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Luis Andrés Zúñiga

Luis Andrés Zúñiga

Por: Marcos Carías Reyes

“Este gran don Ramón…” decía el enorme Rubén aludiendo al insigne cincelador de la prosa castellana; don Ramón María del Valle Inclán. Frente a la efigie de nuestros más aquilatados varones de pensamiento, exclamamos: este gran Luis Andrés del olímpico laurel.

Hélo aquí: en una pose aparece con el cabello desordenado y mostachos a lo Cyrano: en ésta, los laureles gallardamente conquistados adornan su cabeza de artista. Porque, eso es Luis Andrés Zúñiga. Un artista del verso y de la prosa: un artista de su propia vida y de su propio YO. Ese YO artístico que naufraga en los medios ignaros lo ha defendido con las armas que guarda en su panoplia filosófica y anímica. Lo ha conservado, quizás no intacto: o preso en un corateral, que ya no cabe en nuestros días esa posibilidad y está envejecida tal actitud, pero sí rodeado de los atributos que todo artista ha de poseer para serlo. Conste que no nos referimos a la caricatura del artista como podría llamarse esa colección de gestos artificiosos y de falsos ademanes, sino a las esencias íntimas que lo bañan y a las excelsitudes muy personales que lo distinguen.

En la quietud del claustro, dentro de ese silencioso recogimiento que invita a la meditación y al éxtasis, libre de cadenas la voluntad y de complicaciones la vida, el numen encuentra hospitalario alero para el vuelo suave, el hondo filosofar y la creación estética. Surgen así obras de serenidad y de beatitud y la emoción es cual río subterráneo, diáfano y tranquilo. “No refleja las selvas lujuriantes llenas de endriagos; ni se precipita enfurecido al vórtice de los abismos. Mas, esta existencia de cenobitas sólo algunos artistas la disfrutaron en la antigüedad; y en nuestra era es casi imposible, aunque no infecunda, pues si bien es cierto que el pulso de la Humanidad da la norma de las creaciones del pensamiento, también el silencio es generador de obras maestras. El artista ha de vivir en una continua vigilia; en un estado de alerta constante para que su numen no quede preso en la clásica torre de cristal, pero al, al mismo tiempo, ha de defenderlo de las bajezas y ruindades con que el contacto diario le amenaza. Para algo se es poseedor de un don especial— y cobardía moral, como defección estética, sería arrastrarlo por el cieno donde moran los espíritus mezquinos.

Este gran Luis Andrés, como el polifacético Heliodoro, han continuado siendo artistas en este mundo enfermo de secular neurosis. Más singular el caso del segundo ya que Heliodoro lleva en sus venas el vértigo cosmopolita y Luis Andrés se quedó en el “cuarto brujo” haciendo vida vernácula, mantenidas en alto sus calidades estéticas y filosóficas, pues Luis Andrés es un esteta y un filósofo.

Pequeño, esbelto, ágil, cimbreante cual un junco; erguida la cabeza, viva la mirada, elocuente la expresión, brummeliano el ademán, en Luis Andrés Zúñiga todavía vive el magnífico triunfador en los Juegos Florales de 1915, bello certamen digno de imitación; ejemplo de un alborear luminoso ¡lástima por fugaz! en la bruma. Nos parece verle aún, con los ojos del niño, cuando declamó sus versos, proclamando la Reina del torneo:

“Alba blanca, luz de aurora,
es vuestro nombre, Señora,
que al pronunciarlo ilumina,
un vocablo evocador,
nombre de gema marina,
nombre de perla y de flor.

