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Luis Andrés Zúñiga

Luis Andrés Zúñiga

Por: Marcos Carías Reyes

“Este gran don Ramón…” decía el enorme Rubén aludiendo al insigne cincelador de la prosa castellana; don Ramón María del Valle Inclán. Frente a la efigie de nuestros más aquilatados varones de pensamiento, exclamamos: este gran Luis Andrés del olímpico laurel.

Hélo aquí: en una pose aparece con el cabello desordenado y mostachos a lo Cyrano: en ésta, los laureles gallardamente conquistados adornan su cabeza de artista. Porque, eso es Luis Andrés Zúñiga. Un artista del verso y de la prosa: un artista de su propia vida y de su propio YO. Ese YO artístico que naufraga en los medios ignaros lo ha defendido con las armas que guarda en su panoplia filosófica y anímica. Lo ha conservado, quizás no intacto: o preso en un corateral, que ya no cabe en nuestros días esa posibilidad y está envejecida tal actitud, pero sí rodeado de los atributos que todo artista ha de poseer para serlo. Conste que no nos referimos a la caricatura del artista como podría llamarse esa colección de gestos artificiosos y de falsos ademanes, sino a las esencias íntimas que lo bañan y a las excelsitudes muy personales que lo distinguen.

En la quietud del claustro, dentro de ese silencioso recogimiento que invita a la meditación y al éxtasis, libre de cadenas la voluntad y de complicaciones la vida, el numen encuentra hospitalario alero para el vuelo suave, el hondo filosofar y la creación estética. Surgen así obras de serenidad y de beatitud y la emoción es cual río subterráneo, diáfano y tranquilo. “No refleja las selvas lujuriantes llenas de endriagos; ni se precipita enfurecido al vórtice de los abismos. Mas, esta existencia de cenobitas sólo algunos artistas la disfrutaron en la antigüedad; y en nuestra era es casi imposible, aunque no infecunda, pues si bien es cierto que el pulso de la Humanidad da la norma de las creaciones del pensamiento, también el silencio es generador de obras maestras. El artista ha de vivir en una continua vigilia; en un estado de alerta constante para que su numen no quede preso en la clásica torre de cristal, pero al, al mismo tiempo, ha de defenderlo de las bajezas y ruindades con que el contacto diario le amenaza. Para algo se es poseedor de un don especial— y cobardía moral, como defección estética, sería arrastrarlo por el cieno donde moran los espíritus mezquinos.

Este gran Luis Andrés, como el polifacético Heliodoro, han continuado siendo artistas en este mundo enfermo de secular neurosis. Más singular el caso del segundo ya que Heliodoro lleva en sus venas el vértigo cosmopolita y Luis Andrés se quedó en el “cuarto brujo” haciendo vida vernácula, mantenidas en alto sus calidades estéticas y filosóficas, pues Luis Andrés es un esteta y un filósofo.

Pequeño, esbelto, ágil, cimbreante cual un junco; erguida la cabeza, viva la mirada, elocuente la expresión, brummeliano el ademán, en Luis Andrés Zúñiga todavía vive el magnífico triunfador en los Juegos Florales de 1915, bello certamen digno de imitación; ejemplo de un alborear luminoso ¡lástima por fugaz! en la bruma. Nos parece verle aún, con los ojos del niño, cuando declamó sus versos, proclamando la Reina del torneo:

“Alba blanca, luz de aurora,
es vuestro nombre, Señora,
que al pronunciarlo ilumina,
un vocablo evocador,
nombre de gema marina,
nombre de perla y de flor.

Suave nombre, voz alada,
voz risueña y perfumada
que suena en el corazón,
cual melodioso oleaje
o como aura en el boscaje
que dijera su canción.
Noble Reina, soberana!
Cual la luz de la mañana
habéis podido reinar
sobre un mundo dilatado;
que hay margaritas del prado y
hay margaritas del mar”…

Llevando en alto la grímpola de “Los Conspiradores” entró en la hermosa batalla del poeta-dramaturgo; y salió del redondel con los laureles de la victoria. Un coro de hosannas jubilosos cantaría en su espíritu; y el artista hubo de experimentar el sabor de ese magnífico néctar que, llámese Gloria, Fama o Triunfo, produce tan maravillosas embriagueces, especialmente si se trata de una victoria del Espíritu, de una Gloria ganada por el cerebro. En “Los Conspiradores” desfilan nobles, plebeyos, aldeanos y militares. Se ve a intervalos la arrogante figura del General Morazán y se asiste a la derrota de la carcomida aristocracia que pretendía mantener sus privilegios; y amparar sus abusos en los escudos de los Aycinenas. Un bello episodio de aquellos tiempos en que se asistía al derrumbamiento de un orden social ya degenerado y entre los dolores y los espasmos del parto surgían nuevas concepciones ideológicas y renovadas arquitecturas políticas.

Así, Luis Andrés Zúñiga es dramaturgo, poeta, prosista, filósofo, fabulista y psicólogo, de la más alta calidad. Coloca en cimas deslumbradoras, entre fragor de truenos y relampaguear de Apocalipsis, los encendidos estandartes de sus “Águilas Conquistadoras”:

“Un día zarpó un barco de la vieja Inglaterra
Con rumbo al Occidente, hacia ignorada tierra
Que hallábase escondida tras las curvas del mar.
El barco iba cargado de tristes inmigrantes
De Quakers que iban a esas tierras distantes
A buscar una patria y formar un hogar.
Nuevo pueblo de Israel, de místicos guerreros
Que de su patria huyeron, con penates y aceros,
De su conciencia oyendo la imperativa voz! …
… Al fin sus ojos vieron una costa florida
Que en la América libre les reservaba Dios.
Como robusto roble que en un día creciera
Y que la vasta sierra con sus ramas cubriera
O singular producto de monstruosa aleación;
Lo que fue débil niño se tornó en gigante.
Esa mísera tribu, en la tierra pujante
Se tornó de improviso en pujante Nación.

Y así como es muy limpio al nacer el torrente
Y que al crecer enturbia su linfa transparente
Hasta que llega, enorme, pero sucio hacia el mar.
Así !oh Yanquilandia, hija de puritanos¡
Armadas nos enseñas las homicidas manos
Y nuestra noble tierra pretendes conquistar.

