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El Sabio Valle y el Santo Oficio

Por Medardo Mejía

José Cecilio del Valle

El Sabio Valle y el Santo Oficio es como decir la luz y las tinieblas. Muerto el rey Carlos III, monarca de la Ilustración, un año antes de la Revolución Francesa y ascendido al trono su hijo Carlos IV, éste hizo regresar a los jesuitas desterrados de los reinos españoles, hacía más o menos unos veinte años.

Los jesuitas regresaron siendo los mismos jesuitas: reaccionarios, ultramontanos, fanáticos, crueles, sin alma. Si ayer sirvieron para exterminar el protestantismo y las demás creencias deístas aunque no católicas, hoy llegaron para arrancar hasta la última raíz de la revolución democrática que se estaba desarrollando en Centro América.

Vigilaban a todo el mundo por medio de agentes especiales, situados en los distintos estratos de la sociedad. Había veedores y oidores desde las altas esferas hasta los bajos fondos. El confesor tenía entrada libre a cualquier hora del día y de la noche, con pretextos. La servidumbre de cada familia, por regla general, bajo promesas de salvación y gloria, tenía al tanto a los inquisidores de lo que se decía y pasaba en los hogares de su servicio.

El Santo Oficio llevaba libros en que anotaba diariamente los informes de los sospechosos. También levantaba por cuantos, claro está, en el mayor secreto. Hablamos en Derecho Canónico, desde luego. Eran delitos de presidio o reclusión mayor, y hasta de muerte en la hoguera, los culpables de materialismo, ateísmo y divulgaciones de doctrinas parecidas. La quema de personas no se llevó a cabo en el tiempo a que refiere este relato. Los sentenciados eran conducidos a México.

Especialmente el Santo Oficio perseguía a la Ilustración en el renombre de los Ilustrados. La Ilustración fue un movimiento cultural europeo del siglo XVIII, caracterizado por una gran confianza en la razón, en la crítica de las instituciones tradicionales y la difusión del saber.

José Cecilio del Valle era un ilustrado de renombre. En el reino de Guatemala nadie le llegaba a la altura del hombro. Por ese motivo era el centroamericano más conocido en el exterior, y era el más visitado por los viajeros del segundo descubrimiento, es decir, de los investigadores en los campos de las ciencias naturales.

Como a su casa llegaban ingleses, franceses, italianos, con quienes conversaba en estos idiomas y con los alemanes y escandinavos en latín, Valle era estrechamente vigilado por la servidumbre y seudo amigos de la familia. El hecho de conversar con los viajeros en lenguas distintas enfurecía a los miembros del Santo Oficio. Sus espías gracias podían decir que hablaba en jerigonza con sus visitantes. Y una criada vieja con más audacia se atrevió a afirmar que todas sus peroratas se reducían: “a hablar mal de Dios”.

Se hizo constar en libros esta declaración, pero no se le creyó porque la vieja apenas hablaba quiché.

Al darse cuenta Valle del acoso de que era objeto de parte del Santo Oficio, recurrió a una argucia ingeniosa. Se valió del cura de su parroquia para invitarlo a él y a los inquisidores a que comparecieran a su casa de habitación, donde se les haría conocer un hecho digno de ser visto. La visita tendría que hacerla a las cinco de la mañana en punto, con mucha cautela. Él los esperaría en la puerta principal, entrarían sin hablar y sin hacer ruido. Y hombres aquellos que cultivaban su ocio, fueron puntuales en la cita. Entraron en puntillas a la biblioteca, hasta que Valle, en voz baja, dijo:

—Vengan…

Anduvieron buen trecho entre numerosos y gruesos naranjos, viendo que en aquel momento se levantaba el disco magnífico del sol glorioso. Luego Valle les dijo:

—Ahora bajen la vista y conozcan a los adoradores del sol.