Suave nombre, voz alada,
voz risueña y perfumada
que suena en el corazón,
cual melodioso oleaje
o como aura en el boscaje
que dijera su canción.
Noble Reina, soberana!
Cual la luz de la mañana
habéis podido reinar
sobre un mundo dilatado;
que hay margaritas del prado y
hay margaritas del mar”…

Llevando en alto la grímpola de “Los Conspiradores” entró en la hermosa batalla del poeta-dramaturgo; y salió del redondel con los laureles de la victoria. Un coro de hosannas jubilosos cantaría en su espíritu; y el artista hubo de experimentar el sabor de ese magnífico néctar que, llámese Gloria, Fama o Triunfo, produce tan maravillosas embriagueces, especialmente si se trata de una victoria del Espíritu, de una Gloria ganada por el cerebro. En “Los Conspiradores” desfilan nobles, plebeyos, aldeanos y militares. Se ve a intervalos la arrogante figura del General Morazán y se asiste a la derrota de la carcomida aristocracia que pretendía mantener sus privilegios; y amparar sus abusos en los escudos de los Aycinenas. Un bello episodio de aquellos tiempos en que se asistía al derrumbamiento de un orden social ya degenerado y entre los dolores y los espasmos del parto surgían nuevas concepciones ideológicas y renovadas arquitecturas políticas.

Así, Luis Andrés Zúñiga es dramaturgo, poeta, prosista, filósofo, fabulista y psicólogo, de la más alta calidad. Coloca en cimas deslumbradoras, entre fragor de truenos y relampaguear de Apocalipsis, los encendidos estandartes de sus “Águilas Conquistadoras”:

“Un día zarpó un barco de la vieja Inglaterra
Con rumbo al Occidente, hacia ignorada tierra
Que hallábase escondida tras las curvas del mar.
El barco iba cargado de tristes inmigrantes
De Quakers que iban a esas tierras distantes
A buscar una patria y formar un hogar.
Nuevo pueblo de Israel, de místicos guerreros
Que de su patria huyeron, con penates y aceros,
De su conciencia oyendo la imperativa voz! …
… Al fin sus ojos vieron una costa florida
Que en la América libre les reservaba Dios.
Como robusto roble que en un día creciera
Y que la vasta sierra con sus ramas cubriera
O singular producto de monstruosa aleación;
Lo que fue débil niño se tornó en gigante.
Esa mísera tribu, en la tierra pujante
Se tornó de improviso en pujante Nación.

Y así como es muy limpio al nacer el torrente
Y que al crecer enturbia su linfa transparente
Hasta que llega, enorme, pero sucio hacia el mar.
Así !oh Yanquilandia, hija de puritanos¡
Armadas nos enseñas las homicidas manos
Y nuestra noble tierra pretendes conquistar.

Se escucha un grito de águilas tras el lejano monte;
Los búfalos ya asoman por el vasto horizonte:
¡Son hijos de la bruma en las tierras del sol!
El quetzal ya revuela sobre la cumbre enhiesta
Y se escucha un rugir en la negra floresta:
¡Son los bravos cachorros del gran león español…”

Desciende en seguida de esa montaña, sobre la cual ha lanzado rayos fulminatorios contra la política imperialista que en un tiempo de ingrata recordación deshonró la memoria de Washington y de Lincoln y haciendo gala de un mimetismo encantador se transforma en el bardo enamorado que ritma suaves endechas pulsando las frágiles cuerdas del laúd en “Lucy”; vuelve a borbotar con renovados ímpetus el torrente de la sangre; cabalga velozmente la fantasía y allá va el poeta asido de las crines de un fogoso corcel, sobre los palpitantes belfos, en la “Canción de las Walkyrias”; fatigado de correr por esos alucinantes mundos de Sigfrido y los Nibelungos, trémulo todavía con el estruendo de la tetralogía wagneriana, el aeda refúgiase en un monasterio; encuentra la calma espiritual de un franciscano y su melancolía beatífica fluye en “Todo es Nada,” hasta que Mefistófeles llama a las puertas de la abadía que señalaremos como de la penitencia y de la meditación; y el bardo se incorpora recordando a Julieta y a Margarita, a Helena y a Eva; sale de su encierro y clama a un mercader:

“Anda a Golconda y tráeme, mercader trashumante
un collar prodigioso de amatistas y una
fabulosa sortija que corone un diamante
cuyas aguas contenga una enorme fortuna.

