Archivo por años: 2011

Mi Maestra Escolástica

Adaptado de Ramón Rosa.

Un día, a eso de las seis de la mañana, lo recuerdo como si ayer fuera, sentí una fuerte sacudida en mi débil cuerpecito de seis años.

El fenómeno fue producido por las gruesas y velludas manos de mi ayo Julián Patojo, que tal era su apodo, quien tomó el empeño en despertarme a toda prisa, y en hacerme dejar mi caliente camita de cedro, y la sabrosa colcha de Juticalpa que me cobijaba.

Julián me habló entrecortado, casi perplejo.

—Levántate, vamos a la escuela. Mi maestro lo manda.

—¿A la escuela?, contesté yo sin comprenderle bien.

—Sí, a la escuela.

Como tenía plena confianza en Julián, que me llevaba, en Navidad, a ver los nacimientos y los títeres; en principio de cuaresma, a tomar ceniza; en Semana Santa, a visitar los monumentos; en Corpus, a contemplar los altares; y en las fiestas de Mercedes y de San Miguel, a admirar las churriguerescas mojigangas, dispuestas por los gremios, y los horribles diablos vencidos por la espada de nuestro patrono, no hice resistencia para dejarme vestir e ir a la escuela, que supuse cosa divertidísima.

Me vistieron de gala. Me pusieron unos calzoncitos de dril pardo que me daban hasta los tobillos — en aquel tiempo no usaban vestidos cortos ni los niños ni las chicuelas — una limpia y muy planchada camisa de olán, abotonada por detrás, y con revuelos en las mangas; me calzaron suaves y negrísimas cutarras de polvillo; y me taparon con un sombrerito de vicuña, que era mi mayor lujo, pues solo salía a la luz cuando nuestra argentina campana del reloj daba estrepitosos repiques, anunciando las grandes festividades.

Ya vestido y emperendengado, me dieron mi chocolate con mascadura. Entonces no se tomaba café. Se tomaban tragos… al decir de las viejitas, se entiende, de chocolate. El café se recetaba para curar las indigestiones y dolores de estómago.

Cediendo quizá a la misteriosa influencia de un presentimiento, volví los ojos con el alma oprimida, al patio y corral de mi casa; a los naranjos cargados de fragantes azahares y de doradas frutas, y a los hojosos y verdes piñones, a las extendidas y lujuriosas ayoteras, y a la milpa susurradora, ya en jilotes, cuyas finas cabelleritas de oro flotaban agitadas por el viento. Julián me tomó de la mano, caminamos una cuadra, torcimos por el callejón de la Casa de Moneda, llamada todavía Caja Real, aún sin haber tal Caja ni tal Rey; y bajamos la empinada cuesta de la Hoya o de la Joya, verdadero arrificio para los transeuntes.

Algo cansado, y entre descreído y crédulo, dije a mi ayo:

—Julián, ¿te quedarás conmigo en la escuela?

—Sólo voy a dejarte, me contestó concisamente.

—¡Pues no voy a la escuela!

—¡Pues vas!

Apelé a la fuga, pero Julián me cortó la retirada, me echó sobre sus hombros, o me cargó a tuto, como se dice en esta tierra, y todo fue concluido.

Ya capturado, mis gritos fueron horribles: solo podían compararse con los chillidos de los lechones que, de cuatro a cinco de la mañana, se degüellan en nuestros corrales, empleando muy lentos y muy bárbaros procedimientos. Cayendo que levantando sobre un tosco y desigual empedrado, llegamos a la puerta de la escuela.

Yo no entré, me entraron: era un cuerpo superpuesto en las anchas espaldas de Julián. Me dejó casi botado en el duro suelo, formado de viejos ladrillos llenos de profundas grietas, único asiento para los discípulos. Mi ayo, al dejarme, me miró con toda la ternura de que era capaz, y dió un suspiro. Me equivoco. No suspiró, bufó. Por esto creo a veces que mucho me quería. Fácilmente se puede fingir un suspiro; con dificultad se puede bufar con la desesperación de un bruto.

Mis desaforados gritos cesaron al ver a mi maestra, severa, imponente, sentada en un butaque forrado de suela negra y lustrosa, por el antiguo uso, y sostenida por tachuelas doradas en otros tiempos y mejores días, pero entonces de color plomizo.