Cinco indios, en cuenta la vieja chismosa de la Inquisición estaba de rodillas, con las manos en alto, y luego se inclinaban con gran reverencia, por una, por dos, por tres, y por más veces, mientras modulaban un canturreo entre dientes…

El cura y los inquisidores estaban pasmados. Nada habían hecho contra el paganismo del reino. Y aquellos indios que estaban adorando al sol eran los espías de la Santa Inquisición.

Al notar los indios que habían sido vistos huyeron dando gritos. Había sido sorprendido su rito religioso. Y los jesuitas, confundidos de lo que habían visto, sin decir palabra, regresaron a su Santo Tribunal.

Visto en el libro Canasta Folklórica Hondureña, de Julio Eduardo Sandoval. Ediciones JES.

Fotografía del Peñasco

Por: Eduardo Bähr

Un fotógrafo se metió en el peñasco para hacer una foto curiosa.

Había experimentado con tres botellas de cerveza, una sobre el pico de la otra y la última hacia arriba. Pero indefectiblemente el cristal regaba el suelo antes de apretar el botón.

También se había presentado de improviso en el teatro y había sorprendido al divo en el momento de inseguridad en que estaba más sincero; pero la capa de maquillaje se le derretía siempre en el cuarto oscuro.

Los tres jurados de un concurso, después, le salieron con mucosidades en las barbas, y eso era anti-estético. Los maricas le salían siempre tristes y las mujeres señalaban siempre, también, en un mapa el río de aceite que no tendrá jamás un pez. Los niños le gastaron rollos de alambres de púas, que, como sabemos, se usa para ordeñarle sangre a las vacas.

Los negros no le dieron nunca un contraste, a pesar de la sangre blanca de arroz que le transparentaba la nariz y el usted tiene un tesoro de folclor de inocente indecencia. Por otra parte, el ser amigo de los negros, por cuestión de un material que le había salido muy pálido, no le servía para encontrar el tema. Así se quedaban ellos incomprensiblemente furibundos y él pensando en las paradojas de la amistad.

Los “gringos” eran un tema apasionante, pero nunca pudo captar —cuestiones de UPI, AP y Astrología— el momento en que uno de ellos, con la firme creencia de la identidad, le llamaba teatralmente a otro “hijo de perra”. Además, y esto era la clave del enigma, el otro respondía invariablemente con una pastilla de chocolate.

El fotógrafo estaba cada vez más triste, porque sabía que si retrataba a su pariente iba a salir una declaración en papel sellado en la que se declaraba una transmisión vergonzosa que tendría que reclamarle a él sabía bien quién.

Sorprendió al maestro enseñando los secretos temerosos del coito, pero asociándolos misteriosamente con la teoría de la plusvalía. Y, de paso, no podía trabajar con la tiza en la garganta en una explicación de la propia anhelada creación; además de que no podía soportar tampoco el espectáculo de un señor que no quiere llegar a la superficie porque le faltaría el agua y vénganos con la excusa de que ningún hombre es anfibio.

Había visto al estudiante en el exacto momento de gritar, con irreverente antipatriotismo, que su patria era una mierda; pero no le resultaba genuino que el militar no hubiera respondido con un bayonetazo en honor a la casta y sus honrosas excepciones; aunque le hubiera gustado, eso sí, fotografiar la expresión de ternura del indígena vestido de caqui; mas él y el comercio de fotografías saben que en las novatadas lo pusieron a masturbar a un mono y que, si se hizo el estoico, le grabaron el nombre de su novia en la tetilla izquierda con una yilet y que por eso, y porque su novia no se llamaba Eva, se le había puesto de sal el rostro.

Claro que no estaba dispuesto a gastar esos valiosos pasos que se dan con riesgo de usar en balde su segundo de existir. Esa era la razón fundamental por la que se había sentado en medio de la calle a descansar, aunque estaba consciente de que la catalepsia del reposo también hace avanzar la vida. Sin embargo, la verdad jurada era que ya no encontraba el arquetipo de la actualidad, y esto que había penetrado en un templo estereofónico y fijado, esa vez, en su mente, que la muchedumbre pudo haberle roído los dientes y las uñas de los pies.

