Archivo por meses: noviembre 2010

En mi país – Guillermo Anderson

Letra

En mi país, de guamil y sol ardiente
se ve la historia en los rostros de la gente
hermosa tierra vuelo de gaviota herida
tenés la luz que va repartiendo vida.
Sos la semilla y sos la fuerza en el arado
tenés el alma en el bullicio del mercado.

Suenen la guitarra y la marimba
las maracas con el acordeón
que suenen la flauta y la caramba
suenen el tambor y el caracol.

En mi país, rumor de mar selva y quebrada
están el sabor de la naranja y la guayaba
está el color de la flor que no marchita
está el olor a café en la tardecita
y aquí está el África en canción vida y tambores
leyenda negra cayuco lleno de flores.

Suenen la guitarra y la marimba
las maracas con el acordeón
que suenen la flauta y la caramba
suenen el tambor y el caracol.

Para quererte el corazón mío no alcanza
pero esta luz, multiplica la esperanza
en que la selva no combata al fuego sola
y que la espina se convierta en brassavola.

Suenen la guitarra y la marimba
las maracas con el acordeón
que suenen la flauta y la caramba
suenen el tambor y el caracol, en mi país.

Apuntes biográficos sobre Guillermo Anderson

Nació en la Ceiba, Atlántida Honduras, el 26 de febrero de 1962.

El apellido Anderson lo obtiene de su abuelo paterno, George Henry Anderso, el cual fue un estadounidense hijo de emigrantes suecos que llegó a la costa norte de Honduras a trabajar en una compañía bananera.

La comunidad garífuna que vive en La Ceiba influenció el estilo musical de Anderson, que consiste en mezclar ritmos tropicales y percusiones garífunas con música contemporánea.

Guillermo Anderson celebró la naturaleza y la vida sencilla en Honduras. Transmitió en su arte una preocupación por la conservación del medio ambiente y la cultura autóctona. Sus canciones son historias sobre la vida diaria y las luchas de la gente común en Honduras.

Su estilo llamó la atención del personal diplomático de varias embajadas en Honduras, y por eso recibió invitaciones para cantar en otros países, lo que lo llevó a cosechar aplausos en todo el continente americano, en Europa y Asia.

Fue a Estados Unidos a estudiar Letras. Se graduó en la Universidad de California de Santa Cruz en 1986, especializándose en literatura hispanoamericana.

Al regresar a La Ceiba en 1987 creó el grupo artístico y cultural COLECTIVARTES junto con un grupo de amigos extranjeros.

Guillermo Anderson se da a conocer con el tema «En mi país», una canción patriótica que exalta la belleza de la vida en Honduras y hace referencia a su folklore y sus símbolos.

Su tema más popular es «El encarguito», una canción en la que habla de varias comidas tradicionales de Honduras y la nostalgia que por ella sienten los hondureños cuando están fuera de su país.

Sobre el reggaetón opinaba que «el problema no es la forma, sino el contenido».

Guillermó Anderson también escribió tres libros: «Del Tiempo y el Trópico», «Bordeando La Costa» y «Ese mortal llamado Morazán».

Murió el 6 de agosto de 2016 de un cáncer de tiroides.

Honduras

Por: Carlos Manuel Arita Palomo

Honduras, adorada Patria mía,
tierra de luz, de amor y de quimera,
con sus campos de eterna primavera
y su maravillosa geografía.

Su tierra legendaria es de poesía,
como un sueño radioso es su bandera,
su campiña fragante y hechicera
y sus cielos de sol y pedrería.

Sus valles son inmensos y grandiosos,
sus ríos y sus lagos luminosos
y gemas rutilantes son sus mares.

Sus próceres excelsos son su gloria,
su pasado inmortal toda su historia
y un verdeante cantar son sus pinares.

La tierra donde nací

Por Carlos Manuel Arita (1912-1989)

Me siento feliz aquí
en esta tierra adorada,
pues yo no cambio por nada
la tierra donde nací.

Honduras es para mí
el más preciado tesoro,
por eso lejos añoro
la tierra donde nací.

Cuanta nostalgia sentí
pensando en los patrios lares
cuando escribí los cantares
del suelo donde nací.

Con que tristeza me fui
como si fuera llorando
dondequiera recordando
la tierra donde nací.

Toda la tierra es así,
—soñadora y primorosa—,
más para mí es más hermosa
la tierra donde nací.