No grité, sollocé; y con mis ojos empañados por las lágrimas, me fijé en que mi maestra era una mujer de treita y cinco a cuarenta años; encorvada por su penoso oficio de costurera, de pómulos salientes y rojizos por la tisis que la acechaba; de cejas pobladas y fruncidas; de ojos redondos como los del buho, vivísimos y amarillentos por la irritación de la bilis; de gran lunar canelo, cercano a su chata nariz y lleno de numerosos y ásperos pelos negros; de pronunciado y grueso bozo, que parecía escaso bigote de indio; de labios morado obscuro, que nunca tenían una sonrisa; de dentadura de blanco y purísimo esmalte; y de tal expresión en todo su conjunto, que me hace decir, por la dureza y el rigor que revelaba, que era, sin hipérbole, un Rufino Barrios con enaguas.

Si la vista de mi maestra me causó extraordinaria y dolorosa impresión, también me la produjo el aspecto de la pobreza, rayana en la miseria, que mostraba la honrada casa de mi escuela. La pequeña sala, que estaba cubierta entre dos cuartitos llenos de lobreguez, tenía las paredes revocadas con tierra blanca, y su techo estaba cubierto de mal ajustadas tablas, blanqueadas con cal, podridas por las goteras, y en las que no escaseaban telarañas de todas formas.

En cuanto al mobiliario, aparte del butaque de mi maestra, atenuadas las primeras emociones que me sobrecogieron, bien pude formar el pequeñísimo inventario que sigue: Una antigua banca de ocote fino, como de cuatro metros de largo por medio de ancho; en ella ponían las discípulas sus pañuelones y los discípulos sus sombreritos. Sobre la banca, y en la medianía de la pared, pendía de un clavo gemal una imagen de Nuestra Señora del Carmen; la silla, de alto respaldo de propiedad de ña Encarnación, hermana mayor de mi maestra; y una mesa de pinabete, que a duras penas podía sostenerse y que, entre dos reglas carcomidas tenía un cajón o gaveta que se abría tirando de una cabulla en forma de gaza o agarradera.

Al pie de las paredes que formaban el cuadrilongo de la sala, se hallaban sentadas mis condiscípulas, con sus canastas de costura, y mis condiscípulos con sus cartillas de San Juan, sus Catecismos por el padre Ripalda, sus Catones Cristianos y sus cartas manuscritas según el grado de su aprovechamiento.

Por lo que llevo referido, se deja ver que mi escuela era mixta, al estilo norteamericano, pues vivíamos bajo el mismo techo escolar niños y niñas de todas las las clases sociales. También era gratuita. Mi desinteresada maestra no cobraba ni un centavo por su enseñanza. Si los padres de familia le hacían algún obsequio, lo recibía con agrado y reconocimiento; si nada le obsequiaban, quedaban tan satisfecha como si le hubiesen hecho los mayores presentes. Igual carácter tenían las demás escuelas primarias, por lo común, dirigidas por señoras y señoritas solícitas y virtuosas, entre las cuales se contaban la maestra Bernardita, las maestras Borjas, la maestra Isidra Díaz, y la maestra Eustaquia Gil. ¡Que en alguna parte reciban la recompensa de sus trabajos en pro de la enseñanza de los pobres niños de su pueblo!

Mi llegada a la escuela fué acogida con un verdadero, pero reprimido sentimiento de simpatía.

A poco de haber sido echado al suelo, mi maestra me llamó:

Vení acá, charoludo llorón.

En el lenguaje de mi maestra, plagado de provincialismos, charoludo quería decir de ojos grandes y muy feos.

Por toda respuesta acudí tembloroso al lugar que ocupaba mi maestra. Me llevó al extremo opuesto en que estaba la banca.

Me puso de rodillas frente a la Virgen del Carmen, y me juntó las manecitas, colocándolas en actitud de implorar.

Colocado convenientemente, mi maestra agregó:

Rezá el Bendito.

Un copioso sudor frío corrió sobre mi cuerpo.

No podía rezar el Bendito, puesto que no lo sabía.

Vista mi aflicción, de los frescos labios de una de mis condiscípulas salieron cual una tierna y débil súplica, estas palabras compasivas:

—¡Si no lo sabe! ¡Pobrecito! ¡Tan chiquito!