Cada vez se iba poniendo más viejo por la falta de risa. Y era sincero: su sueño no se relacionaba, en manera alguna, con la puta ebria que le besaba las llantas al yip, ni con el comunista que dejó olvidado el calzoncillo anónimo y multitudinario en el momento en que la madrugada le pegaba un golpe de noche al sol sifilítico de todos los tiempos.

Sabía también algo acerca de muchos recontra a saber qué que escribían poesía como aquel que vendía crucifijos de lodo a un montón de merecedores y, aunque había auscultado en sus espaldas, no lograba sino retratar una cara de condescendencia y de yo jamás sabré cuan divinamente imbécil soy que no le servía ni para un concurso.

El fotógrafo metido en el peñasco se consumía ya y pensaba para sobrevivir que la razón enajenada está siempre libre en la palabra viva, y así: coturno aveníceo dominguero gabarrero plausiblemente garaje entropillar mayorazgo asedio asesar y un gorgoteo le hacían sentir que todavía estaba vivo.

Pero sentado se consumía.

Y pensando, se consumía.

Y no dormía y se consumía el miserable fotógrafo que creía en la autenticidad se consumía.

Hasta que encontró una dulce somnolencia que lo llevó al dulce mundo de los dulces pájaros, y la dulce luna, y la dulce imagen del hombre eterno de la parra, y la dulce creencia de encontrarse cada vez más libre, y más lejano y más…

Porque en este país tiene todo fotógrafo la obligación de irremediablemente consumirse.

Tomado del libro Fotografía del Peñasco de Eduardo Bähr. Ediciones Kukulcán. 1960.

Telegramas Singulares

Traje de Leva

Traje de leva.
Imagen de Tuxedo Impresiona.

Por: José Armando Sarmiento Montoya

Olancho es una tierra donde el realismo mágico parece que hubiera nacido, antes que los grandes novelistas lo convirtieran en tema de éxito editorial. Pero hay una parte de esa singularidad olanchana que todavía no se ha divulgado y es el ingenio de sus habitantes.

Antes que caiga al olvido, vamos a dar a conocer unos telegramas ingeniosos cruzados por un matrimonio a principio del siglo [XX].

Manuel Bonilla, cuando joven tuvo un amigo íntimo, compañero de correrías amorosas y de serenatas románticas, llamado Rafael Becerra, más conocido por Ballito, con quien había formado un dueto musical. Ballito tocaba la guitarra y don Manuel la flauta; la vida separó a los viejos amigos.

Don Manuel buscó su destino por los caminos de la guerra y Ballito se quedó en Juticalpa ejerciendo el oficio de zapatero, dando conciertos de guitarra por las tardes a sus amigos y vecinos que lo buscaban para disfrutar de su plática chispeante y de su carácter jocoso.

Don Rafael Becerra estaba casado con una señora de nombre muy sujestivo llamada Pura Meza de Becerra. Cuando don Manuel llegó a la Presidencia mandó a llamar a su viejo amigo de la adolescencia y lo nombró segun parece, Jefe del Presidio de la Capital.

Cuando el Gobierno de don Manuel dio el primer baile de gala, invitó a don Rafael a la fiesta. Ballito, deseoso de rozarse con la alta sociedad tegucigalpense, envió a su esposa, residente en Juticalpa, el siguiente telegrama: “mándame leva, lánzome baile palacio”. La esposa le contestó, para consternación de Ballito, así: “Leva roída, masticación ratones”.

Según dicen viejos olanchanos, los telegramas los conservan los ancianos profesores Olga y Armando Sarmiento, vecinos de Juticalpa y nietos de la pareja protagonista de esta historia.

Tomado de “El Olanchano”. Juticalpa, 16 de agosto de 1984.

El muerto que invitaba a beber

La historia que usted leerá es verdadera, sucedió hace algunos años aquí en Danlí. Refiere nuestro informante que por ese tiempo él gustaba de echarse sus tragos, en otras palabras nos dijo: era un enfermo alcohólico.

