaría ese tanque o aquel hermoso autobús. Por la noche, dormido plácidamente en su catre, se convertía en piloto de un avión a chorro o en conductor de una vertiginosa motocicleta.

Y, no obstante, fue un personaje casi insignificante, un ente anónimo de la sociedad jugueteril, quien capturó todas las simpatías del pequeño. Era un señor de nariz colorada, ojos picarescos, sombrero ladeado y traje a cuadros, cuyas rayas multicolores revelaban una elegancia algo arrabalera pero pintoresca y enérgica. Cuando se le daba cuerda al fulano empezaba a caminar cual si estuviera ejecutando una danza grotesca, miraba a uno y otro lado con sonrisa cínica y temblaba espasmódicamente como si lo sobrecogiera el baile de San Vito. Ángel se moría de la risa siempre que los dependientes ponían en movimiento al inquietante personajillo y se formulaba el voto de comprarlo a toda costa. ¿Imaginan ustedes el triunfo de soltarlo a caminar en la rueda de amigotes que todos los días se reunían en el parque? Los aires que podría darse cuando le dijeran: ¡Dale cuerda! ¡Dale cuerda! Es claro que sus compañeros lo iban a considerar como el pequeño empresario, al afortunado manager de un artista estrambótico que derrochaba a su paso el mar de la gracia.

—¡Voy a ahorrar!— dijo Ángel. ¡Voy a comprarlo!

Y en lo sucesivo fue guardando una parte del producto de sus “lustres”, de sus “mandados” y de sus “metidas de leña”. Conservaba su pequeño ahorro metido en el nudo de un pañuelo y primero le hubieran arrancado la vida que su oculto tesoro.

¡Qué bonita parecía la Pascua el día en que se encaminaba a la tienda apretando el fruto de sus penas bajo el bolsillo del pantalón! Llevaba consigo el precio del juguete y sentía por todo el cuerpo el extraño gozo de quien va a rescatar a un prisionero que por largo tiempo ha estado sufriendo inmerecido encierro. Era tarde. Brillaban los focos del alumbrado público y los faros de los caros. Pero casi todos los almacenes que mantenían abiertas sus puertas, porque pareciera que todo el mundo experimenta un placer especial en dejar sus compras para última hora.

Entró a la tienda. ¡Allí estaba su hombre, viéndolo de lado con las cejas enarcadas, como si lo invitara a una travesura.

Estaba buscando un dependiente a quien dirigirse cuando vio a su tocayo, el ángel. En un punto del espacio donde se cruzaban las luces de dos lámparas fluorescentes, allí estaba él, sereno, magnífico, balanceándose levemente en la atmósfera cargada de un suave aroma de fiesta y de misterio. El niño miró furtivamente en todas las direcciones para cerciorarse de que sólo él se había percatado de la visión alada. Nadie se daba por enterado.

Ángel sospechaba que nadie más podía contemplar al mensajero de los céfiros, porque era casi transparente. Parecía hecho en celofán y sus alas eran apenas unas finas estrías que brillaban a trechos. El rostro era tan blanco como las nubes cuando les da de lleno el sol veraniego y los ojos lo miraban con serenidad inmutable, severos, aunque dulces. El ángel se parecía mucho, muchísimo, a sus congéneres de la Catedral, esos que salían en andas en las procesiones de Semana Santa, con la mano levantada a la altura de la cabeza, como si fueran bendiciendo. Y el ángel tenía una balanza en la mano derecha.

El niño había tenido ya varios encuentros con la diáfana imagen. Éste era el ángel de la guarda de que le hablara a su madre desde que era muy chico. Como un ave majestuosa de plumas cristalinas, se le aparecía súbitamente siempre que estaba a punto de tomar una decisión difícil. Silencioso, lumínico, esperaba que el muchacho formulara su voluntad, para disiparse luego en el espacio con menos ruido que el roce de una pluma en el viento. Era un ángel guardián peculiar, porque, además, estaba encargado de juzgar sus acciones.

Ángel, el terreno, sabía que en esa balanza estaban acumuladas sus buenas y malas acciones. Esto era lo que hacía tan imponente y solemne la presencia del alado juez, pues nunca se retiraba sin haber puesto los actos del niño en el platillo justo. En esto era inexorable. ¡Y cuán recargada estaba la balanza del lado de las acciones censurables! ¡Allí había de todo. Cabezas rotas, insolencias con la madre, pequeños latrocinios, abundantes mentiras, malas palabras, peores hechos, ira, egoísmo, mucho vagabundeo, poco de iglesia, nada de escuela, focos quebrados a hondazos, dinero perdido a los naipes. ¡Qué confusión de cosas de las cuales se sentía avergonzado! ¿No iría el ángel a poner su muñeco entre el montón de culpas multiformes?

Parecióle al niño que su ángel movía levemente las alas y que en una brisa muy tenue le llegaba el recuerdo de su madre. Ella no tendría seguramente quien le diera sus “pascuas”. Ella estaría hoy, como todos los días, pegada a un montón de ropa almidonada, plancha en mano, yendo y viniendo del fogón a la mesa de labor. ¿Quería él a su madre? ¿No la tenía casi olvidada? Pues salía de la casucha muy de mañana y no volvía sino hasta bien entrada la noche. ¿No sería su madre demasiado pobre, no se sacrificaba demasiado por él? ¿Y él, que le daba en cambio, además de sinsabores? En esa tienda prosaica y entre ajetreo de la gente apurada, se produjo esa noche el milagro más puro de la Navidad. Todo lo que la santa fiesta tiene de amoroso sentimiento, de limpio, de fragante, se condensó pronto en el corazón del niño, inundándole de piedad filial. Fulminantemente, y como si hubiera estado al borde de abominable tentación, renunció a su juguete, al hombrecillo de cuerda con la chaqueta pintarrajeada. Con un vigor que nacía de la más sólida certidumbre, se acercó al dependiente más cercano y le dijo sin vacilar:

—¡Quiero un corte para vestido de mujer!

El hombre le mostró varias piezas de género y después de murmurar las trivialidades propias de su menester, agregó:

—Si es para tu mamá, este le quedará muy bien.

Convinieron el precio y todavía dijo Ángel:

—Envuélvamelo en papel de regalo…

El otro ángel, el que se columpiaba arriba en una nube de oro, sonrió miríficamente, puso la balanza a nivel y como un soplo se fue a dar cuenta de su hallazgo.

El niño apretó el paquetito bajo el brazo y salió corriendo en derechura a su casa. La prisa ponía alas en sus pies…