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¡Ya vienen los Indios!

SAN MIGUEL ARCÁNGEL, PATRONO DE TEGUCIGALPA

Escribe: M. Antonio Rosa

El siglo diez y nueve —siglo del romance— viejo y achacoso, caminaba encorvado por una senda obscura apenas alumbrada por la luz parpadeante de unos cuantos luceros madrugadores que anunciaban el despertar del siglo XX.

La Tegucigalpa arcaica dormía plácidamente en el sube y baja de sus calles laberintosas, anidada caprichosamente en las faldas de El Picacho que sirve de valladar en tiempos huracanados, y de eficiente ventilador en los meses caniculares.

Serían como las tres de la madrugada, cuando regresaba de una fiesta a su hogar el general Florencio Xatruch, militar cuyo nombre ha recogido la historia centroamericana, como el del jefe más bravo que a la cabeza de una columna de hondureños, luchó con denuedo en Nicaragua, contra el ejército invasor del filibustero William Walker.

Al entrar Xatruch a su casa, se sorprendió al ver a su esposa sentada en la sala y bastante inquieta.

—¡Pero, mujer! ¡Qué demonios estás haciendo levantada a estas horas?

—Esperándote, Florencio, esperándote para decirte que te escondas, porque no tardan en entrar los INDIOS…

¡Ah! —expresó el general midiendo a trancos la sala y mesándose las barbas. ¿Xatruch va a esconderse de los indios? ¿Has olvidado acaso que estás casada con uno de los militares más fogueados de Honduras? Recuerda, mujer que soy de los pocos a quienes cada ascenso le cuesta una herida, y una herida recibida de frente. Bueno es que tomes nota también que en mi diccionario no figura la palabra… ¡miedo!

—Por Dios, Florencio: ¡No seas porfiado! ¡Escóndete!

—¡Deja de tonterías, mujer! Anda pronto y prepárame una taza de café bien cargado, capaz de chamuscarme la lengua; pero antes dime: ¿quién te dio esa información?

—Paula, hombre, Paula la cocinera. Anoche cuando ya habías salido, un muchacho le trajo un papelito de un tío suyo, en el cual le informaba que hoy en la madrugada entrarían los indios y que no sólo saquearían Comayagüela, sino también Tegucigalpa.

Xatruch no esperó una palabra más; urgido como estaba por averiguar por sí mismo la verdad, no perdió tiempo para cambiarse de ropa; únicamente echóse sobre los hombros su capa española de grueso paño negro, cogió su larga espada y montó rápidamente en la bestia que él mismo ensilló, dirigiéndose hacia la parte sud-oeste de la ciudad, zona por donde generalmente invadían los indios curarenes.

Su briosa yegua blanca, tan blanca como el armiño en época invernal, manoteaba en medio del chisporrotear de sus herraduras al herir el fino empedrado, con esa elegancia característica de las bestias de pura sangre…

Cabalgador y cabalgadura formaban una sola estampa fantástica, que desadormeciendo la quietud de la noche, atravesaba como un meteoro las tortuosas y mal alumbradas calles de Tegucigalpa.

Cuando al paso veloz de su yegua, Xatruch dejaba las últimas casas de Comayagüela, vio venir en la penumbra, cerca de la carretera, sobre las faldas y crestas de unas colinas cercanas, a centenares de hombres desnudos de la cintura para arriba, armados de machetes.

La luna que había permanecido oculta tras densas nubes plúmbeas, queriendo atisbar la escena, asomó un minuto nomás su cara bonachona, tiempo preciso para que los INDIOS CURARÉNES viesen en aquel jinete fantasma, la inconfundible figura de SAN MIGUEL ARCÁNGEL, quien ellos sabían que en otra ocasión había salido con igual indumentaria, a combatir victoriosamente numerosas tropas que pretendían tomar por asalto la plaza de Tegucigalpa.

El pánico cundió entre la indiada agresora, y como si se tratase de un movimiento ensayado, tiraron los machetes, se arrodillaron y bajaron la cabeza persignándose, en señal de sumisión.

La despejada inteligencia de Xatruch le permitió interpretar al instante la escena y supo aprovecharla.

Blandiendo su larga espada que los plateados rayos de la luna se encargaron de agigantar, gritóles con voz atronadora:

“INDIOS CURARÉNES! ¡Volved ahora mismo a vuestro pueblo!… ¡No tratéis de provocar nuevamente mi cólera, porque entonces sí os cortaré la cabeza!… Id, id con Dios, hijos míos, que esta vez quedáis perdonados!”

Y cuando las nubes plúmbeas volvieron a cubrir la faz del nacarado satélite, la neblina madrugadora se tragó la figura de “Xatruch, el SANTO”…

Tomado de “La Tribuna”. Tegucigalpa, 4 de marzo, 1977.

Sonata de Año Nuevo

Por: Juan Ramón Molina

A Otilia
Tal vez hoy, en tu valle eglógico -valle de amar y de soñar, donde el crepúsculo feliz languidece como una rosa que se va marchitando en su búcaro de montes azules— tornes los ojos, donde se cristalizan secretas lágrimas, hacia el rumbo donde el ausente apacienta sus nostalgias y sus sueños— rumbo que imperativamente le señaló el hado, cuando empezaba a gozar del perfume de tu cabellera y de la miel de tu boca. ¿Acaso él mismo le tornará a tu presencia, envuelto en una nube de polvo, castigando los ijares de su corcel, mientras le aguardas, temblorosa de alegría, en el huerto de los naranjos y de los rosales, capitoso y ardiente como la heredad del Cantar de los cantares? Ve qué te dicen las claras corrientes que te adulan en tu baño matutino, pregunta al zorzal que solloza en la cima del árbol a cuya sombra meditas; otea los umbrosos senderos que recorres con tus compañeras, imaginándote que, de pronto, va a aparecer ante tus ojos atónitos, donde él encendió la luz de la pasión primera, que sólo apagará el soplo de la muerte. Hoy, al iniciarse el nuevo año, una melodía insólita ha sonado en mi corazón, donde el sufrimiento ha grabado tu imagen con la paciencia de un artífice doloroso. Unos músicos ambulantes pasaban por la calle, en el alba turbia, tocando una romanza antigua, como en el poema de Musset, y asomándome al balcón envuelto en la claridad indecisa del amanecer, les seguí con los ojos melancólicos, envidiando sus almas bohemias y su música banal. Hubiera querido que un genio —tal como sucede en los cuentos árabes— me llevase junto con ellos al pie de tu ventana, que debe tener un marco de enredaderas, y allí tocarte una sonata cualquiera, un motivo sentimental, que te añorase las dulces noches en que, en la calle desierta, bajo los claros diamantes celestes, te llevé una serenata de amor, en tanto que la luna, con su faz maliciosa, me espiaba desde la cumbre de las serranías, negras e imponentes a la distancia, bajo la noche rameada de constelaciones. Tú, despertando en tu nido, sacudiendo la profusa cabellera castaña en desorden, exclamarías de súbito:

—Es él.