Una noche buscando como quitarme la goma se me ocurrió que en los burdeles que entonces estaban ubicados en El Carmelo, podría encontrar alguno de mis aleros para que me diera un trago.

Sucedió que al llegar no encontré a ningún conocido, por lo que decidí sentarme en una de las mesas a ver bailar, de repente se me acercó un señor para mí desconocido que me preguntó:

-¿Qué le pasa amigo, que lo veo tan triste?
-Es que estoy de goma -le contesté-
-Ese no es problema, pida lo que quiera, yo pago.

Incrédulo, más por necesidad acepté, y dije a una de aquellas mujeres que vendían su cuerpo en aquel antro, que decía aquel señor que me sirviera un octavo.

La mujer, como me conocía, pensó que eran cosas mías, y le preguntó al señor:

-Es cierto lo que dice éste, que le sirva un octavo y que usted me lo va a pagar?
-Sí, es cierto, y si quiere ir al cuarto con usted también se lo pago.

Convencida la mujer, me trajo el trago. Como el señor vió que me lo empiné de un solo, me dijo:

-¿Quiere otro?
-Si usted me lo brinda…
-Ese y los que quiera. Eso sí, puedo estar con usted hasta las doce de la noche.
-¿Y dónde vive usted? -le pregunté-

-Yo duermo en el cementerio, es más seguro -me respondió-
-Pues somos compañeros de hotel -le dije, pues yo en mis borracheras dormía en uno de los nichos vacíos que habían en el cementerio.

Ya cerca de las doce de la noche, me dijo:

-Ya es hora de que me vaya, si usted se quiere quedar…
-No -le dije- Yo también me voy, de todas maneras vamos para el mismo lugar.

Y nos fuimos, escalamos el pequeño muro y de un salto quedamos dentro del camposanto. Al llegar al nicho donde me quedaba le dije:

-Aquí me quedo, en ese nicho me meto, para cubrirme del frío.
-Pues yo duermo en ese lado -me dijo, señalando hacia la izquierda.
-Espere -le dije- voy a orinar bajo aquel mango.
-Lo espero -me dijo-

Fui, oriné y regresé, pero entonces no lo encontré.

Al principio creí que también él iría a sacarle agua a la vejiga, pero después de algún rato extrañado por su tardanza comencé a llamarlo en voz alta.

-¡Hey! ¿Usted qué se ha hecho? Yo ya me voy a meter en el nicho- Aquello lo repetí unas tres veces, a la cuarta me contestó:

-Métase amigo, yo ya estoy en el mío, mire la lápida, ¡allí sabrá quien soy!

Miré la lápida, y con gran espanto leí:

“Brígido Salvatierra, nació el 14 de mayo de 1774, murió en 1834, en paz descanse”.

Los tragos se me bajaron, las piernas me temblaban, la lengua se me puso pesada y el pelo se me erizó.

Como pude salí del cementerio, me cuentan que al llegar al lugar donde vendían tajaditas de plátano me desmayé, me llevaron al hospital.

¡Allí amanecí con un gran calenturón y con la mente perturbada!

Desde ese día no bebo, pero cuando recuerdo aquel pasaje de mi vida se me pone la piel como de gallina… Y cuando voy a acompañar un difunto no dentro al cementerio por temor a que me hable aquel muerto con el que compartí en aquel maloliente burdel.

Tomado de la revista “Danlí- Leyenda y Misterio”.

La mujer serpiente

Por: Jorge Montenegro

Mi amigo Luis Hernán Sevilla (QDDG), me contó que hace mucho en la ciudad de Danlí, una historia que me dejó pensativo y que alimentó mi imaginación. Hubo hace muchos años en la ciudad de Las Colinas, una pasión por la música clásica, la literatura, el espiritismo y la poesía, no había joven que no abrazara cualquiera de estas inclinaciones especiales, entre ellos Jorge, joven pianista que tenía una hermosa residencia de dos plantas. Se deleitaba ejecutando con sus hábiles manos las más hermosas melodías, la gente al pasar frente a su casa se paraba o se sentaba en las aceras para escucharlo, ejercía con tal fascinación su música, que llegaban de otros lugares para oirla ejecutada con tanta maestría.