Se escucha un grito de águilas tras el lejano monte;
Los búfalos ya asoman por el vasto horizonte:
¡Son hijos de la bruma en las tierras del sol!
El quetzal ya revuela sobre la cumbre enhiesta
Y se escucha un rugir en la negra floresta:
¡Son los bravos cachorros del gran león español…”

Desciende en seguida de esa montaña, sobre la cual ha lanzado rayos fulminatorios contra la política imperialista que en un tiempo de ingrata recordación deshonró la memoria de Washington y de Lincoln y haciendo gala de un mimetismo encantador se transforma en el bardo enamorado que ritma suaves endechas pulsando las frágiles cuerdas del laúd en “Lucy”; vuelve a borbotar con renovados ímpetus el torrente de la sangre; cabalga velozmente la fantasía y allá va el poeta asido de las crines de un fogoso corcel, sobre los palpitantes belfos, en la “Canción de las Walkyrias”; fatigado de correr por esos alucinantes mundos de Sigfrido y los Nibelungos, trémulo todavía con el estruendo de la tetralogía wagneriana, el aeda refúgiase en un monasterio; encuentra la calma espiritual de un franciscano y su melancolía beatífica fluye en “Todo es Nada,” hasta que Mefistófeles llama a las puertas de la abadía que señalaremos como de la penitencia y de la meditación; y el bardo se incorpora recordando a Julieta y a Margarita, a Helena y a Eva; sale de su encierro y clama a un mercader:

“Anda a Golconda y tráeme, mercader trashumante
un collar prodigioso de amatistas y una
fabulosa sortija que corone un diamante
cuyas aguas contenga una enorme fortuna.

Tráeme nácares finos. De ese nácar triunfante mercader,
nunca olvides que el Ofir es la cuna:
De esas perlas tráeme, de epidermis radiante
cuya luz es hermana de la luz de la luna.

Y a esas cosas floridas —mi regalo de boda—
añade el oro del Rimac, si a tu gusto acomoda
y cofres ambarinos con sedas de Nipón;

que eso será tan solo lo que daré a mi amada,
a la que dar quisiera la Cólquide encantada
y el rico vellocino que enloqueció a Jasón..”

En ocasiones vaga por los bosques, halla paz en la vida oscura del campesino, pero la imaginación hierve:

“Dichoso leñador que en la montaña
estás en tu labor, entretenido
y a la luz de la tarde, ya rendido
regresas jubiloso a tu cabaña.

En tu alma limpia, a la maldad extraña,
no suena el eco del mundano ruido,
la eterna sinfonía del gemido
que el dolor de nuestra alma desentraña.
Pero esa dicha que en tu pecho alienta
no tiene mucha miel ni es luminosa
pues tu obscura ignorancia la sustenta.

Más vale el fuego de la lucha ardiente,
más vale nuestra vida tempestuosa
muy llena de dolor, pero consciente.”

lo cual no obsta para que se sienta “poeta y aldeano”; dialogue con las flores como Rouseau, se tienda a reposar a la orilla de los riachuelos como Tennyson y admire el cuadro patriarcal que ofrecen los bohíos.

***

Las “Fábulas” constituyen un capítulo muy singular en la obra de Luis Andrés Zúñiga, que no es vasta, sino selecta.

Modelos de ingenio, de agilidad y sutiliza psicológica; de prosa amena y castiza, en su género y en nuestro país, las “Fábulas” no tienen ascendencia, ni descendencia. Son únicas. Y como únicas, dueñas son del rarísimo don de la originalidad.

Si en sus poemas, Luis Andrés se revela como un inspirado portalira; y en sus ensayos, escritos en prosa marmórea por lo tersa y repujada, como un filósofo, en las “Fábulas” alcanzó una cumbre hasta la cual nadie ha ascendido ni antes, ni después de él. Y, tanto en unos aspectos, como en los otros, vive, aparece siempre el artista; el artista nato que hay en su persona, mientras el hombre camina con paso tranquilo por los ásperos senderos del mundo, con la íntima conciencia de su valía; y deja que a la vera del “cuarto brujo” corran tumultuosas las aguas de la vida, quizás saturado de aquella honda serenidad que conocieron los discípulos de Pitágoras.

Tomado del libro “Hombres de Pensamiento” por Marcos Carías Reyes. Segunda Edición, 2006.

Aníbal Delgado Fiallos

Aníbal Delgado Fiallos

Economista. Nació en Siguatepeque (1936). Durante sus años estudiantiles fue uno de los fundadores del frente de Reforma Universitaria. Catedrático universitario fundador del Frente Patriótico Hondureño. Pre-candidato presidencial por el Partido Liberal en las eleccciones de 1996. Obra: Honduras, elecciones 85 (1986); Lecturas de política (1993); Rosa: el político (1994). Rojo y blanco (1996).

Tomado del “Diccionario de Escritores Hondureños”. Por Mario R. Argueta.

Ver también: Entrevista de diario La Tribuna.

Carlos Alberto Uclés

Carlos Alberto Uclés

Carlos Alberto Uclés nació en Tegucigalpa el 5 de Agosto de 1854, de noble tronco y emparentado cercanamente por la sangre con don Marco Aurelio Soto y con don Ramón Rosa. Falleció en Tegucigalpa el 15 de Enero de 1942.

Don Carlos Alberto Uclés es uno de los exponentes más fulgorosos de nuestra literatura. Su vida no sufrió jamás los vaivenes de la incertidumbre, ni fue acosado nunca por la miseria. Nació, vivió y murió gran señor.

Se graduó Doctor en Derecho de la Universidad de Guatemala y regresó a Tegucigalpa, allá por el año de 80, cuando se lesgislaba y se reformaba al son de las liras endomingadas, y cuando Valle de Ángeles era el Petit Trianon de los escogidos.

Ninguno de los eminentes varones que formaron en los tercios del magnífico Marco Aurelio, había cumplido los cuarenta años, por lo que se puede afirmar, sin hipérbole, que las bases de la República fueron fijadas por las manos de una gloriosa muchachada.

En este ambiente de reformas y aristocratizante, el Doctor Uclés, como un árbol temprano, se alzó lleno de lozanía, floreció y cuajó el pulposo fruto. Eran los años del Romanticismo y nuestros poetas templaban sus liras según Musset, Víctor Hugo, Byron, Heine y Espronceda. Nuestro poeta, como un provenzal, hilvanó sus canciones y bordó madrigales y repujó sus castellanísismos romances. Asumió galantes posturas del más refinado rendimiento cabe al piano de la amada, y se murió de amor ante las rejas empapadas de luna y florecidas de claveles, tras las que soñaba la niña de azules orejas. Toda la poesía del bardo está saturada de romanticismo, sin que pueda otro cantor disputarle este puesto.

Pero el rebuscamiento acabó por ahogar sus afanes líricos, dejándonos de él nada más que el orador y el político.

Pocos años antes de morir, el Doctor Uclés recopiló y publicó su obra en dos volúmenes, tanto en verso como en prosa.

Tomado del libro “Páginas Hondureñas”, editado por Miguel Navarro Castro. Tegucigalpa, 1958.

