feb 03

Juan Orlando Hernández vs. Manuel Zelaya

Juan Orlando Hernández y Manuel Zelaya

Se insiste mucho por parte de simpatizantes del Partido Libertad y Refundación en que estamos en una dictadura encabezada por Juan Orlando Hernández por la manera que siendo presidente del Congreso acumuló poder, y por haber ganado con fraude las elecciones presidenciales.

Estas acusaciones resultan un tanto exageradas, ya que si realmente hubiera una dictadura se esperaría una represión violenta contra los opositores y un bloqueo de los medios de comunicación que no siguen la línea del gobierno, cosa que no se ha dado.

Tal vez sería más correcto hablar de un gobierno autoritario. Pero si esto es así, los hondureños hemos vivido por mucho tiempo bajo regímenes autoritarios. En gobiernos donde liberales y nacionalistas se reparten los puestos del gobierno. Se podría decir que hemos vivido bajo una dictadura bipartidista donde la idea de un Estado de Derecho donde rige el principio de legalidad, de la separación de poderes y de pesos y contrapesos, solo ha sido una vana retórica que no se cumple en la práctica.

Esto también lo vivimos durante el gobierno liberal de Manuel Zelaya Rosales, quien ahora milita en otro partido por causa del golpe de Estado. También Zelaya Rosales intentó controlar los otros poderes del Estado, aunque sin mucho éxito, porque las reformas populistas que él pregonaba atemorizaron a la élite socio-económica que gobierna el país y a la que él llamaba “los poderes fácticos”.

A Juan Orlando Hernández se le acusa de militarizar el país, pero fue Manuel Zelaya el que inició un acercamiento indebido con el ejército, ratificando en su puesto a Romeo Vásquez Velázques, quien después le dio golpe de Estado, y colocó a un militar retirado como ministro de Seguridad.

Fue Manuel Zelaya quien intentó colocar a Sonia Marlina Dubón, la esposa de Enrique Flores Lanza como magistrada de la Corte Suprema de Justicia, sin pasar por el procedimiento acordado.

Manuel Zelaya impuso un estilo de gobierno personalista y caudillista que fracasó por falta de apoyo interno. Su falta de prudencia resultó en un golpe de Estado que resultó muy dañino para el país y del que todavía sufrimos las consecuencias.

Ahora se alega que hubo fraude electoral, pero no se tuvo el valor de protestar enérgicamente en las calles. Esas denuncias de fraude ahora resultan poco creíbles ante la falta de acción de los supuestamente agraviados.

Si aún caso, lo que se le puede reprochar a Juan Orlando es que tuvo éxito donde Manuel Zelaya falló.

El caudillismo de Zelaya también hizo fracasar al partido LIBRE al imponer a su esposa como candidata única en una farsa de elecciones internas.

El partido LIBRE también le facilita a Juan Orlando a implantar su autoritarismo azul, ya que por miedo a ser gobernados por una izquierda irracional, la élite burguesa prefiere ser oprimida por un tirano de derechas. Por esta razón las medidas fiscales opresivas para la libre empresa no reciben la oposición que de otro modo tendrían.

Difícilmente el partido LIBRE puede ser una opción democrática si ni siquiera practican la democracia que predican a lo interno, ya que Manuel Zelaya es el que decide lo que se hace o se deja de hacer. Se quejan de la supuesta dictadura de Juan Orlando, pero por otro lado apoyan sin condiciones los regímenes autoritarios de lo peor de la izquierda internacional. Particularmente cuesta entender como los izquierdistas que se jactan de ser demócratas apoyan con entusiasmo la dictadura de los hermanos Castro en Cuba.

feb 02

Himno Nacional de Honduras (Guitarra Rock)

Hugo Durón, del grupo Tsidkenu, nos hace evocar a Jimmy Hendrix con esta versión en guitarra rock del himno nacional de Honduras. Patriótico y rockero al mismo tiempo.

ene 27

Discurso de Toma de Posesión de Juan Orlando Hernández

Vea el video o lea el discurso de toma de posesión de Juan Orlando Hernández en PDF:

Discurso de Juan Orlando Hernández

ene 26

Socialismo vs. Libre Empresa

Gina Kawas escribe un artículo en el que trata de sostener la tesis de que el socialismo está luchando contra la libre empresa.

Para ella el problema del socialismo es que en él las instituciones del Estado tienen “demasiadas facultades” y que esto termina degenerando en una burocracia ineficiente. Esta es la conocida tesis de que las empresas privadas siempre son más eficientes que las organizaciones del Estado.

Poniendo como modelos de socialismo latinoamericano a países como Venezuela, Bolivia, Brasil, Ecuador y Brasil; ella considera que estos Estados “a través de bonos y subsidios mantienen en dependencia a sus poblaciones, pero no promulgan la verdad innegable que el mejor programa social es generar empleo”.