Lentamente sollozando la música te diría: —”Es el amado que llega por fin, peregrinando por climas y montañas, en busca de tu fresca gracia, de aquella gracia que rindió su viril juventud, en días dichosos, cuando el dolor esquivaba su firme paso y la mirada triste y altiva de sus ojos. Despierta, niña, y sal al balcón, que el gallo negro cantó a lo lejos, el rojo en la próxima alquería y el blanco en el huerto de tu hogar. Sal pronto, oh niña, porque con la luz del sol se disipan los conjuros mágicos, y mañana al asomarte en busca de él sólo encontrarás rostros indiferentes, la perenne perspectiva de los montes natales y la ausencia y la distancia de los días monótonos”.

Tal soñaba, pálido y ojeroso, en este triste amanecer, viendo alejarse a la murga callejera. Mas la melodía de los bohemios llenaba mi ser, y siguió cantando muy quedo en mi corazón, haciéndome rememorar nuestras horas felices, cuando, cogidos de la mano, íbamos a empezar el camino de la vida. Sobre nuestras cabezas el cielo era de paz y de azul; cantaban en los árboles cercanos maravillosos pájaros de iris; a la vera los rosales estallaban de flores y los limoneros nevaban sus azahares; y a lo lejos entre los sotos, un manantial como una disolución de ópalos proclamaba gárrulamente el triunfo de nuestros corazones.

Tal íbamos por el camino de la vida cogidos de las manos, meciéndonos dulcemente, sin hablar, pendientes de las almas de las húmedas pupilas. Un lindo pájaro nos trinó su pensar: —Aprovechaos de la juventud. Dos palomas monteses se perseguían saltando ante nuestros ojos. Una liebre nos vio asustada, huyendo entre las matas; y una vieja, que tenía un siglo, andrajosa y encorvada, nos dijo, después que le dimos una limosna, agitando su rústico bordón: —Hijos míos, vais a ser muy felices. Más adelante encontramos un hada, seguida de un enano etíope, que te regaló un anillo de oro macizo, símbolo de la fidelidad, y que me dio un puñal mágico, para que lo llevara al cinto y te defendiera.

Tal íbamos por el camino de la vida, en aquella dulce primavera sentimental. Y tú parecías fresca y pomposa, como un rosal de tu valle umbrío, y yo, erguido y fuerte, como un pino de tus montes. Pájaros melodiosos cantaban sobre nuestras cabezas en la cima de los árboles donde enredaba la tarde su cabellera de oro; el cielo era de un azul profundo, de una profunda paz: recortábanse en la lejanía los montes, semejando grandes turquesas o esmeraldas; los próximos manantiales dialogaban entre las yerbas, disputándose el tesoro de tu cuerpo virginal. Tal íbamos por el camino de la vida, sin ver hacia atrás, con el corazón en los labios y el alma en los ojos, sin pensar en que el dolor, como una arquero aleve, nos acechaba en aquel paisaje de idilio.

Fue un sueño… cuando despertamos, llorabas en silencio, en un rincón de tu hogar, de rodillas ante una madona, y yo, fugitivo y taciturno, había comenzado otra peregrinación, más triste y dolorosa que aquella que me llevó a través de los océanos, nostálgico del aroma de tu cabellera, de la miel de la flor de tu boca. Porque entonces tornaría en breve, mientras que hoy son hostiles a mi paso todos los senderos que conducen a tu valle natal, a tu rincón de égloga, donde el dragón del odio me devoraría sin piedad. Pero mañana me has de ver llegar, victorioso y fuerte, con la espada de Sigfrido en la diestra. Y me premiarás con la rosa que llevas en tus cabellos, con la mirada más dulce de tus ojos y la delicia suprema de tus labios.

La Nochebuena

Por: Carlos Alberto Uclés

!Ay! Jamás lo olvidaré. Era una noche azul. La campana de la torre dio la oración. Yo estaba inquieto. Los pitos de agua y tamboriles anunciaban una gran fiesta. Toda la gente estaba en las calles, llenas de alegría y de música; y me parecían muy felices los muchachos que pasaban cantando:

“Esta noche es noche buena,
Y no es noche de dormir…”

Un pájaro me aleteaba también en el corazón.

Cosa de hadas se me fingió tu nacimiento. El Niño sonreía en su cuna, velado por la Virgen. Casitas suizas, soldados de plomo, inditos de Guatemala; era un mundo en miniatura. Los tres reyes magos venían por Buenavista, trayendo de Oriente diamantes y perlas.

En la primavera, tú cogías mariposas, que me prendías con alfileres, y yo cortaba rosas, con que te hacía ramilletes. Después, éstas se marchitaron y aquéllas se murieron. Sólo quedaba el Colegio triste, allá muy lejos. Enfermé de nostalgia, y me volví a mi playa, cual una golondrina a su nido.

Cuando entré a tu salita, todo era luz y armonía. El frío invernal era en ella tibio ambiente, y la conversación se animaba con el vino. Los jóvenes perfumados cortejaban a las niñas brillantes. Toda la familia estaba en el hogar: la mamá y la abuelita, el perro Mustafá y la gata Mistrís. Y no faltaban el lorito de Puerto Rico y el primo de marras.

¿Te acuerdas? Tú cantaste en el piano una romanza:

“Sentada al pie de un sauce.”

Como una flor de lis, parecías de rocío y aurora. Tus compañeras jugaban juegos de prendas, todavía. En un rincón, un viejo criado divertía a los pequeñuelos con cuentos de Navidad o de “Las Mil y una Noches.”

A las doce, la alegría estalló: era la hora de los buñuelos. Tú estabas pensativa, y yo pensaba en ti. Un momento quedamos a solas, tomé tu mano entre las mías, y mirándome en tus ojos, te dije: Yo te amo. Cuando tú me contestaste: ¿Por qué me lo preguntas? —palpitó una estrella, y se estremecieron las violetas.

¿Quién me diera tornar a tus plantas?

La misa del gallo, la dijo el buen cura en la Parroquia. Y luego me dormí, entre sueños de oro. Por ti me olvidé de la Huerta del Bosque y la lechería del Molino, de aquellos pastorcitos de yeso, que se estaban quietos, y de aquellas muñecas de biscuit, que bailaban. Y, con cosas ideales, me formé un lindo alcázar de amor.

Entonces Christmas me dio sus dulces, y Noel su monedita reluciente. Después, una tarde en el mar, el viento se llevó tus ilusiones, como hojas secas.

¿Te acuerdas? Cuando volví de aquel país, —”¿Conoces el país donde florece el naranjo?”— era también la Nochebuena. Pero un ave negra batía sus alas en el cielo.

Y ¡qué pálida estabas! ¡Habían pasado tantos años!…

Mustafá y Mistrís, mis pobres amigos, ya no existían. Quedaba solamente el primo de marras.

¡Ay, Dios mío! Cuando las rosas se mueren en el alma, ¿por qué no nacen en el cuerpo las margaritas?

Las narraciones del Ing. Pompilio Ortega acerca del Padre Subirana

Principia el Ing. Ortega con “El Misionero”, en el que afirma: “Tenía que suceder”, dicen las viejecitas. “Así lo anunció El Misionero”, sin admirarse de lo que ven, pues aseguran que todo lo que sucede fue profetizado por él, y que todo cuanto dijo era la purísima verdad…. Este hombre tenía un poder de atracción extraordinario y por muchos motivos puede colocársele entre los humanos de espíritu vidente, que tienen el don de profetizar y adivinar lo que ha sucedido…”

Entre las historias cuentan las siguientes:

“El Misionero y Ña Leona.”