Tráeme nácares finos. De ese nácar triunfante mercader,
nunca olvides que el Ofir es la cuna:
De esas perlas tráeme, de epidermis radiante
cuya luz es hermana de la luz de la luna.

Y a esas cosas floridas —mi regalo de boda—
añade el oro del Rimac, si a tu gusto acomoda
y cofres ambarinos con sedas de Nipón;

que eso será tan solo lo que daré a mi amada,
a la que dar quisiera la Cólquide encantada
y el rico vellocino que enloqueció a Jasón..”

En ocasiones vaga por los bosques, halla paz en la vida oscura del campesino, pero la imaginación hierve:

“Dichoso leñador que en la montaña
estás en tu labor, entretenido
y a la luz de la tarde, ya rendido
regresas jubiloso a tu cabaña.

En tu alma limpia, a la maldad extraña,
no suena el eco del mundano ruido,
la eterna sinfonía del gemido
que el dolor de nuestra alma desentraña.
Pero esa dicha que en tu pecho alienta
no tiene mucha miel ni es luminosa
pues tu obscura ignorancia la sustenta.

Más vale el fuego de la lucha ardiente,
más vale nuestra vida tempestuosa
muy llena de dolor, pero consciente.”

lo cual no obsta para que se sienta “poeta y aldeano”; dialogue con las flores como Rouseau, se tienda a reposar a la orilla de los riachuelos como Tennyson y admire el cuadro patriarcal que ofrecen los bohíos.

***

Las “Fábulas” constituyen un capítulo muy singular en la obra de Luis Andrés Zúñiga, que no es vasta, sino selecta.

Modelos de ingenio, de agilidad y sutiliza psicológica; de prosa amena y castiza, en su género y en nuestro país, las “Fábulas” no tienen ascendencia, ni descendencia. Son únicas. Y como únicas, dueñas son del rarísimo don de la originalidad.

Si en sus poemas, Luis Andrés se revela como un inspirado portalira; y en sus ensayos, escritos en prosa marmórea por lo tersa y repujada, como un filósofo, en las “Fábulas” alcanzó una cumbre hasta la cual nadie ha ascendido ni antes, ni después de él. Y, tanto en unos aspectos, como en los otros, vive, aparece siempre el artista; el artista nato que hay en su persona, mientras el hombre camina con paso tranquilo por los ásperos senderos del mundo, con la íntima conciencia de su valía; y deja que a la vera del “cuarto brujo” corran tumultuosas las aguas de la vida, quizás saturado de aquella honda serenidad que conocieron los discípulos de Pitágoras.

Tomado del libro “Hombres de Pensamiento” por Marcos Carías Reyes. Segunda Edición, 2006.

El Tamarindo del Colegio

Por: Medardo Mejía

I

Después de larga ausencia en que el recuerdo
como un martillo me golpeaba a diario
invitando al retorno presuroso,
he vuelto a las colinas matinales.
Ah, dulce adolescencia, veo a Manuel
con su libro de siempre, a Federico
en brioso potro. Cuando llego al parque
se reaparecen mis lunarias novias.
Y sin tardar, con instintivo impulso
visito al tamarindo del Colegio.

Está lo mismo…
Poco a poco ha cambiado en su conjunto prócer:
tronco rugoso, de sombrío follaje,
lleno de flores, próximo a dar frutos,
para ofrecer regalos agridulces
a la traviesa muchachada de hoy.

Este es el árbol
que aquella juventud a fin de siglo
quiso tomar de punto de partida
espiritual en prestigiadas rutas,
y que partió en tropa bullanguera
a lides de fracaso y de victoria.