¿Y cómo se puede generar más empleo? Sencillo, mediante la libre empresa. Es decir, permitiendo que sean las empresas privadas las que provean de bienes y servicios, sin mayor intervención del Estado.

La consecuencia de esta concepción de la libre empresa es la privatización. Para generar mayor empleo habría que privatizar todas las empresas estatales, como las que proveen de electricidad y las empresas de telecomunicaciones. En Honduras, Gina Kawas sostendría que privatizar empresas como Hondutel, ENEE y SANAA produciría más empleo y resultaría en una mayor eficiencia económica. Pero no hay porque detenerse en estas grandes empresas; siguiendo esta misma lógica, también hay que privatizar los hospitales y centros de salud públicos, privatizar escuelas, colegios y universidades.

Es evidente que un programa de privatización de tal estilo recibiría una fuerte oposición popular, por lo que se necesitaría un gobierno de corte dictatorial para implementarlas. De hecho esto ya ha sucedido, como en el caso del Chile de Pinochet. Tal parece entonces que la democracia y la “libre empresa” no son compatibles.

Siguiendo la concepción de socialismo de Kawas, Honduras es un estado socialista, por la restricciones que tiene la empresa privada en Honduras y por el número de empresas públicas. El Partido Liberal y Nacional, de conocida tendencia conservadora, también serían partidos socialistas. Tal concepción de socialismo no es la que defienden los sectores de izquierda en Honduras, que consideran que el Estado de Honduras está siendo dirigido por una élite corrupta, en la cual se encuentran poderosos empresarios que utilizan al Estado para obtener grandes beneficios en contra de los intereses de la mayoría de la población.

Un socialismo sin representación popular no es socialismo. Un socialismo en el que una élite burocrática manipula a la población con bonos y dádivas para comprar voluntades no es a lo que aspira los sectores con simpatías de izquierda, aunque lamentablemente la teoría no siempre concuerda con la práctica.

Tampoco es evidente que la privatización generaría más empleo. En el caso de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica, una privatización podría provocar un aumento a las tarifas, lo que sería perjudicial para la actividad económica.

No es evidente que las empresas privadas siempre sean más eficientes que las empresas estatales. En Honduras, como parte de una estrategia de privatización no declarada, se abandona deliberadamente a las empresas estatales a una gestión negligente, con lo que la idea de que las empresas del Estado son ineficientes se convierte en una profecía auto-cumplida para justificar su privatización.

Con las políticas de privatización se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias, beneficiando solo a un pequeño grupo de empresarios favorecidos por el Estado.

En lo que respecta a los países mencionados por Kawas, muchos de ellos cuentan con mejores indicadores económicos que Honduras, por lo que la idea de que imitar algunas de sus políticas nos afectaría económicamente no encuentra asidero. Para el caso de el país vecino de Nicaragua, algunas empresas transnacionales están emigrando de Honduras a Nicaragua por que encuentran allí un mejor ambiente para desarrollar sus actividades.

Recientemente se aprobó en Honduras un paquete de medidas fiscales que resulta una onerosa carga para el sector empresarial, especialmente para la pequeña empresa y para los sectores de bajos ingresos. Estas medidas, impuestas por el conservador Partido Nacional sin consultar con la población, se pueden considerar socialistas según la concepción de socialismo de Kawas. Irónicamente, el Partido Libertad y Refundación (LIBRE), que se considera de izquierda, sería un campeón de la libre empresa en este aspecto. El Partido LIBRE también propone la eliminación de exenciones tributarias y combatir a los monopololios y oligopolios, con lo que también se contribuiría a la libre empresa.

Con todo esto es claro que resulta una falsa dicotomía pretender que la derecha defiende siempre la libre empresa y que la izquierda siempre se opone a ella. Por otro lado no está claro que la concepción tradicional de “libre empresa” resulte siempre en la implementación del bien común. Por ejemplo, en lo que respecta al libre comercio, es sabido que la eliminación de aranceles puede perjudicar a los empresarios nacionales, aumentando el desempleo y la pobreza. En este sentido la izquierda se ha opuesto al libre comercio, y con buenos argumentos.