Pompilio Ortega

Nació en La Libertad, Comayagua (1890), falleció (1959). Autor de: Nociones de agricultura. Tegucigalpa, 1921, El cultivo del café en Honduras. Tegucigalpa, 1946, Patrios lares. Tegucigalpa, 1946, y numerosas cartillas relativas al cultivo del cafeto. De acuerdo a José Reina Valenzuela, “dedicó sus estudios no solo al agro hondureño sino a recopilar sus tradiciones y leyendas, recogiendo pacientemente la música nacional en pueblos y aldeas para formar el alma musical de nuestro folklore”.

Tomado de “Diccionario de Escritores Hondureños”. Mario R. Argueta. Editorial Universitaria. U.N.A.H.

Juan Pablo Wainwright Nuila

Juan Pablo WainwrightNació en Santa Bárbara (1894), de padre inglés y madre hondureña, murió en Guatemala (1932). Graciela Amaya opinó de él así: “Luchador incansable, dedicó la mayor parte de su vida a la organización y educación de la clase obrera y a la propaganda de las ideas socialistas…” Alfredo Schlessinger sostiene: “En 1928 se inicia en las filas del comunismo que encuentra en él a su partidario más ferviente; se traslada a la costa norte de Honduras, donde organiza a los trabajadores; provoca huelgas violentas contra la United Fruit Company… logra fugarse y se traslada a Guatemala, donde trabaja de manera efectiva en pro del desenvolvimiento del comunismo, que tuvo en él a uno de sus elementos más destacados, más activos y más capacitados…”

Fue fusilado en Guatemala el 18 de febrero de 1932, acusado de realizar “una campaña de propaganda disociadora encaminada a sembrar la discordia entre el pueblo guatemalteco”. Citando a Schlessinger, Wainwright, en su breve vida, recorrió los Estados Unidos, México, Canadá (donde se alistó en el Ejército, combatiendo en Europa durante la Primera Guerra Mundial, siendo condecorado y recibiendo el grado de Teniente), para luego trabajar como marino. Al regresar a su país se dedicó al comercio, pero al ser perseguido por apoyar al Partido Liberal en la guerra civil de 1924, se dirigió a El Salvador en 1925, donde se casó y procreó dos hijas. En 1928 se inició en la militancia comunista, trasladándose a la Costa Norte hondureña donde organizó a los trabajadores bananeros y promovió huelgas, siendo apresado en el Castillo de Omoa, fugándose y trasladándose a Guatemala, viajando entre este país y El Salvador en actividades proselitistas, suponiéndose tuvo participación en el alzamiento campesino de 1932 en ese país, el cual fue violentamente reprimido por el Presidente Maximiliano Hernández Martínez. Al reingresar a Guatemala corrió la suerte arriba indicada. “Era un hombre silencioso, hosco, paciente y resignado: condiciones que parecen estar en pugna con su energía, actividad y dinamismo desplegados al servicio de una causa. Su mirada era fuerte y sugestiva, le ayudaba en su campaña propagandística para conquistar espíritus e influenciar a las armas, formando de cada convertido un sacerdote fanático del comunismo, del cual era un convencido y un creyente fervoroso”.

De él dijo Rafael Heliodoro Valle: “un hombre que supo entregarse íntimamente a su idea. Fue viajero Mosca en muchos ferrocarriles del mundo como si hubiera tenido pase en todos ellos; fue pescador en Alaska, cortó madera, fabricó carbón, sirvió de mozo de cordel en los hoteles y fue soldado en Canadá. Y un día volvió a su trópico de donde era, a luchar a brazo partido por la felicidad de los que, como él, han padecido miseria y tienen esperanza. Y fue agitador en las fincas de banano, provocó huelgas, sufrió cárceles, tomó parte en conspiración, y fue fusilado…”

Tomado del “Diccionario Histórico-Biográfico Hondureño”. 2ā Edición Aumentada. Mario R. Argueta. Editorial Universitaria. U.N.A.H.

Ramón Lobo Herrera: contra la violencia y la dependencia capitalista o comunista

Por: Augusto Irías Cálix

RAMÓN LOBO HERRERA fue una personalidad destacada de la intelectualidad olanchana, profesional del Derecho capacitadísimo, sentó cátedra como Maestro de Filosofía en el Instituto “La Fraternidad” de Juticalpa, donde con su palabra pausada y con principios afirmativos de un amplio conocimiento y dominio de la mayor parte de las ciencias del saber humano, supo incursionar en todas las líneas, tesis, teorías y corrientes ideológicas, filosóficas y sociológicas del conocimiento universal.

Este preclaro ciudadano fue un gran apasionado de los principios en que se sustentó la “Revolución Francesa”; intuyó que en tiempos no lejanos nuestro pueblo tendría que rebelarse contra la explotación de que ha sido víctima; primero, por los conquistadores españoles; después, por los ingleses que se apoderaron de las Islas de la Bahía y que incursionaron con corsarios y piratas para conquistar territorios y, por último, el colonialismo norteamericano que controla, domina, explota y limita nuestro desarrollo económico, imponiendo precios a nuestros productos de exportación que lindan con la limosna, con el aumento de intereses de préstamos leoninos que nos imposibilita pagar la deuda externa en la próxima centuria; igual con los altos precios de las importaciones de maquinaria y equipos sofisticados.

Rebatía, analizaba y sacaba sus propias conclusiones sobre las teorías y principios filosóficos sustentados por los clásicos del pensamiento universal; de lemas, teoremas, leyes físicas y metafísicas expuestas por las grandes lumbreras del pensamiento clarividente de personalidades como Sócrates, Aristóteles, Raimundo Lulio, Pericles, Demóstenes, Demócrito, Augusto Comte, Spinoza, Spencer y Ramón del Valle Inclán, etc., etc.

En su tiempo se materializaron los principios ideológicos del socialismo del judío-alemán Carlos Marx y su amigo Engels; comentó ampliamente todos sus criterios y fundamentos, y en muchos aspectos coincidió pero nunca estuvo de acuerdo en la conquista del poder por la violencia, al precio de la sangre y sacrificio de nuestros humildes compatriotas.

No estuvo de acuerdo con la dependencia de las grandes potencias que se disputan el control mundial y la explotación de las pequeñas naciones subdesarrolladas.

Discrepó de la dependencia norteamericana o “capitalista”, y de la rusa o “comunista”. Estuvo acorde con los cambios y conquistas sociales para mejorar las condiciones de vida de los hondureños; igual que coincidió con un socialismo humanizado, verdaderamente democrático, respetuoso a la justicia y garante de la vida y propiedades.

