Archivo de la categoría: poesia

Mi Madre Campesina

Por Raúl Gilberto Tróchez

Mi madre campesina soñaba en el maíz
que va cayendo al surco cuando el invierno llega;
cuando, amorosamente, la linfa que lo riega,
vuelve a la fronda verde y al pájaro feliz.

Mi madre campesina, ¡Cómo aprendió a querer!
con gratas sinfonías de prestos aguaceros;
con pecho atormentado de alondras y jilgueros
que desgranaban trinos en cada amanecer.

Mi madre campesina tenía la dulzura
del fruto que se pinta del sol canicular;
del monte a las estrellas, no conocía el mar,
pero Ella era otro mar de amor y de ternura.

El agua de la fuente copió su imagen bella;
—su agilidad de garza con traje dominguero—;
allí se vieron juntos la estrella y el lucero
con el afán celeste de competir con ella.

Crujió la grama verde bajo su pie desnudo
que iba tomando el rosa de la distante aurora;
así, despreocupada, alegre y soñadora,
la halló el amor primero con su lenguaje mudo.

Mi madre proletaria, no tiene aquel tesoro
que trajo de la aldea, y hoy, vive del recuerdo,
con la única tristeza, de un hio que no es cuerdo
porque hace madrigales bajo las tardes de oro….

Agora y’es tarde

Por Daniel Laínez

Eran bien fundaos todos mis temores;
que vayan al diantre todos los dotores
con sus polquerías, que agora y’es tarde…
Agora y’es tarde,
querida hermanita,
ya duerme pá siempre nuestra magrecita…
Botá toititas esas medecinas;
guindá de la puerta las negras cortinas;
pero antes de todo
ayúdame a vestirla de cualesquier modo…
pongámosle aquella brillante camisa
que trujo del pueblo en la feria pasada,
aquella camisa
de seda floreada.
Pongámosle aquellas enaguas de lana
que el día é su santo le trujo ña Juana;
y el escapulario,
y aquel collarcito de negros pacones
con qu’ella mesmita rezaba el rosario
a toitos los santos de sus devociones…
Bien te lo decía
que al brincar la luna se nos morería…
ya lo presentía,
querida hermanita,
ya lo presentía….
La gallina zapa toitita la noche pasó cacareando
Que triste cantaban los gallos en los corredores….
Toitita la noche
pasaron cantando,
toitita la noche….
¡Qué noche tan triste, tan larga y oscura!
Mi cuerpo temblaba de justos temores,
pos ya presentía
que al brincar la luna se nos morería….
¡Sé juerte, hermanita, no seas cobarde!
yo voy ora mesmo a’brir la sipultura….
y si acaso se asoman po’ aquí los dotores,
deciles llorando qu’agora y’es tarde….
¡Que vayan al diantre con sus medecinas!
Deciles qu’ es tarde, querida hermanita….
¡que duerme pá siempre nuestra magrecita!

Jazmines del Cabo

Por: Rafael Heliodoro Valle

¿Por qué causas misteriosas
la música de un violín
o el perfume de un jazmín
nos recuerdan muchas cosas?
Sortijas de aguas preciosas,
pañuelos de raso y tul,
cartas dentro de un baúl,
valses del tiempo pasado,
y lo del cuento azulado:
“Este era un príncipe azul”.

Esa flor nítida es una
cosa de la primavera:
un jazmín que ella nos diera
en una noche de luna.
Quién sabe por qué fortuna
esa romántica flor
puede expresar el temblor
sutil que en el alma vive,
eso que nunca se escribe
en una carta de amor.

Suave la hacen los cariños,
triste las penas secretas,
y la arrancan los poetas
y la deshojan los niños.
Si está sobre los corpiños
su perfume nos evoca
el beso, cuya miel loca
deja sobre el corazón
la inefable sensación
de una hostia en la boca.

Cuando en los días primeros
se conjuga el verbo amar
sus flores en el solar
se abren a los aguaceros…
Días tibios y ligeros,
días de balcón y esquela
de rondar la callejuela
y de escribir madrigales;
páginas sentimentales
de nuestra mejor novela.

Días de embriaguez divina,
—todo por unas pestañas—
cuando se ven las montañas
coronarse de neblina.
Cuando hay una bandolina
temblando ante rejas raras,
cuando se cunden las varas
de jazmines y de rosas
y parecen más hermosas
las noches frescas y claras…

Y cuando el alma, en su brío,
lo que tiene el jazmín toma:
si al abrirse, riega aroma,
si al sacudirse, rocío.
Si alguien nos dice “eres mío”
todas las cosas son bellas,
y nuestras móviles huellas,
de pálidos soñadores
van sobre puentes de flores
y bajo palios de estrellas.