Este es el tamarindo
que fue amigo del grupo escandaloso
de mi generación; que daba vivas
al general Sandino; daba mueras
a los marinos yanquis, y aclamaba
el reto de Darío en la Oda a Roosevelt.

Guardo silencio
un zodiacal minuto…
Y de pronto, maestro esclarecido
me invita al verso, al lírico saludo
de escogidas imágenes nativas,
sin darse cuenta que en mi sangre hierve
un delirio de estrofas caudalosas.

II

Es viejo el tamarindo del Colegio;
por viejo sabe más que los archivos.
Pero nadie le arranca el testimonio
de antañonas tragedias regionales:
incestos, adulterios, homicidios
por herencias de tierras y ganados…
Y a quien le hace preguntas atrevidas,
recurre al viento para replicarle
con las voces de un himno que se encumbra
a la luz del cenit, alma del día.

A nadie ha dicho
que vio pasar al blanco Misionero
anunciando un horrible Apocalipsis,
el hambre en las aldeas, y la guerra
de casa a casa, y la implacable peste
en las comarcas, y por fin, la Muerte.

A nadie cuenta
que en la guerra social contra los diezmos
y las primicias del 65,
en medio del horror de la ahorcancina,
colgaron de sus ramas con “bejucos
de corral” numerosos campesinos.

Menos revela
que vio un día pasar a Cinchonero
en una yegua negra, asustadiza;
al bandido en las gacetas oficiales;
al héroe en la leyenda de los llanos
narrada siempre en torno a las fogatas.

Nadie le arranca
la extraña relación de aquel hidalgo
que pidió esposa, resultó su hermana;
desesperado descendió a los vicios;
penitente fue a Roma y de regreso
alcanzó jerarquías obispales.

Mejor que sea así…
Que viva el tamarindo del Colegio
en el silencio oscuro del Asvata,
árbol cósmico de la India fabulosa,
alimentado de limos del abismo
y florecido de astros infinitos.

III

Quienes fuimos y seguiremos siendo
afirmativos en escuadrón de Ilíada
con el auxilio de este tamarindo,
sabio como Quirón, aquí aprendimos
a amar el cosmos, la vida multilátera,
la sociedad pugnante, el pensamiento
seleccionado, el ideal contemporáneo,
la acción creadora. Aquí nos inspiramos,
después nos despedimos entusiastas
para seguir sembrando el optimismo.

¿A qué buscar sistemas filosóficos
en los confines, en vuelos atrevidos,
tocando ínsulas, buscando continentes
donde hay sabios como constelaciones…?
Aquí Domínguez recordó a Lucrecio
en el prodigio del “Himno a la Materia”,
donde los cóndores de sus endecasílabos
dan fe de lo infinito y de lo eterno…
Y así la juventud halló el secreto
de la objetiva verdad del Universo.

¿A qué buscar doctrinas sociológicas
que impresionen por el atrevimiento
de sus nociones reales o ficticias
sobre el Género Humano en viaje siempre..?
Aquí Guillén Zelaya, augur y artista
en “La Espiral de la Historia” dejó dicho
que es el lucro el que engendra la discordia
y la funesta guerra de exterminio;
pero que un día acabará ese daño,
llegando a ser la Humanidad feliz.

¿A qué buscar el numen que estimule
la voluntad en otras latitudes,
si arriba alumbran las estrellas mayas
y abajo están los muertos inmortales..?
Aquí Turcios, poeta en prosa heroica,
con grito propio de jinetes ásperos
vivió exigiendo a la América Latina
acción conjunta, fuego endemoniado,
hasta abatir el coloniaje impuesto
por el imperio del dólar y el garrote.

He de agregar, la poesía es captación
de la belleza real de cuanto existe
en órfico movimiento permanente,
expresada en lenguaje esclarecido,
en polo opuesto a la fealdad profusa.
Ellos cantaron las formas, las esencias
de cuanto vuela en los días, en las noches.
Ellos, como los dioses, castigaron
a aquellos que traicionaron la Cadencia…
Ellos son los mentores… Alegrémonos
por conocer el arte de los rumbos.