¿Qué?… replicó mi maestra, irguiéndose indignada.

Ante aquel horrible ¿Qué? todas las juveniles cabezas se inclinaron, como movidas por un solo resorte, y no se oyó ni el más leve rumor.

Recobrada la disciplina, a tan poca costa, mi maestra me dijo el Bendito, alabado sea el Santísimo, tres o cuatro veces; y yo seguía su fuerte y llena voz, con mi triste vocesita ahogada por los sollozos.

Después añadió, menos enojada:

—Mañana será otro día, ñor quejitas.

Ahora vamos a ver la lección.

Tomó de la banca la cartilla que me había dejado Julián y me dió, muy despacio, las tres primeras letras del alfabeto, y me despachó diciéndome:

—Ahora a sentarse y a estudiar.

Volví algo repuesto a mi asiento, es decir al suelo; puse la cartilla sobre mis juntas piernas; y fijé con empeño la mirada en las letras del alfabeto, para grabarlas en mi cerebro con alma, vida y corazón.

Me hallaba medio consolado, aprendiendo mi lección, cuando al tomar dos bocados de mi almuerzo, que se me atragantaron, me conmovió el recuerdo de mi hogar. Recordé mis juegos infantiles al aire libre, los sonoros violincitos que fabricaba con las cañitas de maíz, las flautas y clarinetitos que formaba con los tallos huecos de las ayoteras, y los globitos que lanzaba al espacio, sirviéndome de pequeños carrizos que, con levísimo soplo, empujaban el líquido espeso, amargo y corrosivo del piñón.

Hacer tales recuerdos y volver al llanto, todo fué uno. Sin que yo lo advirtiera, cayó silencioso sobre la primera página de la cartilla. San Juan y su corderito y el alfabeto fueron inundados. Cuando me dí cuenta de tan horrible desgracia, quise salvarlos, pero mis medios de salvamento, que consistían en grandes frotaciones, fueron contraproducentes. El Bautista perdió cabeza y cuerpo; el cordero pereció como su santo precursor… y no quedó legible ni una sola letra del alfabeto.

Serían las cuatro y media de la tarde, cuando mi maestra me llamó para que diera la lección.

Hice un esfuerzo, y la dí como oidista aprendiz de música, de memoria. Me hizo repetir la lección, y se fijó en la cartilla, cuya primera página era una completa ruina. Sentí su enorme dedal de plata sobre mi cabeza, y aturdido oí estas palabras aterradoras:

—¡Conque me engañas, charoludo! ¿Qué se hizo San Juan? ¿Qué se hizo el Abecedario?

No supe qué contestar.

Y sin embargo, la respuesta era sencilla:

—La culpa es de mis lágrimas.

En la vida todo tiene compensación. Compensé la amargura del primer día de mi escuela oyendo, en mi hogar, al amor de la lumbre, los sabrosos cuentos de Nina, que era una de aquellas fieles y buenas criadas, tan sólo conocidas en el viejo tiempo: lo maravilloso del Pájaro del dulce encanto, los horrendos crímenes de la Reina envidiosa, las fazañas y diabluras de Pedro Urdemalas, las travesuras del astuto Tío Conejo, y las candideces y desdichas del imbécil Tío Coyote. Nina era una gran narradora, a quien hubiera puesto muy por encima de Andersen. Nina era, en mi concepto, un portento de sabiduría y de gracia en el decir.

Al día siguiente, convencido de que por la razón o por la fuerza debía ir a la escuela, con la resignación de un mártir fuí con Julián muy temprano a comprar una nueva Cartilla.

El programa de enseñanza de mi escuela era muy corto y elemental:

Lectura, en letra de molde;

Lectura, en letra de carta;

Doctrina cristiana;

Tabla de multiplicar; y

Escritura, con pluma de ave, o con pluma de acero.

En cuanto al sistema disciplinario y penal, puede asegurarse también que era sencillo, aunque no corto, y un tanto pesadito:

Faltas levísimas, uno o más dedalazos en la cabeza;

Faltas leves, hincarse sobre gruesa arena o granos de maíz, por una o más horas;

Faltas graves, la misma pena, con la añadidura insignificante de tener los brazos en cruz y con un tenamaste en cada mano;

Faltas más graves, palmetazos en las manos y disciplina en la espalda;

Faltas gravísimas, palmeta o chirrión en las posaderas descubiertas;

Por reincidencia en las faltas graves, más graves y gravísimas, sentar al criminal en una silla, con la cabeza enflorada y con dos enormes orejas de burro.