Esta señora había seducido a un hombre casado, con quien vivía maritalmente en Opoteca, Depto. de Comayagua. Al llegar el Misionero, ella se alejó del lugar… Cuando iban para otro lugar el Misionero dijo a los acompañantes: “tened cuidado, que pronto nos encontraremos con una pantera: es una leona”. Por la vuelta del camino vieron asomar a Ña Leona, que venía de huir. Allí viene, dijo el Misionero, y se quedó en silencio hasta que ella estuvo cerca. “Mujer, le dijo: no mal te pusieron Leona”. La señora le pidió perdón. “Anda, le dijo, devuelve su marido a aquella mujer y su padre a aquellos hijos”.

“El Misionero y el hechicero”.

En el pueblo de Ojos de Agua, Depto. de Comayagua, había un hombre a quien todos temían porque practicaba la Magia Negra y era hechicero en toda forma. Dicen que iba a la iglesia a solas para cortar pedacitos a la piedra de Ara; que se hacía lechuza, coyote y hasta hormiga; era, en una palabra, el terror de aquellas sencillas gentes… Gracias a la intervención del Misionero, el viejo dejó las hechicerías.

“Profetizó la venida de extranjeros”.

“No pasarán cincuenta años”, les decía, “sin que este bello país de ustedes sea invadido por extranjeros de todas las naciones de la tierra: los sajones, los chinos y los judíos serán los primeros. Aseguren sus propiedades ejidales para que siempre tengan donde trabajar en común; porque los dueños de los terrenos los venderán a los extranjeros a cambio de oro. Uds. se descuidan, por la facilidad con que viven, pero día vendrá en que todo será distinto; necesitarán mucho dinero para sostener la vida, y eso lo obtendrán a cambio de sus fértiles tierras, que pasarán a poder del extranjero. Trabajen y dejen los vicios para que no vallan a perder su bella tierra”.

“El Misionero y los Indios”.

Donde fue verdaderamente admirable el Misionero, fue en la región de Yoro y Olancho, con los indios xicaques y payas. Por miles bajaban hombres, mujeres y niños a donde él estaba, para ser bautizados. Unos decían que venían a donde él porque habían soñado, otros porque lo habían adivinado, otros porque veían a sus amigos venir hacia él, y así por el estilo.

El misionero les enseñó a vestirse, a leer y a creer en Dios. Cuentan que cuando quiso bautizar al cacique Cohayatlbol, éste y el sacerdote tuvieron una larga discusión. El cacique le decía que a él le convenía creer en Malotá (Dios del Mal) mas que en el Dios de los cristianos, porque el primero nada le prohibía, mientras que el segundo le restringía sus derechos. El Misionero hizo que le diera un fuerte dolor de cabeza y después le preguntó: ¿Te ha dolido la cabeza alguna vez? —En estos momentos me duele más que nunca, dijo el cacique—. Si te dejas bautizar, agregó el Misionero, ese dolor se te quitará inmediatamente. Cohayatlbol se admiró tanto de aquel milagro, que le dio permiso para bautizar a toda su gente. Esto sucedía en las proximidades del nacimiento del río Cuyamapa. En un bello paraje al pie de las montañas de Pijol: extensas sabanas verdes, pinares espesos combinados con los bosques de liquidámbar; todo fragante, fresco y vivificante. En este lugar se encuentra la aldea de Subirana, para cuyos habitantes el recuerdo de aquel hombre constituye la mejor página de su historia.

EL MISIONERO CASTIGA A UNA MUJER DESNATURALIZADA

Terminada la misa, pues no hubo sermón, llamó a una señorita de aquel pueblo por su nombre. “Fulana de tal pase a las gradas del altar”, dijo el Misionero, sin bajarse del púlpito. Esta obedeció. El Misionero dijo a los fieles que lo siguieran y toda la procesión se dirigió a unos cerros vecinos; llegando por fin a un sitio pedregoso… El Misionero, dirigiéndose a la desfallecida mujer, le dijo: “Levanta esa piedra”. La mujer no podía levantarla… El Sacerdote le dijo: “Ayer tuviste fuerza para colocar esa piedra donde está y hoy no la puedes levantar, haz un nuevo impulso, pues Dios quiere libertar tu conciencia y salvar a este pueblo de un gran peligro”.

La mujer levantó la piedra, bajo la cual estaba enrollada una enorme culebra. Tómala en tus brazos, dijo el terrible juez… Tan pronto como el diabólico animal estuvo en sus brazos, levantó la cabeza que se prendió en uno de los pechos de la señora.

“Todos a la iglesia”, dijo el Misionero y entonces la procesión fue encabezada por la señora que amamantaba la serpiente. Cuando estuvieron de regreso, el padre ordenó a la señora que colocara la culebra en una esquina del templo, y principió un sermón en el que condenaba la conducta de ciertas mujeres que por salvar efímeras apariencias sociales, asesinan a los hijos… Al terminar, se dirigió a la señora en estos términos: “Toma tu hijo. Vete a darle sepultura en el lugar donde se entierra a los cristianos y da gracias a Dios, que por mi medio te has librado de la vida de amargura que te preparaba tu conciencia”. La estupefacción fue general cuando al dirigir las miradas hacia el lugar donde habían colocado la culebra, vieron a un niño con moretes en la garganta, estaba muerto, manos infames lo habían estrangulado…

“El Misionero en Esquías”.

Llegó a hospedarse en casa de Escolástica Flores. A poco de haber llegado, llamó a la señora y le dijo: “Tu hija Clara ha sido invitada para un baile esta noche, ¿verdad?”. Sí, señor, contestóle Escolástica. “Pues no la dejes ir”, terminó el Misionero. La muchacha fue al baile, sin que lo notaran. El Misionero le dijo a la señora Flores: “Prepárate para entre nueve meses”, y así fue.

El Misionero y la Legión.

En una ocasión dijo a los habitantes de Esquías, que en aquel lugar había una legión de espíritus malos; que era necesario hacer una plegaria general para conjurarla, que todos los vecinos fueran a la iglesia al siguiente día. En el momento en que el Misionero hacía la imprecación, oyeron un ruido semejante al retumbo de un volcán que hace erupción y se sintió un fuerte temblor de tierra…; pero a una palabra del Misionero todo quedó en calma…

“Apersoga una mujer en la plaza”.

Existía en aquel pueblo una señora casada que había abandonado a su marido para irse a vivir en concubinato con su padrastro. El Misionero la mandó a llamar, y como ella negara lo que hacía, dando muestras de disgusto y falta de respeto, el Misionero la mandó apersogar en el centro de la plaza, diciéndole: “Bestia humana, así permanecerás esta noche, y ya verás lo que está reservado para todas las de tu clase”. A eso de la media noche se desató un huracán horroroso… Al día siguiente vieron a la mujer, ya sin el lazo, dirigirse a casa de su marido, sin explicar a nadie lo que había visto en aquella horrible noche.

“Como aquél que multiplicó los panes”….