No comulgaba con el internacionalismo como forma de injerencia o intervención política y económica para acuerpar los intereses estratégicos de cualquier superpotencia. Propugnaba por un nacionalismo patriótico, que hiciera realidad la independencia y emancipación política y económica de Honduras.

Le tocó vivir en un período convulso de nuestra historia, en que se hacían revoluciones sin fines ideológicos y patrióticos, y únicamente para acuerpar las ambiciones de mando de grupos privilegiados, que deseaban usufructuar las alturas del poder y los beneficios económicos consiguientes.

Tuve la oportunidad de convivir con él en mi infancia, en su casa de Juticalpa, con una pared de por medio; tenía largas y profundas pláticas diarias con mi padre, el doctor Romualdo Irías Cálix. Sentía yo una profunda admiración por él, cuando expresaba sus autorizados y bien fundamentados criterios sobre diferentes aspectos de la vida nacional.

Cuando mi padre le hacía alguna pregunta, se concentraba, su rostro se ponía inmóvil y parecía que sus respuestas eran consultadas con los poderes y fuerzas cósmicas del universo.

Siempre he creído que el doctor Lobo Herrera tenía visión profética, que vivió en una época que no le correspondía, porque sus pensamientos se proyectaban con tal magnitud y fuerza, que vislumbraban la vivencia y realización de futuros acontecimientos.

Si hubiera nacido en un país europeo como Francia o Italia, etc., se le hubiera considerado como un genio o un predestinado; pero desgraciadamente las incomprensiones del medio ambiente y la ceguera intelectual de sus contemporáneos no supieron captar todo los destellos y las enseñanzas que se podían obtener de este ser superdotado y clarividente.

Su poder mental era tan grande y poderoso que no se podía circunscribir a nuestros límites físicos y astrales. De haber sido presidente de Francia, en la “Ciudad Luz”, a la que amaba tanto, casi como a Olancho, hubiera realizado profundas reformas sociales con proyecciones futuristas a nivel mundial.

Su vida se podía catalogar como la de un místico, atormentado, inconforme, inquieto, sofisticado, incomprendido y constante luchador por el perfeccionamiento espiritual y material del ser humano.

Gozó de una sólida posición económica que le dejaron sus padres; y su fama, como profesional del Derecho, le inundaron su bufete de tanto trabajo y que aunque le llenaban sus arcas diariamente le agotaron su resistencia y capacidad física.

Su hermano, FRANCISCO LOBO HERRERA, brillante juventud estudiosa, murió en acción de guerra en “El Corpus”, Choluteca, junto con POLICARPO IRÍAS MENDOZA, también intelectual de altos kilates y olanchano —hermano de mi padre—, luchando por redimir esta patria tantas veces mancillada por seudo demócratas, que en nombre de la libertad esclavizaban estos pueblos.

Su lápida funeraria bien podía llevar este epitafio:

“Aquí yace un hombre que con sus ideas, iluminó el sendero de la superación multilateral de sus conciudadanos”.

Tomado de La Tribuna, del 3 de septiembre de 1984.

Elogio a Medardo Mejía

Por: José María Palacios Mejía

Medardo Mejía

Por: José María Palacios Mejía

Frente a la entrada de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Carlos, en Guatemala, cuando salíamos de una de las actividades del Primer Congreso Centroamericano de Estudiantes Universitarios, que ahí se había celebrado, se encontraba un señor a quien yo no conocía. Uno de los compatriotas que estudiaba en esa universidad, dijo: “es Medardo Mejía”. Para entonces no había leído nada de él, pero sí era sabedor de quién se trataba, de su prestigio, de su renombre como escritor, como periodista, como poeta; en especial como un luchador por los derechos de los desposeídos del mundo. No pude dominar la emoción que me embargó, al sentirme frente a aquel hombre que desde muy niño había admirado, por las referencias que de él había escuchado de mi padre y de una tía, que lo conocían. De inmediato, me dirigí a él y saludándolo con la expresión —no sé de dónde me salió— de “hermano”, le di un abrazo; con las dos manos me separó, viéndome con sorpresa y casi como con burla, para luego preguntarle a una persona que lo acompañaba, “y éste que me está tratando de hermano, ¿quién es?”. Me sentí amohinado; él supo valorar el efecto que en mí había producido su actitud y, en un gesto muy cordial, me tomó del brazo y se interesó en conocer mi nombre, mi lugar de origen, en fin. Así principió una amistad que duró hasta su muerte. Antes de regresar a Honduras pasé a visitarlo en su lugar de trabajo e igual hice al año siguiente (1953), en tránsito hacia Rumanía, en donde tendría lugar otro evento estudiantil. En esta ocasión me obsequió su libro “Arévalo, el humanismo en la Presidencia”, primero de su pluma que leí.

Cuando él estuvo de nuevo en el país, después de la caída del régimen democrático del coronel Jacobo Arbenz Guzmán, en la que jugó un papel vergonzoso nuestro gobierno, fui beneficiario de su sabiduría, en las conversaciones en que yo prácticamente sólo escuchaba y preguntaba. Hubo una época en que me llegaba a la Imprenta La Democracia de don “Milo” Ayes, en donde con frecuencia encontraba a Medardo, y era, en realidad, un verdadero deleite y una oportunidad de aprender, escuchar los diálogos en que, con profundidad, abordaban los más disímiles temas, en especial los que hacían relación a los problemas del país, había ocasiones en que se referían a cuestiones jurídicas, entonces, con suma prudencia, me atrevía a meter baza.

El 20 de octubre anterior se cumplieron cien años de haber venido al mundo en San Juan de Jimasque, aldea del municipio de Manto, en Olancho. Con ese motivo, el último número —tal parece que ya no habrá más— de la revista de la Universidad Pedagógica Francisco Morazán que hasta esa edición dirigió el doctor Víctor Manuel Ramos Rivera, fue dedicado precisamente a tan ilustre olanchano. Y, también, la Secretaría de Relaciones Exteriores, con igual motivo, publicó un valioso libro, en el cual, así como en la revista, encontramos parte de su producción, en poesía, narrativa, ensayo, historia. Ahí volví a leer el estudio sobre el maravilloso poema de José Antonio Domínguez, “Himno a la materia”; volví a leer el “Canto a Victoria López”, y otros trabajos más. Por primera vez me encontré con el poema a Edgar Allan Poe, con la polémica entre Salatiel Rosales y el padre Augustín Hombach, sobre la teoría del autor de “Origen de las Especies” y de “Origen del hombre”. Me impresionó sobremanera su escrito autobiográfico “Refiere, Anisias, el paso de aquel milpero”. En cuanto a narrativa, me ha hecho reflexionar “La silla vieja”, tanto por el mensaje que contiene, como porque me ha hecho recordar un relato de José Saramago, intitulado “Silla”, que aparece en la obra “Casi un objeto”. El hondureño nos cuenta que “En el interior de la casa reinaba un silencio grande, grandísimo. A tal grado que dejaba oír el claveteo de la polilla en un libro desencuadernado”, el portugués nos habla de que la carcoma (un coleóptero del género hilotrupes o anobium) va royendo el asiento de Antonio Oliveira Salazar hasta que se desploma la dictadura que por treinta y seis años hizo sufrir al pueblo lusitano. Es impresionante ver cómo dos escritores, que en distintas épocas y en situaciones diferentes, teniendo la misma concepción del mundo y de la sociedad, manejan mutatis mutandis una temática similar.