No todas las izquierdas son iguales. ¿Qué es mejor? ¿Una derecha corrupta o una izquierda inteligente? Según el empresario hondureño Adolfo Facussé: “Yo no me asusto con las ideas de izquierda, de una izquierda inteligente (…) a El Salvador no le ha ido mal, en Nicaragua los empresarios están contentos. Nosotros, sin tener un gobierno de izquierda tenemos un gobierno imbécil. A los empresarios no nos conviene gente muerta de hambre, gente pobre”.

ene 26

EN VIVO Toma de Posesión de Juan Orlando Hernández Online [27 de Enero]

Juan Orlando Hernández es un presidente que llega cuestionado por fuertes denuncias de fraude y en medio de la polarización que todavía existe después del golpe de Estado del 2009.

ene 12

Luis Andrés Zúñiga

Luis Andrés Zúñiga

Por: Marcos Carías Reyes

“Este gran don Ramón…” decía el enorme Rubén aludiendo al insigne cincelador de la prosa castellana; don Ramón María del Valle Inclán. Frente a la efigie de nuestros más aquilatados varones de pensamiento, exclamamos: este gran Luis Andrés del olímpico laurel.

Hélo aquí: en una pose aparece con el cabello desordenado y mostachos a lo Cyrano: en ésta, los laureles gallardamente conquistados adornan su cabeza de artista. Porque, eso es Luis Andrés Zúñiga. Un artista del verso y de la prosa: un artista de su propia vida y de su propio YO. Ese YO artístico que naufraga en los medios ignaros lo ha defendido con las armas que guarda en su panoplia filosófica y anímica. Lo ha conservado, quizás no intacto: o preso en un corateral, que ya no cabe en nuestros días esa posibilidad y está envejecida tal actitud, pero sí rodeado de los atributos que todo artista ha de poseer para serlo. Conste que no nos referimos a la caricatura del artista como podría llamarse esa colección de gestos artificiosos y de falsos ademanes, sino a las esencias íntimas que lo bañan y a las excelsitudes muy personales que lo distinguen.

En la quietud del claustro, dentro de ese silencioso recogimiento que invita a la meditación y al éxtasis, libre de cadenas la voluntad y de complicaciones la vida, el numen encuentra hospitalario alero para el vuelo suave, el hondo filosofar y la creación estética. Surgen así obras de serenidad y de beatitud y la emoción es cual río subterráneo, diáfano y tranquilo. “No refleja las selvas lujuriantes llenas de endriagos; ni se precipita enfurecido al vórtice de los abismos. Mas, esta existencia de cenobitas sólo algunos artistas la disfrutaron en la antigüedad; y en nuestra era es casi imposible, aunque no infecunda, pues si bien es cierto que el pulso de la Humanidad da la norma de las creaciones del pensamiento, también el silencio es generador de obras maestras. El artista ha de vivir en una continua vigilia; en un estado de alerta constante para que su numen no quede preso en la clásica torre de cristal, pero al, al mismo tiempo, ha de defenderlo de las bajezas y ruindades con que el contacto diario le amenaza. Para algo se es poseedor de un don especial— y cobardía moral, como defección estética, sería arrastrarlo por el cieno donde moran los espíritus mezquinos.

Este gran Luis Andrés, como el polifacético Heliodoro, han continuado siendo artistas en este mundo enfermo de secular neurosis. Más singular el caso del segundo ya que Heliodoro lleva en sus venas el vértigo cosmopolita y Luis Andrés se quedó en el “cuarto brujo” haciendo vida vernácula, mantenidas en alto sus calidades estéticas y filosóficas, pues Luis Andrés es un esteta y un filósofo.

Pequeño, esbelto, ágil, cimbreante cual un junco; erguida la cabeza, viva la mirada, elocuente la expresión, brummeliano el ademán, en Luis Andrés Zúñiga todavía vive el magnífico triunfador en los Juegos Florales de 1915, bello certamen digno de imitación; ejemplo de un alborear luminoso ¡lástima por fugaz! en la bruma. Nos parece verle aún, con los ojos del niño, cuando declamó sus versos, proclamando la Reina del torneo:

“Alba blanca, luz de aurora,
es vuestro nombre, Señora,
que al pronunciarlo ilumina,
un vocablo evocador,
nombre de gema marina,
nombre de perla y de flor.

Suave nombre, voz alada,
voz risueña y perfumada
que suena en el corazón,
cual melodioso oleaje
o como aura en el boscaje
que dijera su canción.
Noble Reina, soberana!
Cual la luz de la mañana
habéis podido reinar
sobre un mundo dilatado;
que hay margaritas del prado y
hay margaritas del mar”…

Llevando en alto la grímpola de “Los Conspiradores” entró en la hermosa batalla del poeta-dramaturgo; y salió del redondel con los laureles de la victoria. Un coro de hosannas jubilosos cantaría en su espíritu; y el artista hubo de experimentar el sabor de ese magnífico néctar que, llámese Gloria, Fama o Triunfo, produce tan maravillosas embriagueces, especialmente si se trata de una victoria del Espíritu, de una Gloria ganada por el cerebro. En “Los Conspiradores” desfilan nobles, plebeyos, aldeanos y militares. Se ve a intervalos la arrogante figura del General Morazán y se asiste a la derrota de la carcomida aristocracia que pretendía mantener sus privilegios; y amparar sus abusos en los escudos de los Aycinenas. Un bello episodio de aquellos tiempos en que se asistía al derrumbamiento de un orden social ya degenerado y entre los dolores y los espasmos del parto surgían nuevas concepciones ideológicas y renovadas arquitecturas políticas.