En la aldea de Rancho Grande, entre Esquías y El Espino, existía el rancho público más grande de la vía. Al llegar a este lugar el Misionero, quien por mucho tiempo fue asistido por el señor José de la Cruz Hernández, vecino de El Espino (San Jerónimo, Depto. de Comayagua), oyó que éste le decía: ¿Qué haremos con toda esta gente en este lugar donde no hay dónde comprar comida? —“¿Qué tienes en la cocina nuestra?”, le preguntó el Padre. “Nada más que un poco de arroz”, replicó el cocinero. “Pues ponlo a cocer y les das”, y continuó aquél, al parecer ignorante que el arroz no era más que unas cuantas puñadas. El cocinero lo puso a cocer, y todos comieron, sin que faltara para nadie.

“El novio que intentó engañar al Misionero”.

Lo que era de cajón en cada lugar donde el  Padre Subirana llegaba, eran los casamientos. Ruedas interminables de contribuyentes, viejos y jóvenes… El ciudadano Domingo Cruz, abuelo materno del profesor Augusto Urbina, formaba parte de una interminable rueda de aspirantes a matrimonio, en Sulaco. Contaba el señor Cruz que al llegar con la vista hasta donde cierto sujeto, le dijo: “Esa no es la que será tu esposa, anda y entrega esa niña a sus padres y vuelve mañana con fulana de tal, a quien debes tomar por esposa. ¿Qué creías que iba a hacer ella para criar esos cuatro hijos que con ella tienes? El mencionado sujeto obedeció.

“La ciudad subterránea”.

A muy avanzada edad murió hace pocos años don Francisco Durón, hijo de don Lucas, el mismo de los Guacos. Contaba don Chico que su padre había ido con la comitiva de cueveños, hoy trinitecos, a dar un paseo por una ciudad subterránea cuya entrada se abría al lado norte del cerro Casque, invitado por el Misionero Subirana. (En el Depto. de Comayagua).

“Admirables consejos”.

Lo primero que el Misionero Subirana hacía al llegar a un pueblo, era aconsejar a sus habitantes que permanecieran en él, si le parecía situado en un buen lugar, o que le abandonaran si adivinaba un futuro peligroso. Muchos pueblos se cambiaron de localidad y otras tantas aldeas se fundaron por su iniciativa.

La muerte del misionero

Para morir, el Misionero Subirana escogió la casa de un enemigo suyo. Cuentan que en las proximidades de Santa Cruz de Yojoa, vivía un hombre para quien el nombre del Misionero era una continua pesadilla. Siempre hablaba mal de él y terminaba diciendo: “Le odio, le odio; si le viera de cerca acabaría con él”.

El Misionero dijo a sus indios que les dejaría porque ya se acercaba el fin de su vida y le faltaba que hacer una conquista. Ellos lloraron su ausencia por largo tiempo.

Llegó a la casa de su gratuito enemigo, y en cuanto lo vió, lo llamó por su nombre, diciéndole: — “He escogido tu casa para pasar los últimos momentos de mi vida sobre la tierra, que por cierto ya están muy cerca”. El hombre olvidó completamente su odio y prodigó al Misionero toda clase de atenciones.

“La Fuente de Subirana”.

El último milagro que hizo estando en esta vida aquel hombre extraordinario, fue cerca del lugar donde murió en El Potrero de Oliva. Cuentan que el antiguo enemigo en cuya casa se hospedaba, se disgustó por la aglomeración de gente en su casa, especialmente porque el agua les quedaba lejos. Al notar eso, el Misionero le dijo: “No te apures por eso, que de dejaré una fuente aquí cerca de tu casa”, y saliendo al campo, escarbó el suelo con el dedo y de allí brotó una fuente de agua… Es la Fuente de Subirana….

“Palabras y Sonrisas, una semana después de muerto”.

Cuando su última hora fue llegada, dijo al nuevo amigo que su deseo era que su cuerpo fuese enterrado en la iglesia de la ciudad de Yoro. Una inmensa procesión de indios vino de todas aquellas montañas a cargar los queridos restos. Cinco días duró el viaje y era sorprendente la liviandad del ataúd. A pesar de que esto sucedió en la época de lluvias ni una gota de agua cayó donde ellos iban; los aguaceros caían a su alrededor, pero nunca sobre los que lo llevaban, y el cuerpo del Misionero, en vez de descomponerse como los otros humanos, despedía un perfume de rosas. Entre llantos y frase cariñosas, entró aquella procesión fúnebre en la iglesia de Santiago de Yoro. El cura de la parroquia hizo abrir el ataúd para ver por última vez el rostro de aquel hombre maravilloso, dando en sus labios inertes un suave beso de despedida. El Padre Subirana abrió los ojos y con una sonrisa en sus labios yertos, le dijo: “Siete años después de haber depositado mi féretro en esa fosa abrirás mi sepulcro y encontrarás un tesoro”. Y cerró sus ojos azules, esta vez para siempre.

“Guacos en una procesión funeraria”.

La parte cómica en las tradiciones que con tanta veneración recuerda nuestro pueblo acerca del Misionero Subirana, la forman las inevitables orejeadas que daba a los amigos de la Magia Negra. “Mi tata quien sabe que tenía, no ve que él fue uno de los que orejeó el Misionero, por brujo, y eso de los guacos en su entierro, nada que me ha gustado”. Este era el epílogo de un cuento que una buena señora contaba a mi madre, cuando yo todavía era un muchacho.

“A principios de este siglo [XX] murió en el caserío de la Meseta (La Trinidad, Depto. de Comayagua) un anciano a quien yo conocí… Desde que don Lucas entró en el período de agonía, principió a reunirse gran número de guacos en la arboleda vecina, poniendo una nota casi tenebrosa con su agorero canto: “ya ca-bó…… Ya ya ya cabó”. Aquellas aves no se retiraron hasta que salieron con el difunto para enterrarlo en el cementerio de pueblo, y los guacos volando de rama en rama acompañaron la procesión fúnebre, o mejor dicho formaron otra que en vez de caminar por el suelo, volaba por el aire, y los macabros graznidos no cesaron hasta que el difunto fue cubierto de tierra… El guaco nuestro es el mismo Yacabó del Orinoco, especie de gavilán….

Fuente: Patrios Lares, por Pompilio Ortega. Visto en El Misionero Español: Manuel Subirana, de Ernesto Alvarado García. 1964.

El Ángel de la Balanza (cuento de Navidad)

Por Alejandro Castro, hijo

Es fácil leer en los ojos de los niños las fantasías que hacen ronda en sus cabecitas, cuando se asoman a las vitrinas iluminadas,  donde la Navidad desparrama su pequeño y florido mundo. ¡Quién no los ha visto transportados a ese universo mágico que se mueve según sus propias leyes y tiene conceptos propios de la dimensión y del color! La vitrina es una ciudad de juguete por cuyos misteriosos vericuetos deambula la personalidad íntima del niño, absorbiendo intensamente todo lo que hay allí de maravilloso o increíble, disfrutando con todas sus fuerzas emotivas de una realidad que solo él comprende y que es tan válida como la otra —la que se extiende fuera de ese recinto embrujado de paredes de vidrio— pero más deseable porque no conoce el desencanto.

