Navidades del recuerdo en Danlí

Por: Darío González

Las Posadas

Se inician el quince de diciembre y simbolizan la llegada de José y María. Sale del Templo Parroquial hacia una casa fijada de antemano, al llegar al lugar donde se recibirán los Santos Peregrinos, los de afuera tocan la puerta y piden posada, cantando los de adentro, lo niegan, ruegan los de afuera y por fin las puertas se abren con suma alegría, después del rezo los acompañantes son obsequiados con ricas golosinas, la noche siguiente se dirige a un nuevo albergue; las más entusiastas dirigentes de esta festividad son: Doña Amparo de Medina, Martinita de Valle, Matilde Vega de Galeas, Goyita Rodríguez, Margarita Sosa, Castidad Salandía y otras que nuestra memoria infiel no nos permite recordar, pero que han dejado un recuerdo imperecedero con hondo sabor tradicional.

Navidad

La noche buena era una fiesta hogareña, donde la tradicional torrija y el incomparable nacatamal ponían la nota solemne a esta conmemoración del nacimiento del Salvador del Mundo. Los nacimientos más famosos eran: el de don Pancho Ramírez, Mariana Valle del Castillo y Tula de Alcántara; lo más simpático de esta festividad era la pérdida del niño que sucedía en nuestra ciudad tal como lo describe el ilustre Filólogo hondureño, Dr. Alberto Membreño, de la siguiente manera:

“Puesto el nacimiento y abierto al público las noches de pascua, concurre la gente en pandillas a verlo. Uno de tantos amigos de la casa se roba al niño; pasado el último día de la pascua, el dueño del nacimiento y el que se robó al niño se ponen de acuerdo para la buscada y en la fecha convenida salen en procesión por las calles hombres, mujeres y muchachos de la casa del nacimiento, con música, cohetes a buscar el niño. Llegan a una casa, y luego a otra en su busca, a lo que llaman Posadas y después de un breve canto en cada posada alusiva al acto, se dirige la procesión a aquella en que va a tener lugar la fiesta y en la que hallan al niño. Sigue un baile de confianza, que concluye después que los concurrentes han tomado el ponche de piña de leche.”

Las Paseadas de Chimina Romero

Chimina Romero, es quizá el personaje más representativo de nuestro lar nativo.

La paseada salía de su casa de habitación situada en el Barrio Tierra Blanca, exactamente a las nueve de la noche iniciaba el desfile de la incomparable Chimina, con su inseparable peineta andaluza, sus bien limpias y almidonadas enaguas, su collar de negros pacones y sus desproporcionados aretes, le daban la apariencia de una linajuda Dama Española, pero más nos recuerda el perfil de la Reina Victoria.

Acompañaban la alegre paseada hombres, mujeres y niños, quienes caminaban por enmedio de la calle, el conjunto musical que iniciaba el desfile ejecutaba alegres marchas, al llegar al nacimiento escogido, se bailaba hasta el amanecer.

Las arengas de Chimina eran conminatorias: “la que se quiera ir con su novio —sentenciaba— que lo haga de su casa, de las paseadas, jamás, porque me desprestigian”.

Así era Maximina Romero, franca, bonachona y servicial, que un infausto día del mes de enero de 1973, dejó al mundo de los vivos para traspasar los umbrales de lo ignoto.

Día de Reyes

Simboliza la adoración de los Reyes Magos, es el último día de la fiesta pascual, se acostumbra en nuestra ciudad, poner a las doce del día, un recipiente de agua cristalina con vista hacia el infinitivo para ver pasar los reyes magos, en nuestra niñez realizamos esta sempiterna tradición con la desafortunada desdicha de no ver jamás a los recordados: Melcho, Gaspar y Baltazar.

Las Pastorelas del Padre Reyes

En la época navideña las pastorelas del Padre Reyes tenían un lugar preferente y por así decirlo una aceptación general. Crucita Novoa Mayorquín, con un entusiasmo poco común, reunía jóvenes de ambos sexos, y con la técnica rudimentaria de un teatrista en ciernes repasaba los papeles de sus actores. La noche que se presentó la pastorela Olimpia en el atrio de la iglesia parroquial, fue para Crucita Novoa, la mejor de sus noches, pues los aficionados al teatro la ovacionaron hasta el delirio, estos sinceros aplausos fueron recompensa que recibió como un estímulo para mantener viva la llama de las tradiciones nativas.

Tomado del libro Danlí en el Recuerdo (1988) de Darío González.