Una tarde Jorge salió de su casa para hacer su habitual recorrido por la ciudad, visitando a sus familiares y a los amigos cercanos, platicó con muchas personas y cuando los rayos del sol amenazaban con ausentarse para dar paso a la oscuridad, el joven siguió con su paseo de regreso a casa.

Una mujer de ojos profundamente azules caminaba en sentido contrario, al verla él la saludo cortésmente, pero sin saber cómo, se sintió atrapado por el influjo de la mirada de aquella estatua viviente. Con su sonrisa cristalina cautivó aún más el corazón de Jorge quien la invitó a disfrutar de un concierto privado.

– Siempre lo escucho desde el jardín, tiene usted una delicadeza para tocar el piano, así que me siento honrada de ser la primera mujer a la que usted invita a su casa para escuchar las más bellas melodías.

– Al contrario, el honor es mío, jamás pensé encontrar por el camino de mi existencia a una mujer tan bella, tan etérea, tan especial.

– He aprendido a conocer su alma en cada melodía que se desprende de su piano, es usted un hombre bueno, sensible que ama la música y la naturaleza.

– Aquella conversación Jorge se sintió diferente, por fin habría encontrado la mujer que idealizó durante tanto tiempo, sabía que su soledad estaba a punto de abandonarlo.

– Poco a poco y caminando por las calles de Danlí se fueron conociendo. Tengo que despedirme dijo ella- no puedo estar mucho tiempo fuera de mi casa porque no pedí permiso, mi padre es muy estricto y sería de mal gusto para él que yo llegara tarde.

– La comprendo… pero aún no me ha dicho su nombre.

– Me llamo Diana y espero verlo de nuevo.

– Dígame donde puedo encontrarla.

– Yo lo buscaré, se donde vive y mientras siga conversando con su piano, siempre me tendrá cerca.

Esa noche los vecinos escucharon un verdadero concierto, las manos de Jorge recorrían el teclado de su piano con maestría extraordinaria arrancando las notas más hermosas que deleitaban a los vecinos, nadie protestaba, todos estaban embelesados con el improvisado concierto. Al siguiente día Jorge escribió la letra de una canción donde resaltaba la belleza de Diana, luego pacientemente fue sintiendo dentro de su alma una profunda inspiración para que aquella letra tuviera una música sublime. Apenas se tomó una taza de café porque durante el días no comió nada, su alimento era la melodía para aquélla letra.

Por la tarde había logrado lo que tanto deseaba plasmar en el pentagrama una canción única, especial, una canción que salía de su alma, de su espíritu. Al llegar la noche el trabajo estaba terminado. No sentía cansancio, sus fuerzas aumentaban cuando sus manos recorrían el teclado ejecutando “Diana” la melodía de su inspiración. Salió a pasear como lo acostumbraba, un poco desconcertado porque no sabía donde vivía aquella mujer que se había robado su corazón.

De pronto sintió que alguien le tomaba de la mano, sí era ella, su amada Diana. Juntos recorrieron las solitarias calles de la ciudad de Las Colinas, se dijeron tantas cosas.

– Te hice una canción Diana.

– ¿Podemos ir a tu casa para escucharla?

Así, tomados de la mano llegaron a la casa de Jorge, el piano estaba ubicado cerca del dormitorio. Ahí ejecutó la melodía de su inspiración. Ella lloró de la emoción y se entregó en los brazos de Jorge. Besándola apasionadamente la llevó a la cama, aquella fue la noche en que la soledad abandonó a Jorge.

Las primeras luces del alba se proyectaron por la ventana del dormitorio, a Jorge le pareció sentir que algo se deslizaba entre las sábanas y algo helado rozó sus piernas. Al Abrir vio con estupor que una enorme serpiente abandonaba su cama saliendo por la ventana hasta caer al jardín, trató de detenerla, estaba desconcertado.