Cuando les digo yo aquí
que mi tierra es un encanto
es porque yo adoro tanto
la tierra donde nací.

Y si me preguntan: ¿Dí
el nombre de un gran país?
contestaría feliz:
¡La tierra donde nací!

Y si me dicen a mí:
¿Por qué ese amor tan profundo?
Les diría que es mi mundo
la tierra donde nací.

Un día en la calle oí
su nombre dulce y bendito
y el alma entera dio un grito:
¡La tierra donde nací!

La quiero yo porque sí,
con un amor verdadero
(Está alumbrando un lucero
la tierra donde nací).

Todo a mi patria le dí
y adoro mis patrios lares
y llevo aquí en mis cantares
la tierra donde nací.

Navidad en Tegucigalpa

Por Guillermo Bustillo Reina (1898-1964)

Semana Santa en León,
Corpus Christi en Guatemala,
y para Pascuas alegres
¡no hay como Tegucigalpa!
Aquí son los nacimientos
una institución vernácula
y el árbol de Navidad
en nuestro hogar nunca falta.

Las casitas de cartón,
ágiles como las cabras,
se suben por las laderas
a las colinas más altas.
Los montes son de aserrín
y de cristal es el agua,
los soldados son de plomo
y la iglesia de hojalata.

Vemos a los reyes magos
en solemne caravana,
dirigiéndose a Belén
tras una estrella de plata;
allá los espera el niño
sobre su cuna de paja
llorando a más no poder
porque no encuentra las sábanas.

La noche de Navidad
todos cenamos en casa
los ricos nacatamales
de gallina y alcaparras
y las sabrosas torrejas
que nos hacen la boca agua.

Luego entre sones de pitos
y estrépito de matracas
vamos a la Catedral,
a nuestra Catedral Blanca,
a oir la Misa de Gallo
tan típica y legendaria,
tan pronto como en la torre
suenan doce campanadas.

Las muchachas casaderas
van en alegres paseadas
a visitar nacimientos
todas las noches de pascua,
más no crea que van solas
sino bien acompañadas,
pues no faltan los galanes
ni tampoco las guitarras
y se baila en los salones
y a veces hasta en las plazas.

El Sabio Valle y el Santo Oficio

El Sabio Valle y el Santo Oficio es un cuento de Medardo Mejía, un periodista hondureño de orientación política marxista (Ver su autobiografía aquí). El cuento es un pedazo de propaganda anti-católica sin ningún sustento en la realidad. En él se presenta a José Cecilio del Valle, prócer hondureño, siendo perseguido por el Santo Oficio solamente por conversar en lenguas extranjeras. No hay ningún documento histórico que sustente esta fantasía. No hay ninguna evidencia, ni nunca se ha sugerido por parte de los historiadores, que José Cecilio del Valle haya renunciado a la religión católica, o que haya simpatizado con ideales políticos que fueran contrarios al catolicismo.

El tema de la Inquisición y el Santo Oficio ha sido objeto de manipulación histórica con fines políticos. En lo que concierne a los nuevos territorios conquistados por los españoles en el continente americano, al principio se utilizó la Inquisición para perseguir la idolatría de los indígenas, pero luego se decidió que al ser recién iniciados en la religión católica, sus errores provenían más de la ignorancia que de la rebeldía contra Dios.

Se calcula que en el Virreinato de La Nueva España, durante toda la época colonial, apenas se ejecutaron a 43 personas por parte de los tribunales inquisitoriales. Lo que es una cantidad baja para tres siglos en una extensión territorial considerable.1 La Inquisición no era una institución tan opresiva como nos lo quisiera hacer creer Medardo Mejía. Si la comparamos con la sangrienta persecución de opositores por parte del comunismo soviético, la Iglesia Católica aparece como una institución bastante moderada para su tiempo.

El doble rasero de Medardo Mejía se volvió evidente después de la caída de la Unión Soviética. Durante toda su vida él alabo un régimen tiránico y criminal que masacró a muchos de sus ciudadanos, mientras que menospreció e insultó a la relativamente tolerante Iglesia Católica. La realidad es que la Iglesia Católica sigue existiendo, mientras que el bolchevismo ruso cayó por su propio peso.