Termino estas líneas haciendo memoria de una anécdota de la cual fui testigo. Durante algunos años tuve el honor de formar parte de la planta de maestros del mejor centro de educación comercial que, así lo creo, ha habido en Honduras, el Instituto Héctor Pineda Ugarte, dirigido por el el licenciado don Gustavo Adolfo Alvarado, maestro y caballero distinguido, respetado y querido por los estudiantes; y no sólo por ellos. Pues bien, la historia que quiero contar es la siguiente; una tarde, a la salida de clases, estábamos Don Gustavo Adolfo, algunos maestros y varios alumnos, en amena conversación, a la entrada del colegio; en esos momentos pasaba Medardo por la otra acera, frente a la Imprenta López, con su andar cansino; el licenciado Alvarado le preguntó a los estudiantes: ¿saben ustedes quién es ese señor? Los muchachos contestaron que no lo conocían; el maestro, entonces, les dijo, con mucho énfasis y en tono admonitorio: “Pues tienen el deber de conocerlo, ahí va el cerebro mejor organizado de Honduras, se llama Medardo Mejía”.

Tegucigalpa M. D. C., diciembre de 2007

Tomado de la “Revista de la Academia Hondureña de la Lengua”. Enero-junio de 2007.

En el brocal de los sueños

Por: Sara Rolla

Quebradas
las aristas del río
me instalé
en el brocal de los sueños.

Helen Umaña

Soy, aclaro, una decidida enemiga del biografismo. Sin embargo, hay circunstancias claves en ciertas vidas que no se pueden soslayar. En el caso de Helen Umaña, se trata de la marca definitoria del exilio.

Es necesario, por lo tanto, mencionar de entrada que Helen nació en Honduras, pero siendo muy niña su familia debió emigrar a Guatemala porque su padre era un ferviente opositor de la dictadura cariísta. En ese país creció, se educó y formó, con Francisco Aguilar, una bella familia con cuatro hijos. Pero el destino de su padre —además de su digna y valiente conducta cívica— habría de repetirse en ella, invirtiendo el itinerario. La infame “guerra sucia” la obligó a principios de los 80, a emprender, sola, el regreso a su tierra natal, que practicamente desconocía.

De esa experiencia dejan constancia muchos versos de su poemario Península del viento. Por ejemplo, “Exilio”, que apela a la consagrada metáfora kafkiana para testimoniar su doloroso extrañamiento:

En el nuevo espacio,
Gregorio Samsa
renace cada día.
(p.29)

Conoce la soledad a fondo:

Toqué los muros del silencio
y en carne viva me comió la soledad.
(p. 50)

Vive, en fin, su “temporada en el infierno”:

Pasé los nueve círculos.

Dejé el polvo de mis huesos
en la espiral hacia el abismo.
(p. 57)

Pero, poco a poco, esta tierra la fue reconquistando. Percibió que la realidad social y humana era, en el fondo, la misma (“El mismo dolor/ el mismo cielo indiferente.”, p. 58). Surgieron lazos afectivos que paulatinamente fueron neutralizando la angustia inicial. Y en ese proceso, juega un papel esencial su vocación. Descubre la literatura hondureña, un territorio por entonces casi inexplorado por la crítica, y empieza su vasta labor ensayística en esta especialidad (al principio, terapia; luego, obsesión).

Poco a poco se va adentrando en las letras de Honduras, con “densidad conceptual, rigor analítico y afán comunicativo” (Ramón Luis Acevedo), a lo que se agrega “la finura de su estilo” (Humberto Senegal). Primero, lo hace a través de ensayos independientes, a veces agrupados por lazos temporales o de género (Literatura hondureña contemporánea, Ensayos de literatura hondureña, Narradoras hondureñas, Francisco Morazán en la literatura hondureña). Después, siguiendo un criterio historiográfico que, unido a la sistematización genérica, la lleva a ofrecer, paulatinamente, lo que considero las piezas de una vasta y completa (y tan necesaria) Historia de la literatura hondureña (Panorama crítico del cuento hondureño, La novela hondureña y La palabra Iluminada). A todo ello se suma el esfuerzo didáctico por difundir las letras nacionales, plasmado en Literatura hondureña (textos escogidos), una selección de obras representativas de los distintos géneros acompañada de guías de aprovechamiento, y su reciente antología de microrrelatos titulada La vida breve. Asimismo, trabaja, desde hace tiempo, sobre la literatura infantil de Honduras y tiene proyectado ocuparse del teatro.

Claro que dejamos de mencionar tantas otras luchas quijotescas de Helen (usando el adjetivo en su dimensión más luminosa), traducidas en revistas, suplementos periodísticos, página web, charlas, talleres, etc. Todo esto, a lo largo de unos veinticinco años, en que Helen, ya irreversiblemente enamorada de este suelo y su gente, ha repartido su vida entre sus dos patrias, cruzadora incansable de la frontera con un posible record Guinness. Siempre añorando el regreso al hogar y siempre postergándolo en aras de la culminación de ese titánico y solitario trabajo. Tratando de compaginar su labor docente con la investigativa. Aferrada a ese obstinado esfuerzo lleno de dificultades y carente de apoyo institucional, pero cuyos resultados poseen un valor cultural e histórico inestimable.

Helen ha ejercido en Honduras —dentro y fuera de las aulas— un magisterio de una proyección enorme. Digna, perseverante y sensible, invaluable como persona y como intelectual (dos categorías que no siempre corren parejas), hace honor a esa denominación —en realidad, divisa— que preside su correo electrónico: helenhumana.

Nota: las citas de poemas corresponden a: Helen Umaña, Península del viento. Guatemala, Letra Negra, 2004.

San Pedro Sula, marzo de 2007

Tomado de la “Revista de la Academia Hondureña de la Lengua”. Enero-junio de 2007.