Así, Luis Andrés Zúñiga es dramaturgo, poeta, prosista, filósofo, fabulista y psicólogo, de la más alta calidad. Coloca en cimas deslumbradoras, entre fragor de truenos y relampaguear de Apocalipsis, los encendidos estandartes de sus “Águilas Conquistadoras”:

“Un día zarpó un barco de la vieja Inglaterra
Con rumbo al Occidente, hacia ignorada tierra
Que hallábase escondida tras las curvas del mar.
El barco iba cargado de tristes inmigrantes
De Quakers que iban a esas tierras distantes
A buscar una patria y formar un hogar.
Nuevo pueblo de Israel, de místicos guerreros
Que de su patria huyeron, con penates y aceros,
De su conciencia oyendo la imperativa voz! …
… Al fin sus ojos vieron una costa florida
Que en la América libre les reservaba Dios.
Como robusto roble que en un día creciera
Y que la vasta sierra con sus ramas cubriera
O singular producto de monstruosa aleación;
Lo que fue débil niño se tornó en gigante.
Esa mísera tribu, en la tierra pujante
Se tornó de improviso en pujante Nación.

Y así como es muy limpio al nacer el torrente
Y que al crecer enturbia su linfa transparente
Hasta que llega, enorme, pero sucio hacia el mar.
Así !oh Yanquilandia, hija de puritanos¡
Armadas nos enseñas las homicidas manos
Y nuestra noble tierra pretendes conquistar.

Se escucha un grito de águilas tras el lejano monte;
Los búfalos ya asoman por el vasto horizonte:
¡Son hijos de la bruma en las tierras del sol!
El quetzal ya revuela sobre la cumbre enhiesta
Y se escucha un rugir en la negra floresta:
¡Son los bravos cachorros del gran león español…”

Desciende en seguida de esa montaña, sobre la cual ha lanzado rayos fulminatorios contra la política imperialista que en un tiempo de ingrata recordación deshonró la memoria de Washington y de Lincoln y haciendo gala de un mimetismo encantador se transforma en el bardo enamorado que ritma suaves endechas pulsando las frágiles cuerdas del laúd en “Lucy”; vuelve a borbotar con renovados ímpetus el torrente de la sangre; cabalga velozmente la fantasía y allá va el poeta asido de las crines de un fogoso corcel, sobre los palpitantes belfos, en la “Canción de las Walkyrias”; fatigado de correr por esos alucinantes mundos de Sigfrido y los Nibelungos, trémulo todavía con el estruendo de la tetralogía wagneriana, el aeda refúgiase en un monasterio; encuentra la calma espiritual de un franciscano y su melancolía beatífica fluye en “Todo es Nada,” hasta que Mefistófeles llama a las puertas de la abadía que señalaremos como de la penitencia y de la meditación; y el bardo se incorpora recordando a Julieta y a Margarita, a Helena y a Eva; sale de su encierro y clama a un mercader:

“Anda a Golconda y tráeme, mercader trashumante
un collar prodigioso de amatistas y una
fabulosa sortija que corone un diamante
cuyas aguas contenga una enorme fortuna.

Tráeme nácares finos. De ese nácar triunfante mercader,
nunca olvides que el Ofir es la cuna:
De esas perlas tráeme, de epidermis radiante
cuya luz es hermana de la luz de la luna.

Y a esas cosas floridas —mi regalo de boda—
añade el oro del Rimac, si a tu gusto acomoda
y cofres ambarinos con sedas de Nipón;

que eso será tan solo lo que daré a mi amada,
a la que dar quisiera la Cólquide encantada
y el rico vellocino que enloqueció a Jasón..”

En ocasiones vaga por los bosques, halla paz en la vida oscura del campesino, pero la imaginación hierve:

“Dichoso leñador que en la montaña
estás en tu labor, entretenido
y a la luz de la tarde, ya rendido
regresas jubiloso a tu cabaña.

En tu alma limpia, a la maldad extraña,
no suena el eco del mundano ruido,
la eterna sinfonía del gemido
que el dolor de nuestra alma desentraña.
Pero esa dicha que en tu pecho alienta
no tiene mucha miel ni es luminosa
pues tu obscura ignorancia la sustenta.