Entonces en giro blando,
son —envueltas en aromas—
hacia el viento las palomas
jazmines que van volando…
En esos días­ es cuando
tenemos palacios reales
con terrazas de cristales
y bruñidos pavimentos
y son de verdad los cuentos
de los reyes orientales.

Jazmines de sedas finas
y de carnes aromosas,
y más buenos que las rosas
porque no tienen espinas.
Platas de fragantes minas,
incensarios de placer,
novios para la mujer
sin novio que haga canciones,
quieren como corazones
cuando se dan a querer.

Y aquellos de la sumisa
edad cuando nos ensalma
la novia, el jazmín del alma,
la hostia, el jazmín de la misa.
Y los que peina la brisa
cuando moja los barrancos,
los que están junto a los bancos
y los parques y los muros;
jazmines bellos y puros
como algunos dientes blancos.

Los de silvestre hermosura
que eran —con piedad contrita—
regados por la abuelita
en la madrugada pura.
(La abuela por su blancura
en el recuerdo me sabe
a un jazmín de lo más suave
que se coge en los sembrados,
un jazmín de los lavados
con el agua de la llave…)

Es jazmín con viejos oros
el marfil de los pianos.
¡Yo he visto volar dos manos
sobre jazmines sonoros!
Con sus egregios decoros,
como nacido entre brumas,
daba el champán sus espumas
en las copas champañeras,
entre un blancor de pecheras
y de abanicos de plumas…

Niña de mi devoción,
déjame que ahora duerma
viendo el brillo de la esperma
esparcida en el salón.
Me acuerdo, con la emoción
casta del primer anhelo
de tus mejillas de cielo;
de blancura adorable
y hasta del inolvidable
perfume de tu pañuelo…

¡Oh, Julieta, oh, Margarita!
tu evocación es al fin,
a manera de un jazmín
de primavera bendita.
¡Oh, balcón de aquella cita
por lo romántica, loca,
pues cualquier palabra es poca
para decir lo que yo
sentí cuando ella me dio
de comulgar en su boca!

Jazmines de noble cuna
los de mis cánticos; puestos
a serenarse en los tiestos
que trasplanté de la luna.
¡Buenas noches! En la bruna
tiniebla un surtidor mana.
¡Jazmines hasta mañana!…
De aroma haciendo derroche,
entrad, porque en esta noche
quedó abierta mi ventana.

Imagen por ccmerino.

Navidad de los Pobres

Canción de Noche Buena

Por: Raúl Gilberto Tróchez

La calleja es un cauce de amargura;
los faroles robaron la tristeza
a las gentes mordidas de pobreza
con ventaja tiránica y segura.

Nada para ellas el destino augura
en esta Navidad; ni la grandeza
de la comba estelar con su belleza,
porque la noche se les torna oscura.

Derroche de alegría a la distancia;
y músicas, y vinos, y fragancia…;
todo parece un lúcido sainete.

Y en las ranchas del barrio un niño pobre,
enjugando una lágrima salobre,
en triste soledad, sueña un juguete…

Resurrexit

Por: José Antonio Domínguez
(hondureño)

En los tiempos gloriosos ya distantes
en que andaba en la tierra el Nazareno
y la flor del milagro no era un mito,
aconteció lo que contaros quiero.

En la remota comarca cuyo nombre
ha olvidado la Historia según creo
hubo entre dos ejércitos rivales
un combate reñido muy sangriento.

Y estando de camino al otro día
con su amado discípulo el Maestro,
cruzaron a los rayos de la aurora
el campo de cadáveres cubierto.

Bien pronto al escuchar los dolorosos
ladridos que lanzaba un pobre perro,
al sitio se acercaron donde exánime
dormido al parecer yacía el dueño.

Era un joven de pálido semblante
y de agraciado y varonil aspecto
cuya temprana vida cortó en breve
un proyectil que penetró en su pecho.

Aún de sus yertos ojos se advertía
una gota rodar de llanto acerbo.
¡quizá tendría madre y también novia!
¡Tal vez le amaban mucho y era bueno!

—Mucho habrán de sentirlo sus parientes,
pero él es ya feliz— dijo el Maestro.—
Y en tanto, junto al amo dando vueltas,
proseguía ladrando el pobre perro.