Datos curiosos sobre Manuel Zelaya Rosales

  1. Su nombre completo es José Manuel Zelaya Rosales, pero es conocido en Honduras como “Mel Zelaya”. El nombre José se omite por ser extremadamente común.
  2. El padre y abuelo de Manuel Zelaya llevaban su mismo nombre: José Manuel Zelaya.
  3. En Olancho, el abuelo de Manuel Zelaya era conocido como “Melón”, el padre como “Mel” y él mismo como “Melito”.
  4. El padre de Manuel Zelaya era derechista, simpatizaba con los regímenes militares, y prestó su hacienda para el asesinato de un grupo de campesinos (masacre de Los Horcones). Estuvo un tiempo en la cárcel y fue liberado por un indulto de la Asamblea Nacional Constituyente.
  5. Manuel Zelaya asegura ser ganadero, pero en realidad se dedicaba como su padre a cortar madera: era un maderero.
  6. Manuel Zelaya asegura ser originario de Catacamas, Olancho, pero en realidad es de Lepaguare, Olancho.
  7. Olancho es una región de Honduras a la que algunos comparan con el Viejo Oeste norteamericano, pero que tiene influencia del folklore mexicano.
  8. La música preferida de Mel son las rancheras, y aprendió a tocar la guitarra desde joven. Él ha hecho de su bigote, el sombrero stetson y las botas tejanas parte de su identidad.
  9. Zelaya empezó a estudiar ingeniería civil, pero pronto se retiró. Nunca culminó una carrera universitaria.
  10. Zelaya se casó con una prima en segundo grado: Xiomara Castro. Fue un matrimonio arreglado. Su suegro tiene nombre de mujer: Irene.
  11. Zelaya empezó su carrera política como miembro del Partido Liberal, de tendencia algo conservadora. A Zelaya nunca se le conoció como un político de izquierda hasta que estuvo en la presidencia.
  12. Zelaya, siendo diputado del Partido Liberal en los años 80, se opuso a las pretensiones continuistas del presidente Roberto Suazo Córdova, y se solidarizó con el narcotraficante Juan Ramón Matta Ballesteros cuando éste fue expulsado ilegalmente del país.
  13. Zelaya fracasó en su primer intento por obtener la candidatura presidencial del Partido Liberal. El movimiento interno que él presidió se conoció como Movimiento de Esperanza Liberal (MEL).
  14. Mel dijo en diario La Tribuna que le gustaría reencarnar en un potro olanchano.
  15. Zelaya, siendo presidente, iba a las ferias de los pueblos, y desfilaba en ellas montado en su caballo Coffee.
  16. Zelaya es aficionado a las motocicletas Harley Davidson.
  17. Relación con Micheletti: Antes de iniciar su gobierno, Zelaya gestionó para que Roberto Micheletti fuera presidente del Congreso. Micheletti fue el que le impuso la banda presidencial a Mel. Zelaya también apoyó a Micheletti en su aspiración de ser candidato presidencial.
  18. Zelaya apareció comiendo melón en CNN, para desmentir problemas fitosanitarios.
  19. Siendo presidente de la República, Zelaya se auto-nombró gerente de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica por corto tiempo.
  20. Zelaya entregó a los militares la dirección de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica por corto tiempo.
  21. Zelaya dio de que hablar con sus extravagancias durante su gobierno: cantaba acompañado de su guitarra en reuniones políticas, les dedicaba canciones a sus críticos, voló en un avión F5 por diversión, cantó con los Tigres del Norte, y estuvo a punto de ahogarse al sumergirse en traje de buzo en el mar.
  22. Hugo Chávez bautizó a Zelaya como “comandante vaquero” en la ceremonia de adhesión al ALBA en Tegucigalpa.
  23. Zelaya ordenó que cuidaran a un burro en la casa presidencial para regalárselo a un cacique indígena. Él bautizó al burro como “Palmerolo”, haciéndo referencia al aeropuerto Palmerola de Comayagua.
  24. Zelaya ordenó que los militares construyeran el nuevo aeropuerto de Palmerola.
  25. Zelaya olvidó el Padre Nuestro mientras rezaba en público por un un periodista secuestrado.
  26. Se dijo que habían sacado en pijama a Zelaya en el golpe de Estado, pero en los videos se puede observar que usaba una camiseta blanca con cuello en forma de V sobre una camiseta gris. Los militares dijeron que él había salido con su vestimenta normal.
  27. Antes del golpe de Estado, en las frecuentes cadenas nacionales que convocaba, Zelaya daba la impresión de estar drogado.
  28. Al principio del golpe se dijo que Zelaya había firmado una carta en la que renunciaba a la presidencia por problemas de salud mental. Zelaya negó haber renunciado.
  29. Zelaya le dijo a Obama que si él tenía la voluntad, lo podía restituir a la presidencia en cinco minutos. Obama respondió que “él no podía apretar un botón y restituir a Zelaya”.
  30. Después del golpe se descubrieron unas estatuas que Mel había mandado a hacer de sí mismo.
  31. En una asamblea de la ONU Mel se refirió al primer ministro de España como “Felipe Rodríguez Zapatero”, cuando su verdadero nombre es José Luis Rodríguez Zapatero.
  32. En una visita a México, Zelaya dio a entender que el presidente legítimo de México era Andrés Manuel López Obrador, aunque luego trató de negar lo dicho. Después de ser recibido como jefe de Estado, la manera en que se le sacó de México fue un tanto vergonzosa.
  33. Unos meses después del golpe, Zelaya entró secretamente en Honduras y se refugió en la embajada de Brasil, con la esperanza de iniciar una revuelta popular que lo retornara al poder, pero fracasó en su intento, por falta de apoyo popular. El presidente electo después del golpe, Porfirio Lobo, decidió sacarlo de su encierro por medio de un salvoconducto.
  34. Durante su encierro en la embajada de Brasil, Zelaya llegó a imaginar que lo atacaban con gases tóxicos, y que utilizaban tecnología israelita para torturarlo psicológicamente por medio de vibraciones de alta frecuencia.
  35. En su exilio en la República Dominicana los gastos de su estadía corrieron por cuenta del gobierno anfitrión. Zelaya pasaba los días tocando guitarra, jugando ajedrez y navegando en Internet.

Las narraciones del Ing. Pompilio Ortega acerca del Padre Subirana

Principia el Ing. Ortega con “El Misionero”, en el que afirma: “Tenía que suceder”, dicen las viejecitas. “Así lo anunció El Misionero”, sin admirarse de lo que ven, pues aseguran que todo lo que sucede fue profetizado por él, y que todo cuanto dijo era la purísima verdad…. Este hombre tenía un poder de atracción extraordinario y por muchos motivos puede colocársele entre los humanos de espíritu vidente, que tienen el don de profetizar y adivinar lo que ha sucedido…”

Entre las historias cuentan las siguientes:

“El Misionero y Ña Leona.”