Más vale el fuego de la lucha ardiente,
más vale nuestra vida tempestuosa
muy llena de dolor, pero consciente.”

lo cual no obsta para que se sienta “poeta y aldeano”; dialogue con las flores como Rouseau, se tienda a reposar a la orilla de los riachuelos como Tennyson y admire el cuadro patriarcal que ofrecen los bohíos.

***

Las “Fábulas” constituyen un capítulo muy singular en la obra de Luis Andrés Zúñiga, que no es vasta, sino selecta.

Modelos de ingenio, de agilidad y sutiliza psicológica; de prosa amena y castiza, en su género y en nuestro país, las “Fábulas” no tienen ascendencia, ni descendencia. Son únicas. Y como únicas, dueñas son del rarísimo don de la originalidad.

Si en sus poemas, Luis Andrés se revela como un inspirado portalira; y en sus ensayos, escritos en prosa marmórea por lo tersa y repujada, como un filósofo, en las “Fábulas” alcanzó una cumbre hasta la cual nadie ha ascendido ni antes, ni después de él. Y, tanto en unos aspectos, como en los otros, vive, aparece siempre el artista; el artista nato que hay en su persona, mientras el hombre camina con paso tranquilo por los ásperos senderos del mundo, con la íntima conciencia de su valía; y deja que a la vera del “cuarto brujo” corran tumultuosas las aguas de la vida, quizás saturado de aquella honda serenidad que conocieron los discípulos de Pitágoras.

Tomado del libro “Hombres de Pensamiento” por Marcos Carías Reyes. Segunda Edición, 2006.

ene 06

Cuando Hables al Pueblo

Por: Raúl Gilberto Tróchez

Cuando hables al pueblo,
político rudo,
límpiate la boca de pecado.
Soy el pueblo que engañas;
soy el pueblo en harapos,
columna vertebral de tu existencia;
sin mí, tus palabras irán al vacío,
sordas, mudas,
terribles, sin eco…
Cuando mi nombre invoques,
registra tu conciencia;
no malgastes las palabras:
PUEBLO, LIBERTAD y PATRIOTISMO
como escudo a tu maldad premeditada.
Haz de cada jirón de mi vestido
una bandera de redención;
de cada lágrima mía,
un manantial perenne
que refresque el desierto miserable
en que me abraso;
de cada sacrificio,
de cada lamento,
un Código Moral en mi Destino,
que mande, no a mi destrucción,
sino a mi completo bienestar;
al disfrute de plenitud
de mi montaña;
mi buey y mi caballo;
mi perro y cabaña.
No te pido más, político ciego:
quiero ver a mi Patria
libre de miserias;
libre de rencores;
libre de ambiciones…
Soy el Pueblo humilde,
inmenso en bondades
y terrible en acciones
cuando no se cumple
tu misión de hombre.
Soy un pueblo bravo
de miles de hermanos,
millones de brazos,
pidiendo, invencibles,
que no haya esclavos.
Que tu acción no me hunda
en el atraso que asfixia;
mi condición de ser libre
y de ser soberano,
le dan dignidad a mi Destino.
Tú, político sordo;
político rudo,
me mantienes atado;
me mantienes enfermo…
Tú, sembrador de discordia,
me has legado tu herencia
en misión negativa
de un fatal heroísmo.
Cuando hables al Pueblo,
ve con alma pura;
ve con Dios adentro,
porque estoy cansado
para ser tu esclavo
porque tu palabra
ya no me convence…

Tomado de “Poemas y Cuentos”.

ene 05

¡Ya vienen los Indios!

SAN MIGUEL ARCÁNGEL, PATRONO DE TEGUCIGALPA

Escribe: M. Antonio Rosa

El siglo diez y nueve —siglo del romance— viejo y achacoso, caminaba encorvado por una senda obscura apenas alumbrada por la luz parpadeante de unos cuantos luceros madrugadores que anunciaban el despertar del siglo XX.

La Tegucigalpa arcaica dormía plácidamente en el sube y baja de sus calles laberintosas, anidada caprichosamente en las faldas de El Picacho que sirve de valladar en tiempos huracanados, y de eficiente ventilador en los meses caniculares.

Serían como las tres de la madrugada, cuando regresaba de una fiesta a su hogar el general Florencio Xatruch, militar cuyo nombre ha recogido la historia centroamericana, como el del jefe más bravo que a la cabeza de una columna de hondureños, luchó con denuedo en Nicaragua, contra el ejército invasor del filibustero William Walker.

Al entrar Xatruch a su casa, se sorprendió al ver a su esposa sentada en la sala y bastante inquieta.

—¡Pero, mujer! ¡Qué demonios estás haciendo levantada a estas horas?