Estímulos, premios o recompensas, en la escuela: 0, 0, 0.

Pero es necesario ser justo. Cuando uno concluía la Cartilla, el Catecismo o el Catón, había recaudo de la maestra para que dieran al discípulo, en su casa, melcochas, orchata y agua de canela.

Pasaban los días, las semanas y los meses, y yo seguía penosa y lentamente el programa de enseñanza de mi escuela. Como el esclavo llega a habituarse a despiadada servidumbre, así llegué a a acostumbrarme, triste y resignado, al régimen impuesto por mi maestra.

Casi todas las escenas que presenciaba en mi escuela tenían subidos tintes de melancolía. ¡Cómo recuerdo el campanazo de las doce! Ña Encarnación, recta y delgada como un fino espárrago, salía de la cocina con una sartén de frijoles brutos, un plato con seis tortillas y dos tajadas de queso, de muy notable transparencia.

—Colaca, Eugenia, está el almuerzo.

Mi maestra dejaba su costura y ña Eugenia, su hermana menor y de bella presencia, con las mejillas encendidas por la tisis pulmonar, salía tosiendo de su lóbrego cuartito.

Aquellas tres mujeres tomaban en la mano sus dos tortillas, les echaban unos frijoles, que sazonaban despolvoreando las tajaditas de queso; y sin hablar, ora de pie, mirando vagamente al cielo, ora sentadas en el umbral de la puerta de la salita, almorzaban tranquilamente. ¡Honradas mujeres! ¡Con qué resignación cargaban la pesada cruz de su pobreza! Durante años, jamás las oí manifestar un deseo, exhalar una sola queja, rebelarse contra la suerte que les imponía las mayores privaciones. El almuerzo sólo era interrumpido, algunas veces, por un golpe de tos de ña Eugenia, que dejaba sus tortillas a medio comer, porque la pobre se asfixiaba.

—¿Sufres Eugenia? preguntaba mi maestra.

—Sí, Colaca.

Ña Encarnación daba un profundo suspiro y llevaba la sartén y el plato a la cocina: mi maestra conducía del brazo a su hermana y se fijaba como sin interés, en el suelo, para ver si había mucha sangre en los esputos de la enferma. Ña Encarnación, abatida, iba a apagar el fuego que causaba gasto y a buscar chiribizcos para renovarlo: mi maestra volvía a su butaque; y sombría y firme, seguía cosiendo para ganar el pan de cada día. Ña Eugenia seguía tosiendo sin quejarse ni pedir nada. ¡Tales escenas me desgarraban el alma!

La monotonía en los usos y prácticas de mi escuela, sólo se interrumpía los viernes de Cuaresma en que mi maestra, al amanecer, se bañaba con sus discípulas en el Río Grande; y los días en que llegaba el Maestro Pablo con su violín o don Bernardo Filiche, a tomar chocolate a eso de la siesta.

Mi maestra está fresca, decíamos los viernes, llenos de alborozo; y en efecto, la frescura de su cuerpo como que refrescaba su alma, tornándola en suave y bondadosa. En días tan felices no había rezongos ni coscorrones; podíamos jugar algunas horas Cucumbé y Nana Abuela, en el patiecito de la casa, y la maestra hasta nos dirigía la palabra con cariño, por lo común para contarnos alguna anécdota picante.

El maestro Pablo llegaba de ordinario, por la mañana, después de haber oído misa entera en la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. Era recibido con inusitadas muestras de alegría; se repatingaba en el sillón de cuero, templaba su violín y nos hacía oir los más caprichosos preludios. La animación crecía y crecía, a medida que el artista multiplicaba sus preludios; y, al fin, mi maestra daba la anhelada voz de mando, diciendo:

Vaya, muchachas!

Era de ver el júbilo retratado en todos los semblantes, como transfigurados por el arte de la música.

Unas cantaban:

Flor dorada que entre espinas
Tienes trono misterioso.

Otras:

Perdí mi corazón ¿lo habéis hallado,
Ninfas del valle en que penando vivo?