Si el niño tiene esperanzas fundadas de posesionarse de las prendas que relucen en ese bazar de ensueño, su mirada brilla con el gozo anticipado de la conquista. Si es de la grey cuitada de los que nacieron con el sino de ver convertidos en imposibles sus menores deseos, entonces despedirán sus ojos un rayo apasionado y ardiente que es como luz sideral que envía una lejana nebulosa en la cual empieza a formarse el vórtice del resentimiento. El héroe de nuestra pequeña historia era de estos últimos.

Pongamos que tuviera diez años, edad en que la vida se sirve revelarnos ya que el mundo está integrado con fuertes dosis de amargura. Digamos que era lustrabotas, o que se ganaba el sustento “haciendo mandados” o “metiendo leña”, porque es imprescindible para los efectos de su pequeña aventura que el muchacho disponga de un pequeño capital. Lo concreto es que a esa temprana edad ya podía pagarse su vestido y su alimentación, como sucede con tantos niños de este país que tienen por madrastra a la miseria. Este jovencito, todo un hombre de pueblo, no disponía de más socorro que el muy liviano que podía prestarle su madre, humilde señora a quien se le iba la existencia entre los ajetreos del “planchar ajeno” o “el servir” en las casas acomodadas, o el lavar en el río. Él y su madre eran dos pobres náufragos agarrados a la tabla de salvación de trabajos infames y mal remunerados.

Nuestro héroe —a quién estamos tentados de llamar Ángel, por lo que en esta historia llevó a cabo— andaba alborotado con la llegada de la Pascua. Las tiendas habían abierto sus escaparates como si fueran puertas de entrada a un mundo extraterreno donde aviones de alas purpurinas planeaban con sus cuatro motores sobre trenes argentados; ejércitos de indios pieles rojas esperaban en sus cajas el grito de batalla; arcos y flechas se ofrecían al osado cazador y revólveres con mango de concha nácar dormitaban en sus fundas, invitando a la lucha de vaqueros y bandidos. Ángel —pues ya hemos aceptado este apelativo para protagonista— pasaba y repasaba frente a los mostradores, preguntándose cuánto costaría ese tanque o aquel hermoso autobús. Por la noche, dormido plácidamente en su catre, se convertía en piloto de un avión a chorro o en conductor de una vertiginosa motocicleta.

Y, no obstante, fue un personaje casi insignificante, un ente anónimo de la sociedad jugueteril, quien capturó todas las simpatías del pequeño. Era un señor de nariz colorada, ojos picarescos, sombrero ladeado y traje a cuadros, cuyas rayas multicolores revelaban una elegancia algo arrabalera pero pintoresca y enérgica. Cuando se le daba cuerda al fulano empezaba a caminar cual si estuviera ejecutando una danza grotesca, miraba a uno y otro lado con sonrisa cínica y temblaba espasmódicamente como si lo sobrecogiera el baile de San Vito. Ángel se moría de la risa siempre que los dependientes ponían en movimiento al inquietante personajillo y se formulaba el voto de comprarlo a toda costa. ¿Imaginan ustedes el triunfo de soltarlo a caminar en la rueda de amigotes que todos los días se reunían en el parque? Los aires que podría darse cuando le dijeran: ¡Dale cuerda! ¡Dale cuerda! Es claro que sus compañeros lo iban a considerar como el pequeño empresario, al afortunado manager de un artista estrambótico que derrochaba a su paso el mar de la gracia.

—¡Voy a ahorrar!— dijo Ángel. ¡Voy a comprarlo!

Y en lo sucesivo fue guardando una parte del producto de sus “lustres”, de sus “mandados” y de sus “metidas de leña”. Conservaba su pequeño ahorro metido en el nudo de un pañuelo y primero le hubieran arrancado la vida que su oculto tesoro.

¡Qué bonita parecía la Pascua el día en que se encaminaba a la tienda apretando el fruto de sus penas bajo el bolsillo del pantalón! Llevaba consigo el precio del juguete y sentía por todo el cuerpo el extraño gozo de quien va a rescatar a un prisionero que por largo tiempo ha estado sufriendo inmerecido encierro. Era tarde. Brillaban los focos del alumbrado público y los faros de los caros. Pero casi todos los almacenes que mantenían abiertas sus puertas, porque pareciera que todo el mundo experimenta un placer especial en dejar sus compras para última hora.

Entró a la tienda. ¡Allí estaba su hombre, viéndolo de lado con las cejas enarcadas, como si lo invitara a una travesura.

Estaba buscando un dependiente a quien dirigirse cuando vio a su tocayo, el ángel. En un punto del espacio donde se cruzaban las luces de dos lámparas fluorescentes, allí estaba él, sereno, magnífico, balanceándose levemente en la atmósfera cargada de un suave aroma de fiesta y de misterio. El niño miró furtivamente en todas las direcciones para cerciorarse de que sólo él se había percatado de la visión alada. Nadie se daba por enterado.

Ángel sospechaba que nadie más podía contemplar al mensajero de los céfiros, porque era casi transparente. Parecía hecho en celofán y sus alas eran apenas unas finas estrías que brillaban a trechos. El rostro era tan blanco como las nubes cuando les da de lleno el sol veraniego y los ojos lo miraban con serenidad inmutable, severos, aunque dulces. El ángel se parecía mucho, muchísimo, a sus congéneres de la Catedral, esos que salían en andas en las procesiones de Semana Santa, con la mano levantada a la altura de la cabeza, como si fueran bendiciendo. Y el ángel tenía una balanza en la mano derecha.

El niño había tenido ya varios encuentros con la diáfana imagen. Éste era el ángel de la guarda de que le hablara a su madre desde que era muy chico. Como un ave majestuosa de plumas cristalinas, se le aparecía súbitamente siempre que estaba a punto de tomar una decisión difícil. Silencioso, lumínico, esperaba que el muchacho formulara su voluntad, para disiparse luego en el espacio con menos ruido que el roce de una pluma en el viento. Era un ángel guardián peculiar, porque, además, estaba encargado de juzgar sus acciones.

Ángel, el terreno, sabía que en esa balanza estaban acumuladas sus buenas y malas acciones. Esto era lo que hacía tan imponente y solemne la presencia del alado juez, pues nunca se retiraba sin haber puesto los actos del niño en el platillo justo. En esto era inexorable. ¡Y cuán recargada estaba la balanza del lado de las acciones censurables! ¡Allí había de todo. Cabezas rotas, insolencias con la madre, pequeños latrocinios, abundantes mentiras, malas palabras, peores hechos, ira, egoísmo, mucho vagabundeo, poco de iglesia, nada de escuela, focos quebrados a hondazos, dinero perdido a los naipes. ¡Qué confusión de cosas de las cuales se sentía avergonzado! ¿No iría el ángel a poner su muñeco entre el montón de culpas multiformes?