IV

Amado tamarindo del Colegio,
que la salud te asista a toda hora
bajo este sol de alegre luz nativa,
sobre esta tierra de corrientes lácteas.
Necesario es que existas largamente
con tus cofres colmados de secretos
regionales que valen más que el oro.
Preciso es que domines los centenios,
Demócrito vegetal, maestro silente,
en medio de juventudes renovadas.
Debes llegar sin pactos como Fausto
a firme duración de largas épocas
para ver sociedades superadas.

Certidumbre

Por: Ángela Valle

Porque me cedes la palabra, digo:
nada es de nadie nunca. Y sin embargo
cómo nos afanamos todos, todos,
en retener, en poseer algo preciso.

Nadie es de nadie nunca, ni los hijos.
Ni el más cercano amor, ni el más lejano.
¡Y cómo nos besamos! ¡Con qué estrago
Se nos va incinerando en eso el cuerpo!

Él que me lo juraba, lo sabía.
Nada era de él, y nada mío
¡Y éramos aún dueños del infinito…!

Era tan sólo de los dos, la idea
devoradora, torturante y cierta:
¡Nadie es de nadie sólo que lo quiera!

Epitafio Para Nunca Morir

A Marco Tulio del Arca

Por: Ángel Rodríguez Rodríguez

No voy a martirizarme
sólo porque este sueño
se hizo pedazos.
Es cierto
que con tu paisaje
formé un castillo
que se convirtió
en la enredadera de mi esperanza;
aún así
siempre habrá un lugar
para comenzar de nuevo;
siempre habrá una mañana,
un sol,
una lluvia,
que hará germinar los lirios.
Hoy no te tengo
porque no pude
contener tus besos;
sé que te he perdido
para siempre;
pero siempre habrá una rama
para construir otro nido.

Poema 52, EL ROSAL DE MIS RECUERDOS, Ángel Rodríguez Rodríguez.

San Pedro Sula, Editorial PACURA, julio del 207, p.52.

Salutación a los Poetas Brasileros

Juan Ramón Molina

Para Flavio Luz y Elysio de Carvalho

Por: Juan Ramón Molina

Con una gran fanfarria de roncos olifantes,
con versos que imitasen un trote de elefantes
en una vasta selva de la India ecuatorial,
quisiera saludaros —hermanos en el duelo—
en las exploraciones por la tierra y el cielo,
en el martirologio de los circos del mal.

Mi Pegaso conoce los azules espacios.
Su cola es un cometa, sus ojos son topacios,
el rubio Apolo y Marte cabalgarían en él;
relinchará en los céspedes de vuestro bosque umbrío,
se abrevará en las aguas de vuestro sacro río,
¡y dormirá en la sombra de vuestro gran laurel!

Venir pude en la concha de Venus Citerea,
sobre el áspero lomo del león de Nemea,
en el ave de Júpiter o en un fiero dragón;
en la camella blanca de una reina de Oriente,
en el cuerpo ondulante de una alada serpiente,
o a bordo de la lírica galera de Jasón.

O en la fornida espalda de un genio misterioso,
o envuelto en la vorágine de un viento proceloso,
o de una negra nube en el glacial capuz;
en la aureola argentina de una luna de mayo,
asido del relámpago flamígero de un rayo,
o con los duendes gárrulos que juegan en la luz.

Mas, en Pegaso vine desde remotos climas,
—señor, príncipe, rey o emperador de rimas—
sobre el confuso trueno del piélago febril.
¡Salve al coro de Afiones de estas tierras fragantes!
¡A todos los Orfeos del país de los diamantes!
¡A todos los que pulsan su lira en el Brasil!