Pero el entusiasmo rayaba en el delirio, cuando el maestro rascaba casi con furia su violín e iniciaba, para coro, el cantarcillo popular, de legítima procedencia española:

Mañanitas, mañanitas,
¡Como que quiere llover!
Así estaban las mañanas
Cuando te empecé a querer.
Eres clavel, eres rosa,
Eres clavo de comer;
Eres azucena hermosa
Cortada al amanecer.

No soy clavel, no soy rosa,
No soy clavo de comer,
No soy azucena hermosa
Sino una infeliz mujer.

Chémala, agitando piernas y brazos, unía su vozarrón al concierto o desconcierto, y se hacía sobresaliente, y daba un do de pecho en aquello de:

Ya tocaron la diana,
Mi coronel lo mandó;
Abrí tus ojos, mi alma.
Chatilla, ya amaneció.

De repente, un olor a chorizo asado y a frijoles y queso fritos, se transmitía de la vecina cocinita del maestro a la sala de la escuela. El maestro, que tenía muy buenas narices y muy buen estómago, lo percibía en el acto. Guardaban el violín a toda prisa y decía, dominado por el apetito:

—Adiós, Colaca, la Dolores me espera; voy a almorzar.

Y nosotros quedábamos con la mayor de las tristezas, con la tristeza que deja el exceso del placer.

Cuando llegaban visitas, hacíamos una rápida evolución, girando sobre nuestro propio cuerpo, para presentar la espalda a la visita y tener la cara frente a la pared. Evolucionábamos de esa suerte para no ver lo que no nos importaba ni acostumbrarnos a tragar palabras, según decía mi maestra. En esto tal vez andaba un tanto desconcertada, pues con el rabo del ojo lo veíamos todo, y como la distancia era muy corta, nos poníamos muy al corriente de la conversación.

La evolución era, de ordenanza, hacerla con la mayor presteza cuando entraba de visita don Bernardo Filiche, el grande y buen amigo de mi maestra. Don Bernardo no era tal Filiche, sino Reyes; pero a su cuerpo delgadito y pequeño y a su cara seca y muy blanca, los hacedores de comparaciones le hallaron semejanza con el cuerpo y la cara de un señor Filiche, uno de los primeros cómicos de la legua, que allá por los años de treinta y tantos vino de España. Por comparación, pues, mis desocupados paisanos filicharon a nuestro don Bernardo.

Después de cariñosísimo saludo y de hablar del calor, o del frío, o del tiempo, mi maestra preguntaba, dulcificando su voz cuanto le era posible:

—¿Ya tomaste tragos, Bernardo?

—No, Colaca; vengo a tomarlos con vos.

Mi maestra se levantaba contentísima, salía presurosa bebiéndose los vientos, y hablaba unas pocas palabras con ña Encarnación, encargada del arte culinario. Acto continuo, Chémala salía a todo escape con dirección a las pulperías de Don Camilo, y a poco regresaba bañado en sudor y jadeante, trayendo en un plato dos tablillas de cacao guayaquil, dos panes de yema o dos cemitas, y una onza de mantequilla olanchana, bien envuelta en áspera tusa. ¡Momentos felices para nosotros! Mi maestra tomaba sus tragos de chocolate con Filiche, platicaba con vivísimo interés y nos olvidaba por completo. ¡Qué dicha! Podíamos respirar con libertad. Dios me perdone; pero aunque Filiche era casado y mi maestra era refractaria a los tiernos sentimientos, sospecho que en aquellas dos almas había algo así como el germen de un amor…

Tomado del Libro de Lectura de Quinto Grado, por Miguel Navarro. 1945.

¿Qué tan educativo es el Canal Educativo?

Ten Canal Diez: Televisión Educativa Nacional, propiedad de Rodrigo Wong Arévalo, es un canal que tiene más noticieros que programas educativos en horario estelar, por lo tanto no es un canal educativo, sino un canal de noticias.

Era de esperarse que un canal realmente educativo no fuera rentable en Honduras.

Es posible pensar en noticieros que traten de educar al pueblo, pero es fácil comprobar que los noticieros de canal diez no se diferencian de los noticieros comerciales.