Parecióle al niño que su ángel movía levemente las alas y que en una brisa muy tenue le llegaba el recuerdo de su madre. Ella no tendría seguramente quien le diera sus “pascuas”. Ella estaría hoy, como todos los días, pegada a un montón de ropa almidonada, plancha en mano, yendo y viniendo del fogón a la mesa de labor. ¿Quería él a su madre? ¿No la tenía casi olvidada? Pues salía de la casucha muy de mañana y no volvía sino hasta bien entrada la noche. ¿No sería su madre demasiado pobre, no se sacrificaba demasiado por él? ¿Y él, que le daba en cambio, además de sinsabores? En esa tienda prosaica y entre ajetreo de la gente apurada, se produjo esa noche el milagro más puro de la Navidad. Todo lo que la santa fiesta tiene de amoroso sentimiento, de limpio, de fragante, se condensó pronto en el corazón del niño, inundándole de piedad filial. Fulminantemente, y como si hubiera estado al borde de abominable tentación, renunció a su juguete, al hombrecillo de cuerda con la chaqueta pintarrajeada. Con un vigor que nacía de la más sólida certidumbre, se acercó al dependiente más cercano y le dijo sin vacilar:

—¡Quiero un corte para vestido de mujer!

El hombre le mostró varias piezas de género y después de murmurar las trivialidades propias de su menester, agregó:

—Si es para tu mamá, este le quedará muy bien.

Convinieron el precio y todavía dijo Ángel:

—Envuélvamelo en papel de regalo…

El otro ángel, el que se columpiaba arriba en una nube de oro, sonrió miríficamente, puso la balanza a nivel y como un soplo se fue a dar cuenta de su hallazgo.

El niño apretó el paquetito bajo el brazo y salió corriendo en derechura a su casa. La prisa ponía alas en sus pies…

El Sabio Valle y el Santo Oficio

Por Medardo Mejía

José Cecilio del Valle

El Sabio Valle y el Santo Oficio es como decir la luz y las tinieblas. Muerto el rey Carlos III, monarca de la Ilustración, un año antes de la Revolución Francesa y ascendido al trono su hijo Carlos IV, éste hizo regresar a los jesuitas desterrados de los reinos españoles, hacía más o menos unos veinte años.

Los jesuitas regresaron siendo los mismos jesuitas: reaccionarios, ultramontanos, fanáticos, crueles, sin alma. Si ayer sirvieron para exterminar el protestantismo y las demás creencias deístas aunque no católicas, hoy llegaron para arrancar hasta la última raíz de la revolución democrática que se estaba desarrollando en Centro América.

Vigilaban a todo el mundo por medio de agentes especiales, situados en los distintos estratos de la sociedad. Había veedores y oidores desde las altas esferas hasta los bajos fondos. El confesor tenía entrada libre a cualquier hora del día y de la noche, con pretextos. La servidumbre de cada familia, por regla general, bajo promesas de salvación y gloria, tenía al tanto a los inquisidores de lo que se decía y pasaba en los hogares de su servicio.

El Santo Oficio llevaba libros en que anotaba diariamente los informes de los sospechosos. También levantaba por cuantos, claro está, en el mayor secreto. Hablamos en Derecho Canónico, desde luego. Eran delitos de presidio o reclusión mayor, y hasta de muerte en la hoguera, los culpables de materialismo, ateísmo y divulgaciones de doctrinas parecidas. La quema de personas no se llevó a cabo en el tiempo a que refiere este relato. Los sentenciados eran conducidos a México.

Especialmente el Santo Oficio perseguía a la Ilustración en el renombre de los Ilustrados. La Ilustración fue un movimiento cultural europeo del siglo XVIII, caracterizado por una gran confianza en la razón, en la crítica de las instituciones tradicionales y la difusión del saber.

José Cecilio del Valle era un ilustrado de renombre. En el reino de Guatemala nadie le llegaba a la altura del hombro. Por ese motivo era el centroamericano más conocido en el exterior, y era el más visitado por los viajeros del segundo descubrimiento, es decir, de los investigadores en los campos de las ciencias naturales.

Como a su casa llegaban ingleses, franceses, italianos, con quienes conversaba en estos idiomas y con los alemanes y escandinavos en latín, Valle era estrechamente vigilado por la servidumbre y seudo amigos de la familia. El hecho de conversar con los viajeros en lenguas distintas enfurecía a los miembros del Santo Oficio. Sus espías gracias podían decir que hablaba en jerigonza con sus visitantes. Y una criada vieja con más audacia se atrevió a afirmar que todas sus peroratas se reducían: “a hablar mal de Dios”.

Se hizo constar en libros esta declaración, pero no se le creyó porque la vieja apenas hablaba quiché.

Al darse cuenta Valle del acoso de que era objeto de parte del Santo Oficio, recurrió a una argucia ingeniosa. Se valió del cura de su parroquia para invitarlo a él y a los inquisidores a que comparecieran a su casa de habitación, donde se les haría conocer un hecho digno de ser visto. La visita tendría que hacerla a las cinco de la mañana en punto, con mucha cautela. Él los esperaría en la puerta principal, entrarían sin hablar y sin hacer ruido. Y hombres aquellos que cultivaban su ocio, fueron puntuales en la cita. Entraron en puntillas a la biblioteca, hasta que Valle, en voz baja, dijo:

—Vengan…

Anduvieron buen trecho entre numerosos y gruesos naranjos, viendo que en aquel momento se levantaba el disco magnífico del sol glorioso. Luego Valle les dijo:

—Ahora bajen la vista y conozcan a los adoradores del sol.

Cinco indios, en cuenta la vieja chismosa de la Inquisición estaba de rodillas, con las manos en alto, y luego se inclinaban con gran reverencia, por una, por dos, por tres, y por más veces, mientras modulaban un canturreo entre dientes…

El cura y los inquisidores estaban pasmados. Nada habían hecho contra el paganismo del reino. Y aquellos indios que estaban adorando al sol eran los espías de la Santa Inquisición.

Al notar los indios que habían sido vistos huyeron dando gritos. Había sido sorprendido su rito religioso. Y los jesuitas, confundidos de lo que habían visto, sin decir palabra, regresaron a su Santo Tribunal.

Visto en el libro Canasta Folklórica Hondureña, de Julio Eduardo Sandoval. Ediciones JES.

Fotografía del Peñasco

Por: Eduardo Bähr

Un fotógrafo se metió en el peñasco para hacer una foto curiosa.

Había experimentado con tres botellas de cerveza, una sobre el pico de la otra y la última hacia arriba. Pero indefectiblemente el cristal regaba el suelo antes de apretar el botón.

También se había presentado de improviso en el teatro y había sorprendido al divo en el momento de inseguridad en que estaba más sincero; pero la capa de maquillaje se le derretía siempre en el cuarto oscuro.

Los tres jurados de un concurso, después, le salieron con mucosidades en las barbas, y eso era anti-estético. Los maricas le salían siempre tristes y las mujeres señalaban siempre, también, en un mapa el río de aceite que no tendrá jamás un pez. Los niños le gastaron rollos de alambres de púas, que, como sabemos, se usa para ordeñarle sangre a las vacas.

Los negros no le dieron nunca un contraste, a pesar de la sangre blanca de arroz que le transparentaba la nariz y el usted tiene un tesoro de folclor de inocente indecencia. Por otra parte, el ser amigo de los negros, por cuestión de un material que le había salido muy pálido, no le servía para encontrar el tema. Así se quedaban ellos incomprensiblemente furibundos y él pensando en las paradojas de la amistad.