Cuando él llegó al jardín de su casa supo la verdad, Diana era una serpiente, la que lo escuchaba embelesada todas las noches escondida entre las flores.

Cuentan que el pianista se encerró en su casa y estuvo al frente de su piano día y noche hasta que éste dejó de sonar. Sus familiares y amistades lo fueron a enterrar y cuando terminaron de lanzarle la última palada de tierra, una enorme serpiente pasó muy cerca de la tumba.

Tomado del libro “Cuentos y Leyendas de Honduras” de Jorge Montenegro.

Relato de un muchacho de Brooklin

Por: Froylán Turcios

Mi pequeña hermana Katie tenía los cabellos amarillos y los ojos castaños. Era grave y dulce y muy silenciosa. Por la casa deslizábase levemente como una sombra, con su ligero vestido y sus medias azules. Yo adoraba a Katie, y el día en que cumplió nueve años, la víspera de Navidad, le regalé mi muñeco automático, único juguete que tenía.

II

Gustábame verla con su escobilla de plumas sacudiendo el polvo del salón, o cuando me decía muy seria, como una persona mayor, levantando el índice:
– Jack, es preciso que cuides más tu traje de terciopelo. Ayer, al limpiarlo, repuse dos botones que le faltaban.
Y sonreía suavemente, viéndome turbado.
Ella, tan pequeñuela, tenía para conmigo ternuras inolvidables.

III

En los crudos inviernos, antes de acostarse, acercábase de puntillas a mi cama.
¿Katie, eres tú? – le decía.
Sí, Jack. Vine a ver si tienes frío.
Y después de arreglar el cobertor sobre mi cuello, me besaba alejándose sin hacer ruido.

IV

Cierta noche, al regresar de Coney Island, cuyas magias de luz le encantaban, Katie se sintió muy enferma. Y al día siguiente su mal empeoró. Fueron inútiles los esfuerzos que el médico hizo para salvarla. Katie se moría.
Yo no me separaba de su lecho, petrificado de espanto. Parecíame que, al morir ella, todo acababa para mí.
– Jack -me dijo, incorporándose sobre la almohada, con los ojos encendidos por la fiebre, en la horrible medianoche-, sé muy bueno y no olvides a tu pobre Katie, siento morir porque te quería mucho…

V

Fueron sus palabras postreras. Vistiéronla de blanco y la cubrieron de rosas pálidas y de jazmines. Y así, más blanca entre tantas blancuras, Katie era más linda que los ángeles.
Antes de colocarla en la caja de seda, besé sus manos frías y sus grandes ojos castaños.

VI

En aquella tarde obscura la enterraron bajo un sauce cubierto de nieve, en el triste cementerio de Greenwood.
Allí reposa la pequeña Katie. Y yo, que desde que se fue vivo sin alma, cuando paso por aquel sitio lúgubre, siento que mi corazón deja de latir y que mis ojos se llenan de lágrimas.

Tomado de “La Tribuna”, del sábado 2 de marzo de 1985.

El Origen de La Sucia

Por Francisco Durón Padilla

Generalmente se le describe como a una mujer que sale en las quebradas o riachuelos, lavando un montón de ropa, casi siempre por las noches; asustando a las personas que pasan por allí, en algunos lugares le llaman la Ciguanaba pero en otros, es conocida con el nombre de la Segua.

En cuanto a su origen les diré que en la literatura oral de la zona sur, se le considera como una mujer joven y bonita que vivía en Nacaome. Ella siempre le ayudaba a su mamá a realizar los quehaceres domésticos, yéndose todas las mañanas muy temprano a lavar ropa al río.

Cuando llegó a tener quince años; un vecino suyo se enamoró de ella. Cuentan que el muchacho era bien trabajador y sus padres tenían bastantes tierras y ganado. Como consecuencia lógica los padres de la muchacha vieron que el joven era una buena persona y entonces pensaron que sería bueno que se matrimoniaran ya que hacían una buena pareja. Y dijeron -¿Qué mejor partido podemos encontrar?- que se casen.