—Esperándote, Florencio, esperándote para decirte que te escondas, porque no tardan en entrar los INDIOS…

¡Ah! —expresó el general midiendo a trancos la sala y mesándose las barbas. ¿Xatruch va a esconderse de los indios? ¿Has olvidado acaso que estás casada con uno de los militares más fogueados de Honduras? Recuerda, mujer que soy de los pocos a quienes cada ascenso le cuesta una herida, y una herida recibida de frente. Bueno es que tomes nota también que en mi diccionario no figura la palabra… ¡miedo!

—Por Dios, Florencio: ¡No seas porfiado! ¡Escóndete!

—¡Deja de tonterías, mujer! Anda pronto y prepárame una taza de café bien cargado, capaz de chamuscarme la lengua; pero antes dime: ¿quién te dio esa información?

—Paula, hombre, Paula la cocinera. Anoche cuando ya habías salido, un muchacho le trajo un papelito de un tío suyo, en el cual le informaba que hoy en la madrugada entrarían los indios y que no sólo saquearían Comayagüela, sino también Tegucigalpa.

Xatruch no esperó una palabra más; urgido como estaba por averiguar por sí mismo la verdad, no perdió tiempo para cambiarse de ropa; únicamente echóse sobre los hombros su capa española de grueso paño negro, cogió su larga espada y montó rápidamente en la bestia que él mismo ensilló, dirigiéndose hacia la parte sud-oeste de la ciudad, zona por donde generalmente invadían los indios curarenes.

Su briosa yegua blanca, tan blanca como el armiño en época invernal, manoteaba en medio del chisporrotear de sus herraduras al herir el fino empedrado, con esa elegancia característica de las bestias de pura sangre…

Cabalgador y cabalgadura formaban una sola estampa fantástica, que desadormeciendo la quietud de la noche, atravesaba como un meteoro las tortuosas y mal alumbradas calles de Tegucigalpa.

Cuando al paso veloz de su yegua, Xatruch dejaba las últimas casas de Comayagüela, vio venir en la penumbra, cerca de la carretera, sobre las faldas y crestas de unas colinas cercanas, a centenares de hombres desnudos de la cintura para arriba, armados de machetes.

La luna que había permanecido oculta tras densas nubes plúmbeas, queriendo atisbar la escena, asomó un minuto nomás su cara bonachona, tiempo preciso para que los INDIOS CURARÉNES viesen en aquel jinete fantasma, la inconfundible figura de SAN MIGUEL ARCÁNGEL, quien ellos sabían que en otra ocasión había salido con igual indumentaria, a combatir victoriosamente numerosas tropas que pretendían tomar por asalto la plaza de Tegucigalpa.

El pánico cundió entre la indiada agresora, y como si se tratase de un movimiento ensayado, tiraron los machetes, se arrodillaron y bajaron la cabeza persignándose, en señal de sumisión.

La despejada inteligencia de Xatruch le permitió interpretar al instante la escena y supo aprovecharla.

Blandiendo su larga espada que los plateados rayos de la luna se encargaron de agigantar, gritóles con voz atronadora:

“INDIOS CURARÉNES! ¡Volved ahora mismo a vuestro pueblo!… ¡No tratéis de provocar nuevamente mi cólera, porque entonces sí os cortaré la cabeza!… Id, id con Dios, hijos míos, que esta vez quedáis perdonados!”

Y cuando las nubes plúmbeas volvieron a cubrir la faz del nacarado satélite, la neblina madrugadora se tragó la figura de “Xatruch, el SANTO”…

Tomado de “La Tribuna”. Tegucigalpa, 4 de marzo, 1977.

ene 02

Sonata de Año Nuevo

Por: Juan Ramón Molina

A Otilia
Tal vez hoy, en tu valle eglógico -valle de amar y de soñar, donde el crepúsculo feliz languidece como una rosa que se va marchitando en su búcaro de montes azules— tornes los ojos, donde se cristalizan secretas lágrimas, hacia el rumbo donde el ausente apacienta sus nostalgias y sus sueños— rumbo que imperativamente le señaló el hado, cuando empezaba a gozar del perfume de tu cabellera y de la miel de tu boca. ¿Acaso él mismo le tornará a tu presencia, envuelto en una nube de polvo, castigando los ijares de su corcel, mientras le aguardas, temblorosa de alegría, en el huerto de los naranjos y de los rosales, capitoso y ardiente como la heredad del Cantar de los cantares? Ve qué te dicen las claras corrientes que te adulan en tu baño matutino, pregunta al zorzal que solloza en la cima del árbol a cuya sombra meditas; otea los umbrosos senderos que recorres con tus compañeras, imaginándote que, de pronto, va a aparecer ante tus ojos atónitos, donde él encendió la luz de la pasión primera, que sólo apagará el soplo de la muerte. Hoy, al iniciarse el nuevo año, una melodía insólita ha sonado en mi corazón, donde el sufrimiento ha grabado tu imagen con la paciencia de un artífice doloroso. Unos músicos ambulantes pasaban por la calle, en el alba turbia, tocando una romanza antigua, como en el poema de Musset, y asomándome al balcón envuelto en la claridad indecisa del amanecer, les seguí con los ojos melancólicos, envidiando sus almas bohemias y su música banal. Hubiera querido que un genio —tal como sucede en los cuentos árabes— me llevase junto con ellos al pie de tu ventana, que debe tener un marco de enredaderas, y allí tocarte una sonata cualquiera, un motivo sentimental, que te añorase las dulces noches en que, en la calle desierta, bajo los claros diamantes celestes, te llevé una serenata de amor, en tanto que la luna, con su faz maliciosa, me espiaba desde la cumbre de las serranías, negras e imponentes a la distancia, bajo la noche rameada de constelaciones. Tú, despertando en tu nido, sacudiendo la profusa cabellera castaña en desorden, exclamarías de súbito:

—Es él.

Lentamente sollozando la música te diría: —”Es el amado que llega por fin, peregrinando por climas y montañas, en busca de tu fresca gracia, de aquella gracia que rindió su viril juventud, en días dichosos, cuando el dolor esquivaba su firme paso y la mirada triste y altiva de sus ojos. Despierta, niña, y sal al balcón, que el gallo negro cantó a lo lejos, el rojo en la próxima alquería y el blanco en el huerto de tu hogar. Sal pronto, oh niña, porque con la luz del sol se disipan los conjuros mágicos, y mañana al asomarte en busca de él sólo encontrarás rostros indiferentes, la perenne perspectiva de los montes natales y la ausencia y la distancia de los días monótonos”.

Tal soñaba, pálido y ojeroso, en este triste amanecer, viendo alejarse a la murga callejera. Mas la melodía de los bohemios llenaba mi ser, y siguió cantando muy quedo en mi corazón, haciéndome rememorar nuestras horas felices, cuando, cogidos de la mano, íbamos a empezar el camino de la vida. Sobre nuestras cabezas el cielo era de paz y de azul; cantaban en los árboles cercanos maravillosos pájaros de iris; a la vera los rosales estallaban de flores y los limoneros nevaban sus azahares; y a lo lejos entre los sotos, un manantial como una disolución de ópalos proclamaba gárrulamente el triunfo de nuestros corazones.

Tal íbamos por el camino de la vida cogidos de las manos, meciéndonos dulcemente, sin hablar, pendientes de las almas de las húmedas pupilas. Un lindo pájaro nos trinó su pensar: —Aprovechaos de la juventud. Dos palomas monteses se perseguían saltando ante nuestros ojos. Una liebre nos vio asustada, huyendo entre las matas; y una vieja, que tenía un siglo, andrajosa y encorvada, nos dijo, después que le dimos una limosna, agitando su rústico bordón: —Hijos míos, vais a ser muy felices. Más adelante encontramos un hada, seguida de un enano etíope, que te regaló un anillo de oro macizo, símbolo de la fidelidad, y que me dio un puñal mágico, para que lo llevara al cinto y te defendiera.

Tal íbamos por el camino de la vida, en aquella dulce primavera sentimental. Y tú parecías fresca y pomposa, como un rosal de tu valle umbrío, y yo, erguido y fuerte, como un pino de tus montes. Pájaros melodiosos cantaban sobre nuestras cabezas en la cima de los árboles donde enredaba la tarde su cabellera de oro; el cielo era de un azul profundo, de una profunda paz: recortábanse en la lejanía los montes, semejando grandes turquesas o esmeraldas; los próximos manantiales dialogaban entre las yerbas, disputándose el tesoro de tu cuerpo virginal. Tal íbamos por el camino de la vida, sin ver hacia atrás, con el corazón en los labios y el alma en los ojos, sin pensar en que el dolor, como una arquero aleve, nos acechaba en aquel paisaje de idilio.