Esta señora había seducido a un hombre casado, con quien vivía maritalmente en Opoteca, Depto. de Comayagua. Al llegar el Misionero, ella se alejó del lugar… Cuando iban para otro lugar el Misionero dijo a los acompañantes: “tened cuidado, que pronto nos encontraremos con una pantera: es una leona”. Por la vuelta del camino vieron asomar a Ña Leona, que venía de huir. Allí viene, dijo el Misionero, y se quedó en silencio hasta que ella estuvo cerca. “Mujer, le dijo: no mal te pusieron Leona”. La señora le pidió perdón. “Anda, le dijo, devuelve su marido a aquella mujer y su padre a aquellos hijos”.

“El Misionero y el hechicero”.

En el pueblo de Ojos de Agua, Depto. de Comayagua, había un hombre a quien todos temían porque practicaba la Magia Negra y era hechicero en toda forma. Dicen que iba a la iglesia a solas para cortar pedacitos a la piedra de Ara; que se hacía lechuza, coyote y hasta hormiga; era, en una palabra, el terror de aquellas sencillas gentes… Gracias a la intervención del Misionero, el viejo dejó las hechicerías.

“Profetizó la venida de extranjeros”.

“No pasarán cincuenta años”, les decía, “sin que este bello país de ustedes sea invadido por extranjeros de todas las naciones de la tierra: los sajones, los chinos y los judíos serán los primeros. Aseguren sus propiedades ejidales para que siempre tengan donde trabajar en común; porque los dueños de los terrenos los venderán a los extranjeros a cambio de oro. Uds. se descuidan, por la facilidad con que viven, pero día vendrá en que todo será distinto; necesitarán mucho dinero para sostener la vida, y eso lo obtendrán a cambio de sus fértiles tierras, que pasarán a poder del extranjero. Trabajen y dejen los vicios para que no vallan a perder su bella tierra”.

“El Misionero y los Indios”.

Donde fue verdaderamente admirable el Misionero, fue en la región de Yoro y Olancho, con los indios xicaques y payas. Por miles bajaban hombres, mujeres y niños a donde él estaba, para ser bautizados. Unos decían que venían a donde él porque habían soñado, otros porque lo habían adivinado, otros porque veían a sus amigos venir hacia él, y así por el estilo.

El misionero les enseñó a vestirse, a leer y a creer en Dios. Cuentan que cuando quiso bautizar al cacique Cohayatlbol, éste y el sacerdote tuvieron una larga discusión. El cacique le decía que a él le convenía creer en Malotá (Dios del Mal) mas que en el Dios de los cristianos, porque el primero nada le prohibía, mientras que el segundo le restringía sus derechos. El Misionero hizo que le diera un fuerte dolor de cabeza y después le preguntó: ¿Te ha dolido la cabeza alguna vez? —En estos momentos me duele más que nunca, dijo el cacique—. Si te dejas bautizar, agregó el Misionero, ese dolor se te quitará inmediatamente. Cohayatlbol se admiró tanto de aquel milagro, que le dio permiso para bautizar a toda su gente. Esto sucedía en las proximidades del nacimiento del río Cuyamapa. En un bello paraje al pie de las montañas de Pijol: extensas sabanas verdes, pinares espesos combinados con los bosques de liquidámbar; todo fragante, fresco y vivificante. En este lugar se encuentra la aldea de Subirana, para cuyos habitantes el recuerdo de aquel hombre constituye la mejor página de su historia.

EL MISIONERO CASTIGA A UNA MUJER DESNATURALIZADA

Terminada la misa, pues no hubo sermón, llamó a una señorita de aquel pueblo por su nombre. “Fulana de tal pase a las gradas del altar”, dijo el Misionero, sin bajarse del púlpito. Esta obedeció. El Misionero dijo a los fieles que lo siguieran y toda la procesión se dirigió a unos cerros vecinos; llegando por fin a un sitio pedregoso… El Misionero, dirigiéndose a la desfallecida mujer, le dijo: “Levanta esa piedra”. La mujer no podía levantarla… El Sacerdote le dijo: “Ayer tuviste fuerza para colocar esa piedra donde está y hoy no la puedes levantar, haz un nuevo impulso, pues Dios quiere libertar tu conciencia y salvar a este pueblo de un gran peligro”.

La mujer levantó la piedra, bajo la cual estaba enrollada una enorme culebra. Tómala en tus brazos, dijo el terrible juez… Tan pronto como el diabólico animal estuvo en sus brazos, levantó la cabeza que se prendió en uno de los pechos de la señora.

“Todos a la iglesia”, dijo el Misionero y entonces la procesión fue encabezada por la señora que amamantaba la serpiente. Cuando estuvieron de regreso, el padre ordenó a la señora que colocara la culebra en una esquina del templo, y principió un sermón en el que condenaba la conducta de ciertas mujeres que por salvar efímeras apariencias sociales, asesinan a los hijos… Al terminar, se dirigió a la señora en estos términos: “Toma tu hijo. Vete a darle sepultura en el lugar donde se entierra a los cristianos y da gracias a Dios, que por mi medio te has librado de la vida de amargura que te preparaba tu conciencia”. La estupefacción fue general cuando al dirigir las miradas hacia el lugar donde habían colocado la culebra, vieron a un niño con moretes en la garganta, estaba muerto, manos infames lo habían estrangulado…

“El Misionero en Esquías”.

Llegó a hospedarse en casa de Escolástica Flores. A poco de haber llegado, llamó a la señora y le dijo: “Tu hija Clara ha sido invitada para un baile esta noche, ¿verdad?”. Sí, señor, contestóle Escolástica. “Pues no la dejes ir”, terminó el Misionero. La muchacha fue al baile, sin que lo notaran. El Misionero le dijo a la señora Flores: “Prepárate para entre nueve meses”, y así fue.

El Misionero y la Legión.

En una ocasión dijo a los habitantes de Esquías, que en aquel lugar había una legión de espíritus malos; que era necesario hacer una plegaria general para conjurarla, que todos los vecinos fueran a la iglesia al siguiente día. En el momento en que el Misionero hacía la imprecación, oyeron un ruido semejante al retumbo de un volcán que hace erupción y se sintió un fuerte temblor de tierra…; pero a una palabra del Misionero todo quedó en calma…

“Apersoga una mujer en la plaza”.

Existía en aquel pueblo una señora casada que había abandonado a su marido para irse a vivir en concubinato con su padrastro. El Misionero la mandó a llamar, y como ella negara lo que hacía, dando muestras de disgusto y falta de respeto, el Misionero la mandó apersogar en el centro de la plaza, diciéndole: “Bestia humana, así permanecerás esta noche, y ya verás lo que está reservado para todas las de tu clase”. A eso de la media noche se desató un huracán horroroso… Al día siguiente vieron a la mujer, ya sin el lazo, dirigirse a casa de su marido, sin explicar a nadie lo que había visto en aquella horrible noche.