Los “gringos” eran un tema apasionante, pero nunca pudo captar —cuestiones de UPI, AP y Astrología— el momento en que uno de ellos, con la firme creencia de la identidad, le llamaba teatralmente a otro “hijo de perra”. Además, y esto era la clave del enigma, el otro respondía invariablemente con una pastilla de chocolate.

El fotógrafo estaba cada vez más triste, porque sabía que si retrataba a su pariente iba a salir una declaración en papel sellado en la que se declaraba una transmisión vergonzosa que tendría que reclamarle a él sabía bien quién.

Sorprendió al maestro enseñando los secretos temerosos del coito, pero asociándolos misteriosamente con la teoría de la plusvalía. Y, de paso, no podía trabajar con la tiza en la garganta en una explicación de la propia anhelada creación; además de que no podía soportar tampoco el espectáculo de un señor que no quiere llegar a la superficie porque le faltaría el agua y vénganos con la excusa de que ningún hombre es anfibio.

Había visto al estudiante en el exacto momento de gritar, con irreverente antipatriotismo, que su patria era una mierda; pero no le resultaba genuino que el militar no hubiera respondido con un bayonetazo en honor a la casta y sus honrosas excepciones; aunque le hubiera gustado, eso sí, fotografiar la expresión de ternura del indígena vestido de caqui; mas él y el comercio de fotografías saben que en las novatadas lo pusieron a masturbar a un mono y que, si se hizo el estoico, le grabaron el nombre de su novia en la tetilla izquierda con una yilet y que por eso, y porque su novia no se llamaba Eva, se le había puesto de sal el rostro.

Claro que no estaba dispuesto a gastar esos valiosos pasos que se dan con riesgo de usar en balde su segundo de existir. Esa era la razón fundamental por la que se había sentado en medio de la calle a descansar, aunque estaba consciente de que la catalepsia del reposo también hace avanzar la vida. Sin embargo, la verdad jurada era que ya no encontraba el arquetipo de la actualidad, y esto que había penetrado en un templo estereofónico y fijado, esa vez, en su mente, que la muchedumbre pudo haberle roído los dientes y las uñas de los pies.

Cada vez se iba poniendo más viejo por la falta de risa. Y era sincero: su sueño no se relacionaba, en manera alguna, con la puta ebria que le besaba las llantas al yip, ni con el comunista que dejó olvidado el calzoncillo anónimo y multitudinario en el momento en que la madrugada le pegaba un golpe de noche al sol sifilítico de todos los tiempos.

Sabía también algo acerca de muchos recontra a saber qué que escribían poesía como aquel que vendía crucifijos de lodo a un montón de merecedores y, aunque había auscultado en sus espaldas, no lograba sino retratar una cara de condescendencia y de yo jamás sabré cuan divinamente imbécil soy que no le servía ni para un concurso.

El fotógrafo metido en el peñasco se consumía ya y pensaba para sobrevivir que la razón enajenada está siempre libre en la palabra viva, y así: coturno aveníceo dominguero gabarrero plausiblemente garaje entropillar mayorazgo asedio asesar y un gorgoteo le hacían sentir que todavía estaba vivo.

Pero sentado se consumía.

Y pensando, se consumía.

Y no dormía y se consumía el miserable fotógrafo que creía en la autenticidad se consumía.

Hasta que encontró una dulce somnolencia que lo llevó al dulce mundo de los dulces pájaros, y la dulce luna, y la dulce imagen del hombre eterno de la parra, y la dulce creencia de encontrarse cada vez más libre, y más lejano y más…

Porque en este país tiene todo fotógrafo la obligación de irremediablemente consumirse.

Tomado del libro Fotografía del Peñasco de Eduardo Bähr. Ediciones Kukulcán. 1960.

La mujer serpiente

Por: Jorge Montenegro

Mi amigo Luis Hernán Sevilla (QDDG), me contó que hace mucho en la ciudad de Danlí, una historia que me dejó pensativo y que alimentó mi imaginación. Hubo hace muchos años en la ciudad de Las Colinas, una pasión por la música clásica, la literatura, el espiritismo y la poesía, no había joven que no abrazara cualquiera de estas inclinaciones especiales, entre ellos Jorge, joven pianista que tenía una hermosa residencia de dos plantas. Se deleitaba ejecutando con sus hábiles manos las más hermosas melodías, la gente al pasar frente a su casa se paraba o se sentaba en las aceras para escucharlo, ejercía con tal fascinación su música, que llegaban de otros lugares para oirla ejecutada con tanta maestría.

Una tarde Jorge salió de su casa para hacer su habitual recorrido por la ciudad, visitando a sus familiares y a los amigos cercanos, platicó con muchas personas y cuando los rayos del sol amenazaban con ausentarse para dar paso a la oscuridad, el joven siguió con su paseo de regreso a casa.

Una mujer de ojos profundamente azules caminaba en sentido contrario, al verla él la saludo cortésmente, pero sin saber cómo, se sintió atrapado por el influjo de la mirada de aquella estatua viviente. Con su sonrisa cristalina cautivó aún más el corazón de Jorge quien la invitó a disfrutar de un concierto privado.

– Siempre lo escucho desde el jardín, tiene usted una delicadeza para tocar el piano, así que me siento honrada de ser la primera mujer a la que usted invita a su casa para escuchar las más bellas melodías.

– Al contrario, el honor es mío, jamás pensé encontrar por el camino de mi existencia a una mujer tan bella, tan etérea, tan especial.

– He aprendido a conocer su alma en cada melodía que se desprende de su piano, es usted un hombre bueno, sensible que ama la música y la naturaleza.

– Aquella conversación Jorge se sintió diferente, por fin habría encontrado la mujer que idealizó durante tanto tiempo, sabía que su soledad estaba a punto de abandonarlo.

– Poco a poco y caminando por las calles de Danlí se fueron conociendo. Tengo que despedirme dijo ella- no puedo estar mucho tiempo fuera de mi casa porque no pedí permiso, mi padre es muy estricto y sería de mal gusto para él que yo llegara tarde.

– La comprendo… pero aún no me ha dicho su nombre.

– Me llamo Diana y espero verlo de nuevo.

– Dígame donde puedo encontrarla.

– Yo lo buscaré, se donde vive y mientras siga conversando con su piano, siempre me tendrá cerca.

Esa noche los vecinos escucharon un verdadero concierto, las manos de Jorge recorrían el teclado de su piano con maestría extraordinaria arrancando las notas más hermosas que deleitaban a los vecinos, nadie protestaba, todos estaban embelesados con el improvisado concierto. Al siguiente día Jorge escribió la letra de una canción donde resaltaba la belleza de Diana, luego pacientemente fue sintiendo dentro de su alma una profunda inspiración para que aquella letra tuviera una música sublime. Apenas se tomó una taza de café porque durante el días no comió nada, su alimento era la melodía para aquélla letra.

Por la tarde había logrado lo que tanto deseaba plasmar en el pentagrama una canción única, especial, una canción que salía de su alma, de su espíritu. Al llegar la noche el trabajo estaba terminado. No sentía cansancio, sus fuerzas aumentaban cuando sus manos recorrían el teclado ejecutando “Diana” la melodía de su inspiración. Salió a pasear como lo acostumbraba, un poco desconcertado porque no sabía donde vivía aquella mujer que se había robado su corazón.