Fue un sueño… cuando despertamos, llorabas en silencio, en un rincón de tu hogar, de rodillas ante una madona, y yo, fugitivo y taciturno, había comenzado otra peregrinación, más triste y dolorosa que aquella que me llevó a través de los océanos, nostálgico del aroma de tu cabellera, de la miel de la flor de tu boca. Porque entonces tornaría en breve, mientras que hoy son hostiles a mi paso todos los senderos que conducen a tu valle natal, a tu rincón de égloga, donde el dragón del odio me devoraría sin piedad. Pero mañana me has de ver llegar, victorioso y fuerte, con la espada de Sigfrido en la diestra. Y me premiarás con la rosa que llevas en tus cabellos, con la mirada más dulce de tus ojos y la delicia suprema de tus labios.

ene 02

Un Año Más

Por: Juan Ramón Molina

Para las almas finas y herméticas, que son las más aptas para el goce exquisito y mortal de las más tóxicas mieles del dolor, esta noche de San Silvestre —la última noche del año— recamada de las más ricas y raras joyas del cielo, está llena de melancólicas reflexiones, de pensamientos sombríos. No hay ser humano, como no predomine en él un exceso de inconsciente animalidad, que no sienta un momento, pensando en la infinita vanidad de las cosas, que tanto desconsolaba a Salomón y a Marco Aurelio, y en la infinita vanidad del tiempo.

Gentiles damas os sonríen, la algazara de la muchedumbre resuena en las calles, oís músicas próximas o lejanas, tal vez un insigne mosto hierve en vuestro cristal; y, sin embargo, de pronto os ponéis tristes, como cuando, en un amanecer indeciso, que baña de palideces cadavéricas en el suelo, marcháis a vuestro lejano lecho, ahitos de carne y de licores incendiarios.

En esa congoja momentánea os vienen a la memoria los recuerdos, como bandadas de aves nictálopes; y presentís —con una clarividencia insólita, que el año que muere entre esplendores de fiestas, es un poco de vuestra vida que se va, que se fue, que no ha de volver nunca. Consideráis que hay una cana más en vuestra barba; que hay una arruga más —tal vez un surco ancho y hondo— en vuestra frente; que han naufragado muchas de vuestras ilusiones, y que quizás las otras, en el año futuro, han de morir ante vuestros ojos, como esas familias de marineros que se tragan las olas implacables del mar, mientras el padre o la madre ve la tragedia desde la playa.

Tal vez vuestro pensar -si sois meditativos de veras— se interna más en esa negra filosofía y consideráis que la vida, año tras año, no es otra cosa que una muerte continuada, que llegará un día en que pagaréis —siervos miserables— tributo a la tierra, que os ha de recibir indiferente, como lo ha hecho con innúmeras generaciones, en una serie de milenios, sin que sienta plétora alguna ni se alteren sus laboratorios. Durante millones de centurias seguirá arrojando seres vivos y recogiendo cadáveres, hasta cuando se dispare fuera de su órbita, o agonice su fuego central, o se enfríe el sol o le suceda un cataclismo cosmogónico que trastorne el maravilloso equilibrio del sistema planetario.

¿Qué quedará entonces del tiempo? Nada. ¿En dónde estarán los días, los meses, los años, los siglos y los evos, toda esa organización creada y regularizada por los hombres, desde los magos caldeos hasta los astrónomos del último siglo? En ninguna parte. Solamente existirá la eternidad impenetrable y muda; muda y eterna, tal como era antes de que las miríades de soles girasen armoniosamente en los espacios siderales.

Mas tan sombríos pensamientos apenas turbarán un momento vuestro ánimo, y volveréis, poco a poco, a la realidad, entre las risas, las músicas y las flamas de los candelabros.

Un año hace que, en una noche similar, aguardasteis la venida del nuevo, brindando por él con varios amigos, sobre muchos de los cuales, en esa hora jocunda, la muerte arrojaba una de sus más terribles miradas. ¿Qué os importa? Ellos rodaron ya, con el hipo agónico en los labios, en la senda de la vida, y vosotros, en cambio, habéis vivido doce meses más.

Alegraos, pues, felices mortales: brindad ruidosamente— por el nuevo año, alzando la copa de cristal —la copa de cuello de cisne donde irradia, y ríe, y centellea, el jugo dorado de las más nobles uvas, que hace olvidar las penas presentes e ilumina el porvenir.

Un instante falta para que las estrellas marquen el meridiano de la noche de San Silvestre. Los relojes han dado las doce ya. Como la lágrima de una nube en los océanos, que en nada aumenta el caudal de sus aguas, un año más ha caído en el abismo sin fondo de las eternidades. Vendrá en seguida la mañana, con su túnica de oro y su corona de rosas, y la naturaleza dormida bajo el centelleo de las constelaciones, se despertará, como una mujer lasciva, al rumor de un inmenso epitalamio. Una vida pululante y nerviosa se agita en las grandes montañas inmóviles; los ríos, dialogando bajo los primeros ardores del sol, llenan las rocas de caricias; los mares azules cantan armoniosamente como en la mañana del mundo; y todo dice que nada ha cambiado, que la naturaleza es la misma, que la humanidad sigue tranquilamente su camino hacia la muerte; y que la tierra, jubilosa y ardorosa, como un animal en celo, se siente joven y fuerte, capaz de alumbramientos desconocidos.

Entradas más antiguas «