“Como aquél que multiplicó los panes”….

En la aldea de Rancho Grande, entre Esquías y El Espino, existía el rancho público más grande de la vía. Al llegar a este lugar el Misionero, quien por mucho tiempo fue asistido por el señor José de la Cruz Hernández, vecino de El Espino (San Jerónimo, Depto. de Comayagua), oyó que éste le decía: ¿Qué haremos con toda esta gente en este lugar donde no hay dónde comprar comida? —“¿Qué tienes en la cocina nuestra?”, le preguntó el Padre. “Nada más que un poco de arroz”, replicó el cocinero. “Pues ponlo a cocer y les das”, y continuó aquél, al parecer ignorante que el arroz no era más que unas cuantas puñadas. El cocinero lo puso a cocer, y todos comieron, sin que faltara para nadie.

“El novio que intentó engañar al Misionero”.

Lo que era de cajón en cada lugar donde el  Padre Subirana llegaba, eran los casamientos. Ruedas interminables de contribuyentes, viejos y jóvenes… El ciudadano Domingo Cruz, abuelo materno del profesor Augusto Urbina, formaba parte de una interminable rueda de aspirantes a matrimonio, en Sulaco. Contaba el señor Cruz que al llegar con la vista hasta donde cierto sujeto, le dijo: “Esa no es la que será tu esposa, anda y entrega esa niña a sus padres y vuelve mañana con fulana de tal, a quien debes tomar por esposa. ¿Qué creías que iba a hacer ella para criar esos cuatro hijos que con ella tienes? El mencionado sujeto obedeció.

“La ciudad subterránea”.

A muy avanzada edad murió hace pocos años don Francisco Durón, hijo de don Lucas, el mismo de los Guacos. Contaba don Chico que su padre había ido con la comitiva de cueveños, hoy trinitecos, a dar un paseo por una ciudad subterránea cuya entrada se abría al lado norte del cerro Casque, invitado por el Misionero Subirana. (En el Depto. de Comayagua).

“Admirables consejos”.

Lo primero que el Misionero Subirana hacía al llegar a un pueblo, era aconsejar a sus habitantes que permanecieran en él, si le parecía situado en un buen lugar, o que le abandonaran si adivinaba un futuro peligroso. Muchos pueblos se cambiaron de localidad y otras tantas aldeas se fundaron por su iniciativa.

La muerte del misionero

Para morir, el Misionero Subirana escogió la casa de un enemigo suyo. Cuentan que en las proximidades de Santa Cruz de Yojoa, vivía un hombre para quien el nombre del Misionero era una continua pesadilla. Siempre hablaba mal de él y terminaba diciendo: “Le odio, le odio; si le viera de cerca acabaría con él”.

El Misionero dijo a sus indios que les dejaría porque ya se acercaba el fin de su vida y le faltaba que hacer una conquista. Ellos lloraron su ausencia por largo tiempo.

Llegó a la casa de su gratuito enemigo, y en cuanto lo vió, lo llamó por su nombre, diciéndole: — “He escogido tu casa para pasar los últimos momentos de mi vida sobre la tierra, que por cierto ya están muy cerca”. El hombre olvidó completamente su odio y prodigó al Misionero toda clase de atenciones.

“La Fuente de Subirana”.

El último milagro que hizo estando en esta vida aquel hombre extraordinario, fue cerca del lugar donde murió en El Potrero de Oliva. Cuentan que el antiguo enemigo en cuya casa se hospedaba, se disgustó por la aglomeración de gente en su casa, especialmente porque el agua les quedaba lejos. Al notar eso, el Misionero le dijo: “No te apures por eso, que de dejaré una fuente aquí cerca de tu casa”, y saliendo al campo, escarbó el suelo con el dedo y de allí brotó una fuente de agua… Es la Fuente de Subirana….

“Palabras y Sonrisas, una semana después de muerto”.

Cuando su última hora fue llegada, dijo al nuevo amigo que su deseo era que su cuerpo fuese enterrado en la iglesia de la ciudad de Yoro. Una inmensa procesión de indios vino de todas aquellas montañas a cargar los queridos restos. Cinco días duró el viaje y era sorprendente la liviandad del ataúd. A pesar de que esto sucedió en la época de lluvias ni una gota de agua cayó donde ellos iban; los aguaceros caían a su alrededor, pero nunca sobre los que lo llevaban, y el cuerpo del Misionero, en vez de descomponerse como los otros humanos, despedía un perfume de rosas. Entre llantos y frase cariñosas, entró aquella procesión fúnebre en la iglesia de Santiago de Yoro. El cura de la parroquia hizo abrir el ataúd para ver por última vez el rostro de aquel hombre maravilloso, dando en sus labios inertes un suave beso de despedida. El Padre Subirana abrió los ojos y con una sonrisa en sus labios yertos, le dijo: “Siete años después de haber depositado mi féretro en esa fosa abrirás mi sepulcro y encontrarás un tesoro”. Y cerró sus ojos azules, esta vez para siempre.

“Guacos en una procesión funeraria”.

La parte cómica en las tradiciones que con tanta veneración recuerda nuestro pueblo acerca del Misionero Subirana, la forman las inevitables orejeadas que daba a los amigos de la Magia Negra. “Mi tata quien sabe que tenía, no ve que él fue uno de los que orejeó el Misionero, por brujo, y eso de los guacos en su entierro, nada que me ha gustado”. Este era el epílogo de un cuento que una buena señora contaba a mi madre, cuando yo todavía era un muchacho.

“A principios de este siglo [XX] murió en el caserío de la Meseta (La Trinidad, Depto. de Comayagua) un anciano a quien yo conocí… Desde que don Lucas entró en el período de agonía, principió a reunirse gran número de guacos en la arboleda vecina, poniendo una nota casi tenebrosa con su agorero canto: “ya ca-bó…… Ya ya ya cabó”. Aquellas aves no se retiraron hasta que salieron con el difunto para enterrarlo en el cementerio de pueblo, y los guacos volando de rama en rama acompañaron la procesión fúnebre, o mejor dicho formaron otra que en vez de caminar por el suelo, volaba por el aire, y los macabros graznidos no cesaron hasta que el difunto fue cubierto de tierra… El guaco nuestro es el mismo Yacabó del Orinoco, especie de gavilán….

Fuente: Patrios Lares, por Pompilio Ortega. Visto en El Misionero Español: Manuel Subirana, de Ernesto Alvarado García. 1964.