Entonces los padres del muchacho mandaron una comisión de hombres mayores y serios a pedir la mano de la joven, contestando los papás de la muchacha que sí aceptaban el casamiento, poniéndose de acuerdo el día y la hora que se realizaría la boda.

Pero sucedió que en aquellos lejanos tiempos los curas eran bien rígidos y cuando llegó el día del matrimonio, la muchacha no llevaba la fe de bautismo, porque sus padres; como eran gente humilde no le habían dado la importancia a aquello, cuando ella había nacido.

Por ese motivo a ella no le habían echado el agua bendita entonces: cuando llegaron a la Iglesia fue lo primero que el sacerdote les pidió, “la fe de bautismo”. Ellos le dijeron que no había sido bautizada y le pidieron que si lo podía hacer él, para ahí nomás poderlos casar. Pero el cura era un señor colérico y les contestó que no, y que ese matrimonio en esas condiciones no se podía realizar.

Sucedió que la joven por cuentas se decepcionó, le produjo un trauma y a partir de entonces enloqueció, y ya loca no pudieron casarse tampoco, por lo que la boda fue olvidada.

Dicen que la muchacha nunca se quitó el traje de novia que se había puesto desde aquel casorio, así pasaba todo el tiempo que no se lo quitaba, ni cuando iba a lavar al río. Una de tantas mañanas que se encontraba lavando, le contaron que su prometido se iba a casar con otra; y ahí como que se le metió el diablo, salió a la carrera con dirección a un barranco que había por ahí, pegó un alarido y se tiró, estrellándose en unas piedras; y ahí nomás murió.

Se cree que el espíritu de esa mujer es el que anda deambulando, porque se le ve con el vestido todo sucio. Es un espíritu que quedó errante para toda la vida. La sucia le sale a los tunantes, a los borrachos, a los vagos y en algunos casos a la gente trabajadora. También se transforma en la enamorada del tunante y se han presentado casos que hasta la han abrazado y besado pensando que es la novia; como le sucedió a un señor de Río Abajo que la abrazó pensando que era su enamorada, y cuando se dio cuenta que era la mera bruta casi se hace loco.

Autor: Francisco Durón Padilla
Libro: Leyendas, Azoros y Relatos de mi Pueblo.

El cerro Embrujado


Al fondo se puede observar el cerro San Cristobal.

Por: Lidia María de Cálix.

Hace muchísimos años, cuando Danlí era apenas una pequeña población, cuyos habitantes se dedicaban a la agricultura y la pequeña ganadería. En ese tiempo todavía no había entrado el primero carro al pueblo, las personas hacían sus viajes a lomo de mula o a pie.

Cuentan que por ese tiempo sucedía algo muy extraño en el cerro “San Cristobal” guardián del norte de esta ciudad. Los pobladores escuchaban a todas horas del día, el canto de un gallo y además de esto a diario veían ropa tendida en el cerro. Tanta fue la curiosidad de sus habitantes que cierta vez dispusieron realizar un viaje para conocer a la familia que vivía en ese lugar, pues querían hacer amistad con ella.

Al llegar al sitio indicado, cual no fue su sorpresa que sólo encontraron pino, rocas y una cueva deshabitada. Al regresar a Danlí, continuaron viendo y oyendo lo mismo.

Por eso entonces, esta población fue visitada por el venerado y admirado sacerdote Manuel de Jesús Subirana y los habitantes danlideños le contaron lo sucedido al religioso y en efecto, este fue testigo de tal acontecimiento y pensando que se trataba de una cuestión diabólica, dispuso, con un grupo de vecinos ir a bendecir el cerro.

Al llegar a su base, el sacerdote inició su bendición, cuando iba llegando cerca de la mitad del cerro (lugar del suceso extraño) dícese que este empezó a crecer, y que a medida la gente con el sacerdote avanzaba, el cerro crecía y crecía, de tal manera que nunca pudieron llegar al sitio propuesto, para poderlo bendecir.