Tal digo, hermanos míos en la prosapia ibérica,.
Saludemos la gloria futura de la América,
que todas las espigas se junten en un haz.
Unamos nuestras liras y nuestros corazones,
que ha llegado el crepúsculo de las anunciaciones,
¡para que baje el ángel de la celeste paz!

Augurio de ese día se ve en el horizonte.
Hoy tres aves volaron desde un florido monte;
yo las miré perderse en el naciente albor;
un cóndor —que es el símbolo de la fuerza bravía—
un buho —que es el símbolo de la sabiduría—
y una paloma cándida —símbolo del amor—.

Dijo el cóndor, gritando: la unión da la victoria,
el buho, en un silbido; el saber da la gloria,
la paloma, en un arrullo; el amor da la fe.
Yo —que escruto el enigma de nuestro gran destino—
ante el casual augurio del cielo matutino,
siguiendo los tres pájaros en éxtasis quedé.

Pero Pegaso aguarda. Sobre su fuerte lomo
gallardamente salto en un instante, como
el Cid sobre Babieca. Me voy hacia el azur.
¿Acaso os interesa mi suerte misteriosa?
¡Buscadme en mi magnífico palacio de la Osa,
o en mi torre de oro, junto a la Cruz del Sur!

La Fiesta de San Juan

Garífunas tocando tambor

Por: Raúl Arturo Pagoaga

Baila el negro de Cristales
en la fiesta de San Juan,
pasa la danza caribe
por las calles, frente al mar
baja de los caribales
con tun tun de tambores
alboroto de colores
deja la danza al pasar
y se oye el canto que va
del tambor al cucutá.

Sus cuerpos saltan de gozo
¡Yamanuga! ¡Cucutá!
San Juan los llama congos
que son peces de alquitrán.

Negro, tambor y bambú.
Señor de la danza negra,
negro que danza en Trujillo
y grita en una honda U
y gruñe diciendo “millo”
Negro, tambor y bambú.

La gran fiesta de San Juan
trajeada de rojo seda,
va corriendo las calles
para cambiar por la danza
el brillo de una moneda.

Negro, tambor y bambú,
que va con su cumba ronca
ardiendo maraca al son
por espantar el tabú
que lleva en el corazón.
¡Negro, tambor y bambú!

Es la fiesta de San Juan
que viene del caribal
Señor del cucutá,
Señor del casabe y pan
que bajo el sol de Trujillo
bailando están,
bailando están.

Y baila, bailando baila,
con su ritmo de betún,
morenero de Cristales,
barracones de bambú.
Suena el tambor y la cumba,
las maracas epilépticas
y el grito hueco de la A…
Y se rompe el medio día
frente al espejo del mar,
una ronca gritería:
¡Yamanuga! ¡Cucutá!

Tomado del libro “Tres Ensayos Literarios”, por Raúl Arturo Pagoaga. Tegucigalpa, 1986.

Celos de Ñusta

Por Padilla Coello

Leopardesa del bosque tropical y salvaje
de la América libre hasta entonces, la Ñusta
recorría dichosa la amplitud del boscaje….
y era un ritmo de selva su cadera robusta…

No temía el encuentro del jaguar carnicero,
ni el silbido del boa sigiloso y traidor,
ni la astucia del tigre de la garra de acero,
ni del león el rugido que propala el pavor.

De la selva sonora, de la selva que sueña
con mil cosas extrañas de ilusión y locura,
era reina ella sola, ella sola era dueña
y jamás una sombra eclipsó su ventura.

En los templos del sol de los incas gloriosos,
en los templos que hablaron del progreso alcanzado,
la vestal de las selvas en los días fastuosos,
era el alma soberbia del soberbio pasado.

Cuando el sol del ocaso incendiaba el poniente
y de gárrulas voces se poblaba el ramaje,
era gloria el mirarla, voluptuosa y sonriente,
caminar como diosa al través del frondaje….