¡Escena singular! Cual si implorara
algún auxilio sobrehumano de ellos,
aquel pobre animal con sus aullidos
parecía empeñado en conmoverlos.

Y al ver que vacilaban, sus clamores
tornaba al punto en agasajos tiernos;
a sus pies gemebundo se arrojaba
y hablar tan sólo le faltaba al perro.

—¡Qué amor tan entrañable y casi humano
revela ese animal!— exclamó Pedro.
Por su fidelidad ¡cuál se traslucen
de su amo los hermosos sentimientos!

¡Qué lástima de joven, se diría
que no debió morir; y que si el cielo
otorgarle quisiera nueva vida
le ablandara las quejas de ese perro.—

Absorto Jesucristo meditaba.
De su místico arrobo al fin saliendo
—Tienes razón— le dijo a su discípulo.
Merecía vivir ese mancebo.—

Y aplicando sus manos al cadáver
cicatrizó la herida de su pecho;
y en nombre del Creador de cielo y tierra
volvió la vida al que se hallaba muerto.

Luego sumióle en sueño delicioso:
acalló los ladridos de su perro,
y después a los rayos de la aurora
se alejó de aquel sitio con San Pedro.

Marzo de 1903. (*)

(*) Pocos días después de haber escrito esta bella poesía, nuestro infortunado amigo Domínguez se suicidó en Juticalpa, a los 34 años de edad (5 de abril de 1903). Tomado de la revista Ariel, dirigida por Froylán Turcios.

La tierra donde nací

Por Carlos Manuel Arita (1912-1989)

Me siento feliz aquí
en esta tierra adorada,
pues yo no cambio por nada
la tierra donde nací.

Honduras es para mí
el más preciado tesoro,
por eso lejos añoro
la tierra donde nací.

Cuanta nostalgia sentí
pensando en los patrios lares
cuando escribí los cantares
del suelo donde nací.

Con que tristeza me fui
como si fuera llorando
dondequiera recordando
la tierra donde nací.

Toda la tierra es así,
—soñadora y primorosa—,
más para mí es más hermosa
la tierra donde nací.

Cuando les digo yo aquí
que mi tierra es un encanto
es porque yo adoro tanto
la tierra donde nací.

Y si me preguntan: ¿Dí
el nombre de un gran país?
contestaría feliz:
¡La tierra donde nací!

Y si me dicen a mí:
¿Por qué ese amor tan profundo?
Les diría que es mi mundo
la tierra donde nací.

Un día en la calle oí
su nombre dulce y bendito
y el alma entera dio un grito:
¡La tierra donde nací!

La quiero yo porque sí,
con un amor verdadero
(Está alumbrando un lucero
la tierra donde nací).

Todo a mi patria le dí
y adoro mis patrios lares
y llevo aquí en mis cantares
la tierra donde nací.

Navidad en Tegucigalpa

Por Guillermo Bustillo Reina (1898-1964)

Semana Santa en León,
Corpus Christi en Guatemala,
y para Pascuas alegres
¡no hay como Tegucigalpa!
Aquí son los nacimientos
una institución vernácula
y el árbol de Navidad
en nuestro hogar nunca falta.

Las casitas de cartón,
ágiles como las cabras,
se suben por las laderas
a las colinas más altas.
Los montes son de aserrín
y de cristal es el agua,
los soldados son de plomo
y la iglesia de hojalata.

Vemos a los reyes magos
en solemne caravana,
dirigiéndose a Belén
tras una estrella de plata;
allá los espera el niño
sobre su cuna de paja
llorando a más no poder
porque no encuentra las sábanas.

La noche de Navidad
todos cenamos en casa
los ricos nacatamales
de gallina y alcaparras
y las sabrosas torrejas
que nos hacen la boca agua.

Luego entre sones de pitos
y estrépito de matracas
vamos a la Catedral,
a nuestra Catedral Blanca,
a oir la Misa de Gallo
tan típica y legendaria,
tan pronto como en la torre
suenan doce campanadas.

Las muchachas casaderas
van en alegres paseadas
a visitar nacimientos
todas las noches de pascua,
más no crea que van solas
sino bien acompañadas,
pues no faltan los galanes
ni tampoco las guitarras
y se baila en los salones
y a veces hasta en las plazas.