De pronto sintió que alguien le tomaba de la mano, sí era ella, su amada Diana. Juntos recorrieron las solitarias calles de la ciudad de Las Colinas, se dijeron tantas cosas.

– Te hice una canción Diana.

– ¿Podemos ir a tu casa para escucharla?

Así, tomados de la mano llegaron a la casa de Jorge, el piano estaba ubicado cerca del dormitorio. Ahí ejecutó la melodía de su inspiración. Ella lloró de la emoción y se entregó en los brazos de Jorge. Besándola apasionadamente la llevó a la cama, aquella fue la noche en que la soledad abandonó a Jorge.

Las primeras luces del alba se proyectaron por la ventana del dormitorio, a Jorge le pareció sentir que algo se deslizaba entre las sábanas y algo helado rozó sus piernas. Al Abrir vio con estupor que una enorme serpiente abandonaba su cama saliendo por la ventana hasta caer al jardín, trató de detenerla, estaba desconcertado.

Cuando él llegó al jardín de su casa supo la verdad, Diana era una serpiente, la que lo escuchaba embelesada todas las noches escondida entre las flores.

Cuentan que el pianista se encerró en su casa y estuvo al frente de su piano día y noche hasta que éste dejó de sonar. Sus familiares y amistades lo fueron a enterrar y cuando terminaron de lanzarle la última palada de tierra, una enorme serpiente pasó muy cerca de la tumba.

Tomado del libro “Cuentos y Leyendas de Honduras” de Jorge Montenegro.

Relato de un muchacho de Brooklin

Por: Froylán Turcios

Mi pequeña hermana Katie tenía los cabellos amarillos y los ojos castaños. Era grave y dulce y muy silenciosa. Por la casa deslizábase levemente como una sombra, con su ligero vestido y sus medias azules. Yo adoraba a Katie, y el día en que cumplió nueve años, la víspera de Navidad, le regalé mi muñeco automático, único juguete que tenía.

II

Gustábame verla con su escobilla de plumas sacudiendo el polvo del salón, o cuando me decía muy seria, como una persona mayor, levantando el índice:
– Jack, es preciso que cuides más tu traje de terciopelo. Ayer, al limpiarlo, repuse dos botones que le faltaban.
Y sonreía suavemente, viéndome turbado.
Ella, tan pequeñuela, tenía para conmigo ternuras inolvidables.

III

En los crudos inviernos, antes de acostarse, acercábase de puntillas a mi cama.
¿Katie, eres tú? – le decía.
Sí, Jack. Vine a ver si tienes frío.
Y después de arreglar el cobertor sobre mi cuello, me besaba alejándose sin hacer ruido.

IV

Cierta noche, al regresar de Coney Island, cuyas magias de luz le encantaban, Katie se sintió muy enferma. Y al día siguiente su mal empeoró. Fueron inútiles los esfuerzos que el médico hizo para salvarla. Katie se moría.
Yo no me separaba de su lecho, petrificado de espanto. Parecíame que, al morir ella, todo acababa para mí.
– Jack -me dijo, incorporándose sobre la almohada, con los ojos encendidos por la fiebre, en la horrible medianoche-, sé muy bueno y no olvides a tu pobre Katie, siento morir porque te quería mucho…

V

Fueron sus palabras postreras. Vistiéronla de blanco y la cubrieron de rosas pálidas y de jazmines. Y así, más blanca entre tantas blancuras, Katie era más linda que los ángeles.
Antes de colocarla en la caja de seda, besé sus manos frías y sus grandes ojos castaños.

VI

En aquella tarde obscura la enterraron bajo un sauce cubierto de nieve, en el triste cementerio de Greenwood.
Allí reposa la pequeña Katie. Y yo, que desde que se fue vivo sin alma, cuando paso por aquel sitio lúgubre, siento que mi corazón deja de latir y que mis ojos se llenan de lágrimas.

Tomado de “La Tribuna”, del sábado 2 de marzo de 1985.

El Origen de La Sucia

Por Francisco Durón Padilla

Generalmente se le describe como a una mujer que sale en las quebradas o riachuelos, lavando un montón de ropa, casi siempre por las noches; asustando a las personas que pasan por allí, en algunos lugares le llaman la Ciguanaba pero en otros, es conocida con el nombre de la Segua.

En cuanto a su origen les diré que en la literatura oral de la zona sur, se le considera como una mujer joven y bonita que vivía en Nacaome. Ella siempre le ayudaba a su mamá a realizar los quehaceres domésticos, yéndose todas las mañanas muy temprano a lavar ropa al río.

Cuando llegó a tener quince años; un vecino suyo se enamoró de ella. Cuentan que el muchacho era bien trabajador y sus padres tenían bastantes tierras y ganado. Como consecuencia lógica los padres de la muchacha vieron que el joven era una buena persona y entonces pensaron que sería bueno que se matrimoniaran ya que hacían una buena pareja. Y dijeron -¿Qué mejor partido podemos encontrar?- que se casen.

Entonces los padres del muchacho mandaron una comisión de hombres mayores y serios a pedir la mano de la joven, contestando los papás de la muchacha que sí aceptaban el casamiento, poniéndose de acuerdo el día y la hora que se realizaría la boda.

Pero sucedió que en aquellos lejanos tiempos los curas eran bien rígidos y cuando llegó el día del matrimonio, la muchacha no llevaba la fe de bautismo, porque sus padres; como eran gente humilde no le habían dado la importancia a aquello, cuando ella había nacido.

Por ese motivo a ella no le habían echado el agua bendita entonces: cuando llegaron a la Iglesia fue lo primero que el sacerdote les pidió, “la fe de bautismo”. Ellos le dijeron que no había sido bautizada y le pidieron que si lo podía hacer él, para ahí nomás poderlos casar. Pero el cura era un señor colérico y les contestó que no, y que ese matrimonio en esas condiciones no se podía realizar.

Sucedió que la joven por cuentas se decepcionó, le produjo un trauma y a partir de entonces enloqueció, y ya loca no pudieron casarse tampoco, por lo que la boda fue olvidada.

Dicen que la muchacha nunca se quitó el traje de novia que se había puesto desde aquel casorio, así pasaba todo el tiempo que no se lo quitaba, ni cuando iba a lavar al río. Una de tantas mañanas que se encontraba lavando, le contaron que su prometido se iba a casar con otra; y ahí como que se le metió el diablo, salió a la carrera con dirección a un barranco que había por ahí, pegó un alarido y se tiró, estrellándose en unas piedras; y ahí nomás murió.

Se cree que el espíritu de esa mujer es el que anda deambulando, porque se le ve con el vestido todo sucio. Es un espíritu que quedó errante para toda la vida. La sucia le sale a los tunantes, a los borrachos, a los vagos y en algunos casos a la gente trabajadora. También se transforma en la enamorada del tunante y se han presentado casos que hasta la han abrazado y besado pensando que es la novia; como le sucedió a un señor de Río Abajo que la abrazó pensando que era su enamorada, y cuando se dio cuenta que era la mera bruta casi se hace loco.

Autor: Francisco Durón Padilla
Libro: Leyendas, Azoros y Relatos de mi Pueblo.