Se dice que este cerro, en el futuro hará explosión y su reacción será lenguas de fuego, por lo que tratará de destruir la población, pero que en esa misma fecha, el peñón de Apagüitz, guardián del sur de Danlí, reventará en agua, lo que contrarrestará la furia del cerro “San Cristobal”.

Leyenda tomada del libro Danlí en el Recuerdo, de Darío González Cáceres.

¡Viva el comunismo!

El siguiente relato fue tomado de la revista Danlí, Leyenda y Misterio II Edición.

Vos fuistes Angel!!

Hace muchos años nuestro amigo Ángel, jefe de una honorable familia de la ciudad, fue víctima de un cruel atropello propio del sistema político que imperaba en nuestro país, regidos por un gobierno de facto, irrespetuoso de la ley y de la dignidad humana.

En aquella época era muy común “el oregismo”, apelativo que se le daba a la persona que en forma inescrupulosa se dedicaba a fustigar a la gente honrada, acusándolos de insubordinación, conspiración y delitos inexistentes por que para ellos, quien no era gobiernista era comunista.

Resulta ser que una mañana fresca de un día cualquiera y quizás travesuras de algunos estudiantes del Instituto Departamental de Oriente, aparecen las paredes del cementerio general pintadas con letras gigantes y la leyenda “viva el comunismo”.

Aquello alarmó a los jerarcas militares de la zona y de inmediato pusieron a trabajar a los hombres de inteligencia para capturar a los responsables de aquel delito de lesa patria.

La maldad se impuso a través de un connotado oreja, señalando a nuestro amigo como el causante de aquella irrespetuosa propaganda comunista.

Un contigente de militares irrumpe la tranquilidad de aquel hogar y Ángel que recién se había fracturado, lucía su pierna izquierda enyesada y auxiliado por dos muletas; se sorprende de aquella abrupta e irrespetuosa acción. El oficial de mando se dirige a él, y le dice:

“Por órdenes de mi jefe, quedas detenido “comunista de marras”.

Aquel hombre fue sacado violentamente su casa y como un animal lo introdujeron al interior del carro militar.

“Ángel” no entendía nada y un tanto alarmado se atrevió a preguntar cuál era la razón de su detención y la respuesta fue un culatazo en el pecho. Igual de como lo sacaron de su casa, así en forma violenta lo metieron al despacho del comandante, quien una vez que conoció los antecedentes de su captura dijo:

– Así que vos sos el subversivo que atentas contra la seguridad del estado y que pretendes derrocar nuestro gobierno progresista.
– Sargento Padilla, alísteme la capucha, vamos a sacarle la verdad a este jodido, y quiénes son sus compañeros de célula, para fusilarlos.

Aquel hombre casi lloraba de la impotencia, pero sacó fuerzas de flaqueza y con voz fuerte le dijo al jefe militar:

– me han traído de mi hogar sin ninguna justificación soy un ciudadano honrado, dedicado al trabajo y pago correctamente mis impuestos, ésa es una acusación descabellada, en primer lugar no entiendo eso del comunismo y en segundo lugar en que cabeza cabe, que en esta condición física, yo pude haber pintado las paredes del cementerio.

Terminando de hablar nuestro amigo cuando del cuarto contiguo al despacho del comandante apareció un individuo no identificado como una recalcitrante oreja y enemigo político del acusado diciendo:

-Si, vos fuistes Ángel
– Yo te vide

Aquel cínico hombrecillo de tez blanca, ojos zarcos y manipulando un palillo entre sus dientes, repitió:
-Si, vos fuistes Ángel
-Yo te vide

De repente Ángel se olvidó que estaba facturado y se tiró sobre el y se armó una tremenda pelotera, que al final y gracias a la gestión de numerosos amigos, aquel jefe militar, se vio obligado a excarcelar a nuestro amigo Ángel.
Posteriormente dio órdenes para que aquel oreja le dieran tremenda paliza y lo tiraran al famoso calabozo.