Este volver a Honduras (poema)

Por: Jaime Fontana

Parece que no habrá nada más tierno que este volver a Honduras:
llegar con el amor iluminado por años y distancias,
decir esta es la tierra, este es el aire y este el río del cuento,
recuperar las voces salpicadas de burlas familiares,
reasumir la niñez en el dormido sabor de esta naranja
y en este olor —que es casi de muchacha— de savia y de panales
que solo dan los árboles autores de nuestro propio canto.

Porque volver a Honduras es ir de madrugada a los maizales
para espantar los pájaros bisnietos de aquellos que espantamos,
vivir en un mugido, en un relincho, que vienen de la noche,
los sueños, alegrías y peligros de los antiguos campos.

Parece que tendrá mucho de triste nuestro volver a Honduras:
hallar que el calendario no era broma leyendo algunos rostros,
saber que algo no vuelve en estas naves aunque el viajero vuelva
y besar en la frente lo que un día besamos en la boca.

Parece que también será de lágrimas este volver a Honduras:
preguntar por hermanos, por amigos, que no nos esperaron
y el horror de buscar en una tarde de cal y de cipreses
unos nombres: Julián o Federico, Carlos, Daniel o Marcos.

Parece que será feliz y trémulo nuestro volver a Honduras:
vagar por los caminos que asolearon el verso de la infancia,
llevar hasta una loma coronada de flores amarillas,
de la mano, a los hijos que fundamos sobre lejanas playas
—más allá de las nieves absolutas, de selvas y de mares—
y decirles al fin: esta es la cuna y este el peñón exacto,
esta es la tierra nuestra, la amorosa, la que espera a sus niños,
aquí esparcen su calcio generoso los huesos de mis padres
y el calcio va a la hierba y hace al pino más jubiloso y alto:
así trabajan todavía quienes nos prestaron la sangre.

Todo será feliz y doloroso, será trémulo y tierno
porque volver a Honduras… me parece que es retomar el canto.

Tomado del libro 100 Poesías Famosas del Mundo y Honduras. Graficentro Editores.

Visitación Padilla (poema)

Visitación Padilla

Por: Carlos Manuel Arita

Era ella una mujer extraordinaria,
tenía el fuego vivo en la mirada,
su alma era como una barricada
y su númen llameante luminaria.

Fue nuestra abanderada legendaria
siempre que hubo una cívica jornada
y su verbo fulgente era una espada
y su prosa gallarda y visionaria.

Su vida fue como una hermosa ofrenda
con mucho de ilusión y de leyenda
y de ensueños, de glorias y de ideales;

y al conquistar los reinos de lo arcano
llevaba floreciendole en la mano
un manojo de rosas inmortales.

Tomado del libro Laureles Patrios, de Carlos Manuel Arita.

Letanía Final

Por: Daniel Laínez

Vengo a pedir perdón por todos los humanos;
vengo en nombre, Maestro, de la Diosa Razón.

Abeles y Caínes ¡todos somos hermanos,
y para todos debes tener tu absolución…!

A los crueles tiranos que soñándose reyes
subyugan a los pueblos pisoteando sus leyes!

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

Al vanal periodista y al poeta mercenario
en cuyas manos trémulas se agita el incensario:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

A los tristes avaros que sin ningún decoro
no duermen custodiando sus talegones de oro:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

Y a los amigos ruines que con guantes de razo
nos hieren las espaldas al darnos un abrazo:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

Perdónalos, Rabino, ruega por todos ellos
Siembra en sus pobres pechos la semilla del Bien.

Que tu palabra irradie magníficos destellos
a través de los siglos de los siglos. Amén.

Al militar perverso y al pueblo Sancho Panza
que con promesas vanas emprenden la matanza:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

A las turbas salvajes de fieros asesinos
que en pos de sangre y oro recorren los caminos:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

A los hambrientos jueces que enfermos de avaricia
por un montón de cobre pervierten la justicia:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!

A las madres sin nombre, que —cual crueles alimañas—
destruyen despiadadas el fruto de sus entrañas:

¡Perdónalas, Señor, que no saben lo que hacen!

A las damas infieles de instinto indecoroso
que por esplín o hastío le faltan al esposo:

¡Perdónalas, Señor, que no saben lo que hacen!

A las tristes rameras con ojos de locura,
en cuyos pobres pechos no anida la ternura:

¡Perdónalas, Señor, que no saben lo que hacen!

A los pálidos clérigos, hipócritas, sensuales,
que gustan de los Siete Pecados Capitales:

¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!