Los noticieros de Canal Diez están fuertemente parcializados a favor de los que apoyaron el golpe de Estado, y tratan de manipular descaradamente a la opinión pública, todo lo contrario de un enfoque «educativo», que podría ilustrar a la población sobre el transfondo del conflicto político.

Cabe destacar el uso de tele-encuestas por medio de teléfonos celulares, las que constituyen una considerable fuente de ganancias para el canal y para la empresa de telefonía Tigo, pero que no aportan nada al público, ya que dichas encuestas carecen de valor científico.

El uso de estas encuestas es una forma más de manipular a la audiencia. Las preguntas se redactan de manera que favorezcan a una respuesta predeterminada. Los noticieros buscan manipular a la opinión pública por medio de la desinformación y los comentarios parcializados, y luego cosechan respuestas con base en los prejuicios que ellos mismos siembran.

Una misma pregunta en otro medio con tendencia política opuesta (resistencia) recibirá un resultado totalmente diferente.

El Canal Diez apoyó decididamente el golpe de Estado del 28 de junio del 2009, y continúa viendo en Roberto Micheletti un ejemplo de dignidad nacional que el presidente Porfirio Lobo debería de seguir.

El Canal Diez está haciendo una fuerte campaña contra Porfirio Lobo, por abrir la posibilidad de la realización de una Constituyente en Honduras.

El Canal Diez, con esta campaña de miedo,está promoviendo efectivamente otro golpe de Estado en Honduras, por irracional que esto pueda parecer a cualquier persona sensata.

No es suficiente ofrecer programas con cierto sabor cultural para que un canal pueda ser considerado como educativo, tampoco es suficiente con hacer una campaña para aconsejar a los padres para que ayuden a sus hijos en sus tareas, como lo hacen con la «Iniciativa de Educación Paternal».

El Canal Diez bien puede ser investigado por defraudar al Estado, ya que ofreció ser un canal para educar a la población, y en vez de eso está concentrando sus energías en una campaña de miedo.

Sí fue Golpe de Estado, me retracto

Reconozco ahora que me equivoqué, y que lo que sucedió el 28 de junio del 2009 en Honduras fue un golpe de Estado.

En este blog he defendido la tesis de que el 28 de junio del 2009 se dió una sucesión constitucional, y que Roberto Micheletti era un presidente legítimo. Aunque inicialmente dije que sí fue un golpe de Estado, después me retracté, pero siempre seguí expresando mis dudas.

Este es un tema que ha dado vueltas en mi cabeza, y reconozco que mi profundo desprecio por la figura de Zelaya me llevó a apoyar a un régimen de facto en mi país.

Este es un tema que tenía algo relegado, pero las nuevas revelaciones de Wikileaks me han hecho ver la crisis hondureña en otra perspectiva.

No sé que tan confiable será Wikileaks, sostengo que no hay que creer algo solo porque lo diga un documento publicado por Wikileaks, pero los supuestos informes del embajador Hugo Llorens tienen mucho sentido para mí.

Tal parece que no hubo una orden de captura contra Zelaya, esta orden la fabricaron después los responsables del golpe. Los militares simplemente decidieron expulsar a Zelaya y abortar la consulta popular que se iba a realizar ese día. No tenían ninguna autoridad para hacerlo. Fue un claro acto de abuso de autoridad.

Con esto se derrumba el argumento del «estado de necesidad» de los militares, según el cual ellos justificaban la expulsión de Zelaya con la excusa de salvar vidas humanas. ¿Cómo se van a salvar vidas humanas con un golpe de Estado? Es absurdo.

La carta de renuncia de Zelaya fue una obvia falsificación, una torpe jugada de los responsables del golpe. El Congreso no estaba autorizado para destituir a un presidente, a pesar de la torcida interpretación de un informe legal de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

El artículo 239 de la Constitución ha sido usado repetidamente para justificar el golpe de Estado. Se dijo que Zelaya estaba promoviendo la reelección presidencial, por lo que quedaba destituido automáticamente de la presidencia, de manera que cuando los militares secuestraron a Zelaya éste ya no era presidente.

Sin embargo, aunque esto fuera cierto, también existe en la Constitución el principio de presunción de inocencia. Todo hondureño tiene el derecho al debido proceso, pero este derecho se le negó a Zelaya al expulsarlo del país. Por lo tanto, Micheletti incurrió en el delito de usurpación de funciones y abuso de autoridad. Roberto Micheletti ejerció como un presidente de facto, porque el presidente legítimo seguía siendo Zelaya.