Tal la Ñusta serena de la boca escarlata,
de los senos pomposos y los ojos de sol:
era ninfa en las noches de la fuente de plata,
era diosa en las tardes de fastuoso arrebol…

Cierta noche ardorosa, noche blanca de junio,
toda paz y perfumes, toda cantos de amor,
a la luz misteriosa de un feliz plenilunio,
se encontró frente a frente de un gentil cazador.

Un cacique soberbio de mirada dormida,
musculoso y altivo como un dios tropical:
en su cuerpo de atleta palpitaba la vida,
en su boca de niño sonreía el ideal.

Y la Ñusta orgullosa de la boca de herida
que trataba a los hombres con desdén y frialdad,
ante aquella mirada soñadora y dormida,
se sintió dominada de una vaga ansiedad.

Quiso ser desdeñosa, quiso herir al temido
con su altivo desprecio, quiso luego gritar
mil injurias atroces al incauto atrevido;
mas de pronto se puso toda humilde a llorar.

¿Qué pasó en las entrañas de la Ñusta salvaje?
¿Y por qué su fiereza se trocó en mansedumbre?
Que lo diga la fuente, que lo diga el boscaje,
que lo diga la luna que atisbaba en la cumbre…

Ni ella misma lo supo… Sin saber como fuera
se sintió aprisionada por los brazos nervudos
y fue un beso de incendio la caricia primera,
de aquel bello salvaje de los ímpetus rudos.

Desde entonces la Ñusta de la boca escarlata
vibra sólo a los besos del gentil cazador,
y en las noches divinas, junto al lago de plata,
se adormece al arrullo de sus frases de amor…

Mas la dicha es un sueño que muy pronto se pasa;
hombres blancos y extraños de otra tierra lejana,
de otra ley y otra lengua, de otro dios y otra raza,
han hollado la tierra de la América indiana.

Y el rugido de guerra de los incas feroces
ha volado al instante por la selva sombría:
por doquiera tropeles de caballos veloces
y el espanto y la muerte por doquier día a día.

Muchos ya son los muertos en las filas rapaces
que arrebatan al indio su vivienda y su fuero.
Pero el blanco es más fuerte, y los incas audaces
han buscado en los bosques un refugio postrero.

Ya no tienen hogares, ya no es de ellos el suelo
que regara el sudor de sus frentes cetrinas;
son ilotas malditos, olvidados del cielo,
que disputan sus cuevas a las bestias felinas.

¡Pobrecita la Ñusta de la estirpe bravía!
Los extraños no sólo le han robado su hogar
con la turba invasora de españoles venía
una rubia muy blanca, con los ojos de mar.

Y el cacique altanero que no tuvo otro empeño
que matar invasores con sediento furor,
cuando vio a la española de los ojos de ensueño
se sintió poseído de un fantástico amor.

Ya su vida, antes libre, se ha trocado en infierno
y el amor de la Ñusta solamente le enfada;
se le ve siempre solo, cejijunto y enfermo,
atisbando los pasos de la nívea adorada…

¡Ah, la angustia secreta de la indiana princesa!
¡Ah, los celos feroces, que cual buitres hambrientos
destrozaban su pecho con rugiente fiereza
y trocaban su dicha en despojos sangrientos…!

Sin embargo, un reproche no salió de sus labios,
solamente en sus ojos un siniestro fulgor
descubría las ansias de vengar sus agravios,
como vengan las Ñustas las afrentas de amor.

Y una noche terrible de tormenta horrorosa,
se le vio como loca penetrar al poblado
que ocupaban los blancos; fue derecho a la choza
que habitaba la intrusa de cabello dorado.

Arrastróse en silencio como astuta serpiente
hasta el lecho, en que sola, sin temor, ni recelo,
reposaba tranquila, toda blanca y sonriente,
la infeliz española de los ojos de cielo…

En las selvas bramaba por mil bocas el trueno
y el boscaje azotado por feroz vendabal
sacudía la hirsutaa cabellera sin freno,
cual si fuera un proceso de la furia infernal.

