

Por: Juan Ramón Ardón
Historiadores que han marchado de espaldas a la verdad de los acontecimientos, han venido sosteniendo un mentira histórica, dándole vigencia a una fábula que han convertido en lección permanente en los centros educativos cuzcatlecos. Han creado un fementido héroe, colocándolo a la cabeza de los pipiles: Atlacatl, QUE JAMÁS EXISTIÓ. Atlacatl era, simplemente el nombre de un pueblo indígena salvadoreño.
La mentira histórica, se ha venido sosteniendo al correr de los años. Y hablan del Señorío de Cuzcatlán, «gobernado por el indómito cacique Atlacatl». Y hacen pregón del significado, del gentilicio de esa palabra náhuat: Cuzcatlán: «Ciudad de las preseas».
Presea es alhaja, joya. Y tan «buena joya» de mentira histórica ha venido prevaleciendo como en una especie de lavado cerebral a los habitantes de las tierras pipiles.
Por el contrario, nuestro en verdad indómito Lempira, símbolo de libertad, sí existió. Lo comprueban sus hechos heroicos que engalanan la Historia de Honduras. Cuando el Gobernador Francisco Montejo, envió a uno de sus capitanes a conquistar tierras de Honduras, en el año de 1537, se encontró frente a Lempira y sus viles huestes. Durante seis largos meses, Lempira detuvo el paso del conquistador Alonso de Cáceres quien tuvo que recurrir a la traición para vencerlo. Fue después que Cáceres dominó a Lempira alevosamente, que fundó Santa María de Comayagua, la excapital de Honduras en el mismo año de 1537.
Sin responsabilizarnos con el dato, pero que se le adjudica veracidad histórica, se dice que Lempira envió a un buen número de sus flecheros para detener el paso de Pedro de Alvarado por tierras de la hoy República de El Salvador, y que fue un soldado de Lempira el que hirió en una pierna hasta el entonces intocable Pedro de Alvarado.
Y como si lo anterior fuera poco, otra noticia histórica: El territorio hondureño se extendía hasta el Río Lempa, en El Salvador. Cuando Luis de Moscoso fundó, en 1530, la ciudad de San Miguel. Lempira estuvo listo a trasladarse a aquel territorio, para con sus falanges enfrentarse al conquistador, porque nuestro Héroe Autóctono siempre estuvo listo a defender la nacionalidad cuyos cimientos estaba echando.
Tomado del libro “Días de Infamia”, de Juan Ramón Ardón. Imprenta Calderón. 1970