El Sabio Valle y el Santo Oficio

Por Medardo Mejía

José Cecilio del Valle

El Sabio Valle y el Santo Oficio es como decir la luz y las tinieblas. Muerto el rey Carlos III, monarca de la Ilustración, un año antes de la Revolución Francesa y ascendido al trono su hijo Carlos IV, éste hizo regresar a los jesuitas desterrados de los reinos españoles, hacía más o menos unos veinte años.

Los jesuitas regresaron siendo los mismos jesuitas: reaccionarios, ultramontanos, fanáticos, crueles, sin alma. Si ayer sirvieron para exterminar el protestantismo y las demás creencias deístas aunque no católicas, hoy llegaron para arrancar hasta la última raíz de la revolución democrática que se estaba desarrollando en Centro América.

Vigilaban a todo el mundo por medio de agentes especiales, situados en los distintos estratos de la sociedad. Había veedores y oidores desde las altas esferas hasta los bajos fondos. El confesor tenía entrada libre a cualquier hora del día y de la noche, con pretextos. La servidumbre de cada familia, por regla general, bajo promesas de salvación y gloria, tenía al tanto a los inquisidores de lo que se decía y pasaba en los hogares de su servicio.

El Santo Oficio llevaba libros en que anotaba diariamente los informes de los sospechosos. También levantaba por cuantos, claro está, en el mayor secreto. Hablamos en Derecho Canónico, desde luego. Eran delitos de presidio o reclusión mayor, y hasta de muerte en la hoguera, los culpables de materialismo, ateísmo y divulgaciones de doctrinas parecidas. La quema de personas no se llevó a cabo en el tiempo a que refiere este relato. Los sentenciados eran conducidos a México.

Especialmente el Santo Oficio perseguía a la Ilustración en el renombre de los Ilustrados. La Ilustración fue un movimiento cultural europeo del siglo XVIII, caracterizado por una gran confianza en la razón, en la crítica de las instituciones tradicionales y la difusión del saber.

José Cecilio del Valle era un ilustrado de renombre. En el reino de Guatemala nadie le llegaba a la altura del hombro. Por ese motivo era el centroamericano más conocido en el exterior, y era el más visitado por los viajeros del segundo descubrimiento, es decir, de los investigadores en los campos de las ciencias naturales.

Como a su casa llegaban ingleses, franceses, italianos, con quienes conversaba en estos idiomas y con los alemanes y escandinavos en latín, Valle era estrechamente vigilado por la servidumbre y seudo amigos de la familia. El hecho de conversar con los viajeros en lenguas distintas enfurecía a los miembros del Santo Oficio. Sus espías gracias podían decir que hablaba en jerigonza con sus visitantes. Y una criada vieja con más audacia se atrevió a afirmar que todas sus peroratas se reducían: “a hablar mal de Dios”.

Se hizo constar en libros esta declaración, pero no se le creyó porque la vieja apenas hablaba quiché.

Al darse cuenta Valle del acoso de que era objeto de parte del Santo Oficio, recurrió a una argucia ingeniosa. Se valió del cura de su parroquia para invitarlo a él y a los inquisidores a que comparecieran a su casa de habitación, donde se les haría conocer un hecho digno de ser visto. La visita tendría que hacerla a las cinco de la mañana en punto, con mucha cautela. Él los esperaría en la puerta principal, entrarían sin hablar y sin hacer ruido. Y hombres aquellos que cultivaban su ocio, fueron puntuales en la cita. Entraron en puntillas a la biblioteca, hasta que Valle, en voz baja, dijo:

—Vengan…

Anduvieron buen trecho entre numerosos y gruesos naranjos, viendo que en aquel momento se levantaba el disco magnífico del sol glorioso. Luego Valle les dijo:

—Ahora bajen la vista y conozcan a los adoradores del sol.

Cinco indios, en cuenta la vieja chismosa de la Inquisición estaba de rodillas, con las manos en alto, y luego se inclinaban con gran reverencia, por una, por dos, por tres, y por más veces, mientras modulaban un canturreo entre dientes…

El cura y los inquisidores estaban pasmados. Nada habían hecho contra el paganismo del reino. Y aquellos indios que estaban adorando al sol eran los espías de la Santa Inquisición.

Al notar los indios que habían sido vistos huyeron dando gritos. Había sido sorprendido su rito religioso. Y los jesuitas, confundidos de lo que habían visto, sin decir palabra, regresaron a su Santo Tribunal.

Visto en el libro Canasta Folklórica Hondureña, de Julio Eduardo Sandoval. Ediciones JES.