Y a la lívida luz de un relámpago inmenso
vio la Ñusta los ojos de su odiada rival,
y acercándose suave, con el alma en suspenso,
apretando en sus manos un sediento puñal,

Dio dos tajos certeros en los ojos azules
que se hundieron por siempre en la noche falaz….
¡un inmenso gemido…. un desgarre de tules….
que cubrían el lecho…., un pavor… nada más!

Y la noche horrorosa que poblaba el boscaje
sólo vio una mujer, desgreñada y sangrienta,
que rasgó las malezas en carrera salvaje
y se hundió en lontananza con la negra tormenta.

Cuentan hoy muchas gentes que en las noches furiosas
cuando ruge y destroza el feroz vendaval,
se ve, en loco galope por las selvas frondosas,
un extraño fantasma con un rojo puñal.

Los Pinos de Honduras

Por Humberto Porta Mencos (guatemalteco)

Los pinos de Honduras son pinos añejos,
pinos de leyenda que miran muy lejos….

Son los centinelas de aquellas montañas
pobladas de humildes y antiguas cabañas,

montañas inmensas de esta ingenua Honduras
de fértiles campos y selvas oscuras.

Hay pinos enfermos, llenos de tristeza;
y pinos gigantes de una gran belleza,

pinos que pretenden con orgullo vano,
del azul espacio penetrar lo arcano.

Pinos que sintieron las certeras flechas
hundirse en sus troncos, o rodar deshechas,

en aquellas guerras; cuando las espadas
de los españoles quedaron manchadas,

con la sangre roja de esos aguerridos
indios, que murieron… ¡Pero no vencidos!

Los pinos de Honduras son pinos añejos,
pinos de leyenda que miran muy lejos….

Pinos que cubrieron ricas esculturas,
raras en sus formas y en cinceladuras:

esculturas hechas en la dura piedra,
las cuales hoy cubre medrosa la hiedra.

Pinos seculares, gentiles señores,
que vieron un día los conquistadores

pasar por los campos, persiguiendo reyes,
incendiando pueblos y violando leyes.

¡Hay…! También miraron, con doliente lloro
de los pobres indios repartirse el oro!

Los pinos de Honduras son pinos añejos,
pinos de leyenda que miran muy lejos…

Ahora es que he crecido, Madre

Por Clementina Suárez

Como cuando se llora porque se tiene que llorar
porque se tiene los ojos henchidos de lágrimas,
como cuando se grita porque se tiene que gritar
porque se tiene el pecho rebalsando de pena.
Como cuando se calla y el silencio es un río de angustias
donde la desesperanza es eterna.

¡Así madre! la pena en mi regazo
¡Así madre! el grito en mi boca
¡Así madre! la angustia estrujándome por dentro
¡Así madre! el dolor quemándome las manos
¡Así madre! mi protesta, mi ira, mi desolación.

Demás está que diga que yo haré el mismo viaje,
que nada se pierde en la nada,
que tú eres eminentemente cierta,
que estás a flor de piel en las cosas
con tus días y tus noches inolvidables.

Que yo puedo crecer a la altura de tu árbol,
ganar tu luz y tu bondad inmaculada.
Mi corazón queda intacto en el llanto
el pecho vacío no se consuela.

Y es que cómo puedo olvidar,
que tú eres la única capaz de quererme,
y además de guardarme y de resguardarme,
de toda intemperie
dentro de tu propio corazón.

Abro los ojos y te miro. ¡Qué ojos los tuyos Madre!
En tu empinada voz, en tu alta voz,
te escucho. Y comprendo
qué caminos de amor te hicieron perfecta, eterna,
por eso floreciste como la rosa
que manos amorosas le apartaron las espinas.

Pero en la vida mía, la de tu hija,
el cielo no se alcanza tan fácil.
La verdad del mundo le fue taladrando el pecho
en un dolor universal.