Roberto Micheletti no es un héroe que salvó al país de caer en las garras del comunismo. Roberto Micheletti violentó groseramente la Constitución pretendiendo salvarla. No hay ninguna justificación para este golpe de Estado, ninguna.

Se dijo que Zelaya tenía planeado disolver el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, y convocar inmediatamente a una Asamblea Nacional Constituyente. Esta fue la justificación del golpe de Estado de Roberto Micheletti. Para afirmar esto se cita el decreto PCM-020-2009, pero el citado decreto se refiere a la instalación de una cuarta urna en las elecciones de Noviembre del 2009, no habla de convocar inmediatamente a una Constituyente. Por lo tanto Micheletti mintió para justificar el golpe de Estado y conspiró con los militares para dar el golpe de Estado. No había ninguna amenaza inminente que justificara un delito tan grave.

Pido perdón a mis lectores por haber apoyado un golpe de Estado. No soy un seguidor de Zelaya, y nunca lo seré, pero sostengo que los responsables del golpe de Estado, y los que apoyaron el golpe, también le deben disculpas al pueblo hondureño.

Golpe de Estado injustificado, revela Wikileaks

No había ninguna orden de captura contra Manuel Zelaya el día del golpe de Estado, según un reporte de Wikileaks atribuido al embajador Hugo Llorens.

Si bien se ha dicho que el Tribunal Supremo dictó una orden de arresto de Zelaya, el presidente de la Corte Suprema de Justicia nos ha dicho que esto no es cierto. La única orden de la que somos conscientes es de una expedida la tarde el 25 de junio o temprano el 26 de junio por un tribunal de primera instancia que ordena la incautación de material de votación.

Si esto es cierto, la orden de captura de Zelaya se hizo posteriormente para justificar el golpe de Estado.

De ser cierta esta afirmación, no habría ninguna justificación para el golpe de Estado. Se derrumba el argumento de «estado de necesidad» de los militares. Ellos argumentan que expulsaron a Zelaya del país para salvar vidas humanas, porque la otra opción sería encerrarlo en la cárcel, lo que hubiera producido violentos disturbios y pérdidas de vidas humanas.

Pero si no hay orden de captura, el secuestro de Zelaya no es más que un claro caso de abuso militar, no hay nada que lo justifique. No queda duda de que es un golpe de Estado.

En el mismo informe hace referencia a la excusa utilizada para justificar el golpe de Estado.

Parece que el Fiscal General y los militares conspiraron con Micheletti y otros líderes del Congreso para destituir a Zelaya en base al temor de que tenía previsto convocar una Asamblea Constituyente inmediatamente después de la encuesta del 28 de junio.

Ellos basan su afirmación de que él hubiera hecho esto sobre la publicación en el diario oficial La Gaceta del 25 de junio del decreto llamando a la encuesta. Los seguidores de Micheletti dicen que la publicación es una convocatoria de la Asamblea Constituyente. Sin embargo, esto es evidentemente falso; la publicación dice simplemente: «¿Está usted de acuerdo en que en las elecciones generales de 2009, haya una cuarta urna en la que el pueblo decida la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente?».

No había ninguna razón para pensar que Zelaya iba a disolver el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, y convocar a una Asamblea Nacional Constituyente ese mismo día. No había ninguna justificación para dar un golpe de Estado.

¿Será posible que Micheletti y sus allegados se involucraron en un golpe de Estado por no leer bien un decreto?

Los responsables del golpe señalan el título de la encuesta en el decreto PCM-020-2009: «Encuesta de Opinión Pública Convocatoria Asamblea Nacional Constituyente». Esto implica, según ellos, que la convocataria a una constituyente se iba a realizar en ese mismo día. Pero hay que interpretar ese título en su contexto: la pregunta en la encuesta se refiere a una cuarta urna en las elecciones generales de Noviembre del 2009.

Es difícil pensar que Micheletti y sus asesores hayan sido tan torpes para malinterpretar este decreto en forma tan grosera, y creer sinceramente que esto ameritaba un golpe de Estado. Sospecho que Micheletti solo buscaba una excusa para